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Papel, de Jesús Ruiz Mantilla

Benjamín Sarabia es un reportero veterano que no concibe su vida sin bajar en ayunas al quiosco de la esquina a comprar su periódico. Luz Perea es una periodista millennial que cada día se levanta de la cama con el móvil en la mano para recorrer con un vistazo las últimas noticias. Los dos se abren paso como símbolos de mundos dispares, el analógico de la tinta y el digital de las pantallas, en la redacción de un medio acosado por las dificultades financieras y la caída de las ventas; asediado por la voracidad de los intereses políticos y económicos que acechan su independencia e imponen censuras y autocensuras.

Zenda publica las primeras páginas de la novela de Jesús Ruiz Mantilla Papel (Galaxia Gutenberg).

***

PRIMERA PARTE
«UN TUIT»

UNO

Hemos perdido. Aunque todavía podemos ganar…

Ganar dentro de lo que perdimos, que algo es, algo será. No me resigno a aceptar esta paradoja. Llevo años pensando que debo escribir nuestra historia. Pero hasta ahora no sabía cuál era el final. Cómo acababa nuestra peripecia. Hoy no me queda duda y lo asumo: hemos perdido. Una etapa negra en mi vida me obligó a aceptar la derrota. Ahora, quizá engañado por cierta ilusión delirante, he podido percibir de nuevo un poco de esperanza. Por eso he decidido comenzar.

Había pensado que debía narrarla en tercera persona. La mayoría de los relatos periodísticos así lo exigen. O mejor dicho, pertenezco a una generación de plumillas que se ha formado de esa manera. En la de tomar distancia ante la materia que abordas. Pero dejad que me salte la norma en esta ocasión. Permitidme otra licencia: que os tutee. Estoy harto de constreñirme a corsés, deontologías y estilos. Además, esto no es un reportaje, ni una crónica. Aunque puede que acabe como ambas cosas a la vez, por ahora se trata de un testimonio íntimo y doliente, vivo y lleno de esperanza. Deseo que se tome como el relato de lo que hemos sufrido, gozado, defendido. De lo que hemos visto derrumbarse; de lo que otros, a partir de ahora, deben volver a levantar. Aun así, perdonad que entre y salga de los personajes a mi antojo. Todos son reales, a todos conozco, traté y como tales se manifestarán en el momento que leáis sus nombres por primera vez. Todos existen, han existido y existirán. Pero no desearía mostrarme más indiscreto de lo que ya, de por sí, soy.

Para empezar, hablaré de Luz Perea. Os la presento fingiendo el comienzo de una novela, como si me colara en su cuchitril de Lavapiés:

El rumor temprano de la calle la despertó sobre las ocho menos diez. A las 7.52 para ser exactos. Para ser precisos. Luz Perea se desperezó boca abajo y miró la pantalla de su móvil. Le tranquilizaba abrir el ojo antes de que sonara la alarma. Esos minutos previos al límite que imponía a menudo sobre el sueño le servían para regresar a la realidad.

Bostezó y entró en el baño, teléfono en mano. Se sentó en la taza del váter y refrescó la pantalla. Accedió mecánicamente, como cada mañana, a la edición digital del periódico. Apenas había cambiado nada sobre el último vistazo que le echó por la noche. Un previo sobre la comparecencia del presidente – sin preguntas– para explicar el enésimo caso de corrupción que azotaba su partido. El diálogo de sordos en la recurrente y atascada crisis de Cataluña. Otro caso más de pederastia en la Iglesia, esta vez en Ciudad Real. Las últimas fanfarronadas de diversos futbolistas al volante: multas por exceso de velocidad en sus Porches, Ferraris y Lamborghinis. Un tirón de orejas a los nuevos líderes de la izquierda por parte de aquel historiador con predicamento en los últimos tiempos de poder sociata. Se acerca un ciclón a las costas de Cuba y Puerto Rico. Un tuit descerebrado de Trump incendia la cumbre del G7. Cómo planchar en un mes tus patas de gallo. Diez playas para contemplar el atardecer sin mirar el móvil…

Todo en orden. También las tuberías de su cuerpo. Ni rastro de estreñimiento. Quedaba poco papel higiénico. Se dio cuenta al echar mano del mismo, mecánicamente. La urgencia de la compra desvió su atención de los titulares. Salió del baño hacia la cocina y empezó a componer mentalmente una lista: aparte del papel, jabón de lavadora, aceite, tomates, pavo, queso fresco, pan de semillas, compresas, por si acaso. Ya.

Conectó la radio por medio del móvil y se preparó el primer café. Quedaban pocas cápsulas para su máquina. Las agregó a la lista de la compra. La idea de quedarse sin ellas le espantaba. Apenas contaba vicios confesables. Pero cada mañana, ese, resultaba crucial en el rito remolón y preciso de desperezarse.

Ya pasaba el reloj de las ocho y cuarto. El informativo matutino apenas se desviaba del contenido del periódico. La cadena Hoy Radio pertenecía al mismo grupo que El Plural. Poco a poco reparó en que aquella no era una mañana cualquiera. Dos horas más tarde, sobre las diez, entraría por la puerta del periódico como una miembro de la redacción con pleno derecho.

Afrontaba su primer día con contrato. Una miseria de sueldo que apenas daba para alegrías más allá del alquiler del apartamento en Lavapiés: un cuarto piso sin ascensor, balconcillo a la calle, cocina, baño y salón en apenas 40 metros. También para la compra básica o alguna cena de fin de semana… Lo justo para ir tirando sin proyectos más allá de renovar cada mes.

El contrato ya constituía de por sí una conquista. Había destacado en la escuela de periodismo, se había lucido en destreza, capacidad de reacción y actitud en las prácticas. No tanto por una escritura brillante, aun sin un estilo propio y reconocible, pero sí por su astucia a la hora de colarse en aquellos lugares donde se supone que no debes entrar. Trazaba enfoques originales y apostaba fuerte por resolverlos. Muy crudo debía de andar el panorama para que poco después no le cayera una oferta aceptable.

Husmeó el mercado pero nada le había excitado tanto como su deseo de quedarse en El Plural. Formar parte del mito. La leyenda de un periódico curtido al paso de la democracia que fue ganando meteóricamente su influencia en los tiempos de la transición y ahora, entre batacazos, se adaptaba a la incertidumbre cíclica en medida de segundos que asola el siglo XXI.

Apenas habían pasado dos meses desde que Sarabia la volvió a llamar. En menos de una semana, todo quedó arreglado. Dijo que sí sin tener en cuenta apenas las condiciones. Las había interiorizado de sobra y no les hacía ascos: la vida a cambio de 1.200 euros netos. Compromiso total. Nada de horarios inflexibles. ¿Lo tomas o lo dejas?

A Luz Perea le valía la pena. Le rentaba, que diría cualquier tronco de su generación. Aceptó. Era el primer peldaño de un sueño que pocos en su quinta consiguen: trabajar casi de inicio, con 26 años, en el periódico que soñó desde sus primeros cursos en la universidad…

***

Más o menos, así queda el retrato inicial de la becaria. Paso ahora a presentar al santón veterano de Sarabia. Se ha colado sin previo aviso en su terreno y merece entrar por todo lo alto como dueño y señor del suyo propio.

***

Justo 20 minutos antes de que Luz Perea se levantara, Benjamín Sarabia había bajado a la calle con Bradlee, su perro. Cada mañana ejercía la misma costumbre. Se arrojaba agua fría en la cara para ahuyentar las legañas, se vestía y se acercaba al quiosco para comprar el periódico fresco, decía él. Su inexcusable ejemplar de papel.

La mascota era un reloj. No más tarde de las siete y media, husmeaba para animarle a que se despejara. El viejo pequeño schnauzer ostentaba el nombre de uno de los periodistas más legendarios y admirados por Sarabia: Ben Bradlee, director del Washington Post en plena era del Watergate. No fallaba. Entre seis o siete horas después de su paseo nocturno, el perro tocaba corneta.

Había amanecido el día con un aire neutro en Chamberí. Un clima estable, de esos que ni siquiera rozan los poros de la cara al salir del portal. El cielo andaba encapotado, algún borracho se cruzaba en dirección contraria al paso entre firme y titubeante hacia el metro de los más madrugadores y no resultaba raro que varios viandantes hicieran carantoñas a Bradlee.

Sarabia se dirigió hacia el quiosco de Agustín. El hombre había terminado de apilar cada montón de ejemplares. Le entregó el euro y pico en la mano, se dieron los buenos días sin novedad y se colocó el periódico bajo el brazo. La primera ojeada a los titulares debía hacerla sobre la mesa de la cocina, en la soledad de un desayuno frugal que se componía de una naranja, cinco galletas Digestive sin apenas variación de textura ni sabor y una serie de cafés preparados con esmero en su italiana…

Sabía perfectamente lo que se iba a encontrar en El Plural. Lo había dejado cerrado a su mando la noche anterior. Pero siempre quedaba algún resquicio para la sorpresa. Un gazapo que se cuela. Una tardía crónica sin revisar por él, los cambios que se habían introducido al borde de la última edición.

Sarabia salía de la redacción hacia las once de la noche. Lo que ocurriera durante las dos horas que trascurrían desde que dejaba su puesto de vigía frente a la edición impresa y el cierre, quedaba reflejado en ese ejemplar que agarraba en el quiosco religiosamente, cada mañana.

Apenas un retoque a los titulares. Poco cambio. Encendió el transistor para ir escuchando por la radio a qué debía enfrentarse durante el día. Todo parecía bajo el control de lo previsible. Ningún sobresalto. Sarabia fue pasando las páginas con ese rumor del papel apelmazado en mitad del vacío matutino. Inició el recuento de lo que más le inquietaba desde hacía tiempo: los anuncios.

Él había vivido una época en que cada hueco robado por la publicidad al espacio de las secciones por las que había pasado le estorbaba. Sin embargo, hacía años que suspiraba por volvérselos a encontrar. Pero no acababan de regresar a un punto en que ofrecieran suficiente tranquilidad. Casi nadie quería anunciarse en un formato que agonizaba.

Salvo las grandes marcas, muchas empresas habían dejado de invertir en los periódicos impresos. No aprovechaban ni las ofertas comerciales. Se había terminado aquella cosecha de millones por un espacio determinado en los tiempos de vacas gordas, cuando casi te debían dar una bolsa en el punto de venta para cargar con los kilos de papel que servían de soporte. Páginas y páginas. Un bosque de celulosa sin fin para los anunciantes. Se acabó. Todos prefieren ahora la televisión, las radios, las gangas de internet y la autopromoción en redes sociales.

El primer repaso matutino junto al café inicial terminaba siempre con un gesto inquieto y el eco de una gran preocupación interior que compartía después con muchos compañeros: esto no aguanta. Así nos hundimos. Era la conclusión más frecuente si no quedaba interrumpida por alguna cagada que se les hubiera colado en las páginas: titulares que repetían alguna palabra, faltas de ortografía zafadas del rigor o el exceso de concentración en otros empeños, duendes de imprenta que habían vencido la batalla de las prisas del cierre.

El trabajo de Sarabia podía resumirse en una palabra: artesanal. Había pasado por todas las esferas de la profesión. Fue becario en local, redactor de política, corresponsal un tiempo en Roma, París y Londres. Jamás quiso estar a más de dos horas de vuelo de Madrid. Desde hacía tres años lo habían nombrado encargado de la edición de papel…

Atrás había quedado la juventud, buena parte de una correosa madurez y algunas relaciones sin ataduras. Resistía al mando de un mal necesario para la empresa que rompía el paso firme de la era digital, del periodismo en redes, del vértigo difuso, volátil y ansioso que había conquistado con aires casi totalitarios y, a su juicio, mucha soberbia y demasiada frivolidad, el carácter de los nuevos tiempos.

Había que aguantar, sin embargo, por los ingresos todavía nada desdeñables, que dejaba el papel. Y para eso, nada mejor que poner al frente a un veterano curtido que coordinara ese paso firme hacia el fin, sólo frenado por el empeño romántico de la resistencia de algunos. Era cuestión de tiempo. Y de biología. Cuando las viejas generaciones educadas en esa costumbre de leer las noticias impresas fuera desapareciendo, se impondría el triunfo de las nuevas hornadas con sus pantallas y borraría todo rastro de tinta.

Pero Sarabia, a sus 58 años, había decidido que no se jubilaría antes de la caída definitiva. Que seguiría el mismo ritual matutino hasta el día de su muerte. Bajar al quiosco y comprar su periódico de papel.

***

Yo confieso que me encuentro a caballo entre ambos. Poco a poco fui cayendo en la hipocresía de la era que afrontábamos simplemente con analizar mis pasos. Desde que los gerifaltes lograron metérnosla doblada al colocarnos un Smartphone en la mano, todo empezó a derrumbarse. Por un lado, nos mostramos aterrados, incrédulos y nos hacemos cruces ante la perspectiva de que la imprenta deje de existir. Pero cada mañana nos levantamos dejando que poco a poco nos invada la costumbre matutina y diaria de Luz Perea. La primera visita al baño, móvil en mano, la hacemos repasando las noticias. Luego, si acaso, intentamos conseguir un ejemplar de papel en alguno de los escasos quioscos que continúan abiertos y vamos comprobando, a medida que pasamos cada página, la muerte del soporte. Dos horas más o menos después de haber leído la versión digital, un extraño síntoma de repetición, de aroma a viejo, a caduco, de ausencia de sorpresa, se adueña de nuestro vistazo sobre el ejemplar. Las noticias allí esparcidas se vuelven contra la raíz de su propio significado: nada nuevo.

Ya que hemos empezado por centrarnos en estos dos personajes que andan por las antípodas del oficio, acerquémonos ahora al escenario principal: ese pulmón de adrenalina que da sentido a nuestras vidas.

***

Poco antes de las 10.00 de la mañana, la redacción, aun en esta nueva era, es un borbotón de vida con teléfonos huérfanos de línea fija a los que nadie suele contestar. Llevaban por aquel entonces semanas con las últimas obras de remodelación. Lo que había sido el pulmón central en décadas iba a dar paso a otra estructura. Las secciones de fotografía y confección, aquellas a las que todo el mundo acudía para pedir sus páginas maquetadas y sus imágenes previstas o no, dejarían espacio al nuevo mando digital. El periódico, según definición de Sarabia, se dividió en dos: la huevera y la papelera. La primera era el futuro: todos nuestros esfuerzos para la web. La segunda, un lastre con los días contados: la edición de celulosa camino de los geriátricos.

Las secciones de fotografía y confección quedarían relegadas en ese nuevo diseño a una esquina marginal para alimentar la mesa de edición bien nutrida de periodistas jóvenes, puestos para algunos ingenieros informáticos, community managers y expertos en redes sociales. El epicentro aguardaba vacío con una gran estructura dispuesta en una media circunferencia, a la espera de los ordenadores. Muchos comenzamos a llamar aquello La estrella de la muerte. Desde las secciones, parapetadas aun en su desorden de carpetas amontonadas, viejos recortes y periódicos apilados, se respiraba cierta inquietud de apocalipsis tonificada con una ironía de homenaje a Star Wars.

Apenas a esa hora pululan por ella los jefes a punto de entrar en la primera reunión, los que se ocupan del primer turno en la web con algunos cafés junto a la pantalla y ciertos trepas que buscan méritos con el simple detalle de ser vistos por quienes se supone que te tienen que ver.

El director, por ejemplo, había llegado, como cada mañana, en torno a las 9.00 con casi toda la prensa del día leída y enchufado de sobra a las webs. Tenía fresco en su cabeza el confuso bocado de realidad que había desayunado entre los papeles y las pantallas. Había dormido razonablemente bien y repasó en el despacho la agenda de la jornada para luego pedirle a Mar, su secretaria, que anulara tres compromisos.

Cuando entró en la sala, los asistentes esperaban. Se trata de una regla no escrita. El director llega puntual. Pero siempre debe ser el último en aparecer. Durante los primeros instantes, antes de meterse en materia, se produce siempre un aire de tensión. Si se ha cometido un error, lo comenta y pide explicaciones. Pero aquel día no hubo nada que reprochar. Se sentó con su corbata echada a un lado, como el simulacro que nos remite a un permanente ahorcado y comenzó la ronda. Hubo alivio.

—Internacional.

Almudena Cañas comenzó a cantar:

—El Isis se encuentra rodeado en los frentes de Siria e Irak. No nos extrañaría que eso produzca atentados inminentes fuera de allí. Todas las policías europeas andan en estado de alerta. Estados Unidos está a punto de entrar más a fondo en el conflicto, aunque puede también que se trate de una maniobra para salir, con ellos y esta Administración, encima, nunca se sabe…

La jefa de Internacional llevaba el pormenorizado relato global a punto. Durante el año que se había mantenido al frente de su puesto, casi todo fueron aciertos. Por más que Lucas le exigía, sorteaba todos los escollos en mitad del campo de minas que es dicha sección en una época inflamada. Aunaba un sólido criterio para las historias que pasaban al papel y pulso firme para el ritmo en la web. Los corresponsales la obedecían como soldados y su equipo en la redacción apenas mostraba fisuras.

—Nacional.

El director levantó la vista y comprobó que Alarcos no había llegado. Torció el gesto.

—Economía.

Manuel Sánchez-Cid, un relamido experto en estadísticas, tomó la palabra ante la ausencia del jefe de Nacional.

—Un toque de atención a la supuesta recuperación. Las estadísticas europeas muestran debilidad. En España, un 13,1% de los trabajadores viven en hogares que no alcanzan el 60% de la media de ingresos. Sólo Rumanía y Grecia andan por debajo. Y el riesgo de pobreza se ceba con los españoles que tienen un contrato a tiempo parcial: en este grupo, la tasa se dispara al 24,3%.

En ese momento, irrumpió Alarcos.

—Perdón…

Lucas le dio un toque.

—Sentimos interrumpirte, Manolo. Alarcos, llegas tarde. Precisamente hoy. Aquí, los de Economía nos estaban contando algo a tener en cuenta cara a la comparecencia del presidente.

—Ya me ha dicho. Pero me temo que…

—¿Qué?

—Que no habrá preguntas.

—¿Otra vez?

—Otra vez… El presidente tiene previsto comparecer a las 12.00 en la sede del partido. Parece que dentro tiene controlada la situación, pero no hacen más que caerle palos desde que publicamos lo de Sintel. Es evidente. La red estaba perfectamente en orden desde la sede central. Los caídos empiezan a largar como ratas. Los papeles que le pasaron a Lorenzo van a incendiar el panorama. Con ese ambiente, ni pensar en preguntas…

Lucas estalló.

—¡Hay que joderse!

—Ya… Es la regla.

Alarcos aportó una respuesta irrelevante pero Lucas quiso apretar a los presentes:

—¿La regla? ¡Qué cojones de regla! ¿Y nadie se indigna? ¿Ni siquiera nosotros?

La bronca del director provocó un silencio general. Almudena quiso opinar y se lanzó.

—No deberíamos ir.

Lucas apoyó la propuesta:

—Estoy de acuerdo. No deberíamos ir y debemos dejarlo claro con un editorial. ¿Qué es esto? No podemos permitirnos el lujo de desaprovechar una oportunidad así y quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que equiparar en el texto la corrupción y el hecho de que muchos amigos suyos y su partido se han enriquecido con fondos públicos mientras andamos compitiendo con Grecia y Rumanía en términos de pobreza.

Alarcos metió baza.

—¿Estamos seguros?

Lucas insistió absolutamente convencido y espoleado por su propia indignación.

—Sería una pérdida de tiempo acudir. Hay que retomar la delantera. Hoy vamos a tratar de centrar el debate en ese aspecto. Que Lorenzo vaya hurgando en los papeles y contratacamos con algo gordo a lo largo de esta semana. Si el presidente niega la mayor, más madera. Y si nos quiere tomar el pelo, que le ría las gracias su madre.

Lucas zanjó el asunto y pasó el turno.

—Cultura…

Cuando Lucas dijo: «Cultura», comenzó mi turno. Llevo 20 años en esa sección y, aunque aparezco poco por el periódico, aquel día, los jefes me pidieron que acudiera a la primera cita de la mañana. No es habitual y tampoco me suelo prestar a ello. Desde hace tiempo valoro demasiado mi libertad de movimientos como para, si puedo evitarlo, tener que desperdiciar mi vida sujeto a unos horarios. Pero, sigo…

Los presentes se intercambiaron miradas. Aprobaban sin fisuras ese cambio de actitud en Lucas. Incluso Alarcos, aunque hubiera actuado tímidamente de abogado del diablo. Cuando lo nombraron director, la mayoría lo habían recibido con reservas. Era el más joven entre los sucesivos responsables desde que se fundó el periódico. A mí no me convencía, debo reconocerlo, pero me ganó el día en que me enteré de cómo frenó en seco aquel intento de Almodóvar de cargarse a nuestro crítico de cine: «Pedro, querido, ¿elijo yo el reparto de tus películas? No, verdad. Pues quién escribe en el periódico lo decido yo». Desde entonces, si no a muerte, porque también tiene sus neuras, me fié bastante de él.

Lucas llegó al despacho con 40 años para sustituir a Posada, que pasaba los 60. Representaba el relevo generacional frente a la vieja guardia. Otra mentalidad, de la que los más viejos recelaban, aunque se hubiera formado en la escuela del periódico y mamado aquellos principios que los cambios y el tiempo iban mermando en muchos pilares fundamentales.

Todos pensaban que se mostraría permisivo y blando ante los ámbitos de poder en un entorno de crisis. El periódico iba perdiendo independencia y generando demasiados compromisos. Pero llevaba meses apostando por una línea más crítica.

El resto de la reunión siguió aquel día sin nada más destacable fuera de su cabreo con el simulacro de comparecencia. El énfasis del día se mantuvo claro. Trasladar el foco del debate a esa malsana sucesión de comunicados sin posibilidad de preguntas. ¿Cuál es entonces el cometido de un periodista en las ruedas de prensa? ¿Copiar y punto? Se imponía parar aquello. Negaba la esencia del oficio. Si plantábamos cara, podía tratarse del inicio de una rebelión en la que se diera batalla a ese hábito humillante. Alguien debía empezar.

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Autor: Jesús Ruiz Mantilla. Título: Papel. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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