A Patricio Pron (Rosario, 1975) se le espera con alegría porque siempre trae algo deslumbrante bajo el brazo. De nuevo, es el caso de En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama): un recorrido por la biografía de otro, el escritor y filósofo Benjamin Fondane (1898-1944), que desemboca en la biografía de otro siguiente, casi un siglo más tarde. Con título, estructura y planteamiento arriesgado —pensar en los demás, esa quimera en nuestro mundo—, Pron vuelve a triunfar con una obra honda, intrincada, de un talento sin medidores que le hagan justicia.
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—¿Cuándo empieza En todo hay una grieta y por ella entra la luz?
—Durante años estuve muy, muy interesado —pero interesado al punto de la obsesión— en la figura de Fondane. Sin embargo, aquí en Europa, a pesar de que Fondane desarrolló toda su carrera profesional, o casi toda ella, en este sitio, no encontraba yo ningún tipo de referencia, o muy pocas. Pero hace un tiempo descubrí que las universidades norteamericanas y los institutos norteamericanos tienen una gran cantidad de estudios sobre él. Y pensé que allí iba a encontrar lo que buscaba. Me postulé a tres becas y me concedieron dos de ellas. Puestos a escoger, decidí quedarme con la de la Biblioteca Pública de Nueva York y me marché a Nueva York en el verano de 2024. Asistí, digamos, al modo en que los Estados Unidos se derrumbaban en la segunda presidencia Trump. De hecho, llegué pocas semanas antes de que Biden, Sleepy Joe, anunciase que renunciaba a la candidatura a la presidencia por el Partido Demócrata. Si bien éste fue un hecho importante, para el libro, que ya comenzaba a tomar forma, no lo fue tanto. Fueron más determinantes los muchos estímulos de Nueva York y de la biblioteca, que es un lugar maravilloso. Entre los dos fueron condicionando la forma en que yo pensaba acerca del libro y la forma en que lo estaba escribiendo. Pero también lo que se me impuso fue la idea de que si yo escribía una biografía al uso iba a traicionar el espíritu de Fondane. Iba a traicionar el carácter iconoclasta, rompedor, cuestionador, libérrimo del autor. Escribir un libro que realmente fuese fiel a Fondane significaba ir en una dirección contraria a la que yo me había propuesto, y acepté seguirla. Cuando te marchas del sitio donde vives habitualmente, escribes cosas que no esperabas. Estar en lugares distintos te lleva a escribir cosas diferentes. Y esta novela fue convirtiéndose en una novela diferente a la que yo pensaba que iba a ser, gracias, como digo, a la biblioteca, gracias a Nueva York y gracias a mi certeza de que tenía que mantenerme fiel al espíritu de Fondane y no necesariamente a su vida. Fondane sigue pareciéndome una figura fascinante. Mi obsesión persiste, aún después de haber escrito el libro, porque hay un enigma. El enigma de la vida de Fondane, este autor francés de origen rumano que parece llegar siempre tarde a la historia, que llega a París en busca del dadaísmo cuando el dadaísmo ya no existe, que no consigue simpatizar con los surrealistas, entre otras cosas porque los surrealistas son prosoviéticos y él —que viene de Bucarest, que es además judío y que conoce bien la situación en la Unión Soviética gracias a los refugiados en Rumanía— sabe ya acerca de los pogromos y ha escuchado hablar de las hambrunas. Alguien que además se interesa antes que nadie por el cine, que vislumbra en el cine, casi como uno de los primeros, algo parecido a lo que sería para nosotros generaciones después: una disciplina artística. Cuando Fondane se encuentra con el cine, éste es poco más que una especie de entretenimiento de feria y él lo eleva a la condición de arte, hablando además del hecho de que el cine es la única disciplina artística que no ha sido clásica nunca y que, por consiguiente, sus posibilidades son ilimitadas: no tiene una tradición que le pese encima. Fondane es el primero que exhibe películas surrealistas en el continente americano, al menos en el sur de América. Es alguien que filma el primer filme surrealista en Argentina, un filme cuyo productor lo considera tan inmoral que lo manda destruir. Es alguien que podría no haber compartido el destino de los judíos europeos. Sin embargo, decidió hacerlo. Es alguien que se interesa por el existencialismo, pero al mismo tiempo rechaza el existencialismo de Sartre y de Camus para aspirar a un existencialismo más puro, más vinculado con Kierkegaard y con Job. Es una figura compleja, es una figura casi un fractal de su época, en cuyas diferentes caras se ve reflejada la historia y sigue siendo relevante, me parece a mí, porque los tiempos de Fondane son parecidos a los nuestros. La historia, como sabemos, no se repite, pese al famoso dictum. Sin embargo, hay rimas en la historia, hay períodos que de alguna manera riman, que se parecen de alguna forma. Fondane vivió los fascismos en Europa e intentó prevenirnos acerca de ellos. En última instancia, arrastrado por las fuerzas de la historia, decidió ejercer su libertad hasta el último momento. Fue una persona libre por cuanto hasta el último instante tomó decisiones acerca de su vida. Podrías leerlo y aprender a vivir. Y su época no fue muy distinta a la nuestra, aunque no nos lo parezca. La política de la crueldad que parece dominarlo todo en este momento y las guerras que, casi como fenómenos climáticos, nos van cercando, van estallando aquí y allá, a nuestro alrededor —y afortunadamente, aún, tan solo a nuestro alrededor—, muestran que nuestra época se parece mucho a la de Fondane. Yo quería escribir acerca de todo esto.
—Como lector, creo que a esta novela la recorre la desubicación. ¿Usted se siente desubicado en esta época?
—No, me siento fuera de lugar desde que tengo memoria, no sólo en esta época. Lo estaba en Argentina. De alguna manera, lo estuve en Alemania. Sigo sintiendo que estoy fuera de lugar en España, pese a todo. Y sin embargo, me parece que estar fuera de lugar es una buena situación desde la que escribir y desde la que pensar. Supongo que algunas personas necesitan tener la idea de que pertenecen a una comunidad o a un colectivo. Las ideas de patria y de etnia tienen como propósito, precisamente, reducir o morigerar el efecto de extrañeza que supone vivir en determinados tiempos. Sin embargo, ese tipo de ficciones nunca funcionaron para mí. Mis propias ideas acerca de quién yo soy y a qué lugar pertenezco tienen poca importancia. Pero la extrañeza, la desubicación, ese sentirse fuera de lugar, están en el origen de todo lo que hago.
—¿Por qué se decide a jugar a esos pies de página que abordan una página, que cabalgan otra, que permiten digresiones? Y ¿cómo se encaja a usted mismo en esa estructura?
—Durante algún tiempo tuve la fantasía de que dedicaría los próximos años a escribir un ciclo autobiográfico de novelas. Habría una cada diez años y serían como instantáneas, retratos de quien yo habría sido en un momento u otro. El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia sería la novela autobiográfica de los treinta años de edad. En todo hay una grieta sería la de los cuarenta años de edad y una novela futura vendría a cerrar el ciclo. Porque, honestamente, vivir más de sesenta años me parece una deslealtad para con los demás, además de una pérdida de tiempo. Pero al margen de este proyecto, que Dios sabe si conseguiré concluir, el hecho es que me pareció que tenía, en esta ocasión al menos, que contar cómo yo contaba la vida de Fondane. Y no solamente la vida de Fondane: que tenía que contar cómo y por qué había decidido narrar. No sólo qué. Y pensé que podía hacerlo con notas a pie de página porque nunca había visto una novela así. Me preguntaba si era posible escribir una novela que sólo consistiese en notas a pie de página. Y, en ese caso, si podía escribirla yo. Y además de tal manera que la novela fluyese y no fuese un continuo impedimento, un continuo avanzar y retroceder en las páginas. Da la impresión de que lo conseguí, o que al menos lo conseguí parcialmente. Pero el disparador fue esa especie de curiosidad y una especie de convencimiento: al parecer, a nadie le gustan las notas a pie de página.
—Justo le iba a decir lo contrario, a mí me gustan y, más aún, colocadas en la propia página.
—Alguien como yo sólo necesita intuir que las notas a pie de página no le gustan a nadie para ponerse a escribir una novela que sólo consista en notas a pie de página. Creo que a esto lo llaman contemplar las demandas del mercado, pero puede que me equivoque.
—Habla de dos puntos de volteo de la historia norteamericana: la despedida de Jimmy Carter y habla de la llegada de Trump. En su novela hay muchos cruces de caminos. Afrontar un camino con la familia de uno, un camino con la realidad de Estados Unidos. ¿Cómo vivió esto y cómo se decidió a plantearlo en la novela?
—El gobierno de Trump supone la emergencia de la crueldad como única ratio política, y lo interesante es que su sadismo no es ejercido de arriba hacia abajo sino, también, al mismo tiempo, de abajo hacia arriba. Trump es tremendamente poco interesante. Pero sus votantes sí lo son. Y acabaron colándose en mi novela, como tantas otras cosas. Yo sabía cuando me marché a Nueva York que iba a acabar escribiendo sobre Nueva York, de modo que la larguísima tradición de novelas y de filmes acerca de esa ciudad jugó un papel durante la escritura. Pero no pensaba escribir sobre la realidad norteamericana, y esta, sin embargo, se me impuso. Como dije, llegué poco antes de que Biden renunciase a la candidatura y me encontré con unas contradicciones de los Estados Unidos. que resultan poco visibles desde fuera. Todos creemos saber cómo son los EEUU, y sin embargo cada visita nos recuerda que no los conocemos. Por una parte, en la Biblioteca Pública yo estaba rodeado por académicos y escritores que estaban absolutamente convencidos de que iba a ganar Kamala Harris. Por otra parte, la otra mitad de mi vida transcurría en Harlem, donde las muestras de simpatía hacia Trump eran bastante visibles. Los Estados Unidos se parecen, o creen parecerse, a la historia de engaños y autoengaños y actividades, si no ilegales sí al menos tremendamente inmorales que es la trayectoria de Trump, mucho más que a la historia de esfuerzo y autosuperación de Kamala Harris.
—El Sueño Americano lo representaría una refutación a lo que se nos vende: lo representaría más Trump, heredero familiar, que Kamala Harris, en principio una mujer hecha a sí misma.
—Sí. Trump es un mejor reflejo de los Estados Unidos que Kamala Harris. Y luego, EEUU es un lugar donde un porcentaje importante de la población no ha tenido la oportunidad de disfrutar de una educación que le permita adquirir una conciencia sobre sí mismo, sobre su situación. De hecho, esa incapacidad para saber quién se es se manifestaba cada rato. Recuerdo las primeras horas tras las elecciones, cuando la ciudad estaba en silencio, como asustada por lo que acababa de hacer, pero el muchacho en el deli debajo de mi apartamento, el taxista o mi portero, me decían: “Ahora todo se va a arreglar cuando expulsen a los inmigrantes”, siendo los tres inmigrantes. Quizás los mitos norteamericanos, que son tan fuertes, los habían engañado al punto de hacerles olvidar quiénes eran en realidad. Y este engaño, este fenómeno, me parecieron tremendamente interesantes de narrar. Como si señalasen la posibilidad de escribir una novela histórica en tiempo real, que es lo que En todo hay una grieta, sin olvidarse de Fondane, iba a terminar siendo. No suelo pensar las novelas como un recorrido lineal, sino más bien como espacios que el escritor crea y en los que la novela va dictando sus propias reglas, diciéndole qué debe decir y en qué consiste. Son como abrir un enorme paréntesis, una instancia en la que la novela explora sus propios temas y piensa por sí misma y da con las ideas que van a darle forma. Al margen de lo cual, desde luego hay una historia en esta novela. Es la historia de un escritor que se marcha a Nueva York a escribir la biografía de otra persona y descubre que no puede hacerlo. Descubre que no puede seguir adelante con su vida sin hablar del modo en que las múltiples violencias del presente se nos imponen y sin recordar un episodio de su historia familiar que está enterrado y que sin embargo puede ofrecerle a él y a otros la llave para comprender el presente y transformarlo.
—Hay que hablar de este título y su relación con Leonard Cohen y hablar también de sus títulos, siempre tan desafiantes.
—En ocasiones llego a esos títulos tras haber escrito los libros. A veces, sin embargo, son previos: están en mi cabeza pero no han encontrado todavía un objeto que nombrar. En este caso, sin embargo, el título acompañó desde el primer momento la escritura del libro. Y esto porque en su centro está la idea de que estamos dañados, de que estamos rotos y que saber esto es toda la iluminación que podemos esperar. Estando rotos, estando dañados, no nos hemos derrumbado todavía, sin embargo. Y ahí radica nuestra esperanza. La frase, como dices bien, es atribuida a Cohen, pero el propio Cohen admitió que en realidad la suya es una paráfrasis de una frase de Hemingway quien, a su vez, no concibió la idea, sino que la tomó de un verso de Emerson, el poeta trascendentalista, el que, por su parte, tampoco creó la imagen, sino que la tomó del poeta persa Rumi, poeta que, de seguro, no la inventó él, sino que la escuchó a algún caravanero en el Isfahán del siglo XII o XIII, no lo sé. Detrás del título está también la idea de que en realidad lo que hacemos los escritores y las escritoras, lo que hacemos los lectores y las lectoras, es tejer y destejer una y otra vez una misma cuerda, y que esa cuerda nos conecta no solamente con quienes nos han precedido, incluso en épocas y países muy distantes, sino también con quienes nos seguirán. Hay una tarea esencial para todos nosotros en este momento histórico, que es convertirnos en buenos ancestros y en reparar lo que todavía pueda ser reparado. No multiplicar el daño en nosotros y en los demás. Mi novela es un intento en ese sentido.
—Dejar un buen nombre. Esto que hoy parece aberrante.
—Rosi Braidotti, la gran filósofa feminista, me decía hace algunos meses en Colonia, en Alemania, que lo que denominamos la crisis de la literatura y de la cultura es en realidad un colapso, que no se trata de una crisis sino de un auténtico hundimiento, un brutal derrumbe. Que, agrego yo, lo que llamamos la galaxia Gutenberg debería empezar a ser llamada “el paréntesis Gutenberg”. Y sin embargo, pese a todo, pese a que este es un panorama sombrío, Braidotti dice que tenemos una tarea hermosa por delante, que es también una responsabilidad: decidir qué nos llevamos al otro lado, al mundo post-ilustrado, post-letrado y posiblemente post-democrático hacia el que nos dirigimos. En medio del abismo que existe entre la galaxia Gutenberg y lo que le seguirá, nos toca decidir qué llevarles del antiguo mundo a quienes vendrán después. Y podemos decidir llevarles a Descartes o podemos decidir llevarles todo aquello que les permita crear una epistemología relacional en la que lo determinante no sean las diferencias entre un “yo” y un “ellos” sino una relación de “yo” a “tú”. Podemos llevarnos al otro lado del abismo todas esas ideas de individuo y de raza y de patria y de bandera que están detrás de los acontecimientos trágicos de los últimos dos siglos o podemos llevar con nosotros la literatura, que siempre es la posibilidad de un mundo otro. La literatura es una enorme reservorio de ideas posibles. Ideas acerca de quiénes somos, pero también acerca de quiénes podemos ser. Se trata de uno de los pocos sitios en los que, aún hoy, hay algo parecido a ideas utópicas. Desde luego, no es posible encontrar esas ideas en las listas de más vendidos ni en todos esos reclamos infantiles, tremendamente solipsistas, de una atención conquistada a base de crear culpa en otros y dar lástima. Tampoco hay nada de ello en todas esas personas que quieren convertir la negación del otro en política de Estado. Ni en todas esas experiencias estéticas que nos venden como novedades y que no son experiencias en absoluto, en el sentido de que son lo mismo de siempre. Películas que ya vimos. Música que ya escuchamos. Libros que ya leímos y que se nos presentan con cambios mínimos que a menudo no van más allá del nombre del autor en la portada y una fotografía de solapa distinta. Supongo que tenemos muy claro cómo podemos terminar de arruinar las cosas, pero se nos hace más difícil saber cómo arreglarlas. Cómo concebir entre todos un futuro que no sea intolerable. Puede parecer extraño, pero yo sólo veo una posibilidad de ese tipo en los libros y en lo que ellos hacen con nosotros mientras nosotros creemos estar haciendo algo con ellos. De algún modo, esto es lo que propuso Fondane. Y es lo que todos sentimos cuando leemos un libro que realmente vale la pena. Que el mundo no ha terminado y que nosotros no hemos terminado con él. Que todo está abierto y es posible. Que podemos elevarnos de nuestra condición de notas a pie de página de una historia natural de la destrucción y convertirnos en los autores de una historia distinta, de un libro diferente.






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