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Plegaria para pirómanos, de Eloy Tizón

Plegaria para pirómanos, de Eloy Tizón

Hay quien dice que Eloy Tizón es el mejor cuentista de la literatura española contemporánea. Sus tres libros de relatos anteriores, Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992 y 2017), así lo certifican, y el título que ahora llega a las librerías, Plegaria para pirómanos, lo ratifica de un modo definitivo.

En Zenda reproducimos el inicio de Grafía, relato que abre la antología Plegaria para pirómanos (Páginas de Espuma), de Eloy Tizón.

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GRAFÍA

A Juan Casamayor

De tu escritor favorito siempre puedes aprender. Y de tu propio diario de tapas de hule, en el que vuelcas esbozos, pálpitos, embriones de ideas y sueños, antes de que se esfumen. Nada es del todo real hasta que lo escribes o lo dibujas. No sabría localizar en qué momento me agarró la obsesión de sumergirme a fondo en la vida y la obra de Xavier Serio, qué esperaba encontrar en sus hondos pasadizos de pistas falsas, posesiones psíquicas bizarras, abismos ontológicos, descripciones botánicas sazonadas con agujeros de gusano y teoría de cuerdas.

Supongo que no tenía nada mejor en que emplear mi tiempo. O serían las hormonas alborotadas de mi sistema endocrino. O equivaldría a una esforzada manera de conjurar el vacío para buscarme (o leerme) a mí mismo, en una época de mi vida en la que me sentía particularmente confuso y todos los zapatos me hacían daño.

Yo era una especie de prófugo de mi propia biografía. Un desertor. Dos o tres veces al mes tomaba el tren hasta la ciudadela de Rotonda, distante unos trescientos kilómetros de mi lugar de residencia. Después de almorzar en la cantina de la estación un bocadillo de fiambre y una cerveza, trotaba por la avenida de tilos, subía la escalinata y traspasaba el jadeante pórtico de la biblioteca pública de Rotonda –columnas salomónicas, amplios ventanales sobre un oleaje crema de madreselvas, una jarra de té helado, variedad de bustos daltónicos– con mi carnet de investigador entre los dientes.

Allí me sentía a salvo. Nadie me importunaba ni me apremiaba. Podía pasar las horas en silencioso trance consultando archivos, descifrando caligrafías antiguas y manuscritos de Xavier Serio, subiendo y bajando escaleras hasta los estantes más altos, girando las muñecas para desentumecerlas, husmeando en su correspondencia con otros novelistas igual de marginales o en las notas de nevera que intercambió con su madre viuda: «Hijo mío, tienes una letra que es como si la estornudases».

Me quedaba embobado mirando su firma: XS. La misma que adornaba su tumba casi secreta en un cementerio del sur de Francia, aireado entre viñedos e higueras, que yo había visitado algunos años atrás en compañía de una novia pecosa de mejillas encendidas que sabía patinar.

Tras leer en la pubertad los dos primeros libros de Xavier Serio, que ella me regaló, nunca había llegado a recuperarme del todo. Aquellas ficciones lisérgicas supusieron una conmoción para mí. Me forzaron a enfrentarme a algo que me rebasaba, que no comprendía por completo y para lo cual no tenía respuesta, y ni siquiera nombre. Para el muchacho dañado que yo era, aquello representaba el arte, la vida, el éxtasis y la verdad. Una sacudida brutal, equivalente a la primera vez que entras en otro cuerpo y experimentas tu disolución.

Me obcequé con sus huellas. Me empapé de sus enigmas, camuflados a veces bajo la apariencia inocua de «novelas de ciencia ficción», con toda su parafernalia psicodélica de viajes en el tiempo, vehículos siderales, androides, drogas sintéticas y multiversos, que nunca sabías si tomarte en broma o no.

Xavier Serio reventó el mercado con las bombas de racimo de sus historietas trash impregnadas del espíritu transgresor de los fanzines, los cómics y las películas de medianoche (invasiones alienígenas, hombres lobo, sectas satánicas, guerreros ninja, karatecas criogenizadas, monjas caníbales, bandas de surfistas nazis), irreverentes y ácratas, con el fin de desacralizar el prestigio social del escritor.

A mí no me engañaba. Subrayé, doblé páginas, hice muescas en los libros de Xavier Serio y enmarqué sus frases con lazos y rectángulos de lápiz. En los márgenes floreció una primavera de signos de admiración, interrogaciones y flechas. Al cabo del tiempo y de nuevas relecturas, volví a subrayar lo ya subrayado. Dibujé esquemas. Aprendí de memoria pasajes enteros de su Manifiesto cosmológico –autoeditado bajo el seudónimo de Xan Sativa– y podía recitarlos línea a línea; todavía puedo.

Estaba tan hipnotizado por su prosa que ni siquiera me enteré bien por qué rompí con aquella primera novia pecosa de mejillas encendidas que sabía patinar; luego vinieron otras. Incluso renuncié a una carrera profesional estable, en el campo de las finanzas (¿o eran las telecomunicaciones?), por culpa de aquella adicción pegajosa.

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Autor: Eloy Tizón. Título: Plegaria para pirómanos. Editorial: Páginas de Espuma. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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