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Proyecto Itinera (LXXIII): El exilio, ¿humillación o salvación?

Proyecto Itinera (LXXIII): El exilio, ¿humillación o salvación?

En época romana había muchos tipos de exilio, desde el destierro forzado que sufrían los caídos en desgracia, como algunas mujeres de emperadores, hasta el de los perseguidos por cuestiones políticas, religiosas o por miedo a una puñalada trapera. Acerca de ello hay muy buenos estudios de investigación sobre los que profundizar en la materia, como el del profesor Fernando Martin del Departament de Prehistòria, Història Antiga i Arqueologia de la Universitat de Barcelona.

Pandataria fue la isla del destierro para los romanos. Lo que hoy es un paisaje idílico mediterráneo en el golfo de Nápoles, llamada Ventotene —y parte del archipiélago de las islas Pontinas—, fue la isla del olvido a la que los emperadores obligaban a vivir la humillación del destierro, acusadas de adulterio. En ocasiones acusadas de forma injustificada, su exilio forzoso servía también para quitarse de en medio a posibles amenazas políticas y traiciones para desbancar a la figura más poderosa de Roma.

El emperador Augusto promulgó la Lex Iulia de Adulteriis Coercendis, que pretendía servir de escarmiento y como aviso a navegantes, a los ciudadanos de las clases altas romanas. La pena se aplicaba de forma diferente, ya que las mujeres podían ser acusadas de adulterio y expulsadas de la sociedad romana para vivir en lugares agrestes, como la isla volcánica de Ventotene, mientras que los hombres siempre podían tirar de su acaudalado bolsillo para conmutar la pena.

"A colación del paraíso del destierro de los romanos, me acordé de la persecución ignominiosa que sufre un buen amigo mío"

Julia, la misma hija de Augusto, vivió ese destierro cuando trascendió a la opinión pública que buscaba en otros brazos lo que no le daba su segundo marido, Tiberio Claudio Nerón. No fue la única que recibió el castigo del viaje a ninguna parte, ya que conseguir un billete de ida a la isla era fácil si se molestaba a los poderosos. Agripina la Mayor, hija de Julia la Mayor y de Marco Agripa, fue desembarcada en Pandataria tras señalar a los posibles conspiradores entre ellos el emperador Tiberio que envenenaron al general Germánico.

Otras dos ilustres mujeres empadronadas en Pandataria, Julia Livila y Agripina la Menor, llegaron gracias a la paranoia o no de Calígula, acusadas de conspirar contra él. De hecho la segunda logró salir de la isla a la muerte del emperador. Pero jugó con fuego, y Mesalina, esposa del nuevo emperador, Claudio, la regresó por si se había dejado algo, acusada de adulterio, aunque parece que más bien los celos de la relación de Julia Livila con Claudio fueron la verdadera razón.

Aprovechando los «cimientos» de la isla prisión, casi dos mil años después, el dictador fascista Benito Mussolini reaprovechó el hotel de Pandatari para encarcelar a disidentes, entre ellos el que años después llegaría a ser presidente de Italia, Sandro Pertini.

A colación del paraíso del destierro de los romanos, me acordé de la persecución ignominiosa que sufre un buen amigo mío que, por bifurcaciones azarosas de la vida, no llegó al podium de reconocimiento social que merece. Ismael es panadero, buena persona, escritor de literatura fantástica, un compendio andante de sabiduría, y un especialista de Historia Antigua al que siempre he admirado.

"Ismael se despierta o se duerme con medicamentos contra la ansiedad. Son su anestesia cuando no es capaz de transmitirnos a sus amigos lo mal que lo está pasando"

En nuestros años de estudiantes, y en concreto en nuestro paso de Erasmus por la Trinakria —la isla de Sicilia—, Ismael, con su vasto conocimiento, era capaz de dejarnos desnudos al resto en los exámenes orales. Por eso, siempre solidario, nos dejaba pasar a los compañeros delante, de modo que nuestra nota no se viera condicionada por la inmensa diferencia de elocuencia histórica que era capaz de desplegar a los profesores.

Peinando canas y calvas, hemos seguido siempre en contacto, siendo uno de los mejores amigos que puede tener cualquier persona. Un hombre bueno, como se suele decir, de esos que si buscas la definición en esa máquina del infierno que se llama Google, te podría salir su cara.

Ismael se despierta o se duerme con medicamentos contra la ansiedad. Son su anestesia cuando no es capaz de transmitirnos a sus amigos lo mal que lo está pasando. Es de esa gente que incomprensiblemente es capaz de aguantar lo que ahora llaman mobbing, cuando toda la vida lo llamamos abuso perpetrado por seres despreciables, con nocturnidad normalmente, y sobre todo sin dar la cara. Y es que no ser capaces de mantener la mirada y escupir a distancia o con el afilado puñal de un teclado, es el síntoma de que no habrá paz para los malvados.

"Las personas más valientes son las resilientes"

A él le rayan constantemente el coche, le manchan con ketchup la persiana de la panadería quién sabe si porque la amasan a granel robando sobres en los restaurantes, o es otro hecho incomprensible relacionado con su menor capacidad craneal, e incluso le cortan los frenos de la furgoneta de reparto. Siempre actúan con la capa de la noche oscura, con la vileza anónima de los cobardes, y al amparo de vecinos que pocas veces han formado una cohorte en forma de tortuga para proteger a la legión romana. Ellos, los que miran para otro lado son en parte igual de culpables. No tenemos que irnos lejos, con los nazis coleccionando víctimas, etnias, opciones sexuales o nacionalidades, o los que disparaban en la nuca en tierras donde crecíamos algunos.

Ismael me comentaba resignado pero acertado: «Es el síndrome de Procusto. En la trilogía de Santiago Posteguillo sobre Escipión, es ese miedo a quien despunta lo que mueve a sus enemigos en Roma. La iniciativa es castigable, decían en la URSS. La cultura patricia e hidalga que rechaza a quien simplemente trabaja». Y no le falta razón. Las personas más valientes son las resilientes, no las suicidas que un momento determinado exhiben un punto de locura que, honrado en el momento, se difumina como el propio caudal de la historia. Aquellos que perseveran como robles a la hora de no hincar el codo han sido para mí los que merecen dedicarles una memoria tan férrea como su voluntad.

Pero no nos centremos en los malos porque en ciertas circunstancias los grises no existen, sino en los que luchan contra viento, marea y mierda. A ellos les dedico estas líneas. A mi amigo Ismael le deseo y suelo recomendar de forma obstinada el exilio como ejercicio de salud automedicado, porque no merece esa persecución de la ignorancia arrastrada como una sombra pesada.

"Muchos de ellos, blandiendo la espada de los prejuicios infinitos y heredados, son capaces de abanderar argumentos caducos, llenos de odio"

Romper geográficamente con las raíces de la Hélade, aunque sea por 30 km, es a veces la única manera de dejar vacíos, inermes, y por ende carentes de motivación, a esas almas sin pena que solo tienen el objetivo de minar la vida de los demás. Muchos de ellos, blandiendo la espada de los prejuicios infinitos y heredados, son capaces de abanderar argumentos caducos, llenos de odio y de estupidez humana.

Esos sátrapas sin integridad, moral y honor pues carecen de la mínima inteligencia de la evolución de la especie vuelven cada noche a su casa, después de herir con insultos, de amenazar, de pinchar una rueda o tapar con silicona una persiana, y después de cenar viendo un programa que les haga olvidar sus problemas, acunan a sus hijos, se lavan los dientes y duermen profundamente.

Si te cruzas con ellos, o con sus primos, igualmente atrofiados pero esparcidos por todo el globo, solo puedo refrendar las palabras de ese mágico personaje llamado Gandalf, que merecía haber sido real y estar a la altura de Séneca o de Ovidio, y chillar a los cuatro vientos de Eolo: «¡Corred insensatos!»

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