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Proyecto Itinera (LXXIV): Bajo el cielo protector

Proyecto Itinera (LXXIV): Bajo el cielo protector

Pawl Bowles publicó El cielo protector en 1949, novela llevada al cine en 1990 por Bernardo Bertolucci e interpretada por dos soberbios actores, Debra Winger y John Malkovich. El escritor norteamericano propone la historia de un viaje al desierto del Sáhara a través del que los protagonistas buscan solventar sus problemas conyugales. La experiencia desencadena una trepidante trama en la que la pareja es conducida al límite de su racionalidad en un entorno natural hostil agravado por su interacción con una cultura que les resulta totalmente extraña. En el fondo de la obra, como comentaba la crítica literaria de Tennessee Williams en The New York Times, Bowles plantea una alegoría de la aventura espiritual del hombre.

«Las estrellas del cielo / son tus guardias. / Algo como un trozo de cielo / caía sobre ti. / Querías alcanzarlo, / era más fuerte que tú. / Querías moverlo, / no podías levantarlo. / Lo echabas / a mis pies / y yo lo trataba / como a ti mismo» (1). (Poema de Gilgamesh)

Rimat-Ninsún, la prudente, madre de Gilgamesh, interpreta en estos términos el sueño de su hijo, uno de los primeros héroes de la literatura universal. El joven se acababa de despertar sobresaltado ante una visión onírica en la que un pedazo del cielo estrellado había caído sobre él mientras dormía, como si el abismo que se cierne sobre nosotros se hubiera desplomado. Su sabia progenitora le tranquiliza: el cielo es señal del vigor de un amigo que le protegerá (2).

«Quien vio el Abismo / fundamento de la tierra / quien conoció los mares / fue quien todo lo supo; / quien, a la vez / investigó lo oculto: / dotado de sabiduría, / comprendió todo, / descubrió el misterio, / abrió (el conducto) de las profundidades ignoradas / y trajo la historia / de tiempos del diluvio» (3).

"El cielo como protección en sendas referencias literarias, separadas por océanos de tiempo, recurriendo a la preciosa metáfora de Drácula de Bram Stoker"

El cielo como protección en sendas referencias literarias, separadas por «océanos de tiempo», recurriendo a la preciosa metáfora de Drácula de Bram Stoker. La bóveda celeste lo envuelve todo, nos arropa desde su inmensidad, pero al mismo tiempo nos produce una inquietante soledad. Como evoca Pedro Olalla en Palabras del Egeo: «la imagen del ser humano contemplando el cielo es la que mejor acierta a retratarlo como un ser portador de un extraño vacío; como un ser incompleto, perplejo, inadaptado, inquieto, interrogante; consciente de su incapacidad de concebir el todo; frágil; apremiado por la urgencia de ubicarse en el mundo, y necesitado de creer en un dios al que no puede comprender» (4).

En efecto, es posible que el cielo despertara la conciencia de lo divino. El firmamento es una ventana hacia el infinito. Innacesible, inaprensible, ajena y remota. Pura trascendencia y otredad. El hombre asiste atónito al espectáculo que le brindan las alturas, cuyo devenir escapa por completo a su capacidad de acción y comprensión (5). Es la colisión entre lo efímero y lo eterno la que está en la raíz del pensamiento mítico. Si el mundo y el hombre existen es porque seres sobrenaturales desplegaron una actividad creadora en los “comienzos” (6). Esta visión nos conduce al ámbito de la religiosidad, un fenómeno que ha sido estudiado desde una perspectiva teológica, histórica, simbólica, incluso política, pero que también puede abordarse como creación literaria. Este es el evocador planteamiento de Hacer hablar al cielo: La religión como teopoesía, obra de Peter Sloterdijk editada recientemente por Siruela.

"Cuando la trama alcanzaba un punto de no retorno, irrumpía un actor divino"

El filósofo alemán se remonta a tiempos homéricos, cuando los dioses tomaron la palabra a través del verso, y la poesía colocó al alcance de la mano las conversaciones de los inmortales, un fenómeno que fue recogido años más tarde por la cultura teatral griega. Los dramas que se representaban en los escenarios de la Hélade permitían al público liberarse de sus tensiones por medio de su participación en las experiencias representadas por los actores. Cuando la trama alcanzaba un punto de no retorno, irrumpía un actor divino. Los ingenieros teatrales desarrollaron entonces un recurso técnico para que la divinidad irrumpiera en la escena de forma sorprendente: apo mechanes theos (en latín deus ex machina). Una grúa que giraba por encima del escenario permitía al actor que interpretaba al dios protagonizar una epifanía artística que acercaba al público el mensaje divino. Aquella máquina era conocida como theologeion (18-20). Los dioses toman la palabra, se manifiestan. Dejaban ver, oír y, en ocasiones, leer a su clientela tanto como era conveniente para guiarlos, vincularlos e instruirlos. Lo divino se hace evidente en el mundo humano (p. 26). De estas epifanías surgieron, con el tiempo, los imperativos cultuales (p. 24). Se traspasaba la frontera del deus in machina judío, tan esquivo al trato con el hombre (p. 31).

"La epifanía de Jesús trasciende lo que se habría esperado de un dios celeste"

En un momento de la Antigüedad se produce una objeción a todo este entramado. La filosofía platónica propone el alejamiento de lo divino del mito, de la épica y del teatro (p. 40). Lo religioso queda reducido a una dimensión mental, a la que solo puede accederse mediante la contemplación. La huella del filósofo griego en un joven de época romana, Aurelius Agustinus, nacido en Tagaste (antigua Hipona) y conocido como San Agustín por los cristianos, funda el concepto de la vera religio (p. 44). A partir de su influencia, el cristianismo va tiñéndose cada vez más de intelectualidad griega (p. 48). Los cristianos harán un uso asombroso del esquema del theologeion, al equiparar directamente la llegada de Jesús con la «palabra de Dios». El mensaje de la nueva religión, según Sloterdijk, va mucho más allá que la poesía teatral griega de los dioses parlantes. Dios adquiere una plena apariencia humana. No estamos ante un actor que recita la prosa de un papel escénico, sino, en palabras del autor, ante un «performer que consigue decir su texto ex tempore (p. 32-33).

La epifanía de Jesús trasciende lo que se habría esperado de un dios celeste, pues su resurrección encarna el esquema vital de las divinidades telúricas, que encarnaban la regeneración del mundo vegetativo (p. 36-37). En este sentido, el esperado Mesías es una encarnación de aquellos dioses que morían y resucitaban, cuya semblanza nos transmitió con gran lucidez el célebre Frazer (7). Los embajadores del mensaje divino ya no son aquellos actores que hacían hablar a los dioses sino que se muestran como eminentes theologoi que se presentan como anunciadores de la palabra verdadera (p. 60). El pulso de la religión evoluciona así hasta la revelación (p. 104-113), fuente del dogma, entendida como forma específica de discurso magisterial, surgida de una voluntad de reducción de lo que hay que decir a lo indispensable, que se diferencia de otras tesis, llamadas herejías, y cuyos representantes son perseguidos y excluidos del credo (p. 130).

"En nombre de aquel primigenio cielo protector, cuya contemplación nos causaba asombro e incertidumbre, se acabó hilvanando un discurso literario"

Las páginas de este libro nos ofrecen un amplio repaso por la historia de las religiones desde la perspectiva del discurso. Desde el politeísmo a los tres credos del Libro. A lo largo de la obra el hecho divino se disecciona en cuanto texto poético, como composición literaria a través de la que Dios o los dioses se manifiestan a la Humanidad y los poetas reproducen de forma indirecta los actos y pensamientos de la divinidad. La religión se revela como producto literario que trata de captar adeptos en el copado mercado de los cultos (p. 306-309). En nombre de aquel primigenio cielo protector, cuya contemplación nos causaba asombro e incertidumbre, se acabó hilvanando un discurso literario que terminó por encadenar nuestra libertad a las cadenas de la doctrina fijada por los intérpretes del mensaje. Una visión crítica del dogmatismo que culmina en una exhortación a la libertad religiosa (p. 322-329).

Sloterdijk sitúa al lector ante un torbellino de reflexiones que, con toda seguridad, no le dejarán indiferente. A veces es lúcido, otras provocativo. El filósofo nos desborda con su inabarcable erudición, que adereza con agudos análisis del hecho religioso. No es un libro de fácil lectura. Requiere ser digerido con calma. El autor nos exige en cada página. Pero merece la pena sumergirnos de su mano en las maravillosas profundidades de nuestra tradición religiosa. Detrás del carácter evocador de su título, Hacer hablar al cielo es un libro fundamental en el panorama del estudio de las religiones.

Notas

(1) Anónimo. Gilgamesh o la angustia por la muerte, 37, 235-239. Traducción de Jorge Silva Castillo para Kairós.

(2) Íbidem, 37, 240-245.

(3) Íbidem, 1, 1-7.

(4) Olalla, P., (2022): Palabras del Egeo, Barcelona, Acantilado, p. 278.

(5) Armstrong, K. (2020): Breve historia del mito, Madrid, Siruela, p. 20.

(6) Elíade, M. (2000): Aspectos del mito, Barcelona, Paidós Orientalia, p. 21.

(7) Frazer, J. G. (2011): La rama dorada, Madrid, Fondo de Cultura Económica, p. 230-245 y 255-266.

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