Inicio > Blogs > Apuntes victorianos > Pérez-Reverte: «Jorge Fernández Díaz nos trae a Ulises a esta época»
Juan Cruz, Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez-Reverte, en Getafe. Foto: Jeosm

“¡Los amigos son unos hijos de puta!”, grita Aureliano en la última madrugada de Macondo. “Hay que ser infiel, pero nunca desleal”, se concluye en El coronel no tiene quien le escriba. De lealtades, amistades e hijos de puta vienen a hablar tres mosqueteros a Getafe Negro. Uno de ellos, argentino, ha alcanzado la fama gracias a Mamá y de manos de los Rodrigué y la Editorial Sudamericana, la misma que en su día apostó por Cien años de soledad. Otro es el padre de Alatriste y de la hermandad Dumas, y hace suya esa máxima del genio francés: “La vida es fascinante: sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas”. Un reputado periodista que un día afirmó que para él escribir era “una forma de respiración o de supervivencia” ejerce de árbitro. Es una tarde de letras.

Lorenzo Silva, presentando el acto. Foto: JeosmEl reloj pasa ya unos minutos de las 19:30 y el acontecimiento por el que se ha abarrotado el diáfano espacio Mercado de Getafe Negro no arranca aún. La gente se agolpa al final de la sala, y no hay asientos libres desde hace rato. Un éxito de afluencia que poco podían imaginar muchos cuando se celebró la primera edición de un festival que cumple nueve años extendiendo sus fronteras a nivel geográfico y literario, con Argentina como país invitado, y cuyo comisario, el escritor Lorenzo Silva, ha sabido impulsar, obrando un interesante milagro cultural sin importar que la financiación pública lleve años estancada. Hasta el próximo 30 de octubre por este rincón del sur de Madrid circularán más de 150 escritores, convirtiéndolo en centro literario nacional por unos días. A las tradicionales sedes de esta ciudad, se suman este año el Instituto Cervantes y la Casa de América en Madrid capital. El género negro brilla con luz propia también en lengua española.

La sala aguarda al primer argentino de la cita en Getafe. El autor y periodista Jorge Fernández Díaz ha de batirse en un combate amistoso A capa y espada con el autor y periodista español, Arturo Pérez-Reverte. Ambos son académicos, amigos desde principios de los noventa, cuando reconocieron automáticamente en el otro un territorio común, una patria hecha de lecturas y de visión épica de la vida, de lealtades y de amor por los géneros considerados “menores”. Con un cuarto de siglo de hermandad a sus espaldas, Arturo Pérez Reverte –que presenta en pocos días su última novela, Falcó– y Jorge Fernández Díaz –que promociona El puñal–, escoltados por Juan Cruz, esperan pacientemente a que terminen las presentaciones oficiales. Llegan los héroes cansados e infames, pero valientes. Comienza un duelo que llenará, en numerosas ocasiones, de risas la sala. No en vano, todo espectador es capaz de percibir cuándo fluye una corriente de complicidad entre los protagonistas de un coloquio.

Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez-Reverte. Foto: Jeosm

Juan Cruz: Circula el rumor de que son hermanos, aunque no he visto evidencias. ¿Qué te une a Arturo, Jorge?

Jorge Fernández Díaz: Conocí a Arturo en Buenos Aires, hace unos 20-25 años, cuando presentó El Club Dumas, y nos hicimos amigos porque habíamos leído los mismos libros. Creíamos en las novelas de aventuras, creíamos en los «géneros menores» –yo creo que son géneros mayores–, y teníamos una visión épica sobre la vida y la literatura. Congeniamos muy rápidamente. A mí me hubiera gustado ser contemporáneo y haber conocido a Conrad o a Dumas, pero bueno, conocí a Arturo, y me doy por satisfecho con eso.

JC: Arturo, ¿qué te une a este argentino, asturiano, autor de Mamá?

Arturo Pérez-Reverte: No sólo somos hermanos de letras, somos hermanos de sangre y muchas otras cosas. Es un hombre leal. En estos tiempos cuando todas las virtudes se van al diablo y es más fácil ser desleal para todo, la lealtad es una de las virtudes que más apreciamos. Es leal, es honrado, es un magnífico escritor. Leí su primera novela, El dilema de los próceres y me dije: «Este tío ha leído muchos libros y los ha leído muy bien». Luego nos conocimos. Hay una especie de patria común, cuando has compartido libros y no hace falta mencionarlos, donde sabes que estás en un territorio con un parentesco desde hace muchísimos años. Nos reconocimos enseguida. Me parece el escritor argentino vivo más importante, periodista político muy importante, muy respetado y muy temido, muy envidiado, muy prestigioso. Tiene un programa de radio con una audiencia enorme. Lo he visto crecer en estos 25 años. Estoy orgulloso de él como amigo.

JFD: Arturo aparece en El dilema de los próceres como personaje. Es el capitán Reverte, un borrachín pendenciero.

APR: Aún no nos conocíamos.

JFD: Y yo soy un pequeño personaje en El asedio, un revolucionario.

APR: Él me llama capitán y yo lo llamo cuchillero. Jorge Fernández Cuchillero, se llama en ella.

JC: Ya veo que son pendencieros ambos.

JFD: Él más.

APR: Él es más tranquilo, aquí, con la corbata.

JC: ¿La amistad literaria de dónde nace? ¿Qué es lo que junta a un escritor con otro?

JFD: No muchos escritores son amigos, porque el ego de los escritores –vos escribiste un libro sobre eso, Juan– y la envidia entre ellos, es muy fuerte. Conozco pocos que se alegran verdaderamente de cómo le va a otro. Ahora, hay un territorio común que te hermana con el otro. Por ejemplo, John Ford, o aquel cine de Hollywood entre los 40 y los 70, noble, extraordinario, que también era concebido como un género menor, popular, bastardo. John Ford decía de un modo un poco irónico, haciéndose cargo de que era señalado como un director menor, «soy John Ford y hago películas del Oeste». La novela policial sigue estigmatizada por algunos críticos como una literatura de segunda fila, cuando claramente es de primera fila. El largo adiós, por ejemplo, es mejor novela que cualquiera de Hemingway, y lo digo yo, que soy un gran admirador de Hemingway. Cuando vos descubrís que el otro se entusiasma con las mismas cosas y se tiene ese territorio en común, se crea una amistad muy grande.

"Cada escritor es una mirada sobre el mundo"
APR: El asesinato de Rogelio Ackroyd, una novelita policiaca de Agatha Christie, es una de las grandes obras de la literatura universal. Puede estar al lado de Dostoyevski, Hammett o Hemingway con absoluta propiedad. Algunos piensan que cuando los escritores estamos juntos hablamos de literatura, de Conrad… Los escritores hablamos de miradas. Cada escritor es una mirada sobre el mundo. Los libros que uno lee, los libros que uno escribe, la vida que uno lleva, todo eso metido en la marmita de donde sale la obra, crea una mirada. Un escritor de verdad es el que tiene una mirada con la que escribe novelas. Su percepción del mundo la proyecta sobre las novelas que crea. Cuando hablamos o estamos callados, tomando una copa y viendo pasar a la gente, hablamos de miradas e intercambiamos miradas. El extraordinario personaje de Remil que ha creado Jorge para El puñal es fruto de su mirada. Jorge, ahí, encorbatado, académico y periodista respetado, ha hecho un personaje de una dureza y una violencia extremas, de una mirada lúcida y despiadada sobre el mundo. Nadie pone lo que no tiene. Jorge también es Remil, tiene dentro esa dureza, esa lucidez amarga. Y Remil es un notable hijo de puta. Ahí está el mérito: conseguir que el lector adopte a un hijo de puta como compañero de página durante un libro entero.

Juan Cruz, con un ejemplar en pruebas de Falcó. Foto: JeosmJC: Hablando de hijos de puta, la semana que viene sale el nuevo libro de Arturo, Falcó, y en él hay un solemne hijo de puta.

APR: Pero no hemos venido a hablar de mi libro. [Sonoras risas en el estrado y en la sala, serán la tónica de la tarde]

JC: ¿De dónde nace Remil? Es un personaje que sangra y que hace sangrar. Un tipo que si uno lo ve en una acera, al igual que pasa con Falcó, te tienes que ir a la otra. Es más, a la última acera del pueblo.

JFD: Yo he participado de la concepción de Falcó, pero todavía no lo he leído. Y me parece que debe de ser pariente lejano de Alatriste.

APR: Cercano.

"La novela policial es una reencarnación urbana de la vieja novela de aventuras"
 JFD: Remil desciende de Alatriste, y quizá del Bond de Goldfinger (no del de las películas, totalmente exagerado). Ian Fleming fue un gran escritor, y en eso estamos de acuerdo los dos. El modo en el que crea ese personaje y ese mundo fue repudiado por John Le Carré, que dijo que “eso no es un agente de inteligencia, lo que sucede ahí no es verdad, y el 90% del trabajo de un agente de inteligencia es oficinesco». Gracias a la lucha que Le Carré entabla contra Fleming, tenemos a los héroes oficinescos, a los topos mediocres, brillantes y siempre grises de Le Carré. Le Carré barrió con el prestigio de Fleming así como Chandler barrió con el prestigio de Agatha Christie y como Borges barrió con el prestigio de Sábato, por ejemplo. Hoy comienza a reivindicarse a Fleming como escritor, sobre todo entre los escritores ingleses. Lo hace Ian McEwan, lo hace Martin Amis…

¿Cuál es la diferencia entre Fleming y Le Carré? Le Carré hacía realismo puro y Fleming quiso siempre hacer una novela de aventuras, pero de este tiempo. Tengo la teoría de que gran parte de la novela policial es una reencarnación urbana de la vieja novela de aventuras. Mi idea era crear una especie de descendiente de Alatriste y de Bond, un agente de inteligencia capaz de crear un fresco de lo que ocurre en mi país, y en muchos otros países emergentes, y que empieza a suceder en muchas grandes democracias como la española. La política se ha convertido en dos cosas: en una mafia y en una guerra fría. Estos dos elementos encajan perfectamente con la idea del agente de inteligencia.

Jorge Fernández Díaz. Foto: JeosmBorges decía en 1930 en su libro sobre Evaristo Carriego que para el argentino la policía era una mafia, y quien les entregaba a un delincuente era un delator. Eso se fue convirtiendo para los argentinos, para los brasileños, y para muchas otras sociedades, en una realidad. Hoy no es creíble un policía profesional que pueda contar de manera ingenua, o al menos de manera directa, una historia biempensante o un crimen normal. Me pareció que ese podía ser mi investigador: un agente de inteligencia sin escrúpulos que había sido combatiente de la guerra de Malvinas, lo habían tomado de esa experiencia, le habían dado un entrenamiento de comando y trabaja en una agencia que se dedica a limpiarle los trapos sucios a los políticos, a los sindicalistas, a los hombres del poder. A eso se dedica con un cinismo absoluto. Nunca se plantea dónde está el bien y dónde está el mal. Tiene la concepción de un soldado, hasta que le toca tratar con una abogada española que va a la Argentina a instalar un holding de traslado de cocaína. Mi país es el tercer exportador de cocaína del mundo, y para eso hacen falta connivencia policial, política, judicial, etcétera. Así nace El puñal.

JC: Arturo, ¿el espía que tú construyes, y que has visto y conocido, es así también en nuestro territorio?

APR: No, es que ahí «espía» es una palabra muy ambigua donde caben cosas muy diferentes. Un espía es un hombre que está en una oficina metido todo el tiempo trabajando con información o es un tipo que está matando gente. No hay un prototipo del asunto. Pero hay un punto que nos une y que está en las novelas de ambos, que es el respeto por el valor de hombres o mujeres. Es un concepto muy devaluado, que está hasta mal visto. El otro día oí a un imbécil en la radio decir que «hay que reivindicar la cobardía». Jorge y yo no somos de ésos. Para nosotros el valor sigue siendo un hábito. Cuando todo se va al diablo –en tiempos como este todo es fácil de comprar y de fingir–, cuando cualquiera puede fingir ser lo que sea y hay tantas convenciones sociales, cuando basta seguir las notas de lo políticamente correcto para parecer una persona respetable, cuando todo es mentira, quedan poquitas palabras que no pueden comprarse ni con dinero ni con charlatanería: dignidad, valor, lealtad. Jorge y El puñal están hechos sobre esas palabras, y yo como lector me he enamorado de la novela a través de esas palabras. Sin complejos, alaba el valor, de hombres… y mujeres, insisto, para que la alcaldesa se esté tranquila. [Risas, aplausos y murmullos]

"Esta sociedad estúpida ha olvidado que hace falta ser valiente"
El valor sigue siendo algo muy importante, y esta sociedad estúpida ha olvidado que hace falta ser valiente. Un niño debe ser valiente, un hombre, una mujer, todos debemos ser valientes. El valor y la dignidad son íntimos y están vinculados uno con la otra, y sin valor no hay dignidad ni viceversa. No es casual que Jorge tenga un libro maravilloso, La hermandad del honor, donde están algunos de los artículos que escribió en el diario La Nación de Buenos Aires. Todos están dedicados a actos de valor, de bomberos, de soldados –mi favorito es el del sargento Villegas– o de pilotos de avión, donde el valor es el verdadero protagonista. Es conmovedor ver con qué sensibilidad, con qué respeto y con qué ternura Jorge nos pasea por los lugares más hermosos del valor.

JC: Nace Remil, y te pones a escribir un retrato en la novela de lo que es tu país, una radiografía. ¿Hasta qué punto una novela –de Conrad, de Chandler, de Pérez-Reverte, tuya– puede construir una metáfora de un tiempo y de un país?

APR: Leer a Jorge es leer a Argentina. Igual que para entender Argentina en los 70 hay que leer a Osvaldo Soriano, para entender la Argentina de hoy hay que leer a Jorge, hay que leer su Fernández.

JC: Como leer a Vázquez Montalbán en España.

JFD: Yo me hice escritor a los 12 años. Estaba leyendo El signo de los cuatro, aventura de Sherlock Holmes, de Conan Doyle, en la vieja casa de mi madre, y dije: «Yo quiero hacerle a los demás lo que este tipo me está haciendo a mí». Sin saber muy bien qué era ser un escritor, ahí quise ser escritor. Luego me tocó un oficio de periodismo. Y el periodismo es un segundo amor. Una vocación volcánica, muy difícil. Yo viví bastante mal esa tensión muy fuerte entre el periodismo y la literatura. Quise mantenerlos separados durante un tiempo, y luego se fueron mixturando. Hoy lo llevo mejor. Una cosa fundamental, algo que para mí prende la llama de la pasión por escribir, es el hecho de que los periodistas solo podemos comunicar el 20% de lo que conocemos, porque solo ese 20% podemos probarlo. No podríamos decir cosas gravísimas sin pruebas.

JC: Eso era antes, ¿eh? [Risas]

APR: Respecto a España, eso es un poco retrasado. Ahora periodismo lo llaman a hacer un blog. Y un blog se hace diciendo lo que opinas. Ahora todo es opinión. El periodismo, la información, el hecho, y la opinión como complemento de la información, eso ya no.

JC: Eso es más negro que Getafe Negro. [Risas]

JFD: Lo que para mí fue un acicate muy importante es que el periodismo me colocaba una frontera, una barrera permanente: «Esto hasta acá se puede contar, y más allá no». Esa barrera me fastidiaba mucho, y de ese fastidio nació la literatura. ¿No puedo contar esto con las armas de la prensa? Pues lo voy a contar con las armas de la ficción.

APR: No estoy de acuerdo. [Más risas] Tú no eres escritor solo por eso. Eso es un camelo, un cuento bonito. Tú eres escritor porque eres lector, porque leíste, y leer, leer, leer, te llevó a hacer otras cosas. El periodismo es una consecuencia de ti como lector, como lo es la novela. Periodismo y novela son consecuencias de tu actividad lectora. Te he leído mucho y muy de cerca, te conozco muy bien. El periodismo te ha dado un montón de herramientas, de lucideces, de mirada, que utilizas para escribir novelas. Pero tú naces en los libros que lees de niño y en los que vas leyendo después.

JFD: Es combinable tu opinión con la mía. Es cierto lo que vos decís, y también que muchas veces me encuentro con «¿cómo contar esto?».

JC: Y ese es el origen de El puñal. En Argentina acaba pasando lo que cuentas en la novela.

JFD: Así es. Allí el fiscal denunció a la expresidenta de la nación por haber hecho un misterioso y sospechoso pacto con Irán. En la Argentina hubo dos atentados muy importantes, y se le adjudican a elementos iraníes. De repente la presidenta cambia de opinión, misteriosamente, de ir contra Irán a hacer un pacto amigable. El fiscal que investigó el atentado, Alberto Nisman, la denuncia, y comienza a recibir todo tipo de amenazas e improperios. Al día siguiente que lo citan en el Congreso –cuando va a dar las pruebas el lunes–, aparece muerto de un misterioso tiro en la cabeza en el baño de su piso en Puerto Madero, en Buenos Aires. Una forma extraña de suicidarse, porque el tiro le entró por este lado [se señala un punto detrás de la oreja], no por aquí [indica la sien]. Todavía no se sabe qué ocurrió, si fue un suicidio verdadero, o un «suicidio» armado, un asesinato. Eso sacó a la luz todo lo que El puñal contaba como ficción: los servicios de inteligencia y lo que estaban haciendo, el entramado de dirigentes sindicales… Muchos dirigentes sindicales de la Argentina son multimillonarios. Ahora hay alguno detenido sospechado de tráfico de droga, tal y como aparece en El puñal. Bien recibida por los críticos españoles, uno deslizaba una mínima crítica negativa, diciendo que era «una novela excesiva». ¿Cómo no van a creer en España que es excesivo que un dirigente sindical sea multimillonario?

APR: No te creas, ¿eh? No es tan difícil. Dietas, langostinos, etcétera… [De nuevo, las risas se extienden entre el público]

JFD: El héroe de corazón puro ya es bastante difícil de sostener y de creer, hemos perdido aquella inocencia que teníamos de jóvenes, de niños, y eso dio paso a lo que Arturo llama «el héroe cansado». Alatriste es un héroe cansado, la mayoría de los protagonistas de las novelas de Arturo son héroes cansados, son héroes cansados también a la manera de la novela negra canónica, como era un héroe cansado Marlowe, Sam Spade, Lew Archer… Aquí lo que se introduce, lo que creo es el gran aventurero del siglo XXI, es el héroe infame. Alguien que sabemos que seguramente es de los malos de antes. El gran reto literario al hacer Remil era lograr que los lectores sintieran empatía por ese infame y siguieran sus circunstancias con el aliento entrecortado y tratando de que le vaya bien. Ese momento perturbador cuando vos querés que le vaya bien a ese hijo de puta, eso habla mucho de nosotros, y de las sociedades, y de los relativismos morales que nos encontramos.

Arturo Pérez-Reverte. Foto: JeosmAPR. Pero eso no lo hemos inventado ni Jorge ni yo, eso está ya en Homero, Ulises es así. Hay buenas fuentes en que apoyarse. Ulises ha sido un héroe de corazón puro, ha ido a Troya pensando en la patria, en el honor de Agamenón y en el enemigo troyano que perturba el prestigio de las ciudades griegas. Una vez en Troya diez años dan mucho de sí: ha estado metido en el caballo de madera, ha violado troyanas delante de los cadáveres de sus maridos, ha matado, ha torturado, ha hecho cosas duras y vuelve a casa diez años después con sangre bajo las uñas y muchos fantasmas. Ulises no es ya un héroe noble, es un héroe cansado. Es un tipo que hace trampas, que ciega a un cíclope con engaños, deja tirada a Nausícaa, engaña a Circe… El héroe moderno ya está en Homero. En este momento ni los niños son inocentes, sólo los perros son inocentes. Es muy difícil que un lector medianamente avisado, medianamente culto, medianamente leído, se trague un héroe como Héctor, Aquiles o Lanzarote. Necesita a alguien como Ulises, necesita a alguien que tenga tormento, que sea real.

"El héroe moderno está ya en Homero. Ulises es un héroe cansado"
El gran mérito de Jorge es que nos trae a Ulises a esta época. Todo está escrito, todo está ya inventado, si uno lee el teatro griego o romano, a Sófocles o Eurípides, ve que todos los grandes temas están allí: el hijo, la venganza, el adulterio, el incesto, la muerte, la vida, la ambición… Lo que hace el artista es que periódicamente, según el momento de la historia en el que vive, recupera los viejos temas, les quita el polvo y los pone a circular de nuevo para que su generación pueda gozar de los grandes temas eternos de la creación, la historia y la literatura. Dostoyevski en su grandeza, Jorge y yo en nuestra pequeña parcela, Conrad en la suya, Lorenzo en la suya… Recuperando los viejos temas y poniéndolos al día para el público de ahora. El público es cada vez más lúcido, más culto, más inteligente y más capaz de ver lo que hay tras los héroes. Ya no se traga esos héroes que se tragaba hace un siglo, ya no se traga al conde de Montecristo –bueno sí, a ese sí–, no se traga a héroes de corazón puro. Lo que ha hecho con El puñal es tomar a Ulises, lo ha vestido y lo ha puesto en Buenos Aires a ejercer en el mundo actual.

JC: A ejercer con acento argentino y en relación con una española…

JFD: He escrito varios libros sobre el amor, los vínculos… Y eso me ha servido para construir una novela policial. Yo quería que hubiera una historia de amor, y es particular, porque es una historia entre dos crueles. La española, la abogada que va instalar el holding en Buenos Aires, es una clásica depredadora. Cuando hay una depredadora, como la mujer es más inteligente que el hombre, es mucho más cruel que el hombre si es necesario.

JC: Y más bondadosa también.

JFD: Sí, pero cuando son depredadoras poseen una inteligencia emocional tal que es un arma mortífera. Nunca se sabe qué es lo que siente por Remil. Remil y ella tienen una relación amorosa entre crueles, donde jamás se nombra la palabra “amor”, pero donde el amor es animal. Yo quería era hacer doble striptease en el sentido de ¿qué pasa cuando le quitas a la política, los discursos, las cosas biempensantes, lo correcto…? ¿Qué pasa cuando le quitas al amor los discursos romantizados, las buenas intenciones, las canciones, los lugares comunes…?

APR: Pues que no es amor. Es otra cosa.

JFD: ¿… qué queda, qué queda de esas dos cosas? Lo que queda es, en el caso de la política, una mafia; y en el caso del amor, algo animal.

JC: ¿Arturo, qué queda?

APR: Las mujeres no son más buenas que los hombres, eso es mentira. Son peores. Son más malas, cuando tienen que ser malas. Ellas están más cerca de la vida que el hombre. La mujer está mucho más cercana a la realidad del mundo, ha sido durante muchísimos siglos rehén del hombre, ha sufrido los estragos de la masculinidad dominante, tiene una lucidez mayor, y como más lúcida es mucho más cruel cuando tiene que serlo. Tiene mucha más capacidad de ser cruel, de ser implacable en sus odios igual que en sus amores. En sus pasiones y en sus bondades es extrema, se sacrifica y es capaz de entregarlo todo, todo, por esos sentimientos… Cuando debe ser cruel, cuando debe ser malvada, es capaz de ser mucho más mala, porque tiene mucha más conciencia de la pérdida de la vida y sabe dónde la vida tiene las heridas para meterle el cuchillo. Yo creo que damos demasiada importancia a la palabra amor en el sentido convencional. En las mujeres hay como un cortocircuito útero-cerebro y en el hombre es un cortocircuito diferente, pero son cortocircuitos que son fascinaciones temporales, sentimientos violentos, intensos a veces, muy satisfactorios en cuanto a resultados cuando todo va bien, pero son temporales, frágiles, coyunturales.

Juan Cruz, Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez-Reverte. Foto: Jeosm

JC: Quiero hacer una puntualización a esto que acaba de introducir Masters & Johnson Pérez Reverte. Ernesto Ché Guevara dijo: “Hay que endurecerse, pero nunca perder la ternura”. Tanto en El puñal como en Falcó (y en otras muchas novelas de ese género, incluso de Agatha Christie), siempre hay dureza.

APR: Es que somos tipos duros. [Risas]

"Remil es una historia de amor entre dos crueles. El amor es más inexplicable que la economía"
JFD: Creo que no hay nada más tierno que ver a un duro que es incapaz de reconocer que se enamoró, y que es capaz de recorrer medio mundo o, como King Kong, subir el Empire State a buscar a esa mujer. No puede reconocer el amor y lo vincula con una especie de enfermedad. Remil cree tener una enfermedad, porque no puede reconocer lo que significa eso que es el sentimiento más inexplicable. Yo he escrito mucho de esto, he hablado mucho y he escuchado mucho, y el amor es más inexplicable que la economía. La macroeconomía es sencillísima al lado del amor. Todo lo que pasa en Wall Street es más sencillo que entender por qué una persona ama a esta persona y no a aquella. Me interesa mucho indagar en ese sentimiento. Aquí lo pongo en primer plano, y creo que la mitad de la novela es una novela de amor violenta, el modo en que él la pierde, y la va a buscar, y la encuentra… Habla mucho de la soledad de él y de la forma de no poder poner en palabras por primera vez qué le pasa a ese ser absolutamente impiadoso con esa mujer cruel.

APR. A mí como lector hay una cosa que me gustaría hablar contigo. Cada lector hace su propia novela. En mi opinión, Remil está encoñado. Es una cuestión de sexo. Aún no ha pasado a la siguiente fase, no sabemos cómo será, hay un aspecto sexual muy intenso en su relación con Nuria, y eso condiciona mucho. Está en la fase primaria, original, inicial del proceso, que es la de fascinación. Mi curiosidad sería qué pasaría si eso se hubiese basado en el respeto, y ese respeto mutuo inicial te llevase/derivase a ciertas cosas. Creo que tú hablas de amor… pero yo no creo que se enamore, creo que es sexo. Pero bueno, que los lectores decidan.

JC: A lo mejor en argentino amor significa sexo [Risas en la sala]. A mí me gustaría terminar la conversación con una pregunta doble: ¿Por qué se quieren ustedes?

JFD: ¿Qué por qué le quiero?

APR: Sí, no nos besamos con lengua, pero nos queremos mucho. [Las risas entre el público van subiendo de volumen] Pero él no ha contestado.

JFD: Bueno, otra pregunta es por qué yo os quiero a vos. [Refiriéndose a Juan Cruz].

APR: Pero es otra clase de amor, es un amor distinto.

JC: En la novela de Arturo El tango de la Guardia Vieja hay una escena a ¿tres?

APR. A quatre.

JC: A quatre. Significa al catre. [Las risas, que aún no han cesado, son ya atronadoras]

JFD: Mi amor con Arturo tiene que ver con la admiración, y con ese increíble código de lealtad y de amistad. Es muy conmovedor, alguien que se ocupa de una manera increíble del destino de sus amigos. No hay nada que te enamore más que cuando alguien te quiere así, de manera tan fuerte. Juan también, Juan iba a Argentina compraba siete libros de Mamá y venía y los repartía: a Vargas Llosa, a su familia… Son cosas muy conmovedoras que no creo que tengan nada que ver con mi talento, sino con la amistad.

JC: Bueno, veo que estamos en la zona rosa de la conversación. Hemos pasado de la zona negra a la zona rosa.

APR: Yo amo a Jorge porque es un hombre íntegro y leal, es un hombre de verdad. Es un tío del que te puedes fiar, de esos que dices: «Voy a dormir, ocúpate del timón o del Winchester». Una vez, en los tiempos en que era reportero, un amigo dijo: «Los amigos de verdad son aquellos que elegirías para estar contigo en el bote del Titanic«. Si yo tuviera que subir al bote del Titanic subiría con Jorge.

JC: Sintéticamente, hablando como un español, ¿por qué hay que leer a Arturo?

JFD. Arturo es el Dumas nuestro. Es quien viene a reivindicar la épica. Arturo no es un escritor policial, no es un escritor histórico, todo eso es mentira, eso son disfraces. Arturo es el gran escritor de las novelas de aventuras que jamás tuvo el idioma.

JC: Arturo, hablando como un argentino, ¿por qué hay que leer a Jorge Fernández Díaz?

APR: Porque leyendo a Jorge se entiende Argentina de una manera absolutamente lúcida. Porque sabe escribir muy bien, ha leído muchos libros y los ha leído bien y los ha digerido mejor aún, y eso se nota cuando escribe. Él no escribe para círculos literarios o para los críticos culturales, escribe para lectores que son como él, escribe para sus iguales, escribe para nosotros, para los que compartimos ese territorio hecho de libros, de aventura, de sueños e imaginación, de cosas que te hacen feliz. Es feliz escribiendo, y se nota, y lo transmite. Es uno de los nuestros.

"Yo, como Arturo, escribo para el lector que fui"
JFD: Creo que una cosa que nos emparenta a Arturo y a mí es que agradecemos mucho las críticas, pero trabajamos para el lector de a pie. He dirigido suplementos culturales, mi mujer también [«la mujer que lo normalizó», apostilla Arturo] y tengo muchos amigos críticos. La crítica es una obra en sí misma, pero yo, como Arturo, escribo para el lector que fui. Para ese lector un poco adolescente, apasionado, ecléctico, que fui. Muchas veces sueño con un lector que va leyendo, termina el libro y lo deja en el tren, lo abandona incluso, le dio un buen momento y lo tira… o no, porque llega otro y lo va a poder leer… Ese lector, esa infantería de la lectura, es algo que nos emparenta profundamente. Me importa mucho más que me paren por la calle para decirme “yo leí su libro, pasó esto” que cuando me encuentro con un crítico y me dice que qué bien. Siempre pienso que hay alguna especulación, no me reconozco en las cosas que me dice. El lector de a pie, ese al que Arturo me enseñó a firmar en la feria del libro de pie, es un lector fundamental. Sin hacer populismo. Yo no puedo escribir con efectos, me han ofrecido de todo para escribir ciertos libros y sólo he escrito los que tienen que ver con eso que me pasa, sólo lo que me produce un enamoramiento adolescente es un libro, porque lo que pienso sólo con la cabeza, no lo es.

JC: Arturo se olvidó de una parte de los lectores que tienes. Y un lector tuyo es tu madre. ¿Por qué nació Mamá? Es uno de los grandes libros que se han escrito sobre la persona más importante de nuestras vidas, seas un canalla o un tipo amoroso.

APR: Fue el libro que consagró a Jorge como gran escritor en Argentina.

JFD: Mi madre es asturiana. Mi abuela la colocó en un barco en 1947, con quince años. Venía de una aldea, no conocía nada, tenía la madurez de un chico de ocho años, y la envió al otro lado del mundo para salvarla de la posguerra, del hambre de la posguerra civil española. Mi madre viajó, fue emigrante, vivió sola…

APR: Llegó a Buenos Aires sin conocer a nadie. Matiz importante.

Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez-Reverte. Foto: JeosmJFD: Y casi desnutrida, y casi analfabeta. La familia iba a ir para Argentina, pero se fueron quedando, y ella quedó atrapada del otro lado del Atlántico en un momento en el que no había Skype, no había e-mail, no había chats, uno se iba para siempre. Nunca se logró recuperar de ser una expatriada, una huérfana. Cuando en 2001 la peor crisis económica que vivimos sacudió Argentina, estuvo muy deprimida porque tenía que acompañar a muchos españoles que tenían que volver aquí, a sus aldeas, después de 50 años de vivir en una gran ciudad, porque ya no tenían dinero suficiente para vivir en la Argentina. La primera vez en la historia de América Latina que, en una misma generación, personas jóvenes tuvieron que huir de la miseria del país de origen y al final de sus vidas regresar huyendo de la miseria del país adoptado. Mi madre estaba muy deprimida con la vida, y la mandamos a un psiquiatra. Y le fue muy bien, al año estaba mucho mejor. Entonces yo le pregunto: “Mamá, ¿de qué hablás vos con la psiquiatra?” Estaba muy interesado en saber cómo esa asturiana un poco áspera y elemental se llevaba con una sofisticada discípula de Freud. Entonces me dice: «Yo le cuento mi vida, y llora». “¿Cómo? ¿Que ella llora?” Fui a mi cuaderno y escribí: “La mujer que hacía llorar a su psiquiatra”. Si mi madre era capaz de hacer llorar a una especialista en calamidades…

APR: [Con voz guasona] …y argentina… [Risas]

JFD: …qué historia tiene mi madre entonces. Esto hace a uno preguntarse cuánto sabe uno de sus padres. Les aseguro que poco. Yo creía saber mucho hasta que la entrevisté 50 horas. [Se hace el silencio en la sala durante unos momentos] Lloramos, reímos… Lo escribí pensando que era un libro privado, íntimo, pero luego Rodrigué lo leyó y dijeron que había que publicarlo. Convencí a mi madre y fue un gran éxito. Irrepetible, porque madre solo hay una.

JC: Arturo, ¿esa fue la llave, casi psicológica, de la literatura de Jorge Fernández Díaz?

APR: Ahí se hizo escritor. Antes le gustaba la literatura y escribía. Esa novela fue donde Jorge cuajó, su mirada se completó. A partir de ahí ya fue un escritor solvente. Además, un escritor reconocido y con prestigio en Argentina, algo que le dio una proyección importantísima entre los lectores.

JFD: Mi madre me decía, desde que era chico: «No escribas novelas de aventuras, la mejor aventura es la mía».

JC: Tenía razón. Tú eres hijo de Dashiell Hammett, de Joseph Conrad, de Arturo Pérez-Reverte, pero sobre todo de mamá.

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