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La paz de las cosas salvajes

La paz de las cosas salvajes

El mismo día en que Mark Boyle empieza a vivir sin tecnología recibe una invitación a publicar su experiencia en un periódico. Esto le traerá una de las primeras contradicciones: no puede utilizar ordenador para escribir ni para enviar sus textos. El periódico deberá aceptar una mecánica que no hará sino retrasarlo todo: sus columnas llegarán por correo ordinario y, además, estarán escritas a lápiz. La aceptación de este último como herramienta le genera de nuevo una contradicción. Después de todo, también es tecnología. Al final, Boyle acabará diferenciando entre tecnología moderna y el resto, a la que, por otra parte, será a la que pueda recurrir.

Esta reflexión atravesará todo el texto, en el que además entabla un enriquecedor diálogo no ya solo con la persona que fue antes —licenciado en dirección y administración de empresas primero, animalista después— o con el ecologismo teórico del que también procede, sino también con muchos de cuantos han decidido emprender una vida similar a la suya. Así, una de las aportaciones más estimulantes de Camino de vuelta es la conversación explícita que establece su autor no ya con los clásicos—Thoreau, Muir, Leopold …— sino también con sus contemporáneos —Wendell Berry, Paul Kingsnorth…—. E intercambio también con una singular experiencia de vida en naturaleza salvaje, como es la de los habitantes de la isla de Gran Blasket, que vivieron como ahora aspira a vivir Boyle hasta que fueron evacuados a mediados de los cincuenta del siglo pasado y cuya peripecia va intercalando con habilidad en la suya propia.

"No es el propósito del autor aislarse ni, por lo tanto, explorar los terrores y placeres de la vida en soledad"

No es el propósito del autor aislarse ni, por lo tanto, explorar los terrores y placeres de la vida en soledad; no es la suya, por lo tanto, una empresa al estilo de la emprendida por el poeta John Haines en Alaska o por el también escritor Henry Beston en la mucho más civilizada costa este americana. Porque, como se podrá comprobar en estas páginas, nunca dejará Boyle de aspirar a vivir en comunidad, entendida ésta como urdimbre de lazos de ayuda mutua, y así serán numerosas las escenas de cooperación con el vecindario o de celebración en el pub. Tampoco se abocará a una vida de observación del medio del tipo de las de Annie Dillard o de Susan Fenimore Cooper. No.

Lo único que va a pretender aquí Boyle es, sencillamente, vivir sin tecnología, y ello le empujará sin duda a una cierta soledad —hasta sentir aquello que Wendell Berry llamó “la paz de las cosas salvajes”— y también a prestar una atención extrema a la vida de los animales y las plantas que le rodean, para comer, pero también, en gran medida, para paliar esa soledad: “Esta forma de vida puede resultar dura hasta que ese amor por todo aquello que está vivo —no solamente por la sociedad humana— baja de la cabeza y penetra en las venas y los huesos”. Será el mezclar un poco de todo ello con gran acierto lo que haga de este relato suyo una historia de gran amenidad, lo que tampoco suele ser tan común en las memorias de todos aquellos que, como el autor, alcanzarán un momento en que apenas recordarán la última vez en que pasaron un día entero sin hacer nada, porque “cuando se vive de esta forma, pasarse un día vagueando en la cama casi te puede costar la vida”.

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Autor: Mark Boyle. Título: Camino de vuelta: Historias de una vida sin tecnología. Editorial: Volcano Libros. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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