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El río que nos lleva, de Concepción Valverde

El río que nos lleva, de Concepción Valverde

“Leer esta novela”, dice la autora de El último fado (Almuzara), “nos lleva a adentrarnos en las aguas de un río, en el que poco a poco vamos perdiendo pie. Por eso me parece que la inestabilidad es la sensación permanente que produce su lectura. Como la historia no le da tregua alguna, el lector aprende pronto a desconfiar de lo que va descubriendo”.

Cuando escribo todo comienza en el instante mismo en el que una idea insiste en rondarme por la cabeza y a ella, poco a poco, se van adhiriendo imágenes todavía inconexas, algún recuerdo, incluso un sabor o un olor, un comentario, algo escuchado o leído en cualquier parte. Poco a poco todo ello se va ensamblando, a medida que la idea deja de ser fugaz y pasa a perseguirme cada vez con más insistencia.

"El último Fado es una novela a la que califico de inestable porque, a medida que el lector se adentra por sus páginas y asiste a los descubrimientos que va haciendo su protagonista, esas verdades no asientan la historia"

Muchas veces también la música puede formar parte de ese inicial collage. Y en el caso de El último Fado hay una canción de Amália Rodrigues, cuya letra habla de “un corazón, preso en el fondo del río o ahogado en el mar”, que se instaló desde el principio. “Tive um coraçao perdido” fue la banda sonora que acompañaba siempre al recuerdo de lo que me contó hace mucho tiempo un amigo acerca de una antepasada suya, cuyo cuerpo fue hallado en un río. De aquel triste suceso, ocurrido hace casi setenta años, los que lo conocieron de primera mano no quisieron nunca hablar. Curiosamente el relato de aquel asunto se reducía tan sólo a su desenlace. Nunca entendí por qué ningún familiar de aquella mujer había manifestado sus dudas y se había cuestionado que ella quizá no fuera la responsable de su desaparición. Aquello me hizo pensar en las muchas ocasiones en las que se han podido cerrar en falso graves asuntos, sin que a nadie le haya interesado lo más mínimo esclarecerlos.

Una familia que silencia la verdad, la idea del río, como un abismo que encierra oscuros secretos, y los cadenciosos ecos de un fado me avisaron de que había una historia que quería contar. Y ahí fue donde comencé a darle vueltas precisamente al hecho de cómo la voz doliente y perdida de Amalia Salvatierra iba a intentar desenmascarar esas mentiras, que en ocasiones se instalan como verdades inamovibles.

El último Fado es una novela a la que califico de “inestable” porque, a medida que el lector se adentra por sus páginas y asiste a los descubrimientos que va haciendo su protagonista, esas verdades no asientan la historia, ni la van conformando, sino que, por el contrario, cada nueva pista o dato llevará a Amalia a enfrentarse a nuevas incógnitas, aún más graves e inquietantes.

"Cambiar con El último Fado tan drásticamente de registro me ha hecho disfrutar mucho al enfrentarme a un proceso de escritura totalmente distinto al anterior"

Leer El último Fado supone asistir en cada página a un vuelco de la historia, a un nuevo indicio que desbarata todo lo que se creyó cierto en páginas anteriores. Leer esta novela nos lleva a adentrarnos en las aguas de un río, en el que poco a poco vamos perdiendo pie. Por eso me parece que la inestabilidad es la sensación permanente que produce su lectura. Como la historia no le da tregua alguna, el lector aprende pronto a desconfiar de lo que va descubriendo. Y cuando ya al final todo se resuelva y tenga en su mano la completa información que desvela los secretos que han rodeado a Amalia Salvatierra desde niña, llegará a esa última página, cuya lectura le hará de nuevo tener que plantearse la certeza de sus convicciones.

El último Fado la escribí inmediatamente después de La Biblioteca Fajardo, novela que por ser histórica supuso no sólo que necesitara documentarme exhaustivamente, sino que en el proceso de escritura tuviera que ser muy cuidadosa, a la hora de ir ensamblando la historia de ficción dentro del marco histórico. Cambiar con El último Fado tan drásticamente de registro me ha hecho disfrutar mucho al enfrentarme a un proceso de escritura totalmente distinto al anterior, en el que no tenía que ajustarme a ninguna circunstancia externa. No quiero decir con esto que no fuera igual de placentero escribir La Biblioteca Fajardo, pero digamos que han sido experiencias y “disfrutes” bien distintos. Precisamente para despojarme de las ataduras de nombres, fechas y citas, en El último Fado desaparecen totalmente las referencias espaciales, temporales e históricas.

"Siempre que se me ocurría un nuevo título buscaba en Google para ver sí ya existía"

Tan sólo utilizo un topónimo que coincide con el apellido de la familia. A propósito del nombre de Salvatierra diré que lo elegí por su belleza y fuerza sonora, pero —una vez terminada la novela— quise saber dónde se hallaba situado ese lugar y mi sorpresa fue enorme y muy grata al descubrir que en España hay al menos cinco o seis poblaciones que llevan ese nombre, que por cierto siempre va asociado al de un río. Este descubrimiento hacía que la indefinición que yo pretendía se mantuviera.

A la sorpresa que me produjo saber de los muchos lugares Salvatierra que pueblan nuestra geografía, también quiero señalar otro inquietante hallazgo que hice cuando andaba a vueltas con el título de la novela, a la que inicialmente llamé Los desenlaces de Amalia. Siempre que se me ocurría un nuevo título buscaba en Google para ver sí ya existía. Y cuando tecleé Nocturno para Amalia, apareció la página de la BNE en la que está digitalizada una pieza musical de finales del XIX titulada Amalia, nocturno para piano, de A. Nicolau. En la portada del libreto, debajo de “Amalia”—escrito con caligrafía modernista— se ve dibujado el cauce de un río y una de sus márgenes. Aquel río era tan parecido al de mi relato que me quedé un buen rato sin poder quitar los ojos de él, deseando escuchar esa melodía. Me dicen que es una partitura muy difícil de interpretar, pero confío en poder oír alguna vez esas notas para piano, teniendo en cuenta lo importante que también es el piano en El último Fado.

También recuerdo que antes de dar a conocer el manuscrito quise revisar cómo se escribía exactamente la canción en portugués, ya que la había copiado de memoria como texto previo a la novela, y para ello decidí consultarlo en aquel viejo vinilo al que pertenece ese fado, en el que venían todas las letras. Al ver la portada del disco de golpe reparé en la importancia que su título, Gostava de ser quem era, tiene para Amalia Salvatierra, porque esa afirmación es la que mejor define la razón de su incansable búsqueda.

"Escribir se vuelve un acto de extrema e intensa conexión con mis personajes y sus vidas"

Todos estos ejemplos y muchos más, con los que no quiero extenderme, me hacen pensar que las historias ya existen antes de que sean escritas y que tan sólo están esperando a que llegue alguien y las cuente. Según esto, el escritor se convierte en una especie de transcriptor. De ahí que escuchemos con frecuencia a algunos decir aquello de que en un momento determinado se dio cuenta de que un personaje no podía hacer tal o cual cosa; o de que tuvo que dar un giro al relato porque la historia así lo exigía.

Cuando estoy escribiendo una historia, también me ocurrió con La Biblioteca Fajardo, me gusta encontrarme con este tipo de relaciones, porque ellas me confirman que he contado lo que mis personajes, muy pirandellianos ellos, quieren que se sepa.

Ahora que he citado el teatro, diré para terminar que para saber cómo es un personaje aplico la misma fórmula que mi maestro William Layton nos enseñaba a utilizar a la hora de interpretar. Exploro su carácter, qué le gusta, cómo viste, habla o se mueve. Y cuando le doy voz siento que lo estoy dirigiendo en escena, de modo que ajusto sus emociones a sus palabras, a sus miradas o a los gestos que le acompañan. Escribir se vuelve un acto de extrema e intensa conexión con mis personajes y sus vidas.

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Autora: Concepción Valverde. Título: El último Fado. Editorial: Almuzara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro