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Primera inhumación en el cementerio del Pére-Lachaise

Primera inhumación en el cementerio del Pére-Lachaise

Puede que algunos de esos poemas sin firma que abundan en la producción de los goliardos —aquellos clérigos errantes, giróvagos; aquellos estudiantes pobres y sopistas del medievo europeo—, se debiesen al talento de Pedro Abelardo. Aunque su obra poética se ha perdido y no hay nada que lleve a pensar que el teólogo vivió aquella bohemia, algunos eruditos encuentran en él al primer goliardo. No deja de ser harto curioso —e implica además cierta condena— que uno de los mayores pensadores de la Edad Media sea más conocido por el ardoroso amor que alumbró por Eloísa, su pupila. Amor que, aunque correspondido —“Mi único después de Cristo”, le llamaba ella en esas cartas que constituyeron el largo final de su relación— fue maldito y de consecuencias dramáticas. Emasculado el sabio por orden de Fulberto, canónigo de la Catedral de París, tío y tutor de Eloísa, cuya educación confió a quien habría de dejar capón, cuando supo que el teólogo, a su vez, había dejado a la muchacha —ya su esposa en secreto— embarazada. El de Abelardo y Eloisa fue un amor que consta en los anales de los que se amaron mucho.

Dicen que solo la muerte separa a quienes se quisieron tanto. Pero a ellos les distanció la vida: privado de sus atributos masculinos, él se hizo monje; ella ingresó en un convento. Sin embargo, la posteridad decidió volver a unirles. Siete siglos después de su fallecimiento, separados desde el incidente que truncó su amor, ya en la centuria decimonónica, los restos de ambos amantes fueron sepultados juntos en el cementerio del Père-Lachaise de París. Su tumba es un pequeño templete neogótico, con trazas de capilla, que destaca entre el resto de las sepulturas de la necrópolis más famosa del mundo. Durante décadas, cuando los besos se robaban entre los enamorados, los parisinos iban al efecto a aquel sepulcro. A besarse y a jurarse lealtades. Con anterioridad, no les gustaba tener los sepulturas en medio del casco urbano. Los muertos, mejor en las afueras, se pensaba.

"En fin, el Père-Lachaise es todo un altar a lo mejor que ha dado la humanidad: la cultura, que es lo que emancipa al ser humano. No así la política, que, inexorablemente, le lleva al abismo, al enfrentamiento"

Para los vecinos de la Ciudad de la Luz, este camposanto —que en realidad no es santo, es aconfesional, de ahí el eclecticismo de la memoria que guarda— es una suerte de espacio entre el parque y el panteón del distrito 20º que, aproximadamente, está delimitado por el bulevar Ménilmontant, y las calles de la Roquette y de Rondeaux. Se recomienda el acceso por la entrada peatonal, que se encuentra en el 16 de la Rue de Repos. Y ese reposo al que alude el nombre de la vía, no puede ser más acertado. Hoy, entre sus sepulcros, duermen el sueño eterno protagonistas del pasado. Escritores —Guillaume Apollinaire, Honoré de Balzac, Marcel Proust…—, artistas —el romántico Eugène Delacroix, el impresionista Camille Pisarro, el escultor Antoine-Louis Barye—, actrices —Sarah Bernard, Simone Signoret— cantantes —María Callas, Édith Piaf…— A la lápida de Jim Morrison, a quien le hubiera gustado nacer en otro tiempo, ser un vate francés del siglo XIX, incluido por Paul Verlaine en Los poetas malditos (1884), primera antología de los condenados, nunca le falta un verso escrito por un merodeador del otro lado de las puertas de la percepción. Sin embargo, a la de Frédéric Chopin, lo que le falta es el corazón del pianista. El compositor, además de virtuoso, era un patriota polaco y su corazón se guarda en Varsovia.

En fin, el Père-Lachaise es todo un altar a lo mejor que ha dado la humanidad: la cultura, que es lo que emancipa al ser humano. No así la política, que, inexorablemente, le lleva al abismo, al enfrentamiento. Un altar de 43,93 hectáreas, diseñado por el arquitecto neoclásico Alexandre Théodore Brongniart, cuya primera inhumación se llevó a cabo el 21 de mayo de 1804. El primer cadáver que halló allí sepultura fue el de una niña de apenas cinco años, Adelaide Paillard de Vileneuve, a la que, un día como el de hoy, sus padres, con ella de cuerpo presente, lloraban desconsolados. Se cuenta que la fosa de la muchacha estaba en la sección 42. De lo que no hay duda es de que la niña era inocente. A tan temprana edad, es imposible ser culpable de nada.

"Las necrópolis son como libros de historia y cada sepulcro es una página que nos habla de quién fue la persona cuyos restos guarda"

También hay un lugar para el recuerdo de los inocentes: de la Gran Guerra, del holocausto, los extranjeros que murieron por Francia, los del conflicto ruandés, y, por supuesto, los de La Comuna. Porque entonces la famélica legión eran los esclavos sin pan, y no un argumento para los partidos políticos que corrompen hasta pudrirlo cuanto tocan. Allí, en el muro de los federados, donde aún se les honra, los infames versalleses pasaron a los últimos comuneros por las armas, tras haber librado allí, entre las tumbas de asados por las armas de los monumentos que los honran jalonan una visita obligada para el turista en París que bien puede ocuparle una mañana.

“Hay que buscar siempre lo más trágico”, confesó Oscar Wilde a André Gide durante un encuentro en Argelia. El destino final del irlandés se le presentó en forma de meningitis, enfermedad que le llevó al hoyo en 1900, librando así al dandi decadente de la miseria a la que había quedado reducida su existencia. Desde entonces se le llora en una de las tumbas más pomposas del cementerio Père-Lachaise, en la que nunca faltan flores.

Las necrópolis son como libros de historia y cada sepulcro es una página que nos habla de quién fue la persona cuyos restos guarda. Los aficionados al necroturismo —si se me permite la expresión— tienen una visita obligada en la isla-cementerio de Venecia: San Michele, última morada de Ezra Pound e Igor Stravinsky. En San Petersburgo, les aguarda Tíjvin, junto al monasterio de Alexander Nevsky. Allí descansan Piotr Ilich Tchaikovsky y el escritor Fiódor Dostoyevski, entre otras referencias obligadas de la ciudad de las noches blancas. Ahora bien, como el Père-Lachaise no hay otro. Los parisinos no lo admitieron hasta que no hallaron allí sepulcro los restos de Abelardo y Eloísa.

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