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Con el señor el Nobel, por favor

Son las nueve de la mañana y una bandada de cisnes atraviesa el río Göta. Al llegar a la puerta del Palacio Real, cruzo a la izquierda y camino hasta el número dos de la plaza Stortorget. Una docena de turistas se fotografía ante la Academia Sueca. El edificio, donde también funcionan el museo y la biblioteca Nobel, no abre hasta las once. Tengo poco tiempo y algunas cuentas pendientes. Por eso estoy aquí.

Me considero de los lectores agraviados por la institución que tengo ahora ante mí. Soy de las ofendiditas. Cuando Bob Dylan recibió el Nobel de Literatura, en 2017, tiré la toalla. Dárselo a él significaba desahuciar a Philip Roth. Y así fue. Roth murió al año siguiente. Eterno candidato al Nobel, pienso ahora que la Academia debió sentirse señalada moralmente por la novelística de Roth y su capacidad para describir la estepa y el vertedero humano.

Fachada de la Academia Sueca.

La Academia, la que ahora contemplo bañada por una potente luz de invierno, intenta recuperarse de los conflictos de intereses y prácticas poco transparentes que la hicieron saltar por los aires. Tras cancelar la edición de 2018 y entregarlo por partida doble en 2019, sería mezquino no concederle a la institución el beneficio de la duda, como también lo sería negar los años en los que interpreté sus anuncios como aciertos.

"Quería conocer el lugar donde se eligen las grandes ausencias, como los Nobel no concedidos a Jorge Luis Borges, Kafka, Proust o Nabokov"

Celebré el Nobel de Literatura para Coetzee en 2003, el de Doris Lessing en 2007 y el de Vargas Llosa, en  2010, el último concedido a un autor en lengua española. Algunas fanfarrias me las reservo, porque sería una desfachatez decir que aplaudí el premio a García Márquez, en 1982 (yo apenas tenía nueve meses de vida) o el de Octavio Paz, concedido en 1990. A los ocho años, aunque sabía qué era el Nobel, ni soñaba en leer El laberinto de la soledad.

Los editores de Bonnier han tenido la elegancia de concederme la última mañana libre de la agenda de promoción de La hija de la española, publicada hace un mes como Natt i Caracas. Bonnier es el sello literario más antiguo de Suecia. Se fundó hace casi tres siglos. En su sede me topé con pinturas hechas por Strindberg y también con varios libros de Javier Marías. Como soy incapaz de entender sueco, tuve que preguntar cuáles eran: Los enamoramientos, que sería Förälskelser; Tu rostro mañana, traducido como Ditt ansikte i morgon y Todas las almas (Alla själar). Sé que hay más, pero yo sólo alcanzo a ver esos.

Entrada de la editorial Bonnier

Hay un claro hilo que me conduce desde el Edificio Bonnier hasta el número dos de Stortorget. Quería conocer el lugar donde se eligen las grandes ausencias, como los Nobel no concedidos a Jorge Luis Borges, Kafka, Proust o Nabokov. He venido, también, para preguntarme qué luminosa pulsión los condujo a premiar a Rudyard Kipling o T.S Eliot. A este último aprendí a leerlo, además, gracias a Javier Marías.

"Ya son varias las cenas y comidas con editores y scouts en los que se repite el nombre de Javier Marías como autor rotundo capaz de hacerse con el premio de la Academia"

Fue también Marías quien me condujo hasta Shakespeare. En las páginas de Mañana en la batalla piensa en mí, leí por primera vez el verso de Ricardo III“Mañana en la batalla piensa de mí, y caiga tu espada sin filo: ¡Desespera y muere!”. Fui a buscarlo completo en el texto original, en una edición de las obras completas del británico, que mi hermana Cristina compró frente al teatro Sheldonian, en Oxford, hace ya más de veinte años. Estaba con ella ese día. Yo recién había cumplido los 16, tenía un pésimo inglés y un todavía peor gusto literario. Robé el libro de la biblioteca de mi hermana y no lo devolví jamás. Después de años, lo que he contraído con Marías no es una deuda. Es casi un parentesco. O quiero reconocerlo así.

Ya son varias las cenas y comidas con editores y scouts en las que se repite el nombre de Javier Marías como autor rotundo capaz de hacerse con el premio de la Academia. Para mí es una verdad que se toma su tiempo, pero como nunca se sabe, mejor plantarse en las certezas. Por eso he venido, andando, a esta plaza. No es posible llamar al telefonillo y pedir que se ponga el señor Nobel. Tampoco creo que Marías lo necesite. Es sólo por el gusto de dejar colgados dos signos de interrogación en cada pomo de las puertas cerradas, mientras un aquelarre de turistas se fotografía con sus teléfonos móviles, en medio de una fría mañana de invierno.

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