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Peter Sellers, un Otelo de la pantalla inglesa

Peter Sellers, un Otelo de la pantalla inglesa

Hay noticias que nos hablan del gran Peter Sellers como de una suerte de Otelo del otro lado de la cámara de la pantalla inglesa de los años 60 y 70. De cara al Respetable, era uno de esos cómicos que, empero la gravedad de su ademán, desatan la hilaridad de los espectadores, como mi menda solo ha visto hacerlo a Harold Lloyd y a pocos más. Pródigo en la composición de personajes entrañables —el inspector Clouseau, de la Sûreté, entre otros, para Blake Edwards; el Clare Quilty de Lolita (1962), entre otros, para Stanley Kubrick; o Harry Robinson, el teddy boy de El quinteto de la muerte (1955) para Alexander Mackendrick—, ya digo, es difícil imaginar a Sellers, cuya sola presencia en pantalla hacía desternillarse entre las más sonoras carcajadas al común del personal, desde el anfiteatro hasta el patio de butacas, como a un tipo obsesionado por el demonio de los celos. Y cuesta porque alguien tan divertido no tarda en hacerse querer.

Sin embargo, lo cierto es que durante el rodaje de El magnífico Bobo (Robert Parrish, 1967), esas inquietudes del inolvidable Sellers provocaron un sonado escándalo. Cinta argumentalmente caprichosa —localizada en la Barcelona anterior a la prohibición de la lidia— era aquella una comedia sobre un torero y cantante barcelonés al que los celos que le inspiraba Olimpia Segura, la mujer más bella de la Ciudad Condal —incorporada por la sueca Britt Ekland— acababan por poner fin a su carrera.

Particularmente, siempre he creído ver en El magnífico Bobo ciertas alusiones a la historia del torero y poeta barcelonés Mario Cabré con Ava Gardner, para ella una aventura fugaz durante el rodaje, también catalán, de Pandora y el holandés errante (Albert Lewin, 1952). Un lío rápido que acabó siendo un engorro. “Cuando regresé a Hollywood, la pena que sentí no era por él”, concluye Ava en las líneas que le dedica en sus memorias (Con su propia voz, Grijalbo, 1991).

"Hubo un día en que lo detuvo todo e, insultando a su esposa a voces, amenazó a Parrish con abandonar definitivamente la filmación si no era Britt Ekland la que se iba de allí"

Sin embargo, los paralelismos que se registran entre la historia de Sellers y su entonces segunda esposa, precisamente Britt Ekland, hasta donde sabemos, son tanto o más evidentes que los habidos entre el torero poeta barcelonés y la estrella de Hollywood. Es muy probable que el asunto de El magnífico Bobo estuviese basado en los celos que Ava Gardner inspiró a Cabré, quien llegó a declararse a la actriz ante la embajada estadounidense en España, entre otras manifestaciones de cariño, a cuál más singular. En su momento, aunque en un tono más jocoso, aquellas exposiciones de pasión fueron tan sonadas en el mundo anglosajón como el desprecio de José Luis Rodríguez Zapatero a Estados Unidos en 2003, cuando, en contra del debido protocolo y dejando bien a las claras sus complicidades pasadas, presentes y futuras, decidió permanecer sentado al paso de la enseña estadounidense durante el desfile, celebrado en Madrid, el Día de la Hispanidad.

Pero hoy hablamos de una ficción que apuntaba maneras de otra realidad. Tanto que, de haberse celebrado en nuestro 2026, que ya hemos generalizado el término “autoficción”, El magnífico Bobo bien podría serlo. Cuando acababa el rodaje, la vida conyugal de Sellers no distaba mucho de la de Juan Bautista, el bobo en cuestión. Tan enajenado por los celos como el personaje que recreaba, hubo un día en que lo detuvo todo e, insultando a su esposa a voces —la llamó las “cuatro letras”, que decían las señoras de la España de entonces—, amenazó a Parrish con abandonar definitivamente la filmación si no era Britt Ekland la que se iba de allí. Desconozco cómo acabó aquello, pero está escrito en sede judicial que, unos días después, la pareja obtuvo el divorcio.

"Polanski, mucho más condescendiente que esas noticias que nos hablan de Sellers como de alguien enajenado por el demonio de los celos, lo recuerda en sus memorias abrumado por sus problemas personales"

De vuelta a Londres, al Londres del Swinging London, Roman Polanski trató mucho a Sellers. Ambos eran dos de los notables de las noches de la ciudad, entonces la más jovial del mundo. En sus días del enamoramiento de Sharon Tate, el autor de El baile de los vampiros (1967) coincidía en los estrenos y en las fiestas fetén con el inolvidable intérprete del inspector Clouseau. En sus memorias, Polanski habría de recordar a Sellers “haciendo todo lo posible, junto a Mia Farrow, para estropearle al fotógrafo la instantánea” que el hombre les quería sacar. Eran auténticas estrellas en los días en que las estrellas, como obedeciendo a un resorte, advertían a los reporteros gráficos con la cantinela de “fotos no”.

Polanski, mucho más condescendiente que esas noticias que nos hablan de Sellers como de alguien enajenado por el demonio de los celos, lo recuerda en sus memorias (Roman por Polanski, Grijalbo, 1985) abrumado por sus problemas personales. La relación entre Sellers y su segunda esposa fue más tóxica que con todas las demás. Naturalmente, Britt Ekland no tuvo la culpa. Pero cuando en 1980 el genial comediante murió prematuramente, mientras la cartelera internacional se rendía a su creación del señor Chance en Bienvenido Mr. Chance (Hal Ashby, 1979), se recordó la que, en una primera instancia, había sido la causa de la muerte del actor. Era Chance un jardinero que acababa convertido en toda una influencia en la Casa Blanca, demostrando con la lucidez de su simpleza —“La vida es un estado mental”, defiende en un momento dado— que la política es la profesión más despreciable que puede ejercer el ser humano bajo cualquier bandera: las envilece a todas por igual.

"Arrastró problemas de corazón el resto de su vida. Y la válvula maltrecha le llevó al hoyo el 24 de julio de 1980, unos días antes de la que habría de ser una nueva operación. Tenía 55 años"

Naturalmente, Britt Ekland no tuvo nada que ver con la muerte de su exmarido. Pero estando aún casados, el cinco de abril del 64, presto a cumplir con el vínculo que les unía, el gran Sellers inhaló popper, todo un potenciador del placer sexual. Un estimulante tan peligroso que siempre ha oscilado entre la prohibición y la regulación administrativa. En las tres horas siguientes a su ingesta, aquel con el que tanto nos reíamos sufrió ocho ataques cardíacos. Debidamente hospitalizado, la primera consecuencia de aquella cópula fatal fue perder su trabajo en Bésame, tonto (1964), el clásico de Billy Wilder, donde fue sustituido por Ray Walston. Nunca se llegó a recuperar. Arrastró problemas de corazón el resto de su vida. Y la válvula maltrecha le llevó al hoyo el 24 de julio de 1980, unos días antes de la que habría de ser una nueva operación. Tenía 55 años.

Yo entonces no era más que un buen espectador. Pero me había reído tanto con Peter Sellers en las comedias que protagonizaba para Blake Edwards, aquellas entregas de la Pantera que solían llegar con la cartelera navideña —La Pantera Rosa (1963), El nuevo caso del inspector Clouseau (1964)…, ese aparte que supuso El guateque (1968)—; la policaracterización para Kubrick en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964), donde daba vida a tres personajes; e incluso esa parodia del psicoanálisis —de la que tanto aprendió Woody Allen— que recreó para Clive Donner en ¿Qué tal, Pussycat? (1965)… En fin, que acusé su prematuro óbito como el de alguien tenido en franca estima.

"Amigos suyos fueron los primeros en mostrar su preocupación ante el derrotero que iba tomando la vida del gran Sellers mientras el mundo entero reía con sus personajes"

Ya cinéfilo, supe que el magisterio de Peter Sellers se hizo notar por primera vez en El quinteto de la muerte, una de las grandes comedias de la Ealing, uno de los grandes estudios de la cinematografía inglesa. Aquel Sellers netamente británico colaboró con varios de los grandes de la pantalla de aquellas islas: Charles Crichton —La batalla de los sexos (1960)—, Robert Day —La extraña prisión de Huntleigh (1960)— o los hermanos Boulting —Cielos arriba (1964)—. Estos precisamente, amigos suyos, fueron los primeros en mostrar su preocupación ante el derrotero que iba tomando la vida del gran Sellers mientras el mundo entero reía con sus personajes: “Era un hombre profundamente preocupado, desconfiado, ensimismado, en última instancia, autodestructivo. Era la completa contradicción”. Y el gran Peter, invitado en una emisión de Los Teleñecos, declaró a la rana Gustavo: “Nunca podría ser yo mismo… Ya ves, no hay un yo. Yo no existo… Solía haber un yo, pero me lo extirparon quirúrgicamente”.

Fuera quien fuese, pocas veces me he reído tanto como con él.

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