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Sansón

El sol amagaba con abandonar el barrio del Once, como en aquellas escenas bíblicas en las que su presencia o ausencia define la suerte de la batalla. Ezequiel, de once años, apuraba sus pasos en las últimas horas de luz: la peluquería cerraba a las siete. Aún oculta la primera estrella; tras el corte obligado del cabello, comenzaría el shabat.

En uso de su licencia escolar por pediculosis —primeros años 70 del siglo veinte—, se le prescribía el corte al ras antes de regresar a clase.

No le gustaba atravesar nuevamente el umbral de la peluquería de Jacinto. Había debido acudir en marzo, por orden de su padre; y en junio, también por piojos. Este noviembre era la tercera visita al patíbulo. Jacinto Benavidez era lo mejor de aquel purgatorio. El peluquero leía consistentemente Nippur de Lagash, Pepe Sánchez, Savarese. Las mismas historietas de editorial Columba, mayoritariamente guionadas por el improbable Robin Wood —guionista paraguayo, residente argentino—, en las cuales Ezequiel se sumergía, como bebiendo un antídoto contra el aburrimiento de las cosas. Mientras ejecutaban la pena del corte al ras, al menos podían departir como dos lectores avezados. Ambos habían frecuentado además, pero cada cual por su lado y por sus razones, los relatos del Antiguo Testamento.

En el intercambio único entre peluquero y cliente —el espejo en el que se reflejan los rostros, las voces que se cruzan en direcciones extrañas—, Jacinto percibió una tristeza nunca antes registrada.

—Pero qué le pasa a mi amigo— hizo su apertura el peluquero, atando al cuello la toga protectora, encima de la cual se le hacía justicia a la melena del implicado.

Ezequiel permaneció en silencio.

Jacinto arrancó el corte a máquina. Pero era tal el gesto de contrición, que incluso contra su voluntad el peluquero se detuvo. El condenado quedó en un limbo entre rapado al ras y flequillo del Club del Clan.

—Contame— insistió Jacinto.

—Eugenia, la que más me gusta. Dijo que si me vuelven a rapar, no me volverá a hablar— explicó Ezequiel.

Jacinto empuñó la tijera, aunque el resto del corte precisaba solo máquina.

—¿Conoces la historia de Sansón?

La pregunta era retórica, pero de todos modos Ezequiel acusó la ofensa. ¿Habría sido un ardid de Jacinto para mutar melancolía en iracundia?

—Enamoró y casó con enemiga —citó Ezequiel—. Era el hombre más fuerte del mundo, con cabellera hasta más allá de la cintura. Dalila, su esposa, quiso saber cuál era el secreto de su fuerza sobrehumana.

Con la tijera en ristre, como un director de orquesta, Jacinto lo invitó a seguir.

—Sansón argumentó que nunca lo habían atado con siete cuerdas de corteza fresca. Si así lo amarraran, sería tan débil como cualquier hombre.

Dalila se le ofreció, le dio de beber un vino narcotizado; y cuando más profundamente dormía, ocultando a los filisteos en el umbral externo de su vivienda, exclamó:

—Sansón… ¡filisteos sobre ti!

Pero el héroe hebreo despertó como si nada, y se deshizo con su extraordinario poder de las ataduras.

Dalila, lejos de amilanarse, le reprochó ser un mal marido. Tan amargo fue su llanto, que Sansón se resignó a otra coartada:

—Nunca me han atado con siete sogas vírgenes. Con siete sogas nunca antes utilizadas, seré como el más débil de los hombres.

Dalila repitió en todos sus puntos la artimaña, y Sansón el error: exponiendo su fortaleza.

A la tercera vez, ya fatigado de amar y negar, reveló la verdad:

—Nunca me han rapado hasta la raíz. El secreto de mi fuerza prodigiosa reside en el largo de mi cabello, que nunca ha sido cortado.

Esa misma noche Dalila yació con él, le dio de beber y lo narcotizó. Lo dejó calvo con una azada.

Sansón despertó amarrado por los filisteos. Lo llevaron al templo pagano. Le arrancaron los ojos, lo denigraron.

Durante las décadas de cautiverio, inadvertidamente recuperó el largo de su cabello. Ciego y humillado, derribó sobre sus enemigos las columnas del templo pagano, pereciendo con sus atormentadores.

Ezequiel concluyó el relato. La luz mortecina del atardecer señalaba el otro sillón, vacío; el cabello desparramado por el suelo de baldosas descoloridas, la navaja en el extremo del mostrador. Un espejo reflejaba ausencias.

—¿Por qué le dijo la verdad? —disipó el silencio Jacinto, y agregó:

—Sansón no era tonto. Por un prejuicio necio, subestimamos la capacidad intelectual de las personas físicamente poderosas. Pero en los episodios previos a su derrota conyugal, Sansón demuestra una inteligencia superlativa. Un alumno de quinto grado y un modesto peluquero descubrimos en las primeras líneas que Dalila pretendía traicionarlo. ¿Por qué entonces le dijo la verdad?

—Porque estaba enamorado —vio Ezequiel a su reflejo responder, sin pensarlo.

Jacinto asintió, y dejó la tijera por fin sobre la fórmica del anaquel.

—Era el amor su debilidad, no que le cortaran el cabello. Se había enamorado de una mujer que lo odiaba. Si entregas todo por amor, incluso tu identidad, perderás también el amor.

En ese momento, descubrieron la aparición de la primera estrella en el espejo. El cielo tornó de un celeste pálido a un azul entre oscuro y misterioso. Entró el padre de Ezequiel que, igual que Jacinto, terminaba ya aquella jornada laboral.

—Jacinto —dijo Ezequiel convencido—. Córteme el pelo.

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Este artículo fue publicado en el diario Clarín de Argentina

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