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Pandemia y biblioteca, mis libros envejecen  

Pandemia y biblioteca, mis libros envejecen  

Vivo sola en una casa de ochenta metros. Tengo una orquídea de plástico, un microondas que nunca uso y un ordenador del que no me despego. También unos quinientos libros ordenados en estanterías y torres, pero hay más guardados en los armarios.

Desde mi estudio escucho los pájaros magnetofónicos de los semáforos por los que cruzan peatones invisibles. Pienso en Ray Loriga, que tanta envidia siente por el personaje de H.G. Wells. No veo a nadie, tan sólo autobuses vacíos que suben y bajan por una avenida desolada.

"Envuelta en una campana de silencio, leo los diarios de Susan Sontag. Antes los encontraba fascinantes, ahora ya no"

Desde que comenzó esto, escribo todo el día. En ocasiones la novela se me antoja demasiado violenta para estos días de infección, pero bueno, puede una bautizarse contra todo excepto las propias obsesiones. Aunque me aplico en cumplir mi ritmo de escritura, en ocasiones las palabras se me caen de las manos.

Evito Twitter e Instagram. No me apetece saber qué va a pasar y no exagero si os digo que ha dejado de importarme el Gobierno o lo que tengan que decir. También he perdido el apetito e incluso he llegado a sospechar que ya no me gusta la cerveza. Envuelta en una campana de silencio, leo los diarios de Susan Sontag. Antes los encontraba fascinantes, ahora ya no. Me gustan, eso sí, sus listas exhaustivas de películas y libros.

Pienso en Flaubert y los adjetivos. En las páginas de Philip Roth o el perro Idiota de Henry Molise. Esta mañana me he sentado a leer T.S. Eliot y me convencí de que nadie podría desterrarme del lenguaje. Natalia Ginzburg y Doris Lessing permanecen invictas como los conciertos para cello de Haydn, las sinfonías de Beethoven, las trompetas de Mozart y la Pasión según San Mateo, de Bach.

"Aunque debería reconfortarme, el estruendo de las palmas en medio de la oscuridad se me antoja triste, angustioso y solitario"

En la noche, los vecinos salen a los balcones. Aplauden a los médicos. Se hacen compañía. Y aunque debería reconfortarme, el estruendo de las palmas en medio de la oscuridad se me antoja triste, angustioso y solitario, casi tanto como el llanto de los niños cuando los padres del edificio contiguo los sacan a jugar. Entonces tengo que cerrar las ventanas. Sus gritos me taladran el ánimo. Quizá no he debido leer hoy a Patricia Highsmith, creo que ha tiznado mi estado de ánimo y fumigado mi empatía.

La Metamorfosis de Ovidio y la Antígona de Sófocles permanecen a mano. La poesía de Borges y las Novelas ejemplares o los entremeses de Cervantes me aflojan el miedo. Me gusta leerlas. A Sylvia Plath no la echo de menos. Creo que la he superado, como a las paperas. Me faltan mi propio cura y mi propio barbero para el examen de mi biblioteca. Hay libros que enferman, envejecen, pierden lozanía. O quizá sea yo, recluida en tiempos de pandemia, la que ha cambiado.

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