Nos llaman viejos, oigan. A ustedes y a mí. La última vez fue hace unos días en una red social. Cállate, viejo, fue el mensaje. Con tuteo incorporado, muy campechano. Lo soltó un fulano, supongo que joven, convencido de lo que decía. Estúpidamente honrado, imagino, como tantos. Creyéndoselo de verdad. Y me quedé pensando, claro; lo pensativo que te deja, puesto el pie en el estribo, ver a un tiñalpa explicarte el mundo sin haberse limpiado aún de la boca la leche que mamó. Porque hay que ser atrevido, o muy idiota —o atrevidamente idiota—, para usar la edad como insulto, o pretender que lo sea.
Los que tenemos tres cuartos de siglo en la mochila también fuimos imbéciles, e incluso nos esforzamos mucho en serlo. Pero entonces no existían medios para exhibir nuestra imbecilidad en alta definición, ni competíamos por el aplauso inmediato del rebaño digital. El imbécil, hasta que dejaba de serlo —algunos no dejaron de serlo nunca, pero ésa es otra historia— tenía que currárselo en persona y asumir las consecuencias. Vimos modas nacer y morir, ideologías irse al carajo y héroes convertirse en basura cuando no teníamos red protectora; cuando equivocarse tenía un precio y cuando los estacazos —metafóricos o reales— enseñaban más que cien tutoriales. La criatura que nos llamó viejos a ustedes y a mí, compañeros de calendario, ignora que la edad es munición y adiestramiento para usarla, que cada año vivido es una bala con pólvora de experiencia, que no envejeces acumulando puntos de fidelidad sino sobreviviendo a fracasos, decepciones, traiciones y muchas metidas de pata propias. Y que eso educa, endurece. Enseña a mirar.
Nos llama viejos quien se cree inmortal porque tiene pocas cicatrices, o ninguna, y no ha enterrado a nadie a quien quisiera. Nosotros, en cambio, hemos vivido guerras reales o figuradas, aventuras, romances, heroísmos y cobardías propias y ajenas. Hemos visto caer cosas que parecían indestructibles y levantar ídolos eternos que duraron un suspiro. Hemos amado con torpeza y perdido con elegancia, sufrido heridas que no salen en las fotos, matado y muerto mil veces, sostenido manos mientras se apagaban, pagado altos precios sin las tarjetas de crédito de papá y mamá. Y nuestra edad proporciona una ventaja: no hay nada que demostrar. Ya no compites, observas. No presumes, recuerdas. No te apresuras, caminas; estás demasiado cansado para correr. Y sabes lo que muchos jóvenes y muchos tontos —no son sinónimos, aunque a veces lo parezca— ignoran: si un lobo viejo no caza y muerde, a menudo no es porque no pueda hacerlo, sino porque hasta el hambre le da pereza. Ya no pretendes aparentar, sino ser. Conoces, porque lo practicaste, el silencio respetuoso ante quien vivió más de lo que tú has leído, visto o imaginarás en toda tu vida. Aprendiste, en fin, lo mejor del ser humano: callar cuando no sabes y opinar sin miedo cuando crees saber.
Por eso me hizo sonreír el piolín que nos llamó viejos. Aún no es consciente de ello, pero le incomoda que existamos porque somos la prueba de que su momento pasará más rápido de lo que supone. Hay jóvenes educados y peligrosamente inteligentes; pero éste no era de ésos, sino de los que confunden insolencia con carácter y falta de respeto con personalidad. De los que creen que ser joven es mérito propio y no circunstancia pasajera. De los que se chotean de las arrugas ignorando que cada una es una factura pagada.
Así que no se equivoquen. Los viejos no exigimos respeto automático, homenajes ni aplausos compasivos. No necesitamos que nos cedan el asiento, sino al contrario: somos de los pocos que todavía lo ceden. Pero otro cantar es que una recua de niñatos sin media hostia nos use como saco de boxeo generacional para esconder su clamoroso vacío. Porque sí, en efecto. Tengo 74 años. Y usted, colega lector, hombre o mujer, sesenta u ochenta y tantos, o los que diablos tenga. Si eso es ser viejo, bendita y digna vejez. Mejores son nuestras canas ganadas a pulso que la arrogancia estacional; mejores nuestros silencios que la verborrea analfabeta; mejor nuestra escéptica mala leche, cuidadosamente destilada por la edad, que los entusiasmos sin fundamento. Porque al final, cuando el tiempo haga su trabajo —que siempre lo hace sin piedad ni disculpas— nosotros ya habremos estado allí. Quien nos llama con desprecio viejos no sabe lo cara que se paga la vida. Y cuando llegue su turno, si no es del todo estúpido comprenderá que los supervivientes que hoy somos no lo miramos con ira: lo hacemos con ventaja, con calma, con la superioridad que dan los años. Y desde esa imbatible altura, unos cuantos viejos —usted, muchos otros y yo— nos ciscamos en su puta madre.
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Publicado el 20 de septiembre de 2026 en El Mundo.


Está semana coincido con todo, sobre todo en la última frase. En mi niñez, había un bar de jubilados delante de casa. Yo me sentaba a merendar con mi hermano en una de las ventanas. Observábamos largo rato en silencio a los viejos jugando al dominó y tomando cafés eternos. Lo que nos divertíamos viendo cómo se tomaban el pelo y se metían unos con otros. No creo que haya tanta vida e ingenio en cinco jóvenes juntos.
¡Tal cual!
Desde luego, es admirable llegar a mayor y tener esa capacidad para defenderse así, ante un menosprecio semejante. Seguramente podría sucederle a cualquier joven mostrar esa aptitud estupida cuando no dispone del conocimiento o experiencia para debatir; pero que bueno sería que alguna vez leyera estas líneas y aprendiera la lección gratuita que se le da.
Todo esta dicho ! Con maestria ! Es un placer enorme leer a don Arturo.
En mi caminar diario, veo de todo: viejos, y jóvenes, que, dia a dia, con su estupidez, van comprando papeletas para ser merecedores de una gran colleja, y viejos y jóvenes, que no.
La estupidez no es algo que se adquiera en la juventud, y se deje en la senectud, para nada.
Es por eso que, no se puede generalizar.
Hay viejos que no valoran la suerte que tienen, de vivir en un país, que a pesar de vivir del crédito, hace esfuerzos enormes por mantener un sistema de pensiones, en el que los aportantes cobran bastante menos que los que disfrutan de esa pensión, y sin embargo siguen aportando, con la esperanza, vana, de que alguien haga lo mismo en el futuro, por ellos.
Ayer mismo, vi a miles de jóvenes, dar su apoyo a una señora mayor, Mari Carmen, desahuciado de su vivienda en Madrid, y vi a muchos viejos dar su apoyo, a la inmobiliaria, y no a la propia Mari Carmen, mujer sola, octogenaria, que solo pedía morir en la casa en la que había vivido durante setenta años.
De todo hay en la viña del Señor, ya vé.
Saludos.
Y lo más triste de todo el caso Mari Carmen es que la inmobiliaria según la ley tiene razón, y ya sabe usted porqué la tiene…
Saludos.
¡Ay, la ley, la ley!.
Ojalá fuéramos tan partidarios de que se cumpla la ley, en todos los casos.
Ejemplo: en el edificio donde vivo, hay un par de pisos que funcionan cono alojamientos turísticos, de manera ilegal, por supuesto, y los valedores de la ley no aciertan a cerrarlos, a pesar de las quejas de los vecinos, a pesar de las reiteradas llamadas a la policía, a pesar de….
Claro que sí, la ley, la ley y la requeteley, esa que tomamos según conviene…
Saludos.
Genial, la vida misma! No lo hubiera expresado mejor!
Como digo muchas veces, nosotros hemos llegado, otros muchos quedaron por el camino. Lo que no sé es si hace 50 años había tanto imbécil, creo que los jóvenes estábamos en otras cosas, trabajar, buscarnos la vida y progresar, ahora que lo tienen todo hecho, se dedican mas a hacer el gilipollas y para colmo lo graban y cuelgan en las redes sociales. Hemos vivido otras décadas, creo que mas auténticas o quizás es nostalgia, pero si tienes el valor de echar un vistazo en Tik-Tok durante un rato, verás la panda de anormales que copan las redes sociales. Que eso, que hemos llegado, a ver si estos llegan y si lo hacen en que estado lo hacen.
Sr. Reverte, como le dije a mi padre hace poco que tiene 81 años, la edad solo importa, si eres un vino o un queso; las redes sociales, son para “algunos” un refugio para los cobardes, que a la cara, nunca se atreverian a decir.un saludo.
Qué alegría ver al Maestro de vuelta. El Pérez-Reverte que admiramos, el que señala con el dedo, el que se cisca en la puta madre del que no cumple con los cánones y no el pardillo conciliador, respetuoso, woke, de la semana pasada.
Si hay que elegir entre jóvenes sin respeto y viejos con mala leche mal asunto.
Señalar a los jóvenes como fuente de todos los males es un fenómeno recurrente de todas las generaciones. Y no lo es por casualidad, es la justificación que se dan los señores mayores a sí mismos y al mundo que están dejando.
La decadencia moral del mundo no son los jóvenes. El mundo está al borde del caos gracias a señores sin escrúpulos de más de tres cuartos de siglo.
Siempre señores.
Con setenta recién alcanzados, la actitud y presencia de las normas de urbanidad aprendidas, a veces me recrimino la condescendencia con que observo la ordinariez de bastantes. Sin distinción de género.
Espero que el talentoso intelectual –no todos los escritores son intelectuales, pregúntenle a Cortázar– nos regale no la otra cara, mejor que no, sino algunos detalles de la vejez: Por ejemplo: Un error repetido tres cuarto de siglo por supuesto que no lo convierte en acierto. Aducir la experiencia es una astucia de mediocres.
“Mejores son nuestras canas ganadas a pulso que la arrogancia estacional;” pues sí.
Personalmente, me interesa bastante más que la edad como acumulación de experiencia, lo que el tiempo acaba haciendo con nuestras certezas. Cumplir años no concede certezas, del mismo modo que ser joven no condena a la ignorancia. Con el tiempo, a menudo se gana una perspectiva valiosa, aunque a veces es incómoda. Es curioso cómo algunas ideas que antes nos parecían inamovibles empiezan a tambalearse, mientras que otras que antes no nos convencían resultan ser más acertadas de lo que habíamos pensado.
Quizás la verdadera ventaja de los años no sea tanto saber más, sino haber aprendido que a veces nos equivocamos. Los que hoy son mayores también fueron jóvenes y tuvieron sus propias arrogancias, aunque no hubiera redes sociales donde dejarlas expuestas en alta definición. La diferencia puede estar en que entonces sus errores tenían menos espectadores y, por tanto, más posibilidades de convertirse en experiencia.
Me gusta pensar que envejecer consiste, entre otras cosas, en ir perdiendo la necesidad imperiosa de tener siempre la última palabra. Y eso, a cualquier edad, ya es una forma bastante digna de inteligencia.
Con mi doble 7, no puedi no estar completamente de acuerdo.
Una de las cosas que me más me enternece -para no colocar otro verbo más contundente- es ver cómo niños de menos de 40 años intentar mostrarme, con todo desparpajo, que el cielo es, generalmente, azul y tiene, también, nubes.
A veces me cuesta colocarme la malgastada máscara de la cara de la Monalisa, las otras ni me dan ganas de ponerme ninguna y el viejo insolente respira profundo y los veo con la displicencia del caso.
Y gracias por poner en palabras la tormenta que compartimos.
PS: Pase, cuando pueda, a mi mostrador -en el aeropuerto de Ginebra-. Se va a divertir viendo a los “niños” viajando solos.
“Quemad viejos leños, bebed viejos vinos, leed viejos libros, tened viejos amigos”
Volvemos a repetir muchos errores de juventud a pesar de intentar evitarlos y pesa aceptar que somos nosotros. Los años en si tampoco ayudan demasiado para remediarlos, pero creo que es bueno sentir que hemos cambiado y aprendido algo, aunnque tampoco se exprese ni nadie tal vez lo note
No imagino lo difícil que debe ser para alguien con sus valores y su trayectoria vivir en esta realidad digitalizada, transparente, sin poso, sin verdad, sin valores y (a raíz del origen del artículo) sin vergüenza. Leer insultos en redes, provenientes de pipiolos sin seso, inmaduros de manual y chulitos de poca monta (jóvenes o viejos), debe ser un ejercicio titánico de contención para no estallar (que, de paso, es lo que persiguen: desacreditarle. Pero su eterno porte de reportero genuino y curtido en mil batallas no cederá ante esa vil provocación).
Gracias, don Arturo (sí, con «don», que transmite respeto a quien se lo ha ganado a pulso). Gracias por su templada sabiduría, su tenacidad imbatible, su infatigable afán de documentar la realidad circundante y su honradez en cada palabra. Tiene usted un talento innato para expresar, con ingeniosas analogías, verdades sustentadas en tierra firme, y no en oasis digitales.
Celebro que sus artículos sigan en la brecha (El Mundo). Y que sigan como siempre, ampliando miras, denunciando abusos, compartiendo vivencias, regalando lucidez.
Gracias por enseñarnos a mirar.
De vez en cuando estos jovenzuelos deslenguados se merecen la verdad. Y que les den:
Probablemente muy pocos disfrutarán de una casa en propiedad o de un alquiler por algo más allá de una habitación incluso compartida; tendrán que esperar, en el mejor de lo casos, a heredarla de estos viejos eternos que disfrutan de, hasta hace poco, una de los mejores sistemas sanitarios del mundo que ellos ni sospecharán a nuestra edad…si llegan. Lo de un empleo bien remunerado y para toda la vida será una entelequia que ni podrán imaginar en su bisoñez, y tendrán que conformarse con trabajos mal pagados, estacionarios casi con seguridad y, tal vez, con mucha suerte, completados con una renta mínima de supervivencia de Papá Estado, si logran que las empresas paquen por su robótica empleada. Lo de los viajes del Inserso ni lo olerán con la imaginación. Probablemente no tendrán asegurada jamás una pensión de jubilación, porque ni en sueños habrán cotizado lo suficiente en toda su vida. No sabréis ni que estudiar para ganaros el sustento, máxime con esa maldita inteligencia artificial, la nueva plaga, pues todo será tan futil y tan rápido que lo que empecéis ya sera caduco al poco tiempo de empezar a entenderlo. Tendréis, sin duda, un clima horrible, traicionero y asesino muchísimas veces, insoportable en veranos y en inviernos. Y olvidaros de la libertad, seréis mucho más esclavos de la tecnología y os controlarán desde el poder hasta las veces que respiráis o vais al retrete cada día y el tiempo empleado en ello, y probablemente os lo cobren como nuevos impuestos. Pocos os podréis permitir tener hijos y educarlos con algo de vuestra propia esencia e identidad. En fin, olvidaros de poder decir al final de vuestra existencia aquello de “yo he visto cosas que vosotros no creeríais”. Lo sentimos pichoncitos, llegásteis muy tarde a todo y el mundo que os dejamos, por desgracia, es una M. pinchada en un palo. Hace tiempo decidí no tener hijos, para no proporcionar más y nuevos esclavos a este vil sistema. Tal vez sea la mayor coherencia de mi vida. Sin acritud. Hoy me tocado el papel de malvado.
Resulta llamativo ese discurso. Chavales, apañaos y que os vayan dando…. que nosotros ya vivimos lo “nuestro” y os veremos desde el palco, o no… pa lo que me queda en el convento, y demás.
Hace veinte años, con el bum precrisis aparecieron pancartas con aquel “No tendrás casa en tu put4 vida”. Tras la crisis un exministro desvelaba que reconocer la burbuja era de aguafiestas, que la paciencia con los bancos es infinita y demás.
¿Qué hemos solucionado? Hace viente años no peinábamos tantas canas, aún cotizábamos, pero todos soñaban con el regalo el pelotazo: compro hoy y en unos añitos vale el doble. ¡Dabuten!
Y ahí seguimos, ociosos, disfrutones, despreocupados. ¿Y los hijos? Quien venga detrás que arree y el último que apague.
《Sería un consuelo para nuestra debilidad y la de nuestras obras si todas las cosas perecieran con la misma lentitud que se formaron; pero, tal como es en la realidad, los incrementos son de lento crecimiento y la ruina es rápida》. O sea, el abismo de Séneca que tenemos enfrente de nuestras naricez, justo detrás de la puñetera pantallita.
Como siempre con la verdad!! Genio!!!
!Ojo con los abuelos! ¿Recuerdan ese artículo de 2017? Ha cambiado la perspectiva del sénior.
Antes: !Cuidadín! No vayamos idealizando a los abueletes, que de todo hubo en esta tierra fraticida y más de uno y más de dos guardan silencio por pura vergüenza. Ahora: la veterenía es un grado… Pues de todo hay. Quizás me haya columpiado y no hay incongruencia. En fin, Pilarín, a lo que iba.
Lo que destacaría es la brecha, esa generacional, que se ve multiplicada por dos efectos peincipales: a) la disgregación y reducción de las familias (sociológico-demográfico) y b) la tribalización de los círculos prójimos, o reclusión entre semejantes (cultural-ideológico).
Hay un abismo entre un chaval y quien podría ser su abuelo, una falla insalvable entre percepciones de la realidad. Ya no solo se trata de una cuestión de madurez o de experiencia, sino de cultura compartida, de valores comunes, de moral transmitida, incluso diría de de cosmología fundamental (de los cimientos).
La sociedad ha implosionado. Una juventud sin expectativas de futuro, en la jungla de la precaridad, frente a jubilados remozados en su burbuja de certezas y confort.
La segregación de la vida por edades habrá causado casi tantos estragos como la zonificación de la ciudad de la modernidad.
Las grandes familias, con nietos y abuelos, son una sutura de este descosido. Y también los pequeños colegios rurales, conviviendo párvulos y adolescentes. Tejiendo lazos.
Siempre fui viejo, desde muchacho, me lo reconozco, y por ello no me sobresalté con las canas que llevaba lustros esperando.
Con el paso de los años me sorprendo con lo que aprendo y con tanto como ignoro. Las fronteras del conocimiento se expanden tanto más rápido cuanto más te acercas a ellas. Este inabarcable universo y el asombro ante la vida se me antojan como la mejor huella que puedo dejar de camino a viejo.
Pobres jóvenes inmaduros, maleducados y nenes de mamá y papá, que aún no saben criar a un hijo, y tengo dudas de que sepan qué hay que hacer para concebirlo.
Son muñecos de torta que imaginan que tienen reflejos ante una situación crítica o se mean en los pantalones si llegan a ver la muerte de frente.
Lo lamentable es que uno no puede entender quién carajo los ha criado tan maleducados e insolentes. Evidentemente no han tenido un padre o una madre que les haya enseñado lo que significa el respeto, o ponerle límites.
Bien dice usted, Señor Arturo, a mí tampoco me interesa que estos peleles me brinden su asiento. Por lo general creen conocer el mundo desde su teléfono, y en verdad, el teléfono los domina y controla a ellos para venderles hasta los calzoncillos, o mostrarse en fotos trucadas para conseguir una conquista.
En fin, no todos los jóvenes forman parte de este club de insolentes. Por suerte muchos son amables, respetuosos, cordiales y saben entablar una conversación con un mayor, que tal vez no tenga nada para enseñarles, pero sí para advertirles.
Cordial saludo