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Quién diría que Schulz fue asesinado

Quién diría que Schulz fue asesinado

Hace diez años, una lectora me regaló un ejemplar de Las tiendas de color canela con una carta entre sus páginas. En esa octavilla de papel bueno y suave me sugería, con una caligrafía de tinta negra, fina y elegante, dónde debía colocar la canela; porque tenía un poder:

«Estimado Blumm:

No sé si has leído a Schulz.

En cualquier caso, quería compartir este libro contigo, fue para mí una lectura importante. Lo leí hace muchos años ya, en un febrero de densa soledad. Podría colocarse tal vez en un anaquel llamado “Libros que salvan la vida”.

Salud y abrazos.

M.»

Estoy leyendo a Schulz, o a Marceli Weron, seudónimo con el que firmó un relato raro en las páginas de la revista Swit (en Undula, Pálido Fuego, 2021) porque deseo desentrañar, de una vez por todas, cómo resolver el problema de la prosa plana y sin cabeza, la prosa cucaracha, me atrevería a escribir, la prosa muerta. Por eso las frases combadas de metáforas y epítetos de Las tiendas de color canela serán nuestra salvación y por eso Schulz, o Weron, siguen estando vivos.

Llevo cincuenta páginas. Son ciento setenta y seis y cada vez que paso una, recuerdo la muerte de Bruno Schulz. Su relato lo rescata J. Ernesto Ayala-Dip en el prólogo que escribió para la edición de 1991 de la editorial Debate. Él, a su vez, lo recoge de la revista Quimera y esta a su vez, abre la última muñeca rusa: Las regiones de la gran herejía¸de Jerzy Ficowski, biógrafo del autor polaco (hoy sería ucraniano).

Transcribo cómo fue asesinado. No sujetes tu imaginación, querrá zambullirse en la hegemonía del realismo de lo que aconteció:

«Antes de dejar que sea el propio Ficowski quien textualmente nos narre esas terribles circunstancias, digamos al lector que Schulz, luego de caer su ciudad bajo el dominio de los nazis, consiguió un curioso estatus –que permitía una ración de pan y la remota posibilidad de salvarse de la inminente puesta en funcionamiento de la “solución final” para los judíos– por parte de las autoridades ocupantes, amparándose en el privilegio de “judío necesario” que los nazis otorgaban a todos aquellos judíos especializados. De esta manera el autor de Las tiendas de color canela fue adjudicado como una suerte de esclavo a un integrante de la tenebrosa Gestapo llamado Felix Landau (a la larga, se mostraría como uno de los “mayores asesinos de judíos de esta población”); Schulz pintaba, para este antiguo carpintero vienés, su casa –también impartía clases– y realizaba dibujos a cambio de un mendrugo diario de comida y unas gotas de esperanza. Pero este entre desesperado y temeroso servilismo (muy cerca está el escritor del martirologio literario si aceptamos que tal era su grado de esclavitud al arte, como afirma, en algún momento Gombrowicz) no le salvó al escritor de su trágico final, dantesca metáfora del absurdo y la crueldad humana, en este período. Veamos el relato del 19 de noviembre de 1942… el llamado “jueves negro”. El pretexto para el asesinato de Schulz fue el siguiente: el boticario del pueblo, el judío Kurtz-Reines, consiguió armas para huir a Hungría. En la calle le paró el hitleriano Hubner y el boticario le disparó levemente en el dedo de una mano. En venganza, se organizó una gran acción de “caza” (…). Los transeúntes, totalmente sorprendidos, fueron presas del pánico y comenzaron a huir caóticamente. Los SS elegían a su víctima, corrían tras ella hasta alcanzarla en algún portal o escalera y pegarle un tiro. Unos días antes, Landau había matado a Lowe, el esclavo y protegido de Günter. Entre Günter y Landau existían fuertes choques. El asesinato de Lowe empujó a Günter a tomar represalias contra su antagonista. Aprovechó la ocasión de aquel jueves y mató a Schulz en la calle… (…). Según la descripción oral de algunos habitantes de Drohóbych, Günter, al encontrarse a Landau, exclamó triunfalmente: “Mataste a mi judío, yo maté al tuyo”. Su tumba jamás fue encontrada. Más le hubiera valido seguir –hoy nos lamentamos– los pasos suramericanos de su compatriota Gombrowicz. Pero fue mucho más fuerte su arraigo a esas calles llenas de misteriosa iridiscencia, ese orbe fatal del que nunca supo o quiso desprenderse. (Agradecemos la gentileza de la revista Quimera que nos permitió utilizar fragmentos del extracto del libro de Ficowski, arriba citado, publicado en su n.º 49)».

Escalofriante.

"Dicen que fue asesinado, pero ¿quién desarticuló con tanto tino la realidad con su escritura, incluso el recuerdo de su asesinato?"

He llegado muy tarde a este libro. En realidad, lo rescaté del anaquel de los libros que salvan la vida porque descubrí una suculenta nota a pie de página en El desguace de la tradición (Cátedra, 2011), de Javier Aparicio Maydeu. Hablaba del combate en el que algunos autores de la vanguardia —Schulz es considerado así— pretendieron combatir el modelo tradicional de narración, donde siempre existía un narrador opresivo, omnisciente y autoritario. Para ello, Aparicio, rescata el «Tratado de los maniquíes o el Segundo Libro del Génesis», que se refiere al Demiurgo y donde el propio Aparicio lo identifica con el narrador omnisciente, siendo el relato de Schulz una invectiva demoledora contra la hegemonía del realismo. Schulz, cuando escribe este libro, defiende una creatividad libérrima y una narrativa liberada de las exigencias de la linealidad, la dinámica causa-efecto y el punto de vista único.

Y así es, y así se comprueba a lo largo de los capítulos-relatos que he leído y que integran Las tiendas de color canela. En ellos surge lo onírico que descerraja la realidad. Las metáforas y el simbolismo de los relatos barren al entendimiento romo. Dicen que fue asesinado, pero ¿quién desarticuló con tanto tino la realidad con su escritura, incluso el recuerdo de su asesinato? Como señala Ayala-Dip, Schulz apelará al magisterio de la forma literaria, el único territorio donde los insondables secretos de la materia pueden ser desplazados y sublimados. Es un libro que salva, o al menos ayuda a calibrar las escrituras y narraciones mal desbastadas.

"Schulz está vivo porque Schulz sigue nombrado; quién diría que Schulz fue asesinado, preguntaría Jorge Manrique"

Y comparas, sin querer, con una parte de lo que se escribe hoy. Seguimos aterrorizados. Tan aterrorizados, en ocasiones, como vivió Schulz los segundos previos a su asesinato: «Hemos vivido demasiado tiempo aterrorizados por el Demiurgo, decía mi padre, durante un tiempo extraordinariamente largo la perfección de su obra ha paralizado nuestra propia iniciativa. Pero no queremos competir con él. No tenemos el deseo de igualarlo. Queremos ser creadores en nuestra propia baja esfera, aspiramos a los placeres de la creación —en una palabra, a la demiurgia».

Schulz está vivo porque Schulz sigue nombrado; quién diría que Schulz fue asesinado, preguntaría Jorge Manrique.

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