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Primera experiencia, de Stefan Zweig

Primera experiencia, de Stefan Zweig

En 1911, Stefan Zweig publicó un libro compuesto por cuatro relatos que, cada uno a su manera, recreaban experiencias de niñez relacionadas con la sexualidad. Contrariamente a lo que se pueda pensar, enseguida se convirtió en un éxito de ventas. Con aquel libro, el escritor austriaco demostró su extraordinaria capacidad para ver el mundo de los adultos desde los ojos de los niños.

En Zenda reproducimos el arranque de Historia en el crepúsculo, uno de los cuatro relatos presentes en Primera experiencia, de Stefan Zweig (Hermida).

***

Historia en el crepúsculo

¿Otra vez ha traído el viento lluvia a la ciudad y por eso se ha oscurecido tan de repente nuestra habitación? No. El aire está en calma y es claro como la plata, como rara vez ocurre en estos días de verano; pero se ha hecho tarde, y no lo hemos notado. Sólo los tragaluces de los tejados de enfrente sonríen todavía en un leve resplandor, y el cielo sobre las crestas de los edificios está cubierto ya de una bruma dorada. En una hora será de noche. En una hora maravillosa, pues nada es más hermoso de contemplar que ese color que se marchita poco a poco y que se ensombrece; y después, en la habitación, la oscuridad que brotará del suelo hasta que al final las negras olas se batan en silencio sobre las paredes y nos lleven con ellas a sus tinieblas. Entonces, cuando nos sentemos uno frente al otro y nos miremos sin decir palabra, nos parecerá en esta hora que el rostro que nos es familiar se vuelve más viejo en las sombras, más extraño y lejano; como si nunca lo hubiéramos conocido así y lo vislumbrásemos desde un espacio muy vasto y a través de muchos años. Pero tú no quieres ahora el silencio, dices, porque en ese caso oyes angustiado cómo el reloj rompe el tiempo en cien pequeñas esquirlas, y en esa quietud la respiración se vuelve ruidosa como la de un enfermo. Me dices que te cuente algo. Con mucho gusto. No sobre mí, desde luego, pues nuestra vida en estas ciudades interminables es pobre en acontecimientos, o así nos lo parece, porque todavía no sabemos qué es lo que en realidad nos pertenece. Pero voy a contarte una historia muy apropiada para esta hora que, en puridad, sólo ama el silencio, y quisiera que tuviera algo de esa luz cálida, suave y profusa del crepúsculo que se extiende como un velo sobre nuestras ventanas.

No sé cómo llegó hasta mí esa historia. Pero sí me acuerdo de que desde primera hora de la tarde llevaba mucho tiempo aquí sentado, leía un libro que luego dejé caer al sumirme en ensoñaciones, causadas quizá también por un sueño ligero. De repente advertí aquí figuras que se deslizaban a lo largo de la pared y pude oír sus palabras y ver sus vidas. Pero cuando quise seguir con la mirada a esas formas fugitivas, estaba ya otra vez despierto y solo. Hundido a mis pies, yacía el libro. Pero cuando lo levanté y le pregunté por las figuras, no encontré la historia en él; era como si dicha historia hubiera caído de las hojas del libro a mis manos, o como si nunca hubiera estado allí. Tal vez la había soñado, o la leí en una de esas nubes de colores que llegaron hoy a nuestra ciudad desde tierras lejanas y se llevaron la lluvia que desde hace tanto tiempo nos agobiaba. O la había oído en aquella sencilla y vieja canción que tocaba melancólico un organillo bajo mi ventana; ¿o me la contó alguien hace años? No lo sé. Tales historias me vienen a menudo, y jugando dejo que sus sucesos se escurran entre mis dedos sin retenerlos, de la misma manera que uno acaricia al pasar espigas y flores de tallo largo sin cogerlas. Sólo las sueño partiendo de una imagen de color repentina hasta que terminan en un final que se va difuminando, pero no las atrapo. En fin, hoy quieres de mí que te cuente una historia; así que voy a contártela en esta hora, cuando el crepúsculo hace que anhelemos ver el brillo de algo multicolor y móvil delante de nuestros ojos, que se empobrecen con el gris.

¿Cómo empezar? Creo que tengo que rescatar de las sombras un instante preciso, una imagen y una figura, porque es así como se inician también en mi interior esos extraños sueños. Sí, ya me acuerdo. Veo un esbelto muchacho que desciende los anchos peldaños de la escalera de un castillo. Es de noche, y noche de pálida luz de luna, pero percibo cada línea de su ágil cuerpo como si se reflejara en un espejo iluminado, y veo exactamente sus rasgos. Es extraordinariamente hermoso. Peinados a la manera de un niño, los negros cabellos caen lisos sobre la frente, que casi es demasiado alta; y las manos, que extiende en la oscuridad para sentir el aire palpándolo, caldeado por el sol, son muy delicadas y nobles. Su paso vacila. Desciende soñoliento hacia el gran jardín, que murmura con sus múltiples árboles redondeados, y a través del cual reluce como una blanca estela una única y amplia vía para carruajes.

No sé cuándo sucedió todo esto, si ayer o hace cincuenta años, y tampoco sé dónde, pero creo que tuvo que ocurrir en Inglaterra o en Escocia, pues sólo allí conozco yo esos castillos de sillería tan amplios y tan altos, que amenazan desde lejos como desafiantes fortalezas y que sólo para el ojo acostumbrado se inclinan sobre sus luminosos jardines floridos. Sí, ahora lo sé con toda seguridad, es allá arriba, en Escocia, porque sólo allí son las noches de verano tan luminosas que el cielo brilla lechoso como un ópalo y los campos nunca están oscuros; y todo parece levemente iluminado desde el interior, y sólo las sombras, semejantes a negras aves gigantescas, caen sobre las superficies claras. Es en Escocia, ¡oh, sí!, ahora lo sé, lo sé con toda certeza; y si me esforzara, encontraría ese castillo condal, su nombre, y también el del muchacho, pues ahora se desprende rápidamente la oscura corteza del sueño y todo lo percibo muy claramente, como si no fuese un recuerdo, sino una vivencia. El muchacho pasa el verano allí en calidad de huésped de su hermana casada y, según la amable costumbre de las familias inglesas distinguidas, no está solo; por las noches se reúne para la cena todo un círculo de amigos de la caza junto a sus esposas, además de algunas muchachas, personas altas y hermosas, cuya alegría y jovialidad juveniles, aunque sin llegar a la estridencia, juegan con el eco de los viejos muros. Durante todo el día trotan los caballos de acá para allá, los perros se llevan en reatas; más arriba, en el río, brillan dos, tres barcas: una actividad ociosa, que nada tiene que ver con el ajetreo de los negocios, proporciona al día un ritmo ágil y agradable.

(…)

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Autor: Stefan Zweig. Título: Primera experiencia: Cuatro historias del país de los niños. Traducción: Luis Fernando Moreno Claros. Editorial: Hermida. Venta: Todos tus libros.

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