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Pequeño diálogo de inventos

Siempre lo busco en la mesa del Café Borenes:

Lo miro cuando tengo dudas.

—Mateo, ¿tú crees?

—Sí, hombre sí.

—Pero esto ya no le interesa a nadie.

—Hay mucho majadero.

Parece un hombre distinto entre todos los que se dedican a escribir. Hasta camina más alto que los demás. Y ríe en las mazamorras de la vida.

—Hay que atreverse. Para qué estamos si no.

Camina más lejos que tantos otros, sin exagerar el vértigo, porque sus frases van trenzando una dimensión y otra, algo de muy cerca, algo de muy lejos, allá donde se cruzan la invención y la experiencia. Pero hay otra razón. Luis Mateo Díez sabe llegar a los páramos donde caminan, ensimismados, los perdidos. Él sabe sacarles las palabras. Voces que parecen brotar de allí donde se juntan el barro y la raíz de los campos que siguen esperando la promesa. O voces recogidas en el eco de los callejones. Acaban de pasar. Se han ido. Luis Mateo sigue oyendo.

– El gran relato atañe siempre a lo que no nos pertenece, a las conquistas de lo que no somos -dice desayunando en el café Borenes.

Luis Mateo Díez ha ido conquistando un reino propio, un lenguaje de la condición humana, donde el frágil ser que somos en las diferentes épocas de la vida ha sido rehabilitado y entendido, congraciado a pesar de la desgracia.

– Hay un otro en nosotros mismos, probablemente más de uno, y no es descabellado pensar que es desde su descubrimiento y mirada desde donde el narrador obtiene los materiales del relato -asegura en el Borenes.

"La rueda de las Vicisitudes gira con una multitud de historias y personajes de toda índole y calaña, sorprendentes siempre, que a mí me recuerda la diversidad de gente castigada que Dante iba encontrando en sus círculos del Infierno."

Me bebo estas palabras como un antídoto contra la estupidez del yo, que se piensa exclusivo en lugar de congénere. Hace mucho tiempo que aprendimos que somos el otro. Y ya no se puede entender la literatura sin escuchar lo que escribió Valle-Inclán en Los cuernos de don Friolera: “Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos al contarse las historias de los vivos (…). Yo quisiera ver este mundo con la perspectiva de la otra ribera”.

Luis Mateo Díez lleva mucho tiempo escuchando esta conversación y juraría que sabe que Celama, la tierra que ha inventado, es limbo para los cándidos, purgatorio de egoísmos y necedades, clínica de torturados, manicomio de solemnes, descanso para inconformes y rebeldes.

Ahora acaba de publicar Vicisitudes, una novela compuesta de 85 micronovelas, como la ruleta rusa se compone de un círculo de casillas numeradas. La rueda de las Vicisitudes gira con una multitud de historias y personajes de toda índole y calaña, sorprendentes siempre, que a mí me recuerda la diversidad de gente castigada que Dante iba encontrando en sus círculos del Infierno, condenados que aquí van narrando o mostrando sus enloquecidas corduras en el purgatorio de Celama. Y, según donde va cayendo la bola de la suerte, la mirada de Luis Mateo Díez, afilada y afinada, nos detalla el soliloquio de una centena larga de personajes que se mueven, como los de Kafka, entre la esperanza y el absurdo.

La mirada es el lenguaje, por supuesto, pero también un estado psíquico del punto de vista, en el que Luis Mateo Díez se sitúa a la vez con distancia y empatía, riéndose y compadecido, como hiciera Cervantes, para retratar la diversidad disparatada e incierta de la búsqueda humana.

"Luis Mateo Díez extrae 85 piedras de la locura, 85 enfermedades del alma, hurgando en la cabeza del mundo que todos conformamos."

Me hace pensar esta novela también en una de aquellas danzas de la muerte de la Edad Media, donde personajes de todos los estamentos bailan juntos y obligados el baile del descascarillamiento de la realidad. Aunque, en este caso, se trata de una danza tragicómica donde los personajes no se diferencian por la clase social sino por la clase mental o, más bien, por la conjugación de los verbos del alma.

Somos nosotros: los retratos de aquellos otros que habitan en el yo de nuestra época (puesto que las épocas también tienen su identidad consciente e inconsciente). Luis Mateo Díez extrae 85 piedras de la locura, 85 enfermedades del alma, hurgando en la cabeza del mundo que todos conformamos.

—¿Qué te parece el ser humano, maestro? —le pregunto en el café.

—Somos un bicho tragicómico.

—¿Cómo se caza al bicho?

—A través de un realismo expresionista.

—¿Qué es la literatura?

—Una creación verbal que arrastra el misterio.

—¿Qué es la literatura española?

—Hay que dejarse de zarandajas.

Trato de arrojar las mías, también las que se me quedan pegadas a las mangas, para merecer visitarle siempre que él quiera. Cuando estoy en casa, vuelvo a escucharle en sus libros:

No tiene ningún interés cuando el novelista es un vendido al que se le nota que hace delación de todos sus poderes para intentar darnos gato por liebre. La verdad es que en la vida en general suele pasar lo mismo.”

En la literatura y en la vida, Luis Mateo Díez ha sabido inventar el misterio de la autenticidad.

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Autor: Luis Mateo Díez. Título: Vicisitudes. Editorial: Alfaguara. Venta:Amazon y Fnac

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