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Paloma González Rubio: «Estamos tratando de proteger a nuestros jóvenes con herramientas inservibles»

Paloma González Rubio: «Estamos tratando de proteger a nuestros jóvenes con herramientas inservibles»

Finalista del XVIII Premio Anaya, la novela juvenil Ventanas es una denuncia de la indefensión de la infancia en los conflictos armados y el drama que convierte a los niños en soldados. Finalizada la guerra, un grupo de hombres armados detiene inesperadamente a los padres y tíos de Bruno y Silvina. Cuatro niños y un bebé se quedan solos e indefensos en la casa que comparten sus familias, abandonados a su suerte en una ciudad hostil en la que los ciudadanos se vigilan unos a otros desde las ventanas.

—¿Cómo se escribe una novela sobre la guerra para los chicos más jóvenes?

"Me senté a escribir Ventanas para que fuese un libro que pudiera leerse en familia, comentarse en familia, como una película de Netflix"

—Me planteé desde el principio la fórmula del crossover, es decir, tratar de concebir una historia sin edad que pudiese no ya ser leída, sino interesar tanto a jóvenes como a adultos. El tema de la guerra me permitía intentarlo, por lo que me senté a escribir Ventanas para que fuese un libro que pudiera leerse en familia, comentarse en familia, como una película de Netflix.

—¿Cómo se hace eso?

—Mi planteamiento fue muy técnico. Elegí un narrador omnisciente para poner un poco más de distancia, acercándolo o alejándolo de los hechos narrados utilizando distintos tiempos verbales y lo que para mí fue una verdadera obsesión: traté de tener presente en todo momento un lenguaje lleno de evocación y de belleza para que la historia (de trasfondo duro) permitiese momentos de respiración, de destello.

—Tus novelas están cargadas de un simbolismo muy característico. ¿Qué buscabas en este caso con el simbolismo de las ventanas?

"A la hora de enfocar el libro, pensé en ventanas grandes que van estrechándose hasta terminar asfixiando al que se asoma"

—Estoy siempre muy obsesionada con la arquitectura de la novela, con que tenga una estructura sobre la que la historia se sustente con solidez, pero que a la vez me permita añadir un significado o una mirada que pueda trascender al propio texto. En este caso, yo quería contar la mirada de unos niños en la guerra y me topé con la historia arquitectónica de las ventanas a lo largo de la Historia del Arte. Me pareció fascinante. Por ejemplo, en la época de los romanos no había ventanas a la calle porque se consideraban un elemento que vulneraba la intimidad; la vida doméstica giraba en torno al patio central interior (y de eso los andaluces sabéis bastante). Sin embargo, llega el Barroco con toda esa proliferación de vanos en la fachada que a veces son ventanas y a veces huecos ciegos, y descubro que las casas pudientes presentaban al exterior vanos preparados para abrirse o cegarse, porque el Estado cobraba un arancel sobre la superficie de las ventanas. Y ese impuesto sobre las ventanas se ha prolongado a lo largo de las épocas. Pero es que además, las ventanas permiten percepciones distintas de la realidad. Por eso, a la hora de enfocar el libro, pensé en ventanas grandes que van estrechándose hasta terminar asfixiando al que se asoma o al que no puede asomarse. Fíjate que, para la mayoría de la gente, las ventanas tienen un simbolismo muy positivo, y después del confinamiento más; pero las ventanas en la guerra, por ejemplo, te hacen vulnerable, te exponen al peligro.

—¿Podríamos decir que la historia de los niños de Ventanas está basada en hechos reales?

—Sí. De hecho está inspirada en una historia que me contó, cuando yo era pequeña, mi tía abuela. Sucedió que, durante la guerra civil, habían detenido a todos los hombres de la familia. Luego se llevaron a las mujeres y dejaron a los niños solos. De esa historia la sensación que me quedó es la de que la voz de la narradora no era la de una mujer que cuenta una tragedia, sino la de alguien que cuenta un hecho singular, casi divertido, pues los niños se habían organizado perfectamente solos, hasta habían hecho una fiesta de disfraces. Luego fueron soltando a las mujeres, con cuentagotas. La última mujer de mi familia puesta en libertad fue una de mis tías, fundadora del Sindicato de la Aguja, una líder entre las mujeres trabajadoras. Aquella historia de los niños solos en tiempos de guerra me fascinó. Durante el confinamiento volví a recordarla y decidí que ese era el momento de contarle a los jóvenes confinados en sus casas lo duro que era ser joven (o ser niño) en tiempos de guerra. En aquella guerra. En todas las guerras. Así nació Ventanas.

—¿Para ti la novela tiene una función ejemplar?

—No. Es más, creo sinceramente que un escritor o un creador no está legitimado para dar una lección. Lo que sí puede hacer es arrojar una mirada sobre una conclusión. El adoctrinamiento no me gusta porque suele adscribirse a una ideología y ésta polariza. Llegar a ese punto es muy peligroso porque suele terminar precisamente en situaciones similares a las que plantea Ventanas.

—¿Y qué es lo que plantea Ventanas?

—La indefensión, la cobardía, la falta de solidaridad, la forma de eludir lo que nos afecta. Y a la vez, en la novela se muestra cómo el poder y su resistencia sí sacan partido de la indefensión en situaciones de tensión y falta de libertad.

—¿Qué le ofrece Ventanas al lector joven?

"No queremos ver el frío que hay al otro lado de nuestras ventanas"

—Con esta novela yo trato de ofrecer una mirada sobre esa situación que te explicaba antes, mientras que el tema más profundo del análisis de la actual falta de solidaridad está dirigido más al adulto que se aproxime a esta novela. Es que mira, a raíz de la pandemia se ha creado una situación paradójica; se ha redoblado la tendencia a sobreproteger lo de uno desprotegiendo al que está cerca, al vecino, al de enfrente. No queremos ver el frío que hay al otro lado de nuestras ventanas. Hay una oleada generalizada de insolidaridad que resulta muy preocupante para el futuro de las sociedades.

—¿Por qué un joven debe leer esta novela?

—Porque ahora mismo hay una falta muy grave de literatura juvenil que ponga sobre la mesa el tema de la violencia. Existen ya varias generaciones de jóvenes educados en la banalización de la violencia (cine, videojuegos) y creo, como madre, como lectora y como escritora, que esa violencia que los padres tratan por todos los medios de invisibilizar debería entrar en sus vidas a borbotones, bien contada, sin paños calientes, sin hipocresía. Una buena fórmula es hacerlo a través de la ficción literaria, quizás la manera más efectiva de contar la verdad.

Joao, tu novela anterior, y ahora Ventanas giran en torno a la mirada del adolescente, pero no desde la posición del adulto, sino desde la perspectiva del adolescente. ¿Qué tiene de novelable la adolescencia?

"Cuando te asomas al mundo tratando de adivinar la mirada de un adolescente lo haces a través de una lente telescópica, pues ellos viven contemplando el horizonte del mundo"

—Cuando nacieron mis hijos comencé a mirar el mundo de manera distinta. Los adultos, cuando te mueves entre ellos, te dan una mirada de microscopio porque tienden a agrandar lo pequeño; sin embargo, cuando te asomas al mundo tratando de adivinar la mirada de un adolescente lo haces a través de una lente telescópica, pues ellos viven contemplando el horizonte del mundo. Y eso es lo que a mí me interesa en literatura. Contar a lo ancho. Y a lo lejos.

—¿Qué te resulta más difícil a la hora de escribir, trabajar en la voz de un joven o en la de un adulto?

—Pues ahora que lo preguntas… te diría que para mí es más dolorosa la mirada de un adulto y más reveladora la del adolescente. Cuando trato de recrear la mirada de un joven a la hora de escribir una historia descubro en el mundo muchísimas más cosas que me interesan. Es enfermizo que intentemos poner nuestra mirada o nuestra coraza de adultos a los chicos para tratar así de sustraerles el dolor y la frustración, que es el gran tabú de nuestro siglo. Estamos tratando de proteger a nuestros jóvenes con herramientas, creo, inservibles.

—¿En qué sentido?

—Estamos en un momento en el que el adulto ha distorsionado su tamaño con respecto al mundo, se ha vuelto culturalmente adolescente, se ha infantilizado, y el contexto social en el que hoy se desarrolla este fenómeno no hace sino favorecer ese infantilismo. Eso nos está acarreando serios problemas a la hora de afrontar la educación honesta de nuestros jóvenes.

—¿Es Ventanas una novela violenta?

"Si no somos capaces de contárselo a nuestros hijos, pues es que deberíamos plantearnos qué mundo estamos creando"

—No. Ventanas habla de las consecuencias de la violencia. En Ventanas no hay violencia física, se cuenta la consecuencia de volver la cara a otro lado cuando hay inocentes expuestos que necesitan nuestra ayuda. Y si no somos capaces de contárselo a nuestros hijos, pues es que deberíamos plantearnos qué mundo estamos creando.

—Pero la violencia, como el erotismo o la sexualidad son temas políticamente incorrectos depende de cómo se traten.

—Pues precisamente en un contexto censurador como el que vivimos, se hace necesario que se desentierren estos temas

—¿Has tenido problemas a la hora de publicarla?

—En absoluto; he tenido mucha suerte porque Anaya es una editorial que siempre me ha gustado mucho, con un gran equipo. La presenté al premio y quedó finalista. Han tenido una valentía increíble a la hora de defender una novela juvenil con un tema tan espinoso, tan políticamente incorrecto.

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Bixen
14 ddís hace

¿Son de Alemania Democrática esas ventanas de fondo?. No sé, me suenan.