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En tierra de Dioniso, de María Belmonte

En tierra de Dioniso, de María Belmonte
Fiel al dicho de Kazantzakis según el cual «el buen viajero crea el país por el que viaja», María Belmonte concibe y recrea Macedonia, que de su mano se nos va revelando como una tierra melancólica y misteriosa. El resultado de En tierra de Dioniso: Vagabundeos por el norte de Grecia (Acantilado) es un relato extraordinario, a caballo entre la historia, los viajes, la antropología y la literatura, urdido a fuerza de convocar imágenes, recuerdos, lecturas, leyendas y personajes, para hacer justicia a la riqueza de una región que ha sido y sigue siendo, ni más ni menos, el punto de encuentro de dos mundos, Oriente y Occidente.
Zenda publica el prólogo de este libro.
PRÓLOGO
PAISAJE EN LA NIEBLA
Una vez se revela cada ser vivo, una vez cada paisaje,
y por completo: pero sólo a un corazón
profundamente conmovido.
Hugo Von Hofmannsthal, Momentos en Grecia (19081917)

Hace unos años decidí aprender griego moderno y para ello me desplazaba a Barcelona varias tardes a la semana desde el pueblo en el que entonces vivía. Tuve la suerte de contar como profesora con Kleri Skandami. Kleri es poseedora de un profundo conocimiento de la historia, el arte, la cultura y la lengua de su país y, clase a clase, gota a gota, lo iba destilando en nosotros, sus alumnos, que lo absorbíamos cada cual a su manera. Recuerdo una tarde de invierno en la que Kleri comenzó así su clase: «Hay otra Grecia. Una Grecia que no sale en las guías turísticas, que no aparece en las postales. Una Grecia que no está bañada ni iluminada por el sol, sino envuelta en la niebla. Una Grecia fronteriza, balcánica…, es la Grecia de Theo Angelópoulos…».

En aquella época, de Angelópoulos yo sólo conocía la película La mirada de Ulises y confieso que no pude terminar de verla porque me aburrió soberanamente. Sus personajes, siempre tristes y apesadumbrados, vagando en la oscuridad por ciudades cubiertas de nieve, subiendo o bajando de lúgubres trenes y atravesando fronteras sin cesar, me resultaron impenetrables. La experiencia con el cine de Angelópoulos mejoró con La eternidad y un día. Acudimos a verla casi toda la clase, Kleri incluida, y fue la primera película que vi en versión original griega y cuyos escuetos diálogos entendí, algo que me produjo una gran satisfacción. La película también era importante porque en ella aparecía—ya estábamos avisados—un tatarabuelo de Kleri, Dionisio Solomós, considerado el mejor poeta griego del siglo XIX y autor del poema A la libertad, convertido en la letra del himno nacional griego. De esa película conservo potentes imágenes: la elegante figura de Bruno Ganz enfundado en un abrigo negro, recorriendo la bahía de Tesalónica en compañía de su perro durante el último día de su vida; el poeta Solomós, «comprando» palabras a los campesinos de Zante, porque había olvidado la lengua griega de su infancia debido a su prolongada estancia en Italia… y las tremendas imágenes de la frontera envuelta en una espesa niebla, en medio de la cual se entreveían figuras inmóviles encaramadas en alambradas, vigiladas de cerca por policías apostados en fantasmagóricas torres de vigilancia. De la película y de aquella época también guardo otro tipo de recuerdos más íntimos, relacionados con la maravillosa banda sonora de Eleni Karaindrou que acompañó muchas tardes y noches de una, entonces, incipiente relación amorosa.

No volví a pensar en aquellas palabras escuchadas en una ya lejana tarde invernal. Permanecieron almacenadas durante años en las profundidades de mi memoria hasta que comencé a plantearme escribir un nuevo libro. Entonces, sin proponérmelo, volvieron a aflorar a mi mente y, esta vez, les presté más atención. Cuando le recordé aquellas ideas, Kleri me puso en contacto con otro de sus antiguos alumnos, Pere Alberó, profesor de la escuela de cine de Barcelona. Pere había sido ayudante de dirección de Theo Angelópoulos y accedió amablemente a charlar conmigo sobre la figura del cineasta griego. 

«Mi primer contacto con Angelópoulos—me explicó Pere—fue mientras estudiaba en la escuela de cinematografía; recuerdo que cuando vi Paisaje en la niebla me aburrió mucho y pasé casi todo el tiempo realizando mentalmente cortes aquí y allá para aligerar el metraje. Pero un día, al cabo de unos años—prosiguió—volví a verla en la filmoteca de Barcelona. Fue una experiencia que me transformó. Cuando salí del cine decidí que tenía que trabajar a toda costa con Theo Angelópoulos». Y así fue. Pere Alberó colaboró con el director griego en el rodaje de varias de sus películas. También realizó documentales en los que el cineasta exponía su visión del país heleno. En uno de ellos descubrí el origen de las palabras de mi profesora: «En Grecia—explicaba el director griego—he trabajado sobre todo en lugares simbólicos, lugares de la memoria, evocadores de una belleza que no es apreciada por los turistas, que no aparece en las postales […] Una belleza diferente, menos sonriente, más oscura, más críptica y subterránea; la mayoría de las veces resulta triste o melancólica, pero ésa es mi Grecia». Había otra idea en el documental que captó inmediatamente mi atención: «El norte me inspira más que el sur. Adoro la llanura [macedónica], el paisaje extenso…, porque el sur…, el sur es el mar. En el norte también está el mar, pero es más oscuro, más enigmático, mientras que el del sur es un mar amistoso, suave». Angelópoulos, que había nacido en Atenas, también dejaba claro que para él el norte de Grecia, a diferencia del sur, es territorio balcánico: «Yo soy del sur […] y el sur no son los Balcanes. Bueno, geográficamente sí, pero no como mentalidad. Mientras que el norte es balcánico… allí están muy próximos a otros pueblos, serbios, búlgaros… son personas más severas…».

Norte oscuro y misterioso; sur luminoso y amable… Al escuchar sus palabras pensé que quizá tras ellas se escondía algo más que una mera dicotomía geográfica y creí percibir lo que Patrick Leigh Fermor denominó, en su libro Roumeli. Viajes por el norte de Grecia, el dilema heleno-romaico. Para comprenderlo hay que remontarse hasta la historia de la antigua Grecia, un largo período comprendido entre el 1200 antes de Cristo y, por señalar un final simbólico, el año 529, cuando el emperador Justiniano cerró y clausuró la Academia de Atenas, prohibió el politeísmo grecolatino y declaró el cristianismo la única religión del Imperio romano. En el colegio todos aprendimos y nos familiarizamos con la historia de la antigua Grecia; con su panteón de dioses olímpicos; con las aventuras de los héroes homéricos narradas en la Ilíada y la Odisea; las luchas entre Atenas y Esparta; estudiamos a sus ilustres filósofos y nos deleitamos con las estatuas que representaban el cuerpo humano en todo su esplendor. Aquélla fue la Grecia de los helenos, la que constituye el Big Bang de la civilización occidental, de la que provienen nuestra literatura, nuestra filosofía, nuestro sistema político y cuyo símbolo es el Partenón.
Pero en el siglo VI, tras el cierre de la Academia ateniense, comenzó en Grecia otra época de grandeza de mil años de duración, la era de Bizancio o período bizantino, heredero del Imperio romano de Occidente y cuya capital fue Constantinopla. Sus habitantes se llamaban a sí mismos ρομιοι, romaicos o romanos, denominación que con el tiempo pasó a significar únicamente cristianos ortodoxos. En el año 1453, y ante la indiferencia de Occidente, cayó Constantinopla y el Imperio bizantino fue engullido por el otomano dando comienzo a cuatrocientos años de ocupación turca. «Para los griegos Oriente (el reino de la oscuridad, el misterio, la tristeza y la irracionalidad) incluye recuerdos concretos y sucesos que son el centro del legado bizantino y otomano», escribe Robert Kaplan en Fantasmas balcánicos. Este largo período de la historia de Grecia es mucho menos conocido en Occidente. En los colegios, a diferencia de lo que ocurre con el período grecolatino, casi se pasa de puntillas por el mundo bizantino. Tampoco sabemos mucho de los cuatrocientos años en que Grecia formó parte del Imperio otomano. Una de las razones de esta indiferencia pudo ser la persistente y poco favorable actitud de los católicos romanos de Occidente hacia los cristianos ortodoxos, a los que a menudo se tachaba de «pecadores» y «herejes». La cicatriz del cisma que desde el siglo IV separaba a ambas Iglesias por la llamada «cláusula Filioque» seguía y sigue abierta. Sin embargo, este dilatado período de tiempo, de más de quince siglos de historia, celebrado en la poesía de Constantino Cavafis, constituye el potente elemento romaico del alma griega cuyo símbolo se halla en la iglesia bizantina de Santa Sofía, en Constantinopla, la Ciudad por antonomasia para los griegos.
En el siglo XVIII, tras las excavaciones de Pompeya y Herculano y el descubrimiento de los templos de Paestum, se desató en Europa la pasión por las antigüedades clásicas. En Inglaterra se creó la Sociedad de Diletantes cuyo objetivo no era otro que promover el «gusto por lo griego». Pero fue Joachim Winckelmann el responsable de marcar a fuego en la conciencia europea la imagen de una antigua Grecia idealizada que aún perdura entre nosotros. «El buen gusto nació bajo el cielo de Grecia», escribió en Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura (1755). En su Historia del arte de la Antigüedad proclamaba «la superior humanidad de los griegos», dando a entender con sus brillantes descripciones que la vida y la cultura humana habían alcanzado su zénit entre los antiguos helenos. En adelante los artistas deberían perseguir el ideal de la antigua civilización griega expresado por Winckelmann en su célebre frase de la «noble sencillez y serena grandeza» atribuidas al arte clásico. A finales del siglo XVIII hubo una etapa de auténtica grecomanía que se reflejó en casi todos los ámbitos artísticos, como la arquitectura, la pintura, la literatura, el mobiliario, las artes decorativas e incluso las prendas de vestir y los peinados; todo ello, basado en una imagen idílica del pasado clásico.
El choque con la realidad se produjo unas décadas más tarde cuando, en 1821, los griegos se levantaron en armas contra la ocupación otomana. Europa despertó de golpe a la existencia de una Grecia contemporánea. La implicación personal de lord Byron en el conflicto y su temprana muerte en Missolonghi hicieron que un sentimiento filoheleno prendiera como la pólvora en los círculos ilustrados europeos, creando una corriente de opinión favorable hacia Grecia contraria a la política de la mayoría de los gobiernos. «La lucha en Grecia—escribe Fani-Maria Tsigakou en su libro Redescubrimiento de Grecia—se convirtió en una guerra santa de los cristianos contra los infieles. De hecho, recordó a las Cruzadas por el enfrentamiento entre la Cruz y la Media Luna». El 26 de julio de 1821, el periódico Le Constitutionnel de París proclamaba en sus páginas lo siguiente: «Si nuestra voz es escuchada, el estandarte de la Cruz ondeará sobre los tejados de Constantinopla o sobre el Partenón, y la basílica de Santa Sofía pronto será recuperada para su antiguo uso».
En 1831 Reino Unido, Rusia y Francia, artífices del nuevo Estado griego, nombraron rey de Grecia al príncipe Otto, hijo de Luis I de Baviera, de diecisiete años de edad. Otto hizo una entrada triunfal en Atenas, dispuesto, junto a sus cortesanos bávaros, a devolver el antiguo esplendor a la ciudad que entonces no era sino una pequeña población de apenas cinco mil habitantes. Rápidamente se dieron órdenes de reconstruir el Partenón y, en pocos años, la ciudad se vio salpicada de edificios neoclásicos. La fijación del rey Otto por la Antigüedad clásica era tan grande como su indiferencia por el arte bizantino, hasta que en 1845 surgieron voces de protesta que le instaron a detener el derribo de los edificios bizantinos edificados dentro de recintos clásicos. El mundo romaico era el recuerdo de un pasado humillante y se acudió al esplendor del mundo clásico para reinventar Grecia. Pero mil años de historia no se borran de la noche a la mañana y el pasado heleno conviviría para siempre con el bizantino. La inestabilidad política marcó el reinado de Otto y en 1843 una gran multitud se congregó ante el palacio real para exigir al monarca que otorgara al país una constitución. Durante las conversaciones previas a su promulgación mantenidas entre el rey Otto y su primer ministro Ioannis Kolettis, éste expresó por primera vez públicamente un término que ya estaba en la conciencia popular desde la ocupación otomana y que por aquella época apoyaban casi todos los griegos: η Μεγάλη Ιδέα (‘la Gran Idea’). El objetivo de la Gran Idea era revivir el Imperio bizantino y establecer un estado griego que incluyera los antiguos territorios de Bizancio, desde el mar Jónico al oeste hasta Asia Menor y el mar Negro al este, y desde Tracia, Macedonia y Epiro al norte hasta Creta y Chipre al sur. La capital de este estado griego sería «Constantinopla, “la Ciudad”, sueño y esperanza de todos los griegos», declaró el primer ministro Kolettis ante la Asamblea Constituyente de 1844.
El rey Otto fue derrocado en 1862. Rápidamente se buscó un sustituto entre las casas reales europeas. El elegido fue el príncipe de Dinamarca Christian William Ferdinand Adolphus George, de dieciocho años de edad, proclamado monarca como Jorge I, rey de los helenos. Esta fórmula, y no la de rey de Grecia, complació a la población que vio en ella una puerta abierta a todos los griegos que permanecían todavía en territorio otomano. Las últimas décadas del sigloxix estuvieron marcadas por los disturbios políticos. La causa griega había ido perdiendo su halo de cruzada romántica y la opinión pública europea, cautivada todavía por aquella Grecia idealizada y apolínea, se cuestionaba si esos griegos tan díscolos eran realmente descendientes de Pericles. En The Innocents Abroad (1869), el estadounidense Mark Twain plasmó así su visión de Grecia en 1867: «Jorge I, un muchacho de dieciocho años, y un escuálido puñado de titulares de Asuntos Exteriores ocupan los lugares de Temístocles, Pericles y los ilustres sabios y generales de la época dorada de Grecia».

En 1872, pocos años después de que Twain escribiera esas palabras, Friedrich Nietzsche cuestionó la imagen idealizada que Europa proyectaba sobre Grecia al ofrecer, en El nacimiento de la tragedia, una visión más arcaica, cruel y despiadada del mundo griego. El filósofo sacó a la luz el elemento que había sido obviado hasta entonces en los estudios de la Antigüedad clásica: lo dionisíaco. «Los griegos trataban de interpretar con sus experiencias dionisíacas los secretos más ocultos del alma humana», leemos en La voluntad de poder, «no se conoce a los griegos hasta que se descubre este misterioso camino subterráneo». Lo que Nietzsche destapó fue refrendado por clasicistas como Jane Ellen Harrison, Karl Kerényi y Walter Burkert, quienes, en sus estudios sobre la antigua religión y mitología griegas, demostraron que—tanto como el equilibrio apolíneo—el salvajismo, la locura y el éxtasis dionisíaco formaban parte integrante de la cultura clásica. 

Cuando este libro no era más que una nebulosa en mi mente, me sumergí en el cine de Angelópoulos con nuevos ojos. Para entonces ya contaba con más claves para entenderlo. Sus personajes, como los de la tragedia clásica, son seres afectados por los avatares de la historia y su sufrimiento debe despertar la empatía y la piedad del espectador. En los años noventa la geografía de su cine se desplazó al norte de Grecia—la Rumelia de los turcos—y se llenó de fronteras y personas desarraigadas que deben atravesarlas o se quedan varadas en ellas. Sus pasos fronterizos son ríos caudalosos difíciles de cruzar, alambradas en sendas de montaña, puentes endebles en los que si pones un pie recibes un disparo de un guardián invisible; son lugares cuya peligrosidad se intuye más que se ve. «El cineasta griego—cuenta Pere Alberó en su documental Imágenes para un ensayo sobre Angelópoulos—había hecho en su cine la radiografía de las regiones del norte de Grecia (Macedonia y Tracia) que formaron parte del Imperio otomano y sufrieron las consecuencias de las guerras de los Balcanes (19121913). Una Grecia del desarraigo, sumida en un invierno perenne y en la que no hay rastro de la luz intensa que había impregnado la cultura clásica». El norte de Angelópoulos era su paisaje interior. Siempre filmaba en invierno y detenía los rodajes en los días de sol, para lograr esa atmósfera de aflicción que rodeó la diáspora griega.

No sabría decir en qué momento surgió en mí el deseo del norte, una especie de urgencia por conocer la tierra de Alejandro, de Filipo, de Aristóteles…, de ver con mis ojos esos paisajes fronterizos salpicados de lagos y bosques, rodeados de montañas y atravesados por ríos de tres nombres: el territorio donde el mundo griego se funde con la sensibilidad oriental y balcánica. Los viajeros que hacían el Grand Tour en los siglos xviii y xix evitaban el norte de Grecia porque, decían, carecía de ruinas clásicas. Pero estaban equivocados; simplemente esas ruinas, o yacían sepultadas bajo tierra, o se encontraban en localidades remotas y consideradas entonces inaccesibles y peligrosas. Yo había viajado con frecuencia por Grecia, pero apenas conocía esa zona del país. Se podía decir que era terra incognita para mí y debo confesar que la primera vez que pisé el suelo de Macedonia no fui consciente de ello. En la primavera de 2007, acompañada de dos amigos griegos, cumplí un antiguo sueño: subir al monte Olimpo. Una soleada mañana de primeros de junio abandonamos muy temprano Atenas y enfilamos alegremente la autopista hacia el norte. Poco después del mediodía aparcamos en Prionia, en las faldas de la montaña, cogimos nuestras mochilas e iniciamos el ascenso hasta el refugio para pasar la noche. A la mañana siguiente alcanzamos la cima. Aún conservo una foto de los tres, sonrientes y satisfechos después del esfuerzo; felices por encontrarnos allí arriba. Era un día despejado y a nuestros pies se extendía un grandioso paisaje. Si me hubiera fijado, habría visto por primera vez la hermosa bahía de Tesalónica al noreste, la llanura de Macedonia al norte y, al frente, la península de Calcídica. Pero yo no veía nada de eso; para mí sólo existía la montaña y el vivo gozo de estar allí. Tenía suficiente con aquel mundo de rocas, desfiladeros, bosques de hayas, cuevas, cascadas y la sucesión de picos que se perdían en el horizonte. Sin embargo, a Oscar Wilde, que viajó a Grecia en marzo de 1877 con su tutor de estudios clásicos del Trinity College de Dublín, la visión del auténtico monte Olimpo le causó una «profunda decepción». También encontró feas algunas excavaciones que visitaron por el camino. Nunca regresó. Le bastaba con la Grecia imaginada desde la lejanía.
En los tres días que pasamos juntos, además de conocer a personas de todo el mundo atraídas por el halo mítico de la montaña, tuvimos tiempo de hablar de muchas cosas. No sé en qué momento ni dónde nos encontrábamos cuando Yorgos me preguntó a bocajarro: «Y tú, María, ¿por qué vienes a Grecia?», a lo que siguió una retahíla de improperios contra la situación de su país. Yorgos y Jaris llevaban años colaborando en la creación de Syriza, la coalición de izquierdas que trataba de invertir la deriva política de su país, lo cual explicaba la irritación latente en su pregunta de la que no fui consciente hasta más tarde. Tampoco recuerdo qué respondí, si es que hubo alguna respuesta. Lo que sí sé es que aquella pregunta marcó un punto de inflexión en mi visión de Grecia. En medio de aquel imponente paisaje fui consciente de que yo formaba parte de las filas de viajeros románticos que buscaban en Grecia el decorado de una mítica edad de oro, bañada, en un eterno verano, por la deslumbrante luz del sol y la razón.
Al año siguiente, 2008, estalló con toda su crudeza la crisis económica global y Grecia ocupó con frecuencia los titulares de los periódicos con noticias lúgubres y estremecedoras. Los tiempos se pusieron difíciles para todos y mis dos amigos y sus familias emigraron; uno a Londres y otro a Noruega, y desde entonces les he perdido la pista. En aquellos años yo también viví algunos momentos de angustia debido a la crisis económica. En tanto que freelance mi teléfono dejó de sonar, los encargos no llegaban a mi bandeja de entrada y el volumen de trabajo disminuyó de manera alarmante. En cambio, disponía de un inusual tiempo libre y lo dediqué a algo largamente deseado: escribir. Mal que bien sorteé la situación económica y también escribí dos libros que fueron publicados. Durante esos años seguí viajando por Grecia, pero mi campo de visión se había ampliado. Cuando pensaba en un nuevo tema para escribir, ciertos elementos se fueron entretejiendo sutilmente para constituir el fermento de este libro: las palabras de Kleri sobre una Grecia diferente, la impaciencia de mi amigo Yorgos instándome a que abriera los ojos a la realidad de su país y las películas de Theo Angelópoulos, en las que, valiéndose de la épica homérica y las claves de la tragedia clásica, había narrado la historia de Grecia en el siglo xx, haciendo que mi mirada se volviera hacia regiones en las que apenas me había fijado antes. Y así, diez años más tarde, en la primavera de 2018, emprendí mi primer viaje al norte de Grecia. Esta vez sí sabía adónde me dirigía.
En un principio mi idea era incluir también Tracia en este libro, pero la lectura de Alejandro Magno de Robin Lane Fox me contagió su desbordante pasión por Macedonia y me llenó de curiosidad por conocer esa tierra que él ve
como «provocativamente homérica», haciéndome transformar mi plan original.
«Está bien viajar a un país del que no se sabe casi nada—escribe Andrzej Stasiuk en De camino a Babadag—. Entonces, los pensamientos se acallan […] Hay que empezar todo de nuevo […] la memoria pierde sentido». Con ese ánimo me adentré en Macedonia, a veces sola, a veces acompañada de algún amigo generoso. Debo añadir que éste no es un libro de historia, pero ante el encuentro con personajes ineludibles como Alejandro, Filipo, Olimpia y muchos más, he creído necesario incluir algunos apuntes históricos sobre sus vidas. Tampoco es un libro de viajes, ni una guía en la que se mencionen todos los lugares relevantes. En realidad, las páginas que siguen son mi propia visión de la Macedonia griega, adquirida a través de los ecos que su paisaje iba depositando en mí. Es mi geopoética personal. También es el resultado de lecturas, de películas, de encuentros con personas que me esperaban o que el azar puso en mi camino. Mi memoria se fue poblando así de imágenes, de recuerdos, de lugares y personajes históricos, de personas reales, de animales, de ríos, lagos, montañas y fronteras. Con todo ello he creado mi propio norte. Un norte que se fue revelando como una tierra oscura y misteriosa, sí, pero también cálida y luminosa, capaz, en ocasiones, de deparar momentos de la más pura embriaguez.
Si tuviera que resumir el alma de este libro elegiría la frase de Hugo von Hofmannsthal que abre su prólogo, porque la revelación del paisaje de Macedonia dejó en mí un corazón profundamente conmovido. 

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Autor: María Belmonte. Título: En tierra de Dioniso, Vagabundeos por el norte de Grecia. Editorial: Acantilado. Venta: Amazon

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