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Sangre: vida y muerte

Resulta curioso el marco mental que tenemos en relación con la sangre. Por un lado, atendiendo a lo más obvio, la sangre es vida, hasta el punto de que hay un vínculo inextricable entre ambos conceptos. Pero, en el extremo opuesto, no son pocos —antes al contrario, yo creo que la mayoría— los que no soportan o, cuanto menos, les desagrada su visión e incluso cualquier rastro o marca sanguinolenta. Y aunque se tolere o sobrelleve, la simple presencia de la sangre suele perturbar e incomodar, a menos que se desempeñe una labor biológica o sanitaria. El propio lenguaje nos delata: si yo digo «¡sangre!», sin más, se sobreentiende que hay o que haya sangre, esto es, sangre derramada. La mayor parte de los adjetivos derivados directamente del vocablo tienen una acepción, no ya peyorativa, sino alarmante: sangriento, sangrante, ensangrentado, sangría, sangrador, desangrado…

Sangre se relaciona así con la herida o una anomalía del organismo, a menos que hablemos de la menstruación. Que, por cierto, ha sido uno de los más sostenidos tabúes culturales a lo largo de la historia. ¡Qué paradoja! Sangre es vida, nuestro bien, pero tenemos hacia ella el tipo de recelo o aprensión que despierta cualquier mal. Puede deberse a la tenue frontera que separa vida y muerte. La sangre es vida cuanto más se oculta a nuestra consciencia y, a la inversa, reparamos en ella cuando no queda más remedio, porque se ha producido una fisura —pequeña o grande— en la canalización vital del ser humano. Como el aire —es decir, en la respiración—, la sangre solo se hace notar en su disfunción: solo pensamos en el aire que inhalamos cuando nos falta; nos detenemos en la importancia de la sangre cuando se altera su cometido o su curso natural.

"Sangre es la historia de la humanidad. Para bien y para mal, con sus grandezas y sus miserias, sus héroes y sus víctimas. También, por eso mismo, un asunto inabarcable"

Estas mismas consideraciones están en la raíz del libro de Mar Gómez Glez y, como ella misma reconoce de manera explícita en la introducción,  constituyen el catalizador de sus investigaciones sobre esta materia, que han tomado la forma de un sugerente ensayo que se presenta con el título de Sangre: Historia íntima y cultural de un fluir constante. La cita de Miguel Hernández que abre el libro lo dice de forma insuperable, ya solo en sus dos primeros versos: «La sangre me ha parido y hecho preso, / la sangre me reduce y me agiganta». Y, por si cabe alguna duda, la propia ensayista lo reitera en la primera frase de su obra: «Este es un libro sobre la sangre, un líquido que nos repele y fascina al mismo tiempo». La importancia de la sangre es tan incuestionable que corremos el riesgo de olvidarnos de ella como simple obviedad. Pero, como recuerda la autora, «nada hay más humano que la sangre. Nada más detestable, nada más magnífico».

Sangre —como libro y como concepto— es la historia de la humanidad. Para bien y para mal, con sus grandezas y sus miserias, sus héroes y sus víctimas. También, por eso mismo, un asunto inabarcable. Ha hecho bien o, mejor dicho, no ha tenido más remedio Mar Gómez Glez que abordarlo desde una óptica muy selectiva: aquellos momentos históricos, personajes, escenarios, pautas culturales, descubrimientos, crisis y acontecimientos concretos que, por los más diversos motivos, han supuesto un hito en el proceso de toma de conciencia de la sangre como esencia humana. Es este, por tanto, un libro de historia cultural en su más profundo sentido, participando también del ensayo y la recreación literaria. No es el menor de sus méritos incluir en menos de trescientas páginas tantos elementos, que van desde las supersticiones a la ciencia, desde las creencias religiosas a las actuaciones políticas, desde las guerras a las pulsiones eróticas.

"Quisiera destacar, aunque no hago otra cosa que seguir el curso del libro, que todo paso adelante en la historia ha tenido su contrapartida en forma de negación o retroceso"

El recorrido empieza con una pregunta: ¿cuándo comenzó el ser humano a preguntarse por la sangre? No podemos dar una respuesta concreta aunque sí caben múltiples aproximaciones. Desde las más remotas civilizaciones, el papel de la sangre, en la muerte y en la curación, en las creencias y en el poder, toma un carácter preponderante. No en vano el corazón es el órgano más venerado a lo largo de la historia. Ahora bien, a pesar de los logros de antiguos pueblos, como los egipcios, si hablamos de disquisiciones teóricas y tratamientos empíricos, no tenemos más remedio que recalar en los griegos o, si se quiere, en la civilización grecorromana, de Hipócrates a Galeno. A partir de ellos la línea adquiere un contorno definido y lleva de Averroes y Avicena (la medicina árabe-musulmana) a Miguel Servet. Desde ahí desembocamos en la ciencia de la época moderna y los avances contemporáneos.

Quisiera destacar, no obstante, aunque no hago otra cosa que seguir el curso del libro, que todo paso adelante en la historia ha tenido su contrapartida en forma de negación o retroceso. La importancia de la sangre y, más en particular, el mejor conocimiento del cuerpo humano llevó o fue acompañado de una agresividad que se disfrazó de múltiples formas pero que implicaba siempre el derramamiento de sangre, fuera como tributo u ofrenda, como venganza o cualquier otra modalidad, siempre cruenta. Las propias religiones, del judaísmo a los aztecas, contemplaban el sacrificio como vehículo de lo sagrado. En definitiva, el denominador común, era que Dios o los dioses, más o menos inclementes, pedían siempre sangre humana. O, como en el cristianismo, el sacrificio que redime a la humanidad es el derramamiento de… ¡sangre divina!

"Para la mayoría, las heridas remiten a hechos accidentales o, lo que es peor, a crueles agresiones. La guerra sería la expresión suprema, la apoteosis, de esa tendencia: no hay acción humana más deletérea"

Al subrayar la trascendencia de la sangre, llamamos a las ideologías, que la integran e instrumentalizan en sus esquemas interpretativos. En el fondo, todo se reduce a “licencia para matar”. O, si no, al menos, pretextos o argumentos (más o menos espurios) para eliminar al adversario, al discrepante o tan solo al distinto. Desde la limpieza de sangre medieval a la pureza de sangre nacionalsocialista, a lo largo de todos los siglos de la historia humana, el rojo elemento que corre por nuestras venas se ha convertido en causa y consecuencia de las mayores atrocidades. Aunque en este caso puede afirmarse como contrapartida que la visión de la sangre en forma de testimonio ha contribuido también en el arte y en la cultura en general a la humanización de las actitudes. La sangre delata al criminal. La sangre no miente.

La sangre —la presencia cotidiana, cíclica, de sangre— diferencia a mujeres y hombres, pero también se constituye en referente universal si atendemos al concepto de herida, tan polisémico. Carne abierta, plasmación del dolor físico. Tan doliente que es expresión también de cualquier otro tipo de padecimiento colectivo: heridas (morales) abiertas o, como en el famoso título de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Para algunas minorías, esas heridas —y todo lo que conllevan— pueden ser excitantes, a menudo sexualmente. Para la mayoría, sin embargo, las heridas remiten a hechos accidentales o, lo que es peor, a crueles agresiones. La guerra sería la expresión suprema, la apoteosis, de esa tendencia: no hay acción humana más deletérea. No hay más urgente necesidad de sangre que en el transcurso de un conflicto bélico.

"Ahora que tanto hablamos de la inteligencia artificial y el desplazamiento del ser humano por esta, cabe preguntarnos cómo será un mundo dominado por las máquinas, esos seres que carecen de sangre"

En situaciones pacíficas, el valor de la sangre tiene otro sentido. Donaciones, transfusiones, investigaciones, hallazgos científicos, progresos de la medicina. Actividades y actitudes que desembocan en uno de nuestros más valiosos bienes, la solidaridad humana. No hay acción más solidaria que ofrecer la propia sangre para sanar o salvar a otro ser humano. Esas acciones humanitarias se perfilan así como la contrafigura del vampiro, uno de nuestros grandes mitos culturales. Drácula representa el mal precisamente porque su impulso —su sed de sangre— no es generoso, sino todo lo contrario.

Termina su dilatado periplo histórico Mar Gómez Glez con una reafirmación, una mirada esperanzadora y una nota de perplejidad. La primera, que la sangre «es la metáfora perfecta de la vida, y lo es, en parte, porque no es solo una metáfora». La segunda, la esperanza, porque cualquier mirada al pasado nos muestra que cualquier tiempo pretérito fue peor: «La historia de la humanidad es un reguero de sangre. Durante siglos, se derramaba a borbotones. La muerte estaba mucho más presente que ahora». Y, en fin, el desconcierto que conlleva la prospección: ahora que tanto hablamos de la inteligencia artificial y el desplazamiento del ser humano por esta, cabe preguntarnos cómo será un mundo dominado por las máquinas, esos seres que carecen de sangre.

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Autora: Mar Gómez Glez. Título: Sangre: Historia íntima y cultural de un fluir constante. Editorial: Ariel. Venta: Todos tus libros.

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