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Salvapantallas. Un viaje

A menudo, cuando enciendo el ordenador me fascinan los salvapantallas de Windows. No son las típicas fotos de puestas de sol en el trópico, ni de la jungla amazónica, ni de icebergs del Ártico. Muestran lugares del mundo poco habituales, como una plantación de cereal en la estepa siberiana, una isla perdida del Pacífico, una urbe ignota en el corazón de China…

Me quedo embelesado observando los salvapantallas y se me ocurre la idea de escribir un relato ambientado en ellos; pero la vida discurre demasiado deprisa y con frecuencia mis proyectos se van demorando.

La semana pasada, cuando vi el último salvapantallas que me cautivó, me dije: «De esta vez no pasa: escribiré ese cuento». Se trataba del área occidental de Sierra Leona. Sobre la foto se leía: “Las costas de esta península que se extiende hacía el océano Atlántico pueden competir con las del Caribe”. La imagen mostraba una selva lujuriante de manglares y palmeras en la ribera del mar. Las orillas eran por completo impracticables, un entramado de altas raíces de madera bajo el follaje.

La mayor dificultad para ambientar el relato consiste en imaginar Sierra Leona, donde nunca he estado; aunque pronto me ayuda el recuerdo de mi viaje de novios con Marta a Costa Rica. Compruebo la latitud y el clima de ambos países y resultan ser los mismos: 8 grados norte, clima tropical, estación lluviosa entre mayo y diciembre…

"Vestíamos botas de montaña para caminar por la jungla, avisados de las víboras venenosas y los alacranes; sin embargo nuestro guía lucía chancletas brasileñas y nos miró como a una pareja de turistas"

Cómo olvidar nuestro primer día… Lo pasamos en el parque nacional Cahuita, a orillas del Caribe, en el océano Atlántico, al igual que Sierra Leona. Vestíamos botas de montaña para caminar por la jungla, avisados de las víboras venenosas y los alacranes; sin embargo nuestro guía lucía chancletas brasileñas y nos miró como a una pareja de turistas. Tenía la piel morena, mediría un metro noventa y se llamaba Keiron. Su expresión era de indolencia y cierto disfrute secreto de la vida.

Fredi, gerente del hotel Cariblue, nos había felicitado por casarnos. Él y su mujer se llevaban muy bien —afirmó—. Ella vivía a dos horas del hotel y desde hacía treinta años solo se veían los fines de semana. “¡La reseta de la felisidad!”, afirmó, y soltó una risotada. Era un tipo bajito, regordete y con bigotes que se pasaba el día carcajeándose en la recepción de aquel alojamiento de bungalows.

"Todo su dinero lo invirtió allí, en la creencia de que acudirían clientes europeos y norteamericanos; pero las cosas no le van bien, apenas recibe a nadie"

Ahora, en mi relato, me encuentro en una minúscula playa de Sierra Leona. A los lados se extiende la espesura de los manglares, frente a mí observo un camino angosto que parece adentrarse en el bosque. Surge de la vereda un moreno musculoso de metro noventa con chancletas brasileñas. Circunspecto, me pregunta quién soy y qué hago allí. “Nada en especial, simplemente voy de viaje. Quería conocer la costa” —respondo—. Sonríe vagamente y me desvela que su nombre es Keiron. Posee una choza turística de madera en medio de la selva. Todo su dinero lo invirtió allí, en la creencia de que acudirían clientes europeos y norteamericanos; pero las cosas no le van bien, apenas recibe a nadie, de modo que finalmente la choza se ha convertido en su casa.

En el parque nacional Cahuita de Costa Rica, Keiron caminaba en silencio por el sendero arenoso. Marta y yo lo seguíamos con nuestras botas de montaña hasta que paraba frente a un árbol, apuntaba con el telescopio a la copa y afirmaba: “Una familia de monos aulladores”. Por las noches, los aulladores nos parecían seres humanos cantando.

“¡La reseta de la felisidad!”—repitió Fredi riendo en el hotel Cariblue, mientras lanzaba cacahuetes al coatí amaestrado que tenía en la recepción. El animal, atado a una correa, los cazaba al vuelo.

Ya son las cuatro de la tarde en Sierra Leona. “Podría quedarme a dormir en tu choza, todavía no tengo hotel y me gustaría pasar una noche en la jungla”. Keiron sonríe al oírme y, al instante, recupera su circunspección de hostelero. “Bien, puedo prepararle una cama”. Al atardecer, después de contarme que estudió Biología en la Universidad de Freetown, por la vereda angosta entre manglares, nos adentramos en el bosque…

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