Comienzo este artículo con una noticia que se me cruzó por las redes. Y como casi todo lo que se cruza de esa manera, lo vi, lo ignoré, lo volví a ver y al final me ganó la curiosidad. La cosa es que, en algún lugar de la fría Dinamarca, a alguien con mucho tiempo libre o mucho presupuesto para subvencionar chorradas se le ocurrió que la Orquesta Nacional interpretara el Tango Jalousie de Jacob Gade mientras cada músico, a mitad del asunto, tenía que mascar uno de los chiles más picantes del mundo. No una guindilla cualquiera, sino algo muy a lo bestia: Carolina Reaper, Scorpion Moruga o uno de esos que suenan más a comandos militares que a ingredientes de cocina. La idea era ver a músicos clásicos —gente que estudió toda su vida para no mover una ceja mientras trajina a Mozart— sudar como si corriesen una maratón en los Monegros, pero sin dejar de tocar. Violines y lágrimas.
En fin. Escribo novelas, así que ustedes sabrán disculparme. Lo de los músicos daneses me hizo imaginar, puesto que es mi oficio, un viaje por mar en el siglo XXI. El penúltimo titán de los mares, crucero ultramoderno con tecnología punta y botellas de champaña mientras la nave cruza a veinte nudos un mar lleno de icebergs. A bordo, en primera clase, los que trazan el nuevo mapa del mundo: oligarcas rusos, jeques del Golfo, magnates coreanos, youtubers chinos, influencers haciendo posturitas. Y en las cubiertas inferiores, los parias de costumbre: hispanoamericanos cargando maletas, filipinos sirviendo cócteles, marroquíes fregando platos. Los que mantienen el lujo a flote sin hacer demasiado ruido.
Pero el Polo Norte sigue siendo el Polo Norte. Esta vez el problema no fue un iceberg, sino el habitual. La imbatible estupidez humana. Nadie pensó que la IA, esa capitana de voz suave y mando férreo, pudiera desconectarse; pero ocurrió: fallo, apagón, silencio digital, barco a la deriva entre los hielos sin nadie responsable al timón. Y entonces vino el caos, porque nadie sabía cómo tomar decisiones sin una pantalla delante. Gritaban en cinco idiomas, reclamaban indemnizaciones en seis, y corrían en círculos como gallinas sin cabeza. Nadie sabía qué hacer, pero sí qué no hacer: los caballeros no cedieron el paso, ni hubo mujeres y niños primero, sino codazos, pisotones, protestas, gritos que no salvarían a nadie del agua helada.
Pero hubo una excepción: una pareja discreta, elegante, madura. Ella, hermosísima, cabello recogido en la nuca y ojos sonrientes. Él, caballero de toda la vida, gesto tranquilo y manos firmes, de las que aún saben acariciar, matar en caso necesario o hacerse el nudo de la corbata en el reflejo del cristal del extintor de un parking. Permanecían sentados en unas hamacas de cubierta, impasibles junto a una botella de Nuits Saint-Georges con dos copas que él llevaba en el bolsillo del abrigo. En un momento determinado, ella preguntó con melancólica curiosidad dónde estaba la orquesta y él respondió con una sonrisa tranquila. Aquello no era masticar chiles picantes para YouTube, dijo. Era el final absoluto, y los músicos se empujaban unos a otros buscando un bote salvavidas camino de Copenhague, con la dignidad —la de ellos y la del mundo— en inminente colapso por hipotermia.
Fue entonces cuando el último caballero del penúltimo Titanic sacó un pitillo arrugado. Lo encendió con calma, como quien recita un verso lejano, y se lo ofreció a su amante. Ella, arrebujada en un chal húmedo de bruma —que jamás volvería a secarse— lo miró con la ternura de las mujeres que han amado sin miedo. No hacía falta música. La vida había sido eso: un vals imperfecto, una aventura contada en voz alta, un naufragio anunciado. Nada que no hubieran leído antes en un libro. Se sonrieron cómplices y permanecieron juntos e inmóviles, sin tocarse. A falta de orquesta, él silbó algo. Tal vez era un tango: El hombre que desbancó Montecarlo. Entonces ella se acercó muy despacio y lo besó. Porque hay múltiples formas de morir, y además está esa otra.
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Publicado el 26 de diciembre de 2025 en XL Semanal.


Magnífico. Feliz 2026, maestro.
“Entonces ella se acercó muy despacio y lo besó. Porque hay múltiples formas de morir, y además está esa otra.”
¡Eso es escribir!
Si. Nadie sabe tomar decisiones sin una pantalla delante. O, por lo menos, los que dirigen el cotarro.
Esta sociedad navega siempre a la deriva en el Titanic de turno. O quizás en muchos titanics al mismo tiempo. Este año que dicen que terminó ayer (esto de empezar y terminar nos fascina a los homínidos cuando todo continúa de forma inexorable aunque nos guste hacernos la ilusión del control del tiempo), tuvo varios titanics. Uno de ellos fue el del gran apagón. Curiosamente, la gente de las cubiertas inferiores fuimos los que mejor nos portamos y los que mejor asumimos aquello. Los pollos sin cabeza fueron los de siempre, los que abandonan el timón y buscan, a codazos, el bote salvavidas, hoy llamado relato.
Hoy, hay un barquito que se hunde, irremisiblemente. Pero la orquesta sigue tocando. El barroquismo dicen siempre que es un signo de decadencia. Ahí estuvo la señorita disfrazada con no se sabe qué cosa superbarroca. Y todo el personal mirando como imbéciles a ver qué se puede ver.
Atentos a los botes salvavidas porque hay pocos y los tienenbien cogidos.
Bueno, feliz navegación a todos, aunque sea entre icebergs.
“Todo el personal mirando como imbéciles a ver qué se puede ver”. ¡Lo que me he reído con ese golpe!
Me gusta el señor Reverte cuando demuestra que, además, es un romántico.
Con Alegría
Se anunciaba un buen “coñá”*
Hace ya tiempo en la radio.**
*(Era brandy en realidad,
Por si aparece un notario)
**(También en televisión,
Cuando no estaba prohibido,
Ese licor en cuestión
Tuvo anuncio concurrido.)
Con soberana memez
Dijo ser “cosa de hombres”…
Luego salió la mujer
Para “alegrar” en su nombre.
Total, que si en Dinamarca
Músicos tocan con “chiles”
Con Alegría, por marca,
Piensan “tocar” los mandriles.
Es la alegría riojana
Un pimiento aquí, en el norte,
Que te “alegra” las viandas
Pese a su pequeño porte.***
***(Yo soy más de guindillón,
Será por cuestión de rima
Pues llamándome Aguijón
Lo prefiero yo a su prima)
Es una fruta sabrosa
Tomándola con mesura,
Pues si te pasas es cosa
Que provoca calentura.
Y, hablando de calentura,
Con este “calentamiento”
La trágica singladura
Ya no tiene fundamento.
Ya que el Ártico va a ser
Un mar Caribe del norte
Y las Islas “Lofotén”
Como Cuba sin recortes,
No hay que preocuparse, amigo,
De quién esté al timón,
Sin iceberg no hay peligro
De que haya tal colisión.
FELIZ AÑO NUEVO.
Vaya, pensaba que no me gustaba la poesía.
Feliz Año.
En esas situaciones es donde cae el decorado de la vida y aparece quién es cada uno sin maquillajes. La historia tiene un punto inverosímil, porque quienes saben afrontar lo definitivo con entereza suelen acudir en ayuda de sus semejantes, pero es un artificio delicioso, como esos juegos de sombra y luz del cine negro. Me ha costado muchos años y disgustos, muchos ensayos y errores, tener una cierta idea sobre qué es triunfar o fracasar en la vida. En mi modesta opinión, las personas que han aprendido a embridar a la indomable vida, o a levantarse tras darse el guarrazo, o a encenderse un pitillo en el suelo si no pueden moverse, o a susurrar una canción entre gritos de dolor… Todos esos héroes anònimos que viven entre nosotros, esos personajes de película de Peckinpah, esos seres a los que buscaba Jesucristo, tienen todas las papeletas para afrontar lo inevitable como debe ser.
No sería mala idea, dicho sea de paso, meter a unos cuantos miles de indeseables (pongan ustedes los nombres) en un arca de Noé al revés, en un Titanic que fuera a toda viroya contra algo muy duro y en aguas muy frías. Si alguien lo organiza, estoy dispuesto a enrolarme de friegaplatos para asegurarme que todos den el gran salto y ver, ya de paso, la última función del mayor espectáculo del mundo, el circo. El circo romano, claro está, pero con los nerones y calígulas en la arena. Como dijo Henry Gondorff, no lo haría por venganza, soy un profesional.
El Titanic es Occidente, y su absurdo proceder de niño malcriado.
En mi reedición del cuento, (Perdón por la osadía) los lavaplatos marroquíes, los camareros filipinos y los portamaletas hispanoamericanos toman el puente de mando. Salvan el barco, pero las consecuencias son fatales.
Ya pasó con el primer Titanic, Roma-Grecia, ¿Se acuerda?. Se estampó contra el iceberg de la corrupción, la avaricia y la crueldad. Y eso que estoicos no le faltaron para avisarles, pero….
Siento empezar el año de tan pesimista forma. Como objetivo para el nuevo año, me he propuesto convertirme en oveja, para así poder amar a la mano que me fustiga, y que a la vez me cuida para llevarme a su mesa hecho cuartos, y temer al lobo, que al fin y al cabo, es el peligro relativo y circunstancial.
Feliz año nuevo. Que al menos nos deje como estamos…
Me ha encantado el relato! Enhorabuena por tan buen gusto para iniciar un año entre el frío de la noche vieja y el despertar con el concierto de Viena.
Excelente, lo he disfrutado demasiado, gracias !!!
OPTIMO. Abrazos. BRASIL.
Sales a la calle y ves cientos de imbéciles con la cara embutida en el teléfono, mientras el mundo gira alrededor. Lo que cuenta no me extrañaría nada, todo lo fabricado por el hombre falla, mas tarde o temprano, a veces con resultados catastróficos.
Ese es un buen final para una existencia, será necesario estar preparado para alcanzar el temple necesario y disfrutar de los últimos minutos sin estar atrapado por el miedo
Magnífico e inspirador, don Arturo. Sonaba el tango (como en su novela de 2012) mientras el mundo se hundía inexorablemente en su final absoluto, ya que había sido capitaneado por la ignorancia y el absurdo. En ese trágico final, una pareja de verdadero amor, la ética y el raciocinio, aceptaban lo inevitable con carácter y dignidad, conceptos casi olvidados en los últimos años oscuros y decadentes.
Enorme, tremendo manejo del lenguaje y de la vida.
Elegantia vitae.
Podría ser verdad
Intuyo a qué noticia se refiere sobre la conspiración del Titanic… a mi me ha llegado hace un tiempo, da qué pensar.
Pero lo triste es que esto es como el mito de Sísifo, cuando mejor podríamos estar, con avances médicos increíbles, con nuevas tecnologías para mejorar cosas impensables jamás soñadas. Y resulta que nos dejamos gobernar por sátrapas y por miserables que vuelven a rodar la piedra cuesta abajo. Y no nos vamos al comienzo de nuevo, hasta que esto reviente, como el Titanic, pero esta vez, como usted dice, a ver quién se libra, Don Reverte, a ver… que siempre es la hierba la que muere.
Resulta impresionante como un relato tan corto puede ser tan emotivo.