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Proyecto Itinera (LIV): El sueño de una sombra

Proyecto Itinera (LIV): El sueño de una sombra

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

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La presión de los marcomanos y otras tribus fronterizas mantenía al emperador Marco Aurelio ocupado en el limes del Danubio. Las preocupaciones de la campaña militar debían absorber toda su atención durante el día, pero al caer la noche, en la intimidad de su escritorio, el hombre más influyente del momento en Occidente se entregaba a la reflexión como ejercicio de refugio personal. Los principios del estoicismo, que afloran en la mayoría de sus escritos, le ayudaban a mitigar la presión a la que, suponemos, estaba sometido por los deberes políticos. Entre sus pensamientos, la fragilidad de la existencia humana ocupa un papel destacado:

“La duración de la vida humana es un instante en el espacio. Su sustancia, variable; las sensaciones, confusas. La composición de su cuerpo, algo fácilmente corruptible; su alma, una peonza; la fortuna, incierta; la fama, insegura. En resumen, todo lo relativo al cuerpo, un río; y lo que dimana del alma, un sueño, humo. La vida es lucha y peregrinaje por tierra extraña; la fama póstuma, olvido” (Meditaciones, II, 17).

"Ni personajes de la audacia de Sísifo pudieron escapar al inexorable final de los mortales, que eran custodiados por Hades en la tierra sin retorno"

La muerte es una perseguidora implacable. «Allegados son iguales los que viven por sus manos e los ricos», lamentaba un apesadumbrado Jorge Manrique en sus coplas. Para los griegos representaba la infranqueable frontera entre los dioses y los hombres. Ni personajes de la audacia de Sísifo pudieron escapar al inexorable final de los mortales, que eran custodiados por Hades en la tierra sin retorno. Nacemos condenados, porque no hay vida sin muerte, ni muerte sin vida. Un equilibrio tan frágil como el hilo que está a merced de las Moiras, esas infatigables tejedoras de destinos.

La condición quebradiza de nuestra existencia inspiró una bella metáfora. La vida es como un suave soplo de aire que abandona el cuerpo al final de nuestros días. Quizás por esta razón los griegos llamaron ψυχή (psyché) a la causa última del ser, la misma palabra con la que se referían a las mariposas, cuyo grácil aleteo procura un vuelo tan liviano como vulnerable. Ese hálito vital se torna en humo esquivo, incorpóreo e intangible al sobrevenir la muerte, como lo describe el bravo Aquiles ante el fantasma de su querido Patroclo, caído en la épica guerra de Troya:

“Dicho lo cual, tendió hacia él sus manos, pero no pudo abrazarlo, pues su alma se desvaneció como humo bajo la tierra con un leve gemido. Entonces Aquiles se levantó sobresaltado, y batiendo sus manos, pronunció estas desoladoras palabras: «¡Ah! ¡De modo que en los dominios del Hades hay también algo, un alma y una sombra, que, sin embargo, carecen por entero de entrañas, pues el fantasma del desdichado Patroclo ha permanecido a mi lado toda la noche entre gemidos y llantos y me ha encomendado, una por una, multitud de cosas, y su parecido era asombroso!»” (Ilíada, XXIII, 99-105)

"A veces la muerte no satisface su funesto apetito a la primera tentativa. Hay quien consigue arañarle al destino unos años de propina"

Hace un año, una compañía coreana se propuso crear un modelo tridimensional de Nayeon, una niña de siete años a la que una grave enfermedad se había llevado mucho antes de lo que dicta el orden natural de las cosas. La realidad virtual propició un fugaz reencuentro entre una imagen de la pequeña y su desconsolada madre. No se escatimó en ningún detalle para hacer más vivo el recuerdo: su vestimenta preferida, su altura, el parque en el que solía jugar. El experimento nos dejó, sin embargo, unas descorazonadoras imágenes de la impotente mujer tendiendo sus brazos al vacío sobre el gélido fondo verde de un Chroma key, un episodio que me recordó, salvando las distancias, al célebre pasaje de la nekya de Odiseo en el que el rey de Ítaca se encuentra con el espíritu de su madre y trata de estrecharlo contra su pecho:

“Madre mía, ¿por qué no aguardas cuando quiero abrazarte para que, aún en el Hades, te rodee con mis brazos y nos quedemos saciados ambos del frígido llanto? ¿O acaso es esto tan sólo una imagen que la augusta Perséfone ha enviado, para que me lamente aún más entre gemidos?” (Odisea XI, 210-215).

Ni siquiera los más recientes avances tecnológicos pueden compensar la ausencia de un ser querido. En nuestra vida cotidiana, lejos de las ensoñaciones de la realidad virtual, tenemos la suerte de navegar en un océano de fotografías y vídeos que aviva nuestros recuerdos. Pero ninguno de estos recursos tiene el sabor de la presencia física. El calor de un abrazo, el consuelo de la palabra, la calidez de una mirada. Las personas dejan un vacío desolador porque son irreemplazables. El paso del ser al no ser lleva la rúbrica de un silencio incómodo e irreversible. La ausencia provoca una profunda herida, que aliviamos con la compañía de los que compartieron con nosotros la vida del finado, pero que nos deja una cicatriz que solo el paso del tiempo puede llegar a disimular.

"En ocasiones, su recuerdo se escapa entre mis dedos como el sueño de una sombra, que cantara Píndaro"

A veces la muerte no satisface su funesto apetito a la primera tentativa. Hay quien consigue arañarle al destino unos años de propina. Como el guerrero cruzado que desafía a su tenebrosa sombra con una partida de ajedrez en las primeras escenas de El séptimo sello, magistral película de Ingmar Bergman. Así fue la vida de mi tío Miguel Ángel Villanueva, al que la muerte, vestida de aplasia medular irreversible, trató de llevarle con apenas veinte años. Contra todo pronóstico, prolongó su partida hasta casi los sesenta. Esta semana se cumplen diez años de su marcha definitiva. Me habría gustado que hubiera vivido el crecimiento de nuestra familia, con la llegada de Sofía, Sara, Marcos y Paula. Cinco años después de su muerte se publicó mi primer libro, algo en lo que tuvo una participación directa, porque él me inspiró la pasión por la lectura y la historia. Echo de menos nuestras conversaciones, las partidas a los juegos de estrategia que tanto disfrutábamos, los domingos de fútbol en el Vicente Calderón —que también ha fallecido, a su manera—, los paseos por el casco viejo de Madrid, las bromas, las preocupaciones compartidas, hasta las discusiones, que no faltaron. A veces descubro su presencia en mis gestos, en mis expresiones, en mi carácter, en ciertos rasgos de mis hijos, sobre todo de Alejandro. En ocasiones, su recuerdo se escapa entre mis dedos como el sueño de una sombra, que cantara Píndaro. Quizás ese es nuestro destino, convertirnos en una ilusión, tan débil como el aleteo de una mariposa, tan quebradiza como una imagen onírica y tan entrañable, a la vez, como el recuerdo que hayamos dejado en nuestros seres queridos. Vivir en los que nos sobreviven es la más bella expresión de inmortalidad a la que podemos aspirar.

Sit tibi terra levis, tío.

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Nota – Para las Meditaciones de Marco Aurelio he utilizado la versión de Antonio Guzmán Guerra para Alianza Editorial (Madrid, 2014); para la Ilíada, la de Oscar Martínez García para Alianza Editorial (Madrid, 2010) y para la Odisea, la de Carlos García Gual, para Alianza Editorial (Madrid, 2004). Las coplas de Jorge Manrique son la versión de Carmen Díaz Castañón para Castalia Didáctica.

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