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‘El pintor de batallas’: Fantasmas sobre el telón

‘El pintor de batallas’: Fantasmas sobre el telón

Foto: Gerardo Sanz.

El suave murmullo que arrulla la sala se desvanece. Bajan las luces de las lámparas de cristal en el emblemático Teatro Calderón. Los acomodadores aguardan en la entrada para acompañar a posibles rezagados a sus asientos de terciopelo rojo. Son las 20:30 de un viernes soleado en Valladolid. Comienza a sonar la música. El rumor de las olas y el graznido de las gaviotas inundan la sala.

“Este lugar se llama cala del Arráez, y fue refugio de corsarios berberiscos. Sobre el acantilado puede verse una antigua atalaya de vigilancia, construida a principios del siglo XVIII como defensa costera, con objeto de avisar a las poblaciones cercanas de las incursiones sarracenas… En esa torre vigía, abandonada durante mucho tiempo, vive un conocido pintor que decora su interior con un gran mural. Lamentablemente, se trata de una propiedad privada donde no se admiten visitas…”

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Con puntualidad casi británica, arrancaba el pasado viernes la primera representación de El pintor de batallas única obra de Arturo Pérez-Reverte –aparte de Patente de corso, basada en sus artículos de prensa– llevada a las tablas hasta el momento. Los amantes de ese mundo mágico que es el teatro saben bien que las adaptaciones de obras literarias no son siempre fáciles. El escenario, como la pantalla de cine o del televisor, raramente logra plasmar lo que uno imaginó leyendo, no sólo por las propias características de cada medio sino por aquello de que cada lector lee un libro diferente aunque lleve el mismo título. Aún así, para muchos, las representaciones sobre viejas tablas en vivo y en directo poseen una autenticidad difícil de igualar.

Las características de esta novela la convertían en una perita en dulce para el teatro: la condensación de la trama y los personajes, un diálogo que no es sino un duelo a muerte –¿con el contrario, con uno mismo, con la vida?– y una intensa carga reflexiva que da fuerza al amplio abanico de temas y dilemas humanos atemporales que la componen. La fotografía y el arte, el dolor de las víctimas, la culpa de los testigos, el recuerdo, el amor y los despiadados juegos a que nos someten tiempo y azar… Estos son los motivos que llevaron a Antonio Álamo a pensar, cuando se publicó allá por 2006, en trasladarla al teatro, según comentaba en la rueda de prensa previa al estreno. “Arturo me dio ‘patente de corso’ para traducir su historia y sus personajes al lenguaje teatral”, afirma Álamo, que asegura haber respetado el 90% del texto original.

Los diálogos adaptados por Álamo, que también dirige la obra, recogen fielmente la esencia de la novela que les dio vida. Respetuosos con el texto del que nacen, destacan por su dinamismo. Plagados de omisiones y guiños al espectador, hacen de éste un cómplice en lugar de un mero asistente. Combinados con una banda sonora absolutamente magistral –de ésas que dejan al oyente con ganas de más, mucho más– mantienen el suspenso y la tensión de forma constante desde esa frase que da el pistoletazo de salida a una trama construida en torno a un mural de guerra: “Voy a matarlo a usted”.

El pintor, Andrés Faulques, es en realidad un fotógrafo de guerra retirado, desengañado y hastiado del mundo y de su propia existencia que intenta plasmar en las paredes circulares de la torre una última foto, “la foto que no pudo hacer: una pintura al fresco con la que pretende desplegar las reglas implacables que sostienen la guerra como espejo de la vida”, comenta Álamo. Es un paisaje atemporal construido a partir de recuerdos y fantasmas. Uno de esos fantasmas anónimos –que viste el rostro de la derrota– será el que llame a su puerta.

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Alberto Jiménez presta su rostro y su voz, acento croata incluido, al personaje de Ivo Markovic, encarnándolo con sorprendente fuerza y moviéndose casi constantemente sobre el escenario cual león enjaulado e impaciente. Contrasta con la inmovilidad de Jordi Rebellón, que pintaba su batalla sobre las tablas con voz serena, erguido y con mirada cansada, interpretando a un hombre culto y de vuelta ya de casi todo. Dado el peso de las líneas de ambos actores, intriga conocer su evolución, y si en las próximas funciones lograrán transmitir con idéntica fuerza la metamorfosis de ambos personajes provocada por su encuentro, su charla, su interacción sobre las tablas.

El espectáculo se asienta sobre las interpretaciones y en un impresionante mural dinámico, obra del pintor Ángel Haro, que preside el escenario. La escenografía corre a cargo de Curt Allen Wilmer, y la música y el espacio sonoro vienen firmadas por Marc Álvarez. Si hay entradas de cine que uno paga tras ver a Ennio Morricone, Howard Shore o John Williams en los créditos, pueden aplicar la misma máxima a aquello en lo que este señor haga sonar los violines de Verónica Jorge o el chelo de Ainhoa Uribelarrea y Álvaro Luna sea responsable de la videoescena. El uso de música y recursos sonoros es sencillamente magistral, impecable, tan solo igualado por la potente expresividad del mural.

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Foto: Inés Valencia

La novela nació de la necesidad de ajustar cuentas, a modo de terapia literaria, de un escritor cartagenero que antaño fue corresponsal de guerra y que presta su mirada a Faulques, según confiesa el propio Reverte. Si la han leído, tengan en cuenta que no precisan llevar monedas para pagar a Caronte: a diferencia de aquella muerte que acudió puntual a su cita en Samarra, su barca no se dejó ver a orillas del Pisuerga esta vez. Sentado en el patio de butacas como un espectador más, sin haber leído el guión ni haber asistido a ensayos previos, Pérez-Reverte escuchaba algunas de sus afirmaciones, tamizadas por el filtro de Álamo y pronunciadas por Jordi Rebellón: “El hombre mata y tortura porque es lo suyo, le gusta… Todos somos malvados y no podemos evitarlo”. Sobre el escenario se desgrana una historia que presenta un mundo hostil en el que el hombre es víctima y verdugo de sí mismo.

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Un hombre quiere matar a otro, y nadie, ni el espectador al comienzo, ni ellos mismos según las líneas del diálogo se van sucediendo, tienen del todo claro la razón. Motivos y sentimientos, batallas que no son sino “historias de sangre, sudor y mierda” aderezadas por la siempre refinada e infinita crueldad inherente al ser humano. Nadie es inocente –como en la vida, aquí quien no es asesino, es cómplice silencioso– pero nadie carece tampoco de un alma en la que indagar hasta asomarse al abismo. “Esta obra es una prolongada y nada complaciente anagnórisis de la perversión”, afirma Álamo. Jiménez asegura verla como una especie de viaje al corazón de las tinieblas.

Y a las profundidades del humano, tal vez. A su memoria. Al abismo que en realidad descansa bajo nuestros pies. Si les encerrasen en una habitación con un puñado de personas y sin nada para cubrir sus necesidades más básicas, ¿cómo creen que terminaría su historia? ¿Sospechan que eso jamás podría ocurrirles? Posiblemente los yugoslavos de hace unas décadas, habitantes de un país moderno, civilizado, con siglos de historia y cultura a sus espaldas, también se creían a salvo. Hasta que la guerra llamó a su puerta, estalló en su calle, su casa, su patio trasero o su granja, y se convirtieron en el rostro de los informativos y las últimas crónicas (mientras en otras guerras olvidadas, en otros puntos del globo, otros humanos se masacraban unos a otros con idéntica saña). Como no mucho antes hicimos los españoles en una guerra fratricida. Al final, el auténtico protagonista de El pintor de batallas no es sino nuestra mirada sobre el mal.

Foto: Gerardo Sanz.

Foto: Gerardo Sanz.

“Somos responsables no sólo de lo que hacemos, sino también de lo que miramos, y nuestra forma de mirar cambia el mundo”, resume Álamo. Al poner “nuestra mirada en un foco”, descartando otro, “ya estamos influyendo en el destino del mundo”, concluye el director de la obra. En las últimas décadas la guerra se ha convertido en una especie de espectáculo que algunos consumen con total indiferencia, y otros con el singular morbo de observar eso que parece que jamás nos ocurrirá a nosotros, como si de pura ficción se tratase.

Y es que siempre se trata de la misma historia, no importa si el paisaje lo componen fusiles de asalto o yelmos caídos sobre la arena. No importan los nombres o rostros de las mujeres muertas. El hombre ama derramar la sangre de otros hombres. Cinco litros y pico, según señala Olvido en la novela. La eterna Olvido, que no es sino otra protagonista ausente. “Siglos vertiéndola y no termina de salir nunca”.

Vida, muerte, dos hombres que buscan respuestas –sin hallarlas, porque el hombre lleva tropezando con las mismas piedras y cuestiones desde los albores del tiempo– y mucho más, se dan cita en el interior de una torre vigía en cuyas paredes crece un inmenso mural, entre la isla de los Ahorcados y cabo Malo, que hace unos días estaba en Pucela y no en el Mediterráneo. Al pie, rompen las olas.

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