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Perito en ríos

En el gesto de ese niño de 8 años que se levanta a las dos y media de la mañana para ver a su vecino de enfrente pescar está contenida la pulsión que anima la escritura de este libro. Lleva toda la tarde observando a Felipe El Jopo, sentado en su banquín, bajo un paraguas y a la luz de una farola. Pero llegado el momento sus padres lo han mandado a la cama. “Mañana hay que ir a la escuela, Benito”, le dicen. Y Benito se va, a regañadientes. Pero acude de nuevo, de madrugada, para ver cómo su vecino de enfrente “llevaba el hilo de la manera en que solo lo hacen los grandes pescadores”. Ese niño es Benito Corolo, que a sus ochenta años, cual salmón, ha decidido ahora remontar el río de sus recuerdos como pescador para regalarnos una historia, la de la pesca en los ríos del suroccidente asturiano, que, a modo de dietario, arranca con la abundancia de los años cuarenta, cuando él nace y, poco a poco, a base de oír las conversaciones sobre pesca en su casa a orillas del Narcea, va dando forma a su vocación; hasta finales de los ochenta, cuando ya la reglamentación, el cormorán, o la maleza que hurta la luz a los ríos, impidiendo, por lo tanto, la vida en ellos, le van alejando de las riberas.

"He aquí un volumen revelador, ameno y fascinante, después de cuya lectura ya nunca el profano se va a preguntar qué demonios hacen en el río esos hombres y mujeres"

Conviven en este volumen, insólito, magnético y evocador, la explicación erudita de las diferentes artes de pesca —y de entre ellas destaca el estilo propio de Cangas, conocido como “de cebo corrido”—, con la aventura que es cada visita al río porque, como advierte el autor, “en la pesca nunca hay nada seguro”. A pie, en moto o en bicicleta, Benito acude a las riberas unas veces solo, otras acompañado —”de breda”, se dice en el argot— para desplegar esa sabiduría que le ha hecho acreedor de este epíteto de resonancias homéricas: “El hombre que lee el río”. Porque es cierto que algunos de los episodios que relata recuerdan a escenas de la tradición griega: la odisea para llegar al río de Villardecendias a través de bosques intrincados, senderos que aparecen y desaparecen y tormentas traicioneras; el encuentro con un oso a la vuelta de un meandro que, cual cíclope, les impide pasar a él, un día, y a su padre, jornadas después; o, incluso, las advertencias de Circe, encarnada en esas mujeres —que, para sorpresa de Benito y sus compañeros, acostumbrados a que la pesca sea un mundo de hombres— les regalan útiles consejos acerca de las futuras pescatas, ora desde detrás de la barra de un bar, ora desde una ventana.

"Cómo se las arreglan para que pique justo el pez que quieren, unas veces trucha, otras salmón y otras más lamprea"

He aquí, por lo tanto, un volumen revelador, ameno y fascinante; después de cuya lectura ya nunca el profano se va a preguntar qué demonios hacen en el río esos hombres y mujeres que de vez en cuando ve a través de la ventanilla del coche; si no se aburren tanto tiempo sin hacer, aparentemente, nada; cómo se las arreglan para que pique justo el pez que quieren, unas veces trucha, otras salmón y otras más lamprea; y sobre todo, qué les lleva a volver una y otra vez a ese lugar, truene, llueva o caiga nieve para otras veces ausentarse sin explicación aparente. Cuando se dé este último caso ahora ya sabrá el lector que tal vez sea porque se ha cumplido este adagio que todos ellos conocen: “Día de niebla, día de aire de arriba, y día de sol picón, el resultado de pesca cabrón.”

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Autor: Benito Corolo. Título: Recuerdos de un pescador de caña de Cangas del Narcea (Asturias). Editorial: Tous pa Tous. Venta: Librería Treito

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