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Poesía subrayada

Cette vie est un hôpital où chaque malade est possédé du désir de changer de lit. Celui-ci voudrait souffrir en face du poêle, et celui-là croit qu’il guérirait à côté de la fenêtre

Charles Baudelaire, Le Spleen de Paris

Nunca dejará de llover

Leopoldo María Panero, La mentira es una flor

«Mi tema no es la enfermedad física, sino el uso que de ella se hace como figura o metáfora». Estas palabras de Susan Sontag, que bien podrían constituir en solitario este texto, recogen, quizás sin quererlo —o queriéndolo, porque con quien nombra nunca se sabe—, la sensible poética de Fernando Beltrán: Mi tema no es la poesía (física), sino el uso que se hace de ella como figura o metáfora. Y es que el poeta lo ha vuelto a hacer:

Un tesoro de charcos para una vida entera.
Abismos y bellezas en la ciudad sin lluvia.

Poemas empujados. Verde sin fin.

La curación del mundo (Hiperión, 2020) ha llegado a tiempo para salir del «extraño abismo», de la fiebre interminable y tediosa: es un aullido, un dardo directo a la diana de nuestro pandémico mundo —evitaremos también el nombre de la enfermedad; un mantra: «no es la enfermedad física, sino el uso que de ella se hace como figura o metáfora»—, un tren de regreso a lo celeste desde donde superficialmente no hay más que vacío, herida:

«El pedal en pedal, el remo en remo, / el eco en eco, tacto a tacto el regreso a un ser tocado, / tacto a tacto el destino, la hendidura, el abrigo / en las alas de otra herida».

Cogemos aire en los pulmones de la poesía, libre y sola, para salvar la hipoxia del lenguaje, para reaccionar antiadornianamente al silencio de la catástrofe, para masticar la enfermedad con dientes de escritura:

«Nunca / la luz del día / tanta luz».

Fernando Beltrán, ese niño que se agarró al árbol del Campo de San Francisco, armado ya caballero, vela de nuevo las metáforas y comparece, pues la poesía no es sino otro oficio, «frente al frente voraz del todo ahí, tranquilamente ahí», y nos rescata haciendo de la palabra sangre para escrivivir. No hay venganza, ni ira, ni zancadilla a la realidad en el solo de trompeta de Beltrán, pero tampoco hay un auténtico perdón:

«No habrá piel, habrá carne / jugándose la vida».

Escribe en el brotar de la sangre y reconvierte a la poesía en ese punctum barthesiano; la vida está implicada hasta en la sangre de lo que escribe, no existe así separación ni correlación, sino que su secreto común yace en la inscripción de la página, es una forma de vida, prolongación del cuerpo:

escribo aprisa
desde un abismo al lado de la muerte,
o de la vida, o a una distancia corta
de ambas, dos mitades
que completan el círculo infinito
de la nada y el todo, un mismo ser

No hay duda, en fin, de la radicalidad poética de la escritura de Beltrán en ese deseo de invertir la (a)normalidad, conspirando contra las expectativas del desorden del Relato de la enfermedad, saboteando a cada paso una lectura en clave felicista de su reflexión ontológica, con el convencimiento de que toda su vida es también una metáfora, de que sangra poesía por todo su cuerpo, incluso enferma, «quiero decir, al aire de su error / desde un estado de ánimo, de duda, / de yunque o de conciencia, // fiebre o tos».

Así, en su último libro el poeta asturiano responde a un espíritu casi posmoderno, el de cartografiar el dolor de la enfermedad no según los números de epidemiólogos y periodistas, ni mucho menos guiado por criterios espirituales o metafísicos, sino desde la vivencia, sin renunciar a la metáfora. Con el verso hecho carne —carne tuya y mía, contagiada entre nosotros, «por la cadencia helada y desde dentro»— Beltrán ensaya una poesía subrayada por la vida, reanimada por el impulso del lenguaje poético mismo, de su función como instrumento, su capacidad de representación y reconocimiento, como cauce de catarsis individual y colectiva, de la expresión y sinceridad emocional articulada en el arte del fingimiento; un proceso desde el testimonio («Habitación 172. Paciente 160») hacia una concepción artística de refugio personal desde el que atajar el complejo verso metafísico que abre el libro:

«A la naturaleza le da igual que mueras o no mueras».

Es en su valoración de una intimidad que se inscribe con sangre en el verso como Beltrán piensa que la vida y la muerte no se sujetan simplemente a una caducidad, a la creación de una distancia «para abolir lo lejos», sino en el ensayo de una escritura de sí como espacio de experimentación que desarticula el relato e impugna «el peso en crudo / tantas veces // de una sola palabra». En ese pensamiento de la escritura poética es donde se busca, más que una identificación o una constitución del sujeto, una transformación, un reencuentro:

«estrenar otro poema / sin más razón que exponerme de nuevo».

Con este «paso de danza» derrideano, el poeta transita una instancia desbordada de supervivencia o sobrevida, un lugar en el que tiene cabida una experiencia de vida y escritura desposeída, pasional, y lo hace a través del campo semántico de la enfermedad, con el cual el sujeto se opera a sí mismo, su vulnerabilidad. Lejos de describir o constatar una realidad, la produce y reconoce su carácter performativo, de ruptura del relato de uno mismo, porque tan solo así puede hacerse verdad, solo de esta forma puede ocurrir:

El peso no es la piedra.
El peso es nuestra forma de mirar la piedra.
[…]
El frío no es la piedra.
El frío es nuestra forma de sentir la piedra.

Mi fiebre no es la fiebre.

La poesía irrumpe, no avisa, diríamos, y con ello es una forma de vida atravesada por la alteridad («estos cuerpos revueltos // del después») y por la muerte instalada en sus brechas. El autor vive tras su muerte, sobrevive igual que la poesía, como una lectura, como una herida que se padece:

«Sin tocar no encuentra. // No sabe trabajar / a dos metros inmensos de la obra».

Beltrán jamás rehúye afrontar los asuntos que verdaderamente importan si de lo que se trata es de conocer la vida, conocer la poesía, de aprender «al borde justo», con un ojo en cada uno de nosotros. Ahora lo hace subrayando sus errores, sus charcos, sus verbos más suyos, su escritura, para llegar al gesto, meter el dedo en la metáfora:

Fiebre empujada.

Ser sin ser
tantos años después.

Mi enfermedad da al mismo puente,
humilde e invencible. Sigue ahí.

Los trenes son distintos, pero el puente resiste.

Metáfora empujada. Atropellada luz.
[…]
Llegan por la ventana, a mi izquierda,
y me rodean veloces, para escucharlos luego
a mi derecha, más allá de la muerte,
atravesar el puente. La curación del mundo.

Vuelvo al norte. Nunca salí de allí.

Tampoco saldré ya de esta ciudad sin lluvia.

Humilde e invencible.

Puente hacia ti 

 

La poesía en su afán, en fin, todo sigue

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Autor: Fernando Beltrán. TítuloLa curación del mundoEditorial: Hiperión. VentaTodostuslibros

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