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Por instinto y como muchas otras historias

Por instinto y como muchas otras historias

“Mi gran labor como escritor”, dice a los lectores Álvaro Arbina, autor de La sinfonía del tiempo (Ediciones B ), “era encontrar esa voz narrativa, esa voz que habla del XIX para lectores del XXI. Un recuerdo a las novelas de siempre, pero contado a la manera actual.”

Cuando publiqué mi primera novela tenía algo de escritor, pero mi concepción del mundo de los escritores seguía siendo el mismo de aquel niño que empezó a leer y que sólo sabía de los libros por lo que veía en los libros. Era el 27 de enero de 2016 y La mujer del reloj llegaba a las librerías. Empezaban las entrevistas y las atenciones, y yo sentía que cruzaba el umbral hacia el otro lado, hacia ese universo de los escritores que intuía por las fotografías de las contracubiertas, ese otro lugar (siempre otro lugar) que me seducía desde niño y ocupaba mi pensamiento incluso cuando no leía. Por aquel entonces, mientras comenzaba la promoción, aún imaginaba aquel mundo, y por imaginarlo lo soñaba y lo temía, y lo engrandecía y lo confundía con las historias dentro de los libros. Como si ambos fueran lo mismo y tuvieran la misma magia: mundo de escritores y mundo creado por escritores. Y así surgió La sinfonía del tiempo, con aquel sueño y aquel temor también.

"Después vinieron dos años de escritura y sesenta años de historia que contar. Y un periodo fascinante que fue llamado bello y terminó convertido en la Primera Guerra Mundial"

Comencé a escribirla en plena promoción, y me adelanté a todo lo que pudiera venir. Aun así jamás la forcé, y siempre fue la novela la que impuso su tiempo en mí. Surgió como mecanismo de protección, como refugio ante lo desconocido, ante lo intimidatorio. Surgió sin darme cuenta, por instinto y como muchas otras historias. De pronto los lectores me leían y mi escritura dejaba de ser algo íntimo, y todos podían tener su opinión sobre algo extremadamente sensible para mí. Tomé distancia para aprender a sobrevivir al otro lado de los libros, para no dejarme caer ni subir demasiado. No quería que todo aquello me influyera, quería mantener la frescura que me llevó a escribir La mujer del reloj.

Después vinieron dos años de escritura y sesenta años de historia que contar. Y un periodo fascinante que fue llamado bello y terminó convertido en la Primera Guerra Mundial. Y la industria en la costa vasca, y el Londres de Dickens, y el Oxford de Wilde, y la París de la Torre Eiffel, y la Viena de Sigmund Freud y el Congo de Joseph Conrad. Un verdadero reto para mí, ambicioso y soñador, y que por ambas cosas siempre quedará inconcluso. Terminé rodeando el ordenador de mil tipos de fuentes documentales. Libros subrayados, mapas, planos, cuadernos de notas, textos, imágenes, grabados de la época. Convertí mi estudio en una especie de máquina del tiempo. Buceé en diarios, en testimonios de personas que entonces vivieron, leí la literatura de entonces, Unamuno, Baroja, Blasco Ibáñez, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Joseph Conrad, me zambullí en ella hasta adquirir una psicología de la época, hasta captar un registro narrativo, una voz de escritor que tendiera un puente entre aquellos años y la actualidad. Porque no quería olvidarlo, escribía para el siglo XXI. Y mi gran labor como escritor era encontrar esa voz narrativa, esa voz que habla del XIX para lectores del XXI. Un recuerdo a las novelas de siempre, pero contado a la manera actual.

En la nota final de La mujer del reloj me obsequié con el placer de mostrar los entresijos de su documentación, la satisfacción del trabajo realizado, la frontera invisible (invisibilidad a la que aspira todo escritor) entre lo real y lo ficticio. Retiré la piel y enseñé su interior. Mis disculpas de antemano ante quienes disfrutaron con ello, o lo valoraron. Porque con La sinfonía del tiempo no lo he hecho.

"Mientras uno olvide que está leyendo, mientras la historia exista y ya está, sólo eso, habré cumplido con mi trabajo"

Mi pequeño artificio, como muchos de su especie, no fotografía la vida, o la Historia, no es un retrato fiel de lo que sucedió. Para eso ya están las labores periodísticas, o los libros de Historia. La sinfonía del tiempo, como muchas otras novelas, reconstruye la realidad, se rebela ante ella, la transgrede, la desafía y juega con sus piezas. Crea algo único, un nuevo universo, una ilusión tan verdadera y tan mentirosa como la memoria, un regalo que enriquece la vida y nos hace soñar, y tal vez entender un poco más. Por eso ha existido siempre; mitos, leyendas, historias, por eso sobrevive junto a los seres humanos, desde las cavernas hasta la era de Internet.

Sin embargo, y como espero se haya traslucido, el esfuerzo ha sido grande por documentarla con el requerido rigor. Contextualizar a los personajes, envolverlos de un mundo creíble, contar la Historia como algo que aún sucede, algo en lo que uno puede detenerse y mirar, mirar como desde un mirador, hacia el flujo imparable y enloquecido del presente, son ingredientes y obligaciones esenciales para que el lector sienta que la lectura ha merecido la pena. Un viaje de doscientas mil palabras, un océano laberíntico donde coexisten verdades huidizas y evanescentes, licencias históricas, artimañas literarias, incluso imprecisiones involuntarias, claro que sí. Mientras uno olvide que está leyendo, mientras la historia exista y ya está, sólo eso, habré cumplido con mi trabajo. Así que mis disculpas por no revelar el último misterio de esta historia.

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Autor: Álvaro Arbina. Título: La sinfonía del tiempo. Editorial: Ediciones B. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro