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¿Realmente quiero ser otro? (Tiempos de coronavirus 21)

¿Realmente quiero ser otro? (Tiempos de coronavirus 21)

Se dice que no seremos los mismos. Quizá ya no somos los mismos. Pero ¿quiero ser otro? ¿Sirve, aquí y ahora, el «más vale conocido»?

—No, oiga. No se trata de eso. Que cambie o no está por encima de su voluntad. Será (o no) otro lo quiera o no.

—¿Entonces no soy como quiero ser?

—¿Acaso lo duda? ¿Usted es como quisiera? Entonces ¿por qué se queja?

—Nadie está totalmente de acuerdo con quien es, todo es susceptible de mejora. Lo que me inquieta es… el cambio. No reconocerme en mí mismo.

—Hombre, las condiciones van cambiando. Ya no son las mismas que las de hace mes y medio o tres.

—Pero todos vivimos con la esperanza de volver al punto de partida: ir de vacaciones a Italia, poder ir o no a un concierto, regresar al gimnasio sin miedo, nadar en la piscina…

—No confundamos la realidad con el deseo. Igual tiene que cambiar de deporte, quizá se tenga que acostumbrar a coger la bici.

—…

—Viajar, viajar. Hay muchos sitios donde ir. ¿Iría ahora, o dentro de cuatro meses, a Venecia para estar rodeado de miles de turistas?

"Nos creamos unas expectativas que casi nunca se logran. Y cuando alcanzamos alguna, resulta que no es como esperábamos"

—Ya estuve allí rodeado de miles de turistas.

—Sí, pero ya no será lo mismo. Muchos de ellos, pese a que las exigencias sanitarias hubieran desaparecido, irían con mascarillas y las entradas en los museos estarán restringidas. No se permitirán avalanchas. Habrá que programar las visitas con mayor antelación. Imagínese que le dan cita para dentro de seis meses o un año. Para entonces puede que se le haya pasado la ilusión, o que prefiera otro destino.

—¿Me está diciendo que vamos a vivir en una especie de enclaustramiento para siempre?

—Ese ir y venir con total libertad, desengáñese, es pasado.

—Pero la crisis económica que llegue tendrá como consecuencia que el paro se disparará, luego no habrá tantas personas que viajen.

—Lleva razón, incluso subirán las tarifas aéreas. No se olvide que tienen que recuperar las ganancias perdidas.

—Pero entonces habrá menos gente de un sitio para otro, será mucho más placentero.

—Sí y no. Ya le digo que todo estará más restringido. Puede que nos tengamos que conformar con ir a la playa en vez de volar hasta el Japón.

—¿La playa? No digo Benidorm, pero la mayoría están hasta arriba siempre.

—Puede que nos hayamos vuelto más caseros.

—O todo lo contrario, que tengamos ganas atrasadas de no quedarnos en casa, de recuperarnos.

—El tiempo no se recupera. Lo de Proust es pura melancolía.

—Puede ser, pero hay tiempo y tiempo. Quiero decir: desperdiciamos mucho el tiempo, lo perdemos, lo dilapidamos. Vivimos como si fuéramos a llegar a los cien.

—Nadie lo sabe.

—Sí, nadie lo sabe pero a lo que me refería es que cuando salgamos a la calle seremos conscientes de lo que supone poder pasear, lo valoraremos mucho más.

—Y también el estar en casa. Puede que usted no haya aprendido a cocinar, pero estoy seguro de que ha descubierto… no sé, ¿la escritura, que las series no son tan… dañinas, que las hay muy interesantes? Puede que hasta esté haciendo gimnasia en el salón.

—Ya, sí, bueno…

—Que usted ya haya empezado a ser otro y que no le apetezca lo de antes, que haya cambiado.

—Pero es que no sé si quiero ser otro.

—¿Quiere ser otro o no?

—No lo sé, la verdad.

—Ahí está la cuestión, no sabemos realmente qué queremos. Yo, sin ir más lejos, he hecho una lista de las cosas que me apetecen cuando esto se acabe. Y casi cada día añado alguna.

—Puede que se le pasen las ganas cuando llegue el momento, como decíamos antes.

—Tal vez, pero no me quite la ilusión.

—Ilusión. Toda la vida hemos vivido de ilusión.

—No me va a decir ahora que la ilusión no es… sana. Es, incluso, necesaria.

—Y falsa, no nos engañemos. Nos creamos unas expectativas que casi nunca se logran. Y cuando alcanzamos alguna, resulta que no es como esperábamos.

—Parece que se estuviera cayendo de un guindo. Así ha sido siempre la vida. Como el mito de Sísifo: una vez arriba, la piedra se cae y tenemos que subirla de nuevo.

—Creo que nos estamos desviando del tema.

—Pues yo creo que no. Estamos en «el» tema. Lo que pasa es que no nos gusta mirar hacia detrás.

—Según y cómo.

—Déjeme seguir. No nos gusta porque sabemos que no hemos hecho lo que «deberíamos» haber hecho. Cuando pasaron varios días y comprobamos que esto iba en serio, cuando nos hemos mirado en el espejo con la barba de hace semanas, no nos ha gustado lo que allí aparecía.

—Para ese viaje…

—Este viaje necesita de muchas alforjas. Este no es un viaje de fin de semana.

—Me estoy perdiendo.

—Quiero decir que se acabó la época de la «tomatina». Y al decir esto no solamente me refiero a que esa fiesta quizá no vuelva a celebrarse, sino que puede que la veamos… ¿insulsa, quizá ridícula?

"Con perdón por la petulancia, acuérdese del poema de Machado: que el arte es largo y, además, no importa"

—Eso irá en cada uno. Puede que haya muchos que precisamente por esta reclusión querrán explotar como sea. Llevamos enjaulados mes y medio. Acuérdese que después del desastre de la Primera Guerra Mundial llegaron los felices años 20: todo el mundo quería olvidar.

—Sí, y acto seguido llegó el espanto de la otra guerra, Auschwitz, Hiroshima…

—Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Qué es lo que me quería decir?

—Nada en especial y todo en particular. No lo sé. Era sólo una conversación.

—Que no ha llegado a ningún puerto.

—No tiene que llegar siempre todo a un destino. Igual de lo que se trata es de viajar en sí, sin más. Con perdón por la petulancia, acuérdese del poema de Machado: “que el arte es largo y, además, no importa”.

—Perdone pero sí que importa, ¿cómo no va a importar?

—Quería decir que el viaje es desearlo.

—Sí y no. En la aventura, en lo imprevisible, a veces está la salsa.

—¿Lo dejamos por hoy?

—Creo que será lo mejor.

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