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Raquel Taranilla: «Estamos combatiendo el virus mirando Netflix»

Raquel Taranilla: «Estamos combatiendo el virus mirando Netflix»

Un día Raquel Taranilla se rebeló contra su vida, lo hizo porque se dio cuenta de la cantidad de «conversaciones vacías» que tenía con sus amigos en las que «exhibir el bagaje cultural se había convertido en el modo de crearse un identidad prestigiosa». Y entonces escribió Noche y océano, una obra con la que ganó el Premio Biblioteca Breve 2020 (Seix Barral) y cuya promoción está haciendo desde su casa de El Escorial, donde atiende por teléfono a la Agencia Efe y lamenta cómo teniendo el monte delante de su ventana no puede salir a pasear junto a su hija.

Pero el coronavirus es así, y por eso toca hablar por teléfono de esta obra que hace una crítica divertida y certera del «hambre por consumir cultura», de esa «necesidad» de llenar nuestras horas de consumo de libros, series o cine, a ser posible que no sean seguidos por masas. Y eso es lo que aborda este libro que arranca con la desaparición de la cabeza del cineasta alemán F.W. Murnau, el creador de Nosferatu, un artista bien conocido por la autora porque considera que es un «tipo de otro tiempo» porque cuando estaba haciendo sus películas mudas (a principios del siglo XX) se inventa el cine con sonido y su «momento histórico se va a la mierda de la noche a la mañana, y a mi me interesa ese tipo de personajes que están en la cresta de la ola y de repente su situación se estanca», confiesa Taranilla, una catalana de nacimiento (Barcelona, 1981) profesora de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. De ahí que el personaje de la novela, Beatriz Silva —profesora de universidad también— sea una especie de alter ego: «Bea es el producto de ese modo de vida, de esa creencia muy elitista de la cultura que se revela muy incapaz de llevarle a alguna conclusión; ella sabe mucho, pero consume cultura como una persona bulímica», explica.

Un personaje éste que forma parte del trío sobre el que pivota la trama y que se completa con su casera y J. B. Quirós, el amigo de la propietaria de la casa donde vive y aparece un día para ocupar la planta superior». Él es un cineasta de culto que persigue la estela de Murnau, y en esta búsqueda viaja a toda ciudad en la que exista un archivo, un experto, un rastro del gran mito del cine mudo, y especialmente a los lugares exóticos que el director alemán filmó en su película póstuma, Tabú. Justo el cineasta del que un día Bea Silva lee que ha sido robado su cráneo embalsamado, una información que la lleva a pensar rápidamente en el autor del robo: Quirós, alguien que pese a que parece ser el culpable del hurto es para Bea una «bendición» porque para ella representa una persona con una obsesión bien llevada y muy diferente a su ansia por el consumo de información: «amar de manera muy discreta». Al contrario de lo que es ella, «una mujer trastornada por la prosa académica y por la mirada intelectual. Todos somos un poco Bea —se lamenta— y parece que esto no tiene cura. Mira lo que estamos haciendo: estamos combatiendo el virus mirando Netflix y hemos permitido que nuestros abuelitos se mueran solos«.

Por eso este libro era algo que Taranilla quería hacer, eso sí, huyendo de la «literatura de tesis», porque Noche y océano es un relato ágil y reflexivo, no concluyente, lleno de anotaciones a pie de página que funcionan como anexos sobre todos los temas que su protagonista femenina conoce a fondo. «Quería hacer un libro del síntoma», matiza. ¿Y cuándo empezó esta enfermedad por el consumo compulsivo de cultura? Pues según afirma la autora lo sufrimos desde 1968: «Desde luego no está en la generación de mis padres, ellos pertenecen a otro mundo cultural, para ellos lo que yo hago es absolutamente exótico. Recuerdo a mi padre después de leer mi tesis y lo único que me preguntó fue ¿ahora ganarás mejor?«. El título de esta novela, Noche y océano, fue extraído de la novela Volverás a Región, de Juan Benet, y Taranilla lo eligió para explicar «el espíritu de naufragio y de búsqueda de esperanza que hay en la cabeza de Bea y en mi cabeza cuando la escribía».

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