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Godofredo de Monmouth, Luis Alberto de Cuenca y el rey Arturo Pendragón

Godofredo de Monmouth, Luis Alberto de Cuenca y el rey Arturo Pendragón

Al cabo de mil años, la pervivencia del mito artúrico en la cultura popular es sorprendente. Una relación completa de sus expresiones actuales excede las intenciones de este artículo, pero a modo de ilustración podemos citar a vuelapluma Un yanki en la corte del rey Arturo, novela de Twain de finales del XIX, o El Príncipe Valiente, el tebeo de Hal Foster cuyas viñetas ilustran este trabajo. También de los años 30 es Camelot, serie de novelas de T.H. White de las que en España hay edición en dos tomos, Camelot y El libro de Merlín, en De Bolsillo (Madrid, 2012). O el musical del mismo título, Camelot, que se levantó en los sesenta a partir de las novelas de White. O Merlín El Encantador, última película de la persona que se llamó Walt Disney. En los primeros setenta encontramos Lancelot du Lac, película francesa que transforma la corte de Arturo en una pandilla de adolescentes caprichosos. Poco después se estrena Excalibur, de John Boorman, con un reparto hoy estelar y entonces desconocido (Helen Mirren, Liam Neeson o Gabriel Byrne), para acabar en infinitos productos mucho más recientes. Me viene a la memoria la película que hace diez o quince años llevó al estrellato a Clive Owen titulada escuetamente Rey Arturo. El héroe era un oficial romano que queda descolgado durante la retirada de Britania con algunos de sus soldados y cuyas aventuras, al decir de los autores de la cinta, serían la base de la leyenda. Este mismo verano, la Warner estrenó Rey Arturo, la leyenda de Excalibur, enésimo paseo por el mito y que ha sido vapuleado por la crítica.

En la Baja Edad Media, el mito de Arturo y sus caballeros se extendió por Europa, vía Francia, con manifestaciones en Alemania, Italia y España hasta acabar en la novela de caballerías, género que Cervantes habría apuntillado, una afirmación que servidor pondría en la fresquera. La presencia de Arturo y sus caballeros en nuestro entrañable romancero da fe de su éxito en aquel lejano entonces.

Ya cabalga Lanzarote,
ya cabalga y va su vía,
delante de sí llevaba
los sabuesos por la traílla.

Viene todo esto a propósito de un “librito” que apareció en 1984 (Madrid, Editora Nacional) y que veinte años después recuperó Alianza, que es quien vuelve a publicarlo ahora. Se trata de la Historia de los reyes de Britania, de Godofredo de Monmouth, traducción de Luis Alberto de Cuenca de un original latino de la primera mitad del siglo XII (Historia regum Britanniae, de Galfridus Monemutensis), escrito en Oxford, según se informa en un breve pero jugoso prólogo.

"El texto original latino es contemporáneo de nuestro sobrio Cantar del Cid (primera mitad del siglo XII) y contrasta ruidosamente con él por la abundancia de sucesos mágicos, como la concepción de Arturo por su padre, Uter Pendragón, transformado por Merlín en marido de la bella Igerna."

Godofredo de Monmouth, poco más que un nombre, asegura verter al latín cierto “libro antiquísimo en lengua británica”, tradicional ardid para dar vuelo a lo que se cuenta y que la novela de caballerías convertirá en arte. El texto es, en realidad, una creación original del propio Godofredo a partir, nos explica Luis Alberto de Cuenca en el prólogo, “de elementos hábilmente trabados”, y que al hablar de las hazañas de cierto rey Arturo se explaya emocionado. La Historia de los reyes de Britania sirvió para convertir “un personaje borroso del folklore británico en deslumbrante monarca (…) aglutinador de los ideales (…) de todo el mundo occidental”. Conviene advertir que la creación del sabio de Monmouth tiene tanto de Historia, en el sentido que hoy damos a esa palabra, como de libro de cocina, aunque ochocientos años después contenga más hilos de Ariadna para buscar el ovillo que viajeros el metro. Se conocen cerca de doscientos manuscritos, lo que habla de su difusión espectacular. Y es lógico. Se trata de un relato tan rico y atractivo que al leerlo bellamente traducido en esta humilde edición popular “de bolsillo”, con sólo unas pocas notas aclaratorias, aparte los sustanciosos datos del prólogo y de la bibliografía, echa uno de menos una edición más “lujosa” de la misma traducción, sólo que anotada por extenso.

El texto original latino es contemporáneo de nuestro sobrio Cantar del Cid (primera mitad del siglo XII) y contrasta ruidosamente con él por la abundancia de sucesos mágicos, como la concepción de Arturo por su padre, Uter Pendragón, transformado por Merlín en marido de la bella Igerna, “que superaba en hermosura a todas las damas de Britania” y por la que bebía los vientos. O el de la concepción del propio Merlín sin intervención de varón, igual que el Mesías. “Como vive mi alma y la tuya, mi rey y señor, que no conocí a nadie que me hiciera este hijo”, asegura su madre. Además de sabio hasta lo sobrenatural, Merlín es profeta, y en sus profecías cree uno ver resabios de otros relatos de visiones anticipatorias, anteriores y posteriores, empezando por el Apocalipsis de San Juan; en el español preciso del traductor, las imágenes simbólicas de las profecías se convierten en auténtica poesía. “Las cenizas de la pira funeraria se transmutarán en cisnes que nadarán sobre terreno seco igual que sobre un río”. Uno imagina el imposible de los cisnes deslizándose gráciles sobre el suelo duro, igual que sobre la superficie del agua, y levita… hasta que imagina los espantos que podría perpetrar el cine con tan delicada imagen.

"Cuando Arturo ve su loriga y su escudo teñidos con su propia sangre, se enfurece y, blandiendo a Caliburn con todas sus fuerzas, la hunde a través del casco en la cabeza de Flolón, seccionándola en dos partes iguales."

Debo insistir en que la traducción de Luis Alberto de Cuenca es pura poesía sin más intención que la de servir a un original en el que se siente palpitar La Ilíada. “Cuando Arturo ve su loriga y su escudo teñidos con su propia sangre, se enfurece y, blandiendo a Caliburn con todas sus fuerzas, la hunde a través del casco en la cabeza de Flolón, seccionándola en dos partes iguales. Fulminado por el impacto, Flolón se desploma batiendo el suelo con sus talones, y exhala su alma al viento”. En el derroche de peleas y sucesos maravillosos, como la mencionada concepción del rey Arturo, no es difícil ver un germen de la futura novela de caballerías e incluso de la novela de creadores más contemporáneos como Lovecraft, Tolkien o Howard. Contribuyen no poco a esta impresión los viajes por toda Europa, incluso a Constantinopla, las etnias fabulosas, como los Demecios o los Venedocios, los nombres exóticos, tanto toponímicos, “la cumbre del Urián”, como de personas, “Gofario Pictavense, rey de Aquitania”, y, en fin, la sucesión de fantasía desatada en general, como el origen demencial de Stonehenge, por ejemplo, obra de la magia de Merlín, o la guerra no menos demencial que el rey Arturo gana al Senado y al pueblo de la República de Roma para no pagar un tributo como el que Britania pagaba antaño a “Julio Cesar y otros reyes romanos”.

"Léanme al buen Galfridus Monemutensis, al menos si son fanáticos de la literatura medieval, de la cosa artúrica o de los guerreros fantásticos."

Nadie busque aquí los temas corteses posteriores, como el Santo Grial, la mesa (“table”) redonda o los amores adúlteros entre Lancelot, o Lanzarote, y la reina Ginebra, “joven de noble estirpe romana” que, cómo no, “superaba en belleza a todas las mujeres de la isla”, buenos eran los Pendragón. Ni sobre la espada en la piedra, aunque todos estos temas que se desarrollarán en los dos o tres siglos siguientes estén levemente apuntados, como el de Excalibur, o “Caliburn, la espada sin par que fue forjada en la isla de Avalón” o el de la fastuosa corte del rey Arturo, quien “amplió su séquito personal invitando a caballeros de gran mérito venidos de lejanas tierras”, preludio de los caballeros que acabarán reunidos alrededor de la Mesa Redonda inspirándose tal vez en los Doce Pares del rey Carlomagno.

En fin, señoras y señores, léanme al buen Galfridus Monemutensis, al menos si son fanáticos de la literatura medieval, de la cosa artúrica o de los guerreros fantásticos. No se puede dar más por doce eurillos de vellón. Y aluego dirán por ahí algunos iluminados que la curtura es cara. Lo único caro en esta vida es ser gilipollas.

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