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Redefiniendo límites

Redefiniendo límites

Avanzar explorando los límites que encontramos siempre es más interesante que seguir el sendero de lo ya establecido, donde todo es previsible. Pero tenemos que estar dispuestos a asumir el riesgo que conlleva caminar por el filo de la navaja, donde cualquier paso en falso tiene consecuencias inesperadas.

En los límites de la escritura encontramos el trabajo de muchos artistas. Entre ellos están quienes exploran la dimensión gráfica de la escritura, cuando la armonía de una sucesión de caracteres se transforma en un placer estético, exento de un sentido específico. Es el caso de l’écriture asémique, que practica Christophe Badani, un pintor calígrafo francés, que, además, es un importante tipógrafo, responsable del alfabeto de grandes marcas francesas, como Lacoste, Peugeot, Roland Garros, Darty, Lancôme, Leroy Merlin o Veuve Clicquot. Así que resulta fácil entender cómo las letras han acabado llevándole a su terreno, en donde se deja llevar por la belleza de la línea, cuya forma, grosor, longitud y posición adquieren significados que aún están por descubrir. El artista transforma las letras en imágenes que el espectador debe interpretar, como si se tratara de un cuadro abstracto más. La llamada escritura “asémica” convierte la lectura en un acto creativo único, en que el lector, siguiendo su personal interpretación, crea su propia historia.

"La palabra caligrama fue acuñada por Guillaume Apollinaire, poeta francés, y utilizada por primera vez en su obra Caligramas, de 1918"

Esta forma de poesía visual aparece con las vanguardias de principios del siglo veinte, y su primera obra es considerada Paris, mai 1924, de Man Ray. Pero si hablamos de poesía visual, tenemos que mencionar los caligramas, en los que la disposición de las palabras define una imagen determinada, que suele estar relacionada con el sentido del texto. La palabra caligrama fue acuñada por Guillaume Apollinaire, poeta francés, y utilizada por primera vez en su obra Caligramas, de 1918.

Remontándonos en el tiempo, los primeros poemas visuales que se conocen, escritos por el griego Simmias de Rhodes, datan del siglo IV a.C. y la obra más importante en el uso gráfico de la escritura aparece en el siglo IX. Se trata del De Laudibus Sanctae Crucis, del monje benedictino Rabano Mauro, cuyos veintiocho poemas visuales (o carmina figurata), se consideran auténticos híbridos de literatura y pintura. Cada poema es escrito en una página cuadrada, en donde las letras se disponen de forma regular y sobre las que destacan distintas composiciones gráficas, relacionadas con la cruz, que contienen versos que se pueden leer de forma independiente. El resultado es un complejo ejercicio de conceptualización, que entremezcla literatura, geometría y simbología. El ejemplar más antiguo que se conoce, que data del año 815, se encuentra en la Biblioteca Complutense y fue aportado por el cardenal Cisneros, que lo recibió de manos de Fernando el Católico, tras la muerte de Isabel la Católica.

"Cuando lo vi, mi mirada atravesó sus gruesas tapas, añadidas en el siglo XVII, para ponerme en el lugar del monje"

El artista Jan Dibbets dedicó a este curioso libro una exposición en la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), en París, como si se tratara de una obra de arte más. Bajo el título de “Make it new: Conversations avec l’art médiéval”, reunió todos los manuscritos de De Laudibus Sanctae Crucis que se conocen y los comparó con una treintena de importantes obras de arte contemporáneo, que dialogan de forma sorprendente con el fascinante escrito de Rabano Mauro, obviando el abismo de más de mil años que las separa.

Uno de los raros ejemplares del De Laudibus Sanctae Crucis se custodia en la biblioteca de Lyon. Lo descubrí gracias a la artista francesa Jacqueline Salmon, que expuso las fotografías que hizo de sus páginas durante la exposición de “Make it new”, en París. De vuelta a Lyon, el libro tuvo que ser expuesto cerrado, pues su protocolo de conservación solo permite abrirlo una vez cada tres años. Cuando lo vi, mi mirada atravesó sus gruesas tapas, añadidas en el siglo XVII, para ponerme en el lugar del monje que, hace mil doscientos años, no imaginó que su obra cambiaría unos límites hasta entonces bien definidos y condicionaría nuestra forma de escribir. Y de dibujar.

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