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Salvar a Freud, de Andrew Nagorski

Salvar a Freud, de Andrew Nagorski

En marzo de 1938, Hitler cruza la frontera con Austria y anexiona el país. Mientras tanto, en un piso de Viena, un hombre de 81 años, Sigmund Freud, agoniza por culpa del cáncer. Andrew Nagorski relata en este libro el esfuerzo que el círculo íntimo del psicoanalista hizo para sacar a su amigo de la ciudad.

En Zenda ofrecemos el arranque de la biografía novelada Salvar a Freud, de Andrew Nagorski (Crítica).

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Morir en libertad

El 15 de marzo de 1938, tres días después de que las tropas alemanas hubieran entrado en Austria, unas doscientas cincuenta mil personas recibieron a Adolf Hitler cuando salió al balcón del Hofburg, el palacio imperial de Viena, para anunciar el fin del Estado austriaco independiente. «La provincia oriental más antigua del pueblo alemán será de ahora en adelante el baluarte más joven de la nación alemana», declaró. El Anschluss, su tan proclamado sueño de incorporar su país natal al Tercer Reich, ya era una realidad, y la multitud parecía inmensamente feliz. Desde el momento mismo en que las tropas de Hitler habían cruzado la frontera, la mayoría de los austriacos habían respondido con estallidos de júbilo similares.

No todos, sin embargo. Los ocupantes practicaron detenciones masivas de todas aquellas personas catalogadas por la Gestapo como antinazis al tiempo que desencadena-ban una oleada de violencia antisemita. Los judíos fueron golpeados y asesinados, saquearon sus tiendas y decenas de ellos se suicidaron. Según el dramaturgo alemán Carl Zuckmayer, que se encontraba en Viena en ese momento, «la ciudad se transformó en una pesadilla pintada por el Bosco. […] Lo que se desató en Viena fue un torrente de envidia, celos y amargura, una ciega y maligna sed de venganza. […] Era el aquelarre de las turbas. Todo lo que constituye la dignidad humana quedó enterrado».

Sigmund Freud, refugiado en su viejo apartamento y consultorio de la calle Berggasse 19, había escrito una con-cisa nota en su diario nada más comenzar la ocupación alemana: Finis Austriae («El fin de Austria»). El fundador del psicoanálisis había vivido en la capital austriaca durante todos los años de su vida salvo los cuatro primeros, y en aquel momento, cuando estaba a punto de cumplir ochenta y dos, se veía inmerso en aquella pesadilla. Al ser judío, estaba automáticamente en peligro; como rostro público indiscutible de lo que la mayoría de los funcionarios nazis tachaban de pseudociencia judía, no había forma de saber lo que los nuevos amos tenían reservado para él.

Freud fue un objetivo de inmediato. El mismo día en que Hitler pronunció su discurso, los matones nazis irrumpieron en la vivienda de Freud y en la Internationaler Psychoanalytischer Verlag, la editorial que publicaba las obras de Freud y sus colegas, situada en la misma calle, en Berggasse. En el apartamento, la esposa de Freud, Martha, tuvo el aplomo suficiente para descolocar a las «visitas» ejerciendo el papel de amable anfitriona. Cogió el dinero que tenía a mano y preguntó: «¿No quieren servirse, caba-lleros?». A continuación, Anna, la benjamina de la pareja, llevó a sus «invitados» a otra habitación, sacó de la caja fuerte los 6.000 chelines que contenía, equivalentes a unos 840 dólares, y les entregó también esta suma.

De pronto apareció la adusta figura de Sigmund Freud, que miró a los intrusos sin decir nada. Visiblemente intimidados, se dirigieron a él como Herr Professor («señor pro-fesor») y abandonaron el apartamento con el botín después de anunciar que volverían en otro momento.6 Tras su marcha, Freud preguntó cuánto dinero les habían confiscado. Se tomó con calma la respuesta y comentó irónicamente: «Yo nunca he cobrado tanto por una sola visita».

Sin embargo, aquello no tenía nada de divertido, ni tampoco lo que estaba ocurriendo muy cerca, en la sede de la Internationaler Psychoanalytischer Verlag, adonde había ido el hijo mayor de los Freud, Martin, para destruir cualquier documento que los nazis pudieran utilizar contra su padre. Una docena de matones «harapientos» irrumpieron en el local, según recordaba Martin, apretaron sus rifles contra su estómago y lo retuvieron durante varias horas. Uno de los hombres sacó ostentosamente un arma y gritó: «¿Por qué no le disparamos y terminamos con él? Deberíamos matarlo ahora mismo».

Durante aquel caótico primer día, los asaltantes no parecían saber muy bien cuál era su misión y no estaba claro de quién recibían órdenes. Pasaron por alto varios documentos que Martin, tras alegar que sufría una dolencia estomacal, consiguió tirar por el inodoro. Al final de la tarde, los nazis se retiraron amenazando con que llevarían a cabo una investigación completa más adelante.

De vuelta en la vivienda, donde Martin se reunió con sus padres y su hermana, la sensación que reinaba no era precisamente de alivio. Anna era quien estaba más abatida: «¿No sería mejor que nos matáramos todos?», le preguntó a su padre.8 La mordaz respuesta de Freud dejó claro que no tenía la menor intención de plantearse semejante idea: «¿Por qué, porque eso es lo que les gustaría que hiciéramos?», dijo.

Estas circunstancias difíciles, con su incierto desenlace, suscitaban algunas preguntas inquietantes: ¿por qué se había dejado atrapar Freud en aquella situación tan extremada-mente peligrosa? ¿Por qué no se había marchado de Viena antes, cuando le habría resultado relativamente fácil hacerlo?

¿Y por qué siguió mostrándose reacio a actuar incluso después de que los asaltantes nazis se hubieran marchado el 15 de marzo de la editorial tras prometer que regresarían pronto? Nada más ser liberado, Martin volvió de inmediato a casa para ver cómo estaban sus padres. «A pesar de esta dura experiencia, no creo que mi padre se planteara aún abandonar Austria», escribió. Más bien, confiaba «en capear el temporal» con la esperanza «de que se restableciera el ritmo normal y a los hombres honrados se les permitiera seguir su camino sin miedo».

Lo irónico era que Freud debería haber estado especialmente capacitado para entender las fuerzas oscuras que empujaban a su mundo al asesinato en masa y la destrucción. En su famoso ensayo de 1930 El malestar en la cultura hablaba de la «cruel agresión» del hombre, que también puede manifestarse «espontáneamente, desenmascarando al hombre como una bestia salvaje que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie». Señalaba específicamente lo a menudo que los judíos habían «prestado servicio» a otros al actuar como válvula de escape para esta clase de impulsos primarios.

Durante una vida que abarcó las últimas décadas del Imperio austrohúngaro, la primera guerra mundial y el periodo de entreguerras, Freud no fue ajeno a la agitación política y el antisemitismo, que no era ni mucho menos una tendencia oculta, sino un rasgo habitual en su entorno inmediato. Por un lado, sabía que se trataba de una mezcla inflamable que podía explotar en cualquier momento, amenazándolo a él y a su familia. Pero, por otro, se negaba a admitir la realidad. Sufría un cáncer de mandíbula que había desarrollado como consecuencia de su larga adicción al tabaco y era muy consciente de que se le acababa el tiempo, lo que le llevaba a desear vivir lo que le quedara relativamente en paz, sin los trastornos que conlleva instalarse en otro lugar.

Sin embargo, la combinación de la vejez y la enferme-dad no era lo único que lo retenía. Freud sentía un profundo apego por Viena, que había sido un importante centro de la vida cultural, y judía, en Europa durante siglos. La pujante comunidad judía incluía a compositores como Gustav Mahler y Arnold Schönberg, a escritores como Stefan Zweig, Franz Werfel y Joseph Roth, además de físicos, médicos y, por supuesto, muchos de los otros principales psicólogos de la época. Freud conocía a la mayoría de esos personajes, o al menos se había cruzado con ellos.

El centro del universo de Freud era Berggasse, don-de él y Martha habían criado a seis hijos. Allí también pasaba consulta a sus pacientes, escribía sus ensayos y libros, y se reunía los miércoles por la noche con los miembros de la Asociación Psicoanalítica de Viena. Estaba muy apegado a rituales como los paseos vespertinos por la Ringstrasse y las visitas a los afamados cafés de la ciudad, donde fumaba puros y leía los periódicos. En suma, era un pensador revolucionario que también suscribía el dicho alemán Ordnung muss sein, que se podría traducir como «tiene que haber orden». Con la llegada del Tercer Reich, esas palabras habían adquirido un significado mucho más siniestro, pero en la Viena anterior a la guerra podían coexistir con normas sociales bastante tolerantes y con la infatigable exploración por parte de Freud de temas que antes eran tabú.

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Autor: Andrew Nagorski. Título: Salvar a Freud. Traducción: Yolanda Fontal. ­Editorial: Crítica. Venta: Todos tus libros.

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