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Hoy no tengo ganas de vivir (Tiempos de coronavirus 22)

Hoy no tengo ganas de vivir (Tiempos de coronavirus 22)

—“Hoy no tengo ganas de vivir, corazón”.

—Pues sí que nos hemos levantado con buen pie.

—Es un poema de César Vallejo.

—Ya, ¿y?

—Pues que estoy fuera de mí, o demasiado dentro.

—Todos estamos hartos.

—Ya, pero, y no se ofenda, me da igual cómo esté el vecino. No es que me dé igual, pero yo soy lo primero.

—Hombre, hombre…

—Hoy estoy cansado. Como si no pudiera vencer a la situación. Tengo una congoja, como un… hartazgo que me oprime. Estoy asfixiándome.

—Calma.

—¿Cómo que calma? ¿Cómo quiere me tranquilice? ¿Qué quiere, que me ponga a ver series desde por la mañana?

"Todos soñamos, lo que pasa es que lo olvidamos. Nabokov tenía un cuaderno encima de la mesilla para apuntarlos. Usted puede hacer lo mismo"

—Haga como los sabios de la Antigüedad.

—¿Y qué hacían?

—Por ejemplo descansar la mirada, viajar.

—Lo que veo desde mi ventana son tejados, ventanas, antenas, coches sucios aparcados. Veo hasta el silencio. Incluso me ha molestado escuchar el ruido de una cortadora de césped.

—Pues yo creo que va por el buen camino, está descubriendo el sabor del silencio.

—Lo que me molestaba era ese motor que de repente me ha perturbado la asepsia del día.

—Ya.

—Ya me había hecho a vivir en un nirvana y tuvo que llegar ese ronroneo que me acabó perturbando.

—Va por el buen camino.

—No estoy yendo a ningún sitio.

—Pues fíjese que igual sí.

—Todos los días el mismo paisaje y usted me dice que viaje.

—Claro, viaje con su imaginación, recréese en un atardecer en la playa caminando junto a las olas, intente escuchar el murmullo del oleaje. Piense en el susurro de las hojas de los árboles en algún paseo por las montañas.

—No es fácil concentrarse.

—Quédese en la cama recreando su último sueño.

—No sueño, o por lo menos no me acuerdo.

—Todos soñamos, lo que pasa es que lo olvidamos. Nabokov tenía un cuaderno encima de la mesilla para apuntarlos. Usted puede hacer lo mismo.

—Le he dicho que no sueño, o que no me acuerdo.

—Pues dé vueltas a cuando era niño y pedaleaba con todas las fuerzas carretera abajo.

—¿Y a dónde me conduce eso?

—A una tranquilidad interior.

—Es fácil decirlo.

"Haga una cosa: escriba, pero cuando termine no lo lea. Siga adelante. Bastan unas líneas. Elija la hora del día que quiera. No se lo comente a nadie. Escriba por escribir"

—Inténtelo. Usted está mirando cómo cocina su madre, es un mocoso, está sentado en un taburete y mira cómo reboza una merluza mientras canturrea.

—Y me dice que ponga la mesa.

—Por ejemplo. Intente acordarse de qué ropa llevaba, la lluvia que caía el día en que fueron juntos a comprar unos zapatos de agua antes de que empezaran el nuevo curso. O cuando le daban la paga y se acercaba a un kiosco a comprar tebeos.

—Aquello sí que era inocencia.

—Era lo que fuese. ¿Usted no fue de colonias o de campamento? ¿No se acuerda de los viajes en autobús con el colegio, de las clases de dibujo mientras una profesora les leía un libro de Enid Blyton? ¿Del miedo en las clases de gimnasia a saltar el plinto?

—Por acordarme, si hago memoria…

—¿De cuando se declaró la primera vez, de cuando vio por primera vez el mar?

—Y ahora va a decirme que lo escriba, que coja papel y lápiz y escriba mi vida.

—No lo he dicho yo, ha sido usted mismo.

—Pero inducido por usted.

—¿Y por qué no lo hace?

—No se me da bien escribir.

—Hágalo para usted. Atrévase, nadie lo va a leer.

—No le veo el sentido.

—Es que igual no tiene sentido alguno, como decíamos el otro día. Las cosas hay que hacerlas, ponerse a ellas y luego ya se verá.

—No lo veo claro.

—Tampoco lo ve demasiado oscuro. Insisto: inténtelo.

—Me da pereza.

—No tiene nada que hacer, ni que perder.

—No sé… Ponerme a escribir ahora, a mis años. Seguro que me sale algo ñoño, ridículo.

—Y qué. Haga una cosa: escriba, pero cuando termine no lo lea. Siga adelante. Bastan unas líneas. Elija la hora del día que quiera. No se lo comente a nadie. Escriba por escribir.

—Qué fácil se ve todo desde fuera.

—Ahí se equivoca, porque es lo que yo estoy haciendo.

—¿Sí, todos los días?

—Casi todos.

—¿Lleva mucho?

—Algo. Lo que le he aconsejado me lo aplico, no miro lo que escribo, pero ya llevo unas cuantas páginas.

—¿Y no se lo ha enseñado a nadie?

—A nadie. Ni hasta ahora lo sabía nadie. Era un secreto conmigo mismo.

—No sé… ¿Y se siente mejor?

—Me siento, que ya es.

—Ya.

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