Nadie podría negar que la capacidad de un escritor para posicionarse ante el mundo y convertir su escritura en algo memorable estriba en, al menos, un par de cosas: su talento para combinar palabras y su poder por la significancia de las estructuras resultantes. Botones de muestra habría muchos, pero tomemos un par de sentencias, una universalizadora y otra ingeniosa. “El problema no era su envidia, sino que él carecía de ambición y de esperanzas, los motores que mantienen vivo el fuego de las personas”, reza la primera; la segunda dice: “¡Él ya lo tiene todo! Puede permitirse el lujo de decepcionar”. Ambas pertenecen a un mismo relato, el que cierra el libro de la última recopilación miscelánea de Hanif Kureishi. Trato de evitar el lugar común y no anteponer el adjetivo “malogrado” al nombre del escritor de origen paquistaní, nacido y criado en Inglaterra (Londres, 1954), pero resulta inevitable tras el desafortunado accidente que hermana al azar con la neurología y a un desvanecimiento con la imposibilidad de reacción motriz alguna. El original de ¿Qué ha pasado? apareció en 2019, tres años antes del fatídico percance que lo mantiene tetrapléjico desde el invierno de 2022, durante las vacaciones de Navidad en Roma. Desde entonces ha continuado con el milagroso ejercicio de convertir el pensamiento en escritura y la escritura en un arte que, además ahora, resulta salvífico, como ha contado en su último libro, el penetrante, testimonial y urgente A pedazos (2025).
Por suerte —de nuevo el azar—, el autor de El buda de los suburbios no es como aquel personaje de Chéjov, el pintor Yegor Savich, para quien el autoengaño no le hizo vislumbrar que el talento resulta escasamente excepcional y que a la inmensa mayoría de los artistas los sorprende la muerte “empezando”. Tal vez haya que hacer como advierten los últimos Rolling Stones en “In the Stars”, dejar los asuntos de la eternidad para otro momento y centrarse en el presente. Pero eso, en lo que nos ocupa, es ahora otro cantar.
¿Qué ha pasado? contiene algo más de veinte textos de índole diversa, desde acentos al miedo siempre latente hacia la diversidad racial, la hipocresía como necesaria estrategia civilizadora, las rémoras del thatcherismo, las desigualdades sociales, las lecciones y bonanzas de la Antígona de Sófocles, el poder del amor como motor del mundo, la música —esa forma de arte directa en vena— como expresión cultural y pócima placentera para hacer cambiar las profundidades del individuo más que cualquier otra, las drogas, el sexo y el rock’n’roll, los cantos al trabajo artístico como modo de socavar cierto capitalismo desmedido (cuál no lo es), las advertencias al fascismo insolente, las odas a perder el control y a abrazar el caos por momentos (“si sabe lo que está haciendo, entonces no es arte”), la intrahistoria de las historias imaginadas por el escritor, los apuntes autobiográficos sobre sus pasiones y sus andanzas, los devaneos por el Soho, Chelsea o el Notting Hill de su amado Londres. Como Karim Amir, uno de los protagonistas de su más afamada novela, también Anif Kureishi es “un inglés de los pies a la cabeza, casi”. Y en ese casi cabe todo, o casi.
Si el Henry Hill de Goodfellas siempre quiso ser un gangster, en la primera frase del volumen Kureishi ya adelanta que “la escritura ha sido mi vida”, pero a nadie se le escapa que fueron los músicos los guías políticos y espirituales de aquella generación de postguerra. Bajo aquel manto protector, el escritor quiso emular a artistas sobreestimulados a pesar de las condiciones adversas, rezándole a un altar compartido a medias por Prince y Keith Jarrett. Con un estilo directo, honesto, licuado y bien medido, con dosis febriles de Onetti y la ética del trabajo artesanal de Vargas Llosa, el guionista de Mi hermosa lavandería es de los pocos que ha logrado hacer de la literatura una esposa y una amante.
Pese a ese grado de claridad profesional, no deja de parafrasear a William Faulkner al señalar que “uno se encuentra en un bosque oscuro con apenas la luz de una linterna, vagando a trompicones”, aunque reconoce que en el contar perpetuo reside la salvación, la suya al menos.
Es ese ir contra el sistema desde dentro, ese afán inconformista, rebelde y terco que lo hace tan británico (ay, el Brexit) como el mejor Bowie; el escritor aspira, al fin, a vivir cada instante de su vida sin aburrimiento ni vulgaridad, en una suerte de mandato combinado entre el mejor Simenon y el no menos adorado Hitchcock. Por eso la prosa de Kureishi conjuga la sobriedad con la agilidad, y pone al relato —a la historia que se nos cuenta— en primer plano, con una arquitectura medida que hace de la suspensión el mecanismo casi infantil para incitarnos a seguir leyendo lo que tenga a bien contarnos. Y sí, tal vez sean estos tiempos tristes, pero el acompañamiento de la lectura de Hanif Kureishi obra el breve milagro inapelable de hacer que los días brillen con el ritmo de las mejores tonadas.
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Autor: Hanif Kureishi. Título: ¿Qué ha pasado? Traducción: Cecilia Ceriani. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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