Parecía una actriz italiana de pelo largo, ojos expresivos y una sonrisa que contenía la luna y el sol. Cuando el trabajo de la casa se lo permitía y sus hijos no daban la matraca, se sentaba a leer novelas en la sala de estar a la luz natural, a veces mientras la música de Cecilia y de Nino Bravo sonaba en el tocadiscos. Lloró con la muerte de ambos cantantes en la carretera. A mis cinco años me regaló Platero y yo, cada semana me compraba tebeos y, a partir de cumplir los ocho, me obsequiaba con libros de Julio Verne que enardecían mi imaginación, tan peliculera. Ella, desprejuiciada, leía los best sellers de la época y me inoculó la vacuna literaria antidogmática, la convicción de que no existe la alta y baja literatura, sino la literatura buena o mala. Y es que los lectores siempre, siempre, se forjan gracias a la literatura popular.
¿Acaso hay autores cuyo pedigrí los predispone a acometer una narrativa de culto, de altos estándares literarios, a componer una obra digna de figurar en el canon por volar a una altura propia de águilas? Depende, hay de todo, como en botica. Asimismo, hay escritores sin linaje que alcanzan una gran calidad no pocas veces caracterizada por un aluvión de ventas, incluso bendecida por premios institucionales o de entidades independientes. Por ello, la etiqueta de best seller no ha de considerarse un sambenito que ponen los puristas de prejuicios puretas, sino la evidencia de un libro que, con independencia de su estilo y subgénero, conecta con la sensibilidad colectiva de una época.
Convirtámonos en Eduardo Manostijeras para recortar la actualidad del presente. La actualidad es lo candente, el tiempo inmediato, el terreno propio del periodismo y de las encuestas de opinión. El presente, en cambio, es más extenso cronológicamente, abarca un conjunto de años, constituye, en suma, la época que nos ha tocado vivir. El presente es el terreno propicio de la literatura, y los escritores más capacitados captan las emociones y el pensamiento que de manera predominante lo caracterizan, y por ello sus obras, además de gozar de éxito, marcan tendencia.
En nuestra época ha cobrado un impulso y un prestigio crecientes la autoficción, que podría definirse como aquella modalidad literaria en la que el autor utiliza de forma preeminente su propia memoria como dúctil material argumental. Tanto interés ha desatado este subgénero que hay convoyes de trabajos académicos dedicados a ahondar en él, entre los que destaco, por su claridad y elocuencia, el de Leticia Vila-Sanjuán Zamora, La autoficción y su auge en la narrativa contemporánea.
Esta literatura memorialista, aunque también incursiona en el ensayo, se enseñorea sobre todo en la narrativa de no ficción, lo cual no impide que esté reñida con la creatividad, con la imaginación, pues ésta tiene cabida en el grado que considere el autor. Por decirlo de otra manera, la autoficción no es un mero ejercicio de estilo ni una crónica de sucesos personales. Es más, muchas veces resulta un careo entre la memoria y la conciencia.
Aclaro que hay que distinguir la autoficción de la literatura del ego, porque en ésta no se recurre a la memoria como argamasa narrativa, sino a un narcisismo de intereses y emociones que se cree el ombligo del mundo y suele perpetrar una narrativa tiñalpa, desaseada. Demos a Dios y al césar lo que les corresponde a cada uno.
Bueno, vamos al lío. ¿Dónde estribaría la razón del rampante éxito de la autoficción, cuál sería esa sensibilidad social latente con la que engancha? Pues en que nos hemos convertido en una sociedad de personas mayores cuidando de viejos, incluso de jubilados al cargo de sus ancianos padres, un fenómeno desconocido en la historia. El logro médico y social de estirar como un chicle la esperanza de vida tiene, como cara b, la inevitable aparición en muchas personas longevas de demencias que convierten su mapa neuronal en un Campo de Agramante donde los recuerdos se distorsionan, el espacio-tiempo se disloca y la memoria es engullida progresivamente por el olvido. Quizá una de los orígenes subliminales del realismo mágico y de la fascinación que despertó en su momento —y lo sigue haciendo para el lector que se adentra en él— reside en recoger en su lógica interna la memoria alterada de las personas mayores, cuyo software mental los hace convivir de manera natural con vivos y muertos, a habitar a la vez en un lugar y en otros ya desaparecidos, a meter en una coctelera diversos sucesos hasta conseguir una bebida extraña. Esta observación me la hizo mi mujer tras leer fascinada Pedro Páramo, para María José mucho mejor que Cien años de soledad, esa suerte de Antiguo Testamento de Hispanoamérica.
Volviendo a nuestra época, al hecho descorazonador pero humano (inherente a la vida) de la muerte de quienes amamos, se suma el hecho inhumano de la muerte a plazos de la consciencia de quienes queremos, okupada por una desmemoria que no es capaz de echar ninguna medicación. Eso, y la incertidumbre de si estaremos abonados a alguna enfermedad que despeñe nuestros recuerdos, hace que todo lo relacionado con la memoria protagonice el último arreón de la edad contemporánea.
Por ello, en las sociedades de pirámides de población envejecidas, ha ido surgiendo en la literatura el impulso —inclusive la urgencia— de priorizar la memoria como construcción narrativa. El convencimiento de los escritores de que su propia existencia es digna de ser literaturizada por medio del mecano de su memoria permite, además, incluir las vidas de aquellas personas con quienes han tratado, y asimismo, ofrecer una visión particular de los sucesos históricos que les ha tocado vivir, algo de un irresistible magnetismo para los lectores, pues la autoficción combina de manera subliminal la historia de las mentalidades, la microhistoria y la historia desde abajo (relatada por personas corrientes).
Carmen Martín Gaite expresaba al respecto su opinión con la contundente belleza que acostumbraba: «Cuando un escritor toma conciencia de que el material de su vida ha empezado a convertirse en historia es raro que no se vea tentado a consolarse de sus pérdidas fundamentales, tratando de rescatar su memoria para legársela a las generaciones más jóvenes».
La colonización del siglo XXI por parte de unas tecnologías informáticas en constante evolución, así como la irrupción de una IA de insospechado alcance, hacen que vivamos en una aceleración del tiempo histórico propia de las revoluciones, causante de una mutación de principios y valores que producen en mucha gente la convicción de asistir al fin de un mundo y al nacimiento de otro —ni mejor ni peor, distinto—, lo cual incrementa la necesidad de aferrarse a la memoria —a modo de baliza— para disponer de referencias particulares. Todo esto ayuda al auge de la autoficción o a la inclusión de la memoria en el género ensayístico.
En lo tocante al ensayo destaca Timothy Garton Ash, pues en Europa: Una historia personal (Taurus), vincula su experiencia personal —y la memoria de su padre— a los sucesos históricos europeos, sobre todo a los cambios operados tras 1989. Esta forma de ensamblar la memoria del autor con su visión del pasado la he adoptado en Los colmillos del cielo: Utopías y desengaños de la historia y en Un mar de oro verde, de próxima aparición (ambos, en Ariel). Por su parte, Javier Cercas, cuya novela Soldados de Salamina supuso la consagración popular y académica de la autoficción española, acometió un diálogo entre lo biográfico y lo histórico en Anatomía de un instante (Random House) para diseccionar el 23-F hasta lograr una obra de género híbrido cuyo éxito editorial fue acompasado con el Premio Nacional de Narrativa.
No obstante, una de las novelas fundacionales de la autoficción en español vino de la mano —como tantas otras cosas— de Mario Vargas Llosa, quien en La tía Julia y el escribidor (1977) desgrana la tumultuosa historia de amor entre el autor y una tía suya, con la que contrajo matrimonio tras huir de su hogar.
Vargas Llosa tuvo desde primera hora una filiación cultural afrancesada, y salvo esta querencia y haber recibido el Nobel, poco más lo emparenta con la francesa Annie Ernaux, que obtuvo dicho galardón con motivo de una extensa obra autoficcional caracterizada por la sobriedad estilística, el afán de contar los sucesos más duros de su propia vida y un rencor social que, aunados, consiguen una narrativa poderosa pero anticervantina por el nihilismo que instila. De sus libros leídos, mi favorito es Los armarios vacíos, donde relata su infancia, la tienda-bareto que regentaban sus padres y la estrecha cosmovisión de la burguesía.
Sin movernos del país vecino, elijo a mi autoficcionador preferido, Emmanuel Carrère, en mi opinión uno de los premios Princesa de Asturias de las Letras más merecidos de los últimos años. De su fértil cosecha tengo predilección por El reino (Anagrama) debido a su asombrosa capacidad para escribir dos historias paralelas que logran entrecruzarse en algún momento, como son su conversión epifánica al catolicismo tras abismarse en el alcohol y la vida de san Pablo. Pero también la escritura de luces LED de este autor deslumbra en De vidas ajenas y Yoga.
Recién salido de las tripas de la imprenta, pensé que La muerte del padre (Anagrama), el libraco del noruego Karl Ove Knausgård —primero de los seis encuadrados bajo el título genérico de Mi lucha—, tendría un recorrido espinoso debido a tan provocadora forma de titular, pero me equivoqué. Caí rendido ante su cadencia narrativa, su fabulosa manera de elevar a categoría literaria la banalidad del día a día, su uso proteico de la memoria y su tormentosa relación con un padre bestiajo y alcohólico, al que le toca enterrar. El resto de volúmenes de la serie fueron a la buchaca conforme se editaron.
Mi tía Isabel, nacida el año del desembarco de Alhucemas, fue una excelente lectora que me legó buena parte de su selecta biblioteca. El haber tenido una vida novelesca —de carne y hueso, no de papel— la hizo mundana, dadivosa y digna de aparecer en Retorno a Brideshead, y cuando daba limosna, decía: «Toma, gástatelo en vino». Tengo costumbre de comprarme algún libro del Nobel de literatura de cada año, si bien en no pocas ocasiones, tras terminarlo —o dejarlo a medias—, hubiese preferido gastarme en vino con un amigo el dinero empleado en su compra. No fue el caso de Los errantes (Anagrama), de la polaca Olga Tokarczuk, que narra historias truculentas de personajes del pasado intercaladas con apreciaciones suyas sobre los viajes, consiguiendo una novela de superlativa originalidad y, a la par, deudora de la cosmopolita tradición cultural que existía en Europa central y oriental que el comunismo decapitó mas resurgió tras la caída del Muro. Idéntica predilección tengo por la premio Nobel rumana Herta Müller, de la que entresaco Mi patria era una semilla de manzana (Siruela), donde desarrolla con poética radicalidad el vacío al que es capaz de condenar el totalitarismo a quienes no comulgan con él.
Sin salir de Rumanía, entresaco la intensísima obra de Mircea Cărtărescu, sobre todo sus últimos libros, donde integra la memoria con su singular voz narrativa onírica. Me refiero en concreto a Solenoide (Impedimenta) y a los tres volúmenes de Cegador. Cada año me quedo compuesto y sin novia esperando que los académicos de Estocolmo llamen a Cărtărescu al igual que, antaño, Avon llamaba a tu puerta.
El búlgaro Gueorgui Gospodínov, en El jardinero y la muerte (Impedimenta), arranca con una frase que sintetiza, como un haiku, el sentido cíclico de la vida: «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín». La novela es una declaración de amor hacia la figura paterna y cuenta la convivencia del autor con su padre, vapuleado por el cáncer, lo cual sirve como duelo preparatorio y enaltecimiento de una vida sencilla y honesta. Resulta de una melancólica y abrumadora belleza.
Luis Landero me gustó desde su debut con Juegos de la edad tardía (Tusquets) al final de los gloriosos y ya lejanos años ochenta, y cada vez me abduce más su mundo literario y su escritura límpida, sobremanera desde la vuelta de tuerca que le dio en El balcón de invierno, donde echa mano a su memoria para reconstruir episodios de su vida y la de su familia para entender cómo las raíces geográficas y afectivas nutren aquello en que nos convertimos al paso del tiempo. Repitió la fórmula con El huerto de Emerson, y su resultado fue de equivalente maestría narrativa.
Ana Iris Simón dio un zambombazo editorial con Feria (Círculo de tiza), una inteligente exaltación de su dinastía familiar obrerista que a la autora, tras una epifanía a cámara lenta, le permitió cotejar muchos aspectos del ayer y del hoy para sacar conclusiones libérrimas que encantaron a quienes tienen criterio propio y desquiciaron a los savonarolas y sus peleles. El discurso narrativo, apegado al habla y modus vivendi manchegos, me atrapó por conocerlos —mi familia paterna es oriunda de Daimiel, Ciudad Real—, y por confrontar sin anteojeras los códigos éticos de varias generaciones que llegaron a convivir, verbo mucho más hermoso y abarcador que “coexistir”.
Y termino con el mexicano Gonzalo Celorio, último premio Cervantes y una revelación para mí por su voz narrativa esplendente y precisa, que hace de cada párrafo una gema y que recurre a los recuerdos propios para enhebrar la historia transfigurada de su prolífica familia —de origen cántabro por línea paterna— y la de muchos españoles emigrados o exiliados a México. Comencé con El metal y la escoria (Tusquets), continué con Los apóstatas y culminé —por el momento— con Ese montón de espejos rotos.
Aquella mujer con planta de actriz de Cinecittà que leía mientras escuchaba canciones de Cecilia y Nino Bravo camina hoy con la ayuda de un andador por los pasillos y patios de su residencia. Sigue siendo coqueta, valiente y lectora de best sellers y biografías. Está a la espera de que la operen de cataratas, y por eso, mi madre raciona su sesión diaria de lectura, porque cuando lleva una hora con el libro abierto se le juntan las letras y se le emborrona la visión, como si echasen vaho sobre sus ojos. Le chifla María Dueñas, le gusta mucho Fernando Aramburu y me pide que le lleve cosas de autoficción, tal vez porque es una contadora nata de historias cuya dinamo es la memoria. La suya.







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