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Roger Wolfe: «Sigo teniendo mucha ira dentro»

Roger Wolfe: «Sigo teniendo mucha ira dentro»

Roger Wolfe (Westerham, Kent, Inglaterra, 1962) comparte sangre literaria con Bukowski, Céline o Burroughs. Sus versos y su prosa zarandean al lector, cuando no le sueltan una buena hostia —metafóricamente, quiere decirse—. La ira, la rabia, el asco y, en cierto modo, la belleza son valores que cotizan al alza en la literatura del autor de ¡Que te follen, Nostradamus! o Arde Babilonia. Entre poemarios, novelas y «ensayos-ficción», ha escrito, obra arriba / obra abajo, veinticinco libros. En su Linkedin, también se define como intérprete, traductor y editor de textos. Se consagró como un ilustre maldito en los noventa. Predica para una fiel e inmensa minoría.

En los últimos meses, el nombre de Wolfe ha resurgido con fuerza en el ecosistema cultural patrio con motivo de la publicación de la antología poética La poesía es un revólver apuntando al corazón (Verso & Cuento, 2019) —libro, por cierto, que presenté en la librería Tipos Infames, junto a la poeta Patricia Benito— y de la reedición de la colección de «ensayos-ficción» Todos los monos del mundo (Renacimiento, 2018). Por ello, Zenda le entrevista en un bonito café malasañero donde suenan, entre otros, Bob Dylan y Lou Reed, venden libros de segunda mano y sirven cerveza artesanal.

Wolfe pide un té: lleva sin probar el alcohol desde 1997; yo, una birra empalagosa de nombre impronunciable.

—A saber qué estoy bebiendo —le digo al entrevistado.

—Esto es el capitalismo —responde.

Comenzamos: 

—Señor Wolfe, ¿es usted un misántropo?

"Como decía Bukowski: prefiero, en la mayor parte de las ocasiones, que la gente esté lejos de mí. Esa sería la misantropía para mí"

—A mí, la gente no me cae bien ni mal. Como decía Bukowski, prefiero, en la mayor parte de las ocasiones, que esté lejos de mí. Esa sería la misantropía para mí. Odiar a la gente no. La gente, y todos somos gente, como digo en el poema, es muy pesada. Muchas veces agobia. Esa interacción continua que hay… A la gente la tienes presente físicamente o no: la tienes por WhatsApp, mandándote correos, llamándote por teléfono, y es todo un poco agobiante. No soy un hombre de personas. 

—Cuando, sobre todo, los políticos y los periodistas hablan de la gente —ya sabe: la gente quiere esto, la gente pide lo otro…—, ¿qué cree que quieren decir? ¿Qué es la gente?

—Se supone que la gente es todo el mundo menos yo. Cuando dices «la gente es idiota», no te estás incluyendo. Y todos somos gente, al final. Nuestra tragedia es esa. Cuando los políticos hablan de la gente, se supone que se refieren a la sociedad en su conjunto. 

—¿Qué le impulsa más a escribir: el amor o el odio?

—La verdad es que… (Piensa) Cualquier cosa te puede impulsar a escribir. Llevo tantos años escribiendo que ya se ha convertido en un hábito, en un vicio y en un oficio. A mí no me hace falta sentir nada para escribir. Tengo una necesidad interna, necesito escribir. Muchas veces te pones a escribir y no sabes lo que te mueve hasta que ya te has puesto a escribir. Yo, por ejemplo, pienso antes de escribir, pero pienso mucho mientras escribo. Y cuando te sientas a escribir, muchas veces sale algo, tú lo sabrás, que no tiene mucho que ver con lo que tenías en la cabeza cuando te pusiste a escribir. El odio puede ser un motor, también el amor… Por cierto, el amor y el odio son dos caras de la misma moneda. Hay un paso entre el amor y el odio. En una novela, James M. Cain habla de eso. Pacto de sangre. Los protagonistas, el hombre y la mujer, que se habían liado para cometer un crimen, acaban odiándose a muerte, completamente rotos. 

—En el poema «Te levantas de la cama y es la guerra», escribe: «Podría al menos / conocer New York, coger el metro, disparar / la Browning, romper todos los dedos de las manos / a aquellos que más odio». ¿Quiénes son aquellos a quienes más odia?

"Cioran recomendaba copiar cien o doscientas veces, en un papel, el nombre de quien te ha hecho una jugada y exorcizar así el odio"

—Tengo otro poema en el libro Arde Babilonia, que se titula «Odio», y que empieza con una cita de Céline, uno de los más grandes escritores del siglo XX, una bestia, que dice: «Me faltan algunos odios todavía» (Risas). No recuerdo cómo es la cita completa. Sí, el odio se puede conjurar a través de la escritura. Y el desprecio. Y la rabia. El otro día, en la presentación de mi antología, hablábamos de la rabia y de la ira. Sigo teniendo mucha ira dentro. Lo que pasa es que intento manejarla de otra forma, no siempre bien. Cioran recomendaba copiar cien o doscientas veces, en un papel, el nombre de quien te ha hecho una jugada y exorcizar así el odio. Y en ese poema lo hago.

—Ha mencionado a Céline, autor de Viaje al fin de la noche, una novela perfecta, y también un personaje despreciable. ¿Cree que un escritor debe ser una hermanita de la caridad?

—No, por supuesto. Supongo que te refieres a los adalides de la corrección política. Es un cáncer. Puede ser el fin del mundo como no se le ponga remedio. Sabemos todos que Céline fue simpatizante de los nazis…

—Escribió los panfletos antisemitas, aberrantes.

—Están prohibidos, todavía hoy.

—Se pueden encontrar en internet, de todas formas.

—Me parece que en Francia iban a permitir unas ediciones críticas. Esos panfletos, por otra parte, fueron escritos antes de la II Guerra Mundial y de lo que pasó con los judíos. Hay que recordar que el antisemitismo era endémico en Europa en los años veinte y treinta. Era incluso respetable ser antisemita. El caso de Céline es muy complejo: era odiador de todo. En realidad, no era nazi. Tuvo unos comportamientos muy extraños y lo pagó caro: lo persiguieron por toda Europa, estuvo en Copenhague, encerrado…

—Imagino que habrá visto esas fotos de Céline mayor, en una casa cochambrosa, rodeado de perros.

—Sí, estaba con un montón de perros y con su mujer, que era bailarina. Aparte del problema, en general, de la corrección política, hay otra cuestión que la gente, la gente, no se mete en la cabeza, y es que tú no puedes juzgar el pasado con raseros del presente. No puedes irte al siglo XV y juzgar lo que hacían entonces con los valores morales del presente. No se puede. Cada cosa tiene lugar en su tiempo. Y el revisionismo este está llegando a unos límites absurdos. Eliot es uno de mis poetas favoritos, diría que el mayor poeta en lengua inglesa del siglo XX, y era antisemita y era reaccionario. Ezra Pound era fascista, él se mojó: durante la segunda guerra mundial, desde Roma, lanzaba unas diatribas radiofónicas contra todo y contra todos, era amigo de Mussolini, y luego se dio cuenta de lo que había.

—¿Usted se atrevería a publicar hoy una novela como El índice de Dios?

"En internet hay miles de vídeos de gente dándose palizas, individuos tirándose por una ventana… y a todo el mundo le hace mucha gracia. Yo creo que es horroroso"

—Yo me lo pensaría. No lo sé. En realidad, como es una ficción sobre un psicópata, no creo que hubiera demasiados problemas. Sí que, quizá, me lo pensaría. Hay ciertas cosas que yo escribí en su momento y que ahora no volvería escribir. Me parece que esa novela sería una. Es demasiado desagradable. Ahí conjuré mucha ira, mucha cólera, mucha repugnancia. Esa novela, en realidad, es una reflexión sobre los medios de comunicación, que son fustigados sin misericordia. De hecho, esa novela, en su versión primitiva, incluía una nota que iba al principio del texto y explicaba lo que yo quería hacer. Pero es una reflexión sobre los medios y sobre la incapacidad, muy actual todavía, de distinguir entre realidad y ficción. Me estoy acordando ahora mismo de que en internet hay miles de vídeos de gente dándose palizas, individuos tirándose por una ventana… y a todo el mundo le hace mucha gracia. Yo creo que es horroroso. La novela es una reacción ante todo eso. Y creo que es un buen libro, tiene una voluntad de estilo. ¿Tú sabes que esa novela se reeditó?

—Tengo la edición de Espasa.

—Esa es la primera edición. Su título original era El Sur es un sitio grande. Luego no me acababa de convencer ese título, se lo cambié y le quité cuarenta páginas a la novela: no por motivos de contenido, sino porque era una especie de digresión que entraba en otra historia. Para que no perdiera fuerza la novela, le quité esas páginas y decidí cambiarle el título. Le puse Dios es un perro que nos mira. Y ese título no me lo aceptaron en Espasa. Al final, yo mismo propuse El índice de Dios. Lo que parece y se compara al índice de Dios en la novela es la torre de televisión. Cogí eso. No es que me chiflara, pero era el mal menor. En el 2014 se reeditó en Zut, una pequeña editorial de Málaga, con el título primitivo, El Sur es un sitio grande, y le volví a añadir las cuarenta páginas que le había quitado. 

—Antes le pregunté quiénes son aquellos a quienes más odia; ¿y quiénes son aquellos a quienes más ama?

—Es una pregunta difícil… (Piensa) Me gusta el arte y me gustan los grandes artistas. Uno ama a los grandes artistas: escritores, cineastas, músicos… Hacen que la vida de uno sea mejor. En el fondo se trata de eso, ¿no? De hacer mejor la vida de los demás. Entonces, uno ama a quienes hacen mejor su vida. Supongo que los artistas son los que más aportan a mi vida. 

—Se define como un vitalista trágico. Cuénteme qué es eso.

"Dicen los americanos que la vida es una porquería y luego te mueres"

—La vida es triste pero bella. Todo es trágico desde el momento en que sabemos que nos tenemos que morir. Nacer y empezar a morir son todo uno; la vida es una tragedia porque se escapa continuamente. Esto se va a acabar. Dicen los americanos que la vida es una porquería y luego te mueres. Es una broma pesada, como decía Tolstói. Y luego, encima, te mueres de una forma dolorosa y atroz. Y la vida es un valle de lágrimas. Lo que pasa es que, al mismo tiempo, ¿hay algo más maravilloso que la vida? Hay momentos de gozo artístico, de gozo amoroso… Entonces, yo digo sí a la vida, me encanta la vida, pero reconozco la naturaleza trágica de la vida. Por eso soy un vitalista trágico. No soy un optimista ingenuo. 

—Escribe en «Que Dios y Walt Whitman me perdonen»: «Cuando uno es feliz, vive. / Cuando no, / se hace pajas y escribe».

—Los periodistas siempre os quedáis con lo peor (Risas). Nunca me fue necesario sentirme infeliz para escribir. Por cierto, cito a Walt Whitman porque se supone que es un afirmador de la vida y del goce y del gozo de la existencia. Es una pequeña reflexión irónica. Muchas veces, cuando uno sufre escribe, y, normalmente, cuando eres feliz, lo estás viviendo. Eso pasa con el amor. Cuántas veces ocurre que no te das cuenta del valor de una persona hasta que la pierdes. Eso no es sólo aplicable a las personas. Nos quejamos de «este trabajo, maldito trabajo»… Luego, te ves sin él, y te das cuenta de que no era tan malo. Cuando uno es intensamente feliz, muchas veces no se da cuenta. Por esa misma regla de tres, no reflexionas. No te pones a escribirlo. Normalmente, la gente te viene a hablar cuando tiene un problema; cuando está bien, no te lo viene a contar…

—Ahí discrepo. Me atrevería a decir que el 80% de las llamadas que recibo es para tomar una cerveza. ¿Alguna vez se le ha olvidado lo que es el dolor?

—No. Mira: hace muy poco me tuvieron que endodonciar dos muelas y me acordé (Risas). Eso me lleva a algo que dijo Schopenhauer, que era muy sabio: «Un dolor de muelas es suficiente como para eliminar y borrar de un plumazo todos los problemas metafísicos». No. El dolor, por desgracia, no se me olvida.

—O por fortuna.

—O por suerte, sí. El dolor está ahí siempre. La condición humana es dolorosa, ¿no? Sí, es bueno ser consciente del dolor. El dolor es salvífico. El problema es cuando el dolor es excesivo. Como el dolor de muelas. Entonces, el dolor te anula. Pero un dolor moderado sí que puede ser un acicate. 

—Cuenta en un poema que su madre no le enseñó a decir «no». ¿Cómo lo aprendió?

"Una parte importante de la disciplina es saber decir que no. Al final, escribir son cuatro paredes y una máquina"

—Eso es algo que se dice mucho. En el poema, la figura de mi madre es metafórica. Pero cuántas veces lo pensamos: «No sé decir no, me tendrían que haber enseñado…». Es un problema no saber decir que no. Ese poema es una reflexión irónica: alguien viene a visitarme, le dejo entrar y pierdo el día, no puedo seguir escribiendo. Y la cuestión del tiempo, para un escritor, es vital: cada minuto es importante. Y las maneras en que uno pierde el tiempo y le hacen perder el tiempo son infinitas. Una parte importante de la disciplina es saber decir que no. Al final, escribir son cuatro paredes y una máquina. Eso de estar yendo, viniendo, la farándula… no conduce a nada. 

—En «Creer o no creer», escribe: «La cuestión no está / en creer o no creer. (…) A mí / personalmente / me la suda». ¿Se la sigue sudando creer en Dios?

—El artista vive sub specie aeternitatis, como decía Spinoza, viendo las cosas desde el punto de vista de la eternidad, no desde el punto de vista del momento efímero. Intento ver las cosas a largo plazo, con el punto de vista de la eternidad. Cuando lo ves a corto plazo, realmente, se podría decir que te la suda todo. Si no te importa el futuro, si no te importa el mañana…

—Todo se vuelve comida rápida.

—Sí. Los políticos y los medios son siervos del tiempo. ¿Si creo en Dios? Es una de las grandes preguntas. No sé si podría contestarla rápidamente. Digamos que Dios y yo tenemos una relación un poco especial. Nos llevamos bien. Wittgenstein, que a mi modo de ver fue uno de los hombres más inteligentes del siglo XX, creía en Dios. O sea que… 

—El otro día, en la presentación de La poesía es un revólver apuntando al corazón (Verso & Cuento, 2019), bebió te. ¿Cuánto tiempo lleva sin beber alcohol?

—Veintidós años. Lo dejé el 18 de enero de 1997. 

—¿Echa de menos la bebida?

—No. En absoluto. Eso fue un proceso largo y arduo. Me costó mucho. Cuando lo dejé, no me lo podía creer ni yo. El pasado es un país lejano en el que la gente actúa de otra manera. Llega un momento en que ni te acuerdas, y cuando te lo recuerdan, preguntas: ¿pero era yo? Probablemente, yo no hubiera sido el mismo escritor si no hubiera llevado la vida que tuve.

—¿Y echa de menos la bebida como muleta literaria?

—No. Nunca me han hecho falta muletas. A mí el alcohol y la droga, simplemente, me gustaban. Creo que hay un poco de confusión con eso. A lo mejor sí que hay gente que necesita una muleta, pero, sobre todo, la gente lo que tiene es vicio.

—Bowie publicó discos magníficos tras su desintoxicación.

"Hay gente más dada a las adicciones porque tiene un mecanismo interno de control más débil. Al final, lo dejas porque no puedes vivir, no te deja vivir"

—Y Lou Reed. Normalmente, las adicciones vienen porque te gusta mucho una cosa y eres débil. Luego, hay una propensión temperamental: hay gente más dada a las adicciones porque tiene un mecanismo interno de control más débil. Al final, lo dejas porque no puedes vivir, no te deja vivir. 

—Además del citado poemario, la editorial Renacimiento acaba de recuperar Todos los monos del mundo, una compilación de «ensayos-ficción». ¿Qué es un «ensayo-ficción»?

—El «ensayo-ficción» es un nombre que me sonaba muy bien. Es una mezcla de ensayo y de ficción, y de prosa, notas, fragmentos e incluso retazos de poemas. Un batiburrillo que, en realidad, no es tan nuevo. Es el clásico cuaderno de escritor. Lo que pasa es que me gusta lo de «ensayo-ficción», es un nombre que le queda muy bien. Además, en el momento en que acuñé el término, creo que influyó en lo que estaba haciendo. Se convirtió en un batiburrillo premeditadamente ordenado. 

—Finalmente, señor Wolfe, ¿sigue leyendo el horóscopo de los periódicos?

—De vez en cuando sí (Risas). Eso es un pasatiempo inocente.

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