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Paula Torres Gorozarri: «La vida me inspira constantemente»

Paula Torres Gorozarri: «La vida me inspira constantemente»

Las historias que escribe Paula Torres Gorozarri son una mezcla portentosa y tierna entre el mundo de la fantasía con aires de Michael Ende y las historias de un grupo de amigos al más puro estilo de Enid Blyton. Muchacha imaginativa y lectora voraz de clásicos de aventuras, al nacer sus hijas se atrevió a tejer el hilo sólido de una historia especial para ellas, y entonces todo aquel mundo de fantasía que rumiaban desordenados sus muchos cuadernos de apuntes cristalizó en una saga de aventuras con toda la herencia de los maestros de siempre (Dumas, Salgari, Victor Hugo, Rudyard Kipling) actualizados para los chicos de hoy.

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—¿Qué es para ti la aventura?

—Es la vida. Como escritora, la vida me inspira constantemente. Cada día me levanto como una exploradora. Busco situaciones o a veces las provoco. Tengo la capacidad (la conservo desde que era una niña) de poder colocar el plano de la imaginación sobre el paisaje cotidiano. Pero te aseguro que es innato, en absoluto forzado.

—¿Cómo se produce la transformación de todo ese material que luego vuelcas en tus aventuras literarias?

"En un momento determinado la historia comenzó a fluir y terminó encajando como novela primero y después como saga"

—Siempre he tenido mucha imaginación. Esa potencia imaginativa me otorgaba la capacidad de transformar el mundo a la medida en la que yo quería vivirlo. Yo era una niña muy activa, muy movida y aparentemente distraída, aunque esa distracción no era tal; simplemente la imaginación me llevaba a compensar las horas de aburrimiento en el colegio o donde fuera usándola para escribir e inventarme cosas sobre la gente que me rodeaba. Luego nacieron mis hijas y ellas se convirtieron en el objetivo de mis cuentos, mi público perfecto. Cuando eran muy chiquititas, decidí empezar para ellas una gran historia. Me planteé que tenía que ser sin saltos, lineal, con un principio y un final, para que me pudieran seguir. Ellas decían: “Mamá nos cuenta cuentos que saca de su cabeza mágica, no los lee”. Así comencé a tejer de manera artesanal el germen de mi primera novela: principio y final, situaciones, paisajes y personajes (algunos a demanda, pues mis hijas también intervenían: “Mamá, yo quiero que metas a un personaje pequeño, como yo”. Así, por ejemplo, nació Nico, uno de los chicos de la saga de mis novelas). Al principio ellas me iban marcando lo que querían, pero en un momento determinado la historia comenzó a fluir y terminó encajando como novela primero y después como saga.

—¿Cuándo se produce el salto desde la Paula madre a la Paula novelista?

—Pues no se lo cuento a nadie, porque me muero de vergüenza. En realidad yo estudié Derecho y actualmente ejerzo como abogado, entre otras cosas. Cuando mis hijas crecieron un poco, quise cumplir el sueño de estudiar Historia y me matriculé en la Facultad, simultaneando los estudios con todo lo demás. Empecé a escribir la primera novela en secreto y la terminé a finales del 2012 o principios del 13, y es ahí cuando la di a leer a familiares y amigos. Ellos me animaron a publicarla y tras varios intentos, una editorial se enamoró de la historia y la publicó. 

—¿Por qué escribir para el público juvenil de hoy una saga al más puro estilo de la aventura clásica de ayer?

"Fueron esos clásicos los que me hicieron lectora. La felicidad de vivir aquellas historias, compartir con esos personajes mi propio mundo"

—Porque es lo que más me gusta; fueron esos clásicos los que me hicieron lectora. La felicidad de vivir aquellas historias, compartir con esos personajes mi propio mundo, dejarlos entrar en mi vida y entrar en la de ellos es de las mejores cosas que a un ser humano le puede pasar. Por eso cuando tuve capacidad para replicarlo lo hice casi como una salida natural para prolongar el refugio de felicidad infantil en la edad adulta. También, y ya como escritora, era todo un reto poder rendir homenaje desde mi presente a todos esos grandes autores.

—¿Qué deberían leer los chicos hoy?

—Sinceramente yo creo que deberíamos bajar la dosis de erotismo. Los chicos de hoy están hipererotizados desde pequeños, y no solo a causa de las redes sociales, sino también por la televisión, la publicidad, la música actual y gran parte de la literatura que llaman “para jóvenes”. Antes la referencia en valores y el planteamiento vital de cara a un mundo que se abría por primera vez ante los ojos de los muchachos era la práctica de la amistad, el compañerismo, el grupo de amigos como dinamizador de la aventura. Yo creo que deberíamos volver a la naturalidad de la amistad, porque el sexo y el erotismo en los productos enfocados al consumo juvenil es algo muy forzado.

—¿Por qué los jóvenes deberían leer tus libros?

—Bueno, es difícil que yo te dé esa respuesta, pero mira, diría que mis libros buscan la diversión como objetivo. El viaje como articulador de la vida y la verdad de que uno puede lograr lo que se proponga con imaginación, tesón y amigos es el principio de las aventuras de mi saga, que siempre he querido hacer llegar a los jóvenes de hoy. Amistad e imaginación son el equipaje que ofrezco a los chicos para la aventura.

—¿Crees que las mujeres son mejores contadoras de cuentos o de historias juveniles que los hombres?

—Pues no lo había pensado nunca, pero puede ser. Las mujeres tenemos una memoria construida a base de tradición, instinto y mirada cotidiana mucho más acentuada que los hombres; estamos genéticamente dotadas para desarrollar una paciencia singular ante el llanto, la enseñanza, el consuelo de los hijos. Y en todo eso tiene mucho que ver la capacidad de contar. No digo que los hombres no lo hagan, digo que las mujeres llevan haciéndolo milenios. Y claro, eso beneficia el potencial de quienes desarrollamos la habilidad de contar.

¿Quién te contaba los cuentos a ti?

"Mi mundo existe distribuido en varios niveles de realidad y fantasía, y creo que es el de la fantasía el que más vivo está"

—Pues en mi caso era mi padre. Bueno, mi padre era el amor de mi vida. Él me transmitió la pasión por la lectura y por los clásicos de aventuras. Más que contador de historias, el mío era un padre “retador”. Me animaba continuamente a crear historias. Y sigo haciéndolo. Mira, siempre llevo en el bolso un librito donde anoto personajes que se me van ocurriendo. Tengo muchísimos libritos que conservo numerados. De ahí salen luego algunos de los personajes de las novelas. Mi mundo existe distribuido en varios niveles de realidad y fantasía, y creo que es el de la fantasía el que más vivo está. 

—¿Cómo concilias el fondo fantástico con el histórico en tu literatura?

—Pues con pasión. Es que el estudio de la Historia me apasiona. Yo soy abogado y me dedico al Derecho Civil y al Derecho de la Propiedad, del Urbanismo y todo eso. Debo decir que en el instituto la enseñanza de la Historia me parecía algo insoportable, soporífero, pero cuando en primero de carrera descubrí el Derecho Romano, y a Roma con él, me quedé fascinada. Fue un flechazo. Así que cuando terminé Derecho me matriculé en Historia, y mientras, las lecturas de novelas, manuales, ensayos y demás me fueron dando el trasfondo y también gran parte del argumento en la manera de concebir mis propias aventuras literarias. Yo creo que, sin el conocimiento apasionado de nuestra historia, incluso más que el de nuestra literatura, no se pueden escribir buenas novelas.

—¿Cuáles son las novelas que más te han influido?

—Muchísimas. Casi todas las clásicas de aventuras. Me vuelve loca Scaramouche porque tiene un poco de todo: tiene un trasfondo interesantísimo, un relato histórico de la Revolución Francesa bastante bueno. André Moreau es sin lugar a dudas un personaje inolvidable y complejo; es un auténtico estoico. Además, Sabatini supo contar la historia de manera absolutamente elegante, sin caer en la cursilería o el cliché.

"Wilde entró enseguida en la nómina de escritores adorados, que me llevó a Bernard Shaw y a tantos otros"

Pero bueno. La Isla del tesoro, El prisionero de Zenda y por supuesto Nuestra Señora de París, que me parece una de las novelas más completas en cuanto a transmisión de sensaciones. Con ella he pasado miedo, nervios, terror, ternura, felicidad a carcajadas… Hay también un libro que descubrí muy jovencita en el internado inglés donde estudié y que fue para mí una auténtica revelación: El retrato de Dorian Gray. El misterio y el terror contados con el más absoluto glamour. Por supuesto, Wilde entró enseguida en la nómina de escritores adorados, que me llevó a Bernard Shaw y a tantos otros. En cuanto al panorama español y por esas fechas, o sea, con unos 13 años, descubrí por casa las novelas de Carmen Icaza a cuya biógrafa, Mari Pau Domínguez, acabas de entrevistar. Pues bien, esas llamadas “novelitas de la abuela” me las zampé enteras y descubrí a una grandísima escritora, con una sensibilidad y una ternura tremendas. Todo eso es lo que he querido reflejar en mis novelas.

—¿Y dónde están ahora tus novelas? Porque la “desaparición” de tus libros daría, precisamente, para una novela.

—Pues mira. Tras algunas… no sé cómo decirlo…. Digamos que, tras algunas peripecias, se publica mi primera novela en 2016, La perla de Argenta. Es, como sabes, la primera entrega de una trilogía de aventuras para jóvenes. Y estaba en todas partes, en todas las librerías. Una tirada pequeña, pero que funcionó muy bien en ventas.

—Antes de seguir, ¿puedo preguntarte a qué te referías con “peripecias”?

—Claro. A ver. Yo termino de escribir La perla de Argenta, que empezó siendo un cuento para mis hijas y terminó convertida en novela, en 2012, y a finales de 2013 me detectan un cáncer de mama. Me tiro todo 2013 y 2014 con quimioterapia y los años siguientes también, claro, luchando con todas mis fuerzas por vivir. Salgo adelante y se publica, como un regalo maravilloso, esa primera novela en 2016, y la segunda entrega, que titulo El regreso de T. J., editada con Poebooks, un año después. 

—¿Y qué haces?

"Me quedo huérfana de editorial, pero yo sigo escribiendo la tercera entrega, Lo que pasó en Stoney Creek, aunque no encuentro dónde publicarla"

—Por diversas razones, me quedo huérfana de editorial, pero yo sigo escribiendo la tercera entrega, Lo que pasó en Stoney Creek, aunque no encuentro dónde publicarla. La tengo terminada e inédita, pues para mi sorpresa y por razones que no llego a entender, las puertas de otras editoriales no se abren para este libro de aventuras. Entonces me contactó la agencia literaria de Antonia Kerrigan y a través de Sofía di Cápita, la persona que lleva estos asuntos, me piden la novela, la leen y se quedan entusiasmadas. Así que bueno, ahora estoy en manos profesionales, esperando que esta saga juvenil encuentre una editorial y vuelva a ver la luz.

—Madre mía, Paula. “Peripecias”. Bueno. Háblanos de esa saga de aventuras que has escrito y sigues escribiendo.

—Yo la llamo La saga de Pernabuc, que es ese universo personal transformado por la imaginación y las lecturas de los clásicos, en una geografía literaria de la aventura donde todo, o casi todo, es posible.

—Pernabuc, curioso nombre. ¿De dónde sale?

—Pues verás. Es la unión de Persia y la ópera Nabucodonosor, que es una de mis favoritas y que no dejé de escuchar durante todos aquellos años de lucha con la enfermedad. Me daba fuerzas. En cuanto a Persia, coincidió con mis estudios en la facultad de Historia referentes al Imperio Persa y las satrapías. Me fascinó aquello. Así que mezclé y salió Pernabuc.

—Los protagonistas que salen y entran de ese mundo imaginario que es Pernabuc son niños.

—Sí. Son en realidad los protagonistas de la trilogía. A la primera que imaginé fue a Alex, que podríamos decir que es una mezcla de mis dos hijas: una niña extrovertida, con genio, con carácter, atrevida aventurera y un poquito impertinente, alguien con quien te apetece estar porque es muy imaginativa y nunca deja que te aburras. Ella se lleva muy bien con su primo, Jaime, un año mayor, más cerebral. Es, claro, el responsable del grupo. El tercero es Nico, que actúa de contrapunto, pues les hace sentirse responsables. Finalmente, Carolina es la otra niña, opuesta completamente a Alex: coqueta, cursi, listilla, snob. Estos cuatro chicos son el núcleo de todo. Alrededor de ellos danzan otros muchos personajes que enredan la trama, aunque mis favoritos son Argenta, que es la personalidad, la elegancia y la belleza, y su primer caballero, un personaje que me tomé la licencia de traer a mi historia directamente de Salgari; una especie de Corsario Negro.

—A pesar de no tener todavía una editorial que publique esa magnífica trilogía, estás ya terminando la cuarta entrega de las aventuras.

—Sí. Yo no puedo dejar de escribir. Se trata de la precuela de Pernabuc. O sea, la historia de los padres de aquellos chicos cuando eran pequeños. Realmente estoy entusiasmada con lo que llevo escrito. Los tengo a todos ahora mismo internados en un colegio inglés en el año 1986.

—¿Saldrá también el malo, que es uno de mis personajes favoritos?

—Ah, claro. El malvado. O los malvados, que son los Adler, homenaje a la Irene Adler de Conan Doyle.

—Elemental (risas).

—¡Claro! Ya sabía yo que te iba a gustar ese nombre (más risas). Pues para saberlo, tendrás que leer esta última aventura cuando termine de escribirla.

—Eso no lo dudes.

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