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Phil Collins y la ‘posverdad’

“Si recuerdas la década de los ochenta, pido disculpas por mí y por el Live Aid”.

Phil Collins en ‘Aún no estoy muerto’ (Aguilar, 2016)

Seguro que tú también piensas que Phil Collins es un pesado. A mí me expulsó de su carrera cuando se puso a componer para Disney. Hasta entonces, aunque sorprenda a quienes conocen mis gustos y mis pinitos musicales, le tenía un gran respeto, incluso discutía con los snobs que preferían la etapa de Genesis con Peter Gabriel. Él sabe que muchos pensamos así, e incluso que hay quien lo ha convertido en el toro que mató a Manolete. Y se ríe.

En su autobiografía, Collins cuenta la historia de un chaval que quería tocar la batería, un tipo que va cumpliendo sus sueños a tal velocidad que termina haciéndose omnipresente. Lo hace con mucho humor, con la ironía que puede permitirse alguien que ha destrozado su físico y sus relaciones más cercanas tras un éxito mundial excesivamente prolongado.

Hubo una época en la que la voz de Phil Collins sonaba en todas las radios, su cara era fija en la tele (cuando en la tele había música) y su batería colaboraba en todos los discos posibles. En paralelo, acumulaba matrimonios, hijos, achaques, minibares de hotel y odios por parte de los tabloides británicos.

Los músicos más relevantes de las últimas décadas y la familia real británica buscaban su compañía mientras su excesiva exposición al público lo convertía en un plasta de alcance global. Él mismo se dio cuenta de que debía parar, aunque sin demasiado convencimiento.

No existía Twitter, pero los linchamientos públicos se sucedían apoyándose en la mayoría de las ocasiones en mentiras de esas que ahora llaman ‘posverdad’: falsas interpretaciones de las letras de sus canciones, exageraciones sobre sus divorcios, conspiraciones contra sus propios compañeros, ansias de protagonismo en entregas de premios, etc. En su momento no quiso responder, estaba trabajando.

Ahora, al repasar su carrera durante un parón forzado en parte por los achaques físicos, Phil Collins pide perdón por su hiperactividad, pero lo hace con la boca pequeña. Entre risas, ofrece también una explicación a todas las historias que no fueron adecuadamente interpretadas en su momento. En el fondo se nota que le importan un pito los odios públicos generados y, una vez solucionados los privados, recuerda que va a seguir dando guerra. Sigue siendo el chaval que quería tocar la batería y lleva fatal no poder sujetar una baqueta tras tantos años de desgaste. Una vez contada su versión, enfrentada la ‘posverdad’, vuelve a la música para aislarse del ruido.