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Perdido en el paraíso, de Umberto Pasti

Perdido en el paraíso, de Umberto Pasti

Umberto Pasti tenía cuarenta años cuando inició la aventura que narra en Perdido en el paraíso (Acantilado), pero nada lo había preparado para lo que iba a ocurrirle a partir del día en que, tras una larga caminata por los alrededores de Rohuna, un pueblecito remoto en la costa atlántica del norte de Marruecos, se durmió bajo una higuera: al despertar supo que se encontraba en el lugar donde establecer su soñado jardín de especies en peligro de extinción.

Zenda adelanta el primer capítulo de Perdido en el paraíso.

1

Ésta es una historia que no tiene principio. Fue el segundo o el tercer año, pensé que sería bonito bajar a la playa a lomos de un elefante. En un club londinense conocí al tío de una amiga, un renombrado mahout, un montador de elefantes. Entre trago y trago de vodka con martini, me explicó que los africanos no eran adecuados para mi caso. Imposible domesticarlos. Debíamos traer uno de la India. El camino era largo, pero hasta Asia Menor no tendríamos ningún problema. ¿Conocía a Focio, patriarca de Constantinopla, que en el siglo IX describía a los habitantes del Cáucaso como provectos cabalgadores de paquidermos? Pero atravesar África del Norte sería duro.

—¿Y Aníbal?—pregunté—. ¿Y Asdrúbal?

Pidió otro vodka—el cuarto o el quinto—, y me respondió que los tiempos habían cambiado.

—Y además, ¿tienes con qué dar de comer y de beber a uno de esos animalotes?

La misma pregunta que me había hecho Stephan. Vivía en un lugar árido, la hierba a duras penas era suficiente para las ovejas y las cabras. Claro que mi Dumbo viviría en el Ghdir Ghiddane, una bonita charca no lejos del jardín, donde uno de los hermanos Bando se ocuparía distraídamente de él. Pero ni durante la peor crisis de optimismo —se las puede padecer igual que las depresiones—habría soñado con poder producir hierba, hojas y verdura suficientes.

—Será mejor que te preguntes para qué quieres un elefante— fue la conclusión del mahout.

Y con una sonrisa enigmática y una palmadita en el hombro me dejó solo en la biblioteca del Travellers Club.

No debía devanarme los sesos. Aquí en Rohuna hacen falta elefantes y hay necesidad de mamuts. Basta con mirar el valle, el pedregal infinito, el mar. Es un lugar arcaico y solemne, donde uno confunde a los perros con unicornios, y las vacas, de regreso a la puesta del sol, si no prestas atención, se transforman en Minotauros. Un extraño lugar, donde las especies se confunden entre sí, y los reinos se invaden el uno al otro engendrando híbridos, chicos-sardina, hombres-olivo, mujeres-obsidiana y mujeres-gaviota, así como viejos pastores hechos de raíces y líquenes. Un elefante vendría de perillas.

Me dedico a vagar por entre las terrazas. Las de Bando, el Jardín del Inglés, el Jardín del Portugués, el Jardín del Italiano, la exedra, Luxor, el Jardín de Sombra, la Sala del Trono… Mientras mi ojo recorre los helechos de Boston y se posa sobre el grupo de la Clivia caulescens en flor—penachos de ave fénix de color anaranjado con el borde pistacho—, pienso como siempre en el dragón Ming que es el santo protector de todas las clivias que planto y que quisiera plantar. La veo. El corazón me da un vuelco. Está en un pequeño vial. La reconozco por el cuernecillo. La cabeza del sapo (¿un descendiente de Giuseppe, el que se comía el camembert con una zarpa mientras tenía la otra posada sobre mi mano, con una condescendencia de viejo gran duque?) ya ha desaparecido entre sus fauces. Los ojos, clavitos de bronce, flotan sobre un abismo oleoso de voracidad. Muy lentamente, milímetro a milímetro, se traga el resto del cuerpo. Una de las patas traseras del desventurado bisnieto continúa moviéndose, un reflejo nervioso a pesar del veneno que le ha inoculado. Ella está concentrada, es una estupenda chicarrona musculosa que va a lo suyo. Observo el dorso ambarino salpicado de máculas de color tabaco, la cola ahusada, en forma de fusta. Me he acercado demasiado. Molesta, la rubia comienza a dar marcha atrás arrastrando su presa. Contengo el aliento y me siento en un murete, a dos metros de ella. La cola ha desaparecido por una grieta entre las piedras de la escalera que lleva al salón rojo de Najim. Pero el sapo, ya rebozado de polvo, no puede pasar. Resignada, y furiosa, ella me mira y sigue engullendo. Pocas veces he estado tan cerca de una criatura tan emocionante. Llevamos viviendo aquí hace dieciocho años. No es un liofante ni un dragón, sino la Vipera latastei, el único reptil de mordedura letal del norte de Marruecos, que vive aún con nosotros.

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Autor: Umberto Pasti. Traductor: José Ramón Monreal Salvador. Título: Perdido en el paraíso. Editorial: Acantilado. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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