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Se oye hablar por primera vez de los robots

Se oye hablar por primera vez de los robots

Nunca se debe generalizar en nada. La observación y la experiencia nos demuestran que suele ser un error. Sin embargo, a grandes rasgos, y sin olvidar las excepciones que confirman la regla, sí que puede decirse que la ciencia ficción surgida al otro lado de lo que fue el Telón de Acero fue de mucha más hondura, de mayor gravedad, que la cultivada a este lado, en lo que Putin aún llama Occidente. Basta con comparar Solaris (1961), la novela original del polaco Stanisław Lem, con Cita con Rama (1972), del británico Arthur C. Clarke. Pese a ser uno de los más dotados representantes de la llamada “ciencia ficción dura”, precisamente por su gravedad, Clarke, frente a Lem, se antoja un mero creador de fantasías sobre una sólida base de conocimientos científicos. Lem, por el contrario, se nos presenta como un magnífico cultivador de la dicotomía entre el azar y lo inmutable. Pocos autores tan dotados como el de Solaris para mostrarnos una mentalidad alienígena. Lem puede llegar a antojarse un filósofo; Clarke, un fabulador magistral. Las dos son novelas excelsas, clásicos de la ciencia ficción. La calidad de la obra de uno no desmerece la del otro. Mas lo cierto es que Polaris parece invitar a una reflexión grave y profunda, en tanto que Cita con Rama nos procura una excelente distracción.

Mucho antes de que Winston Churchill popularizase el término “telón de acero” en un discurso pronunciado en Missouri, en marzo de 1946, en uno de los países que habrían de integrar ese bloque oriental de Europa sojuzgado por la tiranía comunista ya sobresalían autores excelsos que anticipaban la gravedad que habría de alcanzar la ciencia ficción bajo el infausto realismo socialista y la censura roja. “El hambre agudiza el ingenio”, reza el adagio. En 1921, el 25 de enero, el mismo año que el gran Yevgueni Zamiatin publicaba en la Unión Soviética Nosotros, en una Checoslovaquia aún libre del estalinismo, Karel Čapek, un autor profundamente apesadumbrado por la humanidad, que a juicio del escritor “se deja ilusionar por su poder aparente”, estrena en el Teatro Nacional de Praga una obra que marcará varios hitos, varios momentos estelares de la humanidad: R. U. R. (Rossumovi univerzální roboti) Robots Universales Rossum, sería la traducción—. Su asunto, definido por la crítica de la época como “un drama utópico”, se desarrollaba en tres actos con una pequeña comedia de introducción.

"Una escala de estos prodigios se remontaría hasta los autómatas; después vendrían los robots, que pueden tener cualquier forma; y por último los androides"

Pieza de anticipación donde las haya —incluso puede decirse que algunos de sus diálogos parecían presagiar ese duelo entre la inteligencia artificial y la biológica, por la que discurriría la ficción científica un siglo después—. La acción de R. U. R. (Rossumovi univerzální roboti) se desarrolla en una isla perteneciente a un tal Rossum —toda una alusión a rozum, “razón” en checo— y fue entonces y en aquel escenario donde los humanos escucharon por primera vez la palabra “robot”. El neologismo obedecía a una antigua voz checa —robota—, que designaba al trabajo esclavo, a los siervos de gleba. Rescatada por un hermano de Karel, Josef, que era poeta, fue todo un hallazgo, aunque, en aquellas primeras representaciones en Praga, el nuevo vocablo apenas llamó la atención. El año siguiente, con el estreno de R. U. R. (Rossumovi univerzální roboti) en Nueva York, las audiencias anglosajonas oyeron por primera vez la voz que, a partir de entonces, daría nombre a las máquinas, o ingenios mecánicos, capaces de coger objetos y llevar a cabo acciones a imitación de un ser animado.

Pero lo cierto es que, más que robots, los que presenta Karel Čapek son androides —es decir, ingenios con apariencia y comportamientos humanos, masculinos— y ginoides —la versión femenina de los androides—. Una escala de estos prodigios se remontaría hasta los autómatas —reliquias mecánicas rudimentarias—; después vendrían los robots, que pueden tener cualquier forma; y por último los androides, creaciones humanas que, como una constante argumental de la ciencia ficción actual, aguardan el momento oportuno para desplazarnos en el dominio del mundo.

"Un hito que también fue el pórtico a la gloriosa irrupción de la ciencia ficción en la televisión británica, antena que en 1950 emitiría en directo una celebradísima versión de 1984 con realización de Rudolph Cartier"

Y en efecto, según lo entendemos ahora, los mal llamados robots que se encuentra la activista Helen Glory al arribar a la isla en la que se alza la factoría Rossum son seres biológicos artificiales, diseñados sin emociones y concebidos como mano de obra barata y obediente al servicio de gobiernos y empresas. A medida que se fabrican en masa y sustituyen a casi todos los trabajadores humanos, la sociedad se vuelve totalmente dependiente de ellos y pierde el sentido del trabajo y de la responsabilidad.

Así las cosas, la rebelión de las máquinas no tarda en producirse y la humanidad parece condenada al holocausto. Hasta que Helen Glory y su marido —se ha casado con Alquist, un ingeniero de la Rossum— deciden crear una pareja de androides capaces de amar.

Este somero apunte de las líneas argumentales del drama de Karel Čapek nos da una buena idea de su presagio de varias de las constantes de la ciencia ficción de nuestros días. Pero lo que hoy conmemoramos es la primera emisión de la obra en un espacio dramático de la BBC. Puesta en marcha un día como hoy por la cadena pública británica, el 11 de enero de 1938, entonces sí que la palabra “robot” pasó a engrosar la lengua inglesa. Un hito que también fue el pórtico a la gloriosa irrupción de la ciencia ficción en la televisión británica, antena que en 1950 emitiría en directo una celebradísima versión de 1984 con realización de Rudolph Cartier. Tres años después llegó El experimento del doctor Quatermass, un serial de Nigel Kneale que marcaría un antes y un después en las dos pantallas del fantastique británico. Aquella emisión, de un día de hace 88 años, un día como hoy fue grande porque en las ondas catódicas se oyó hablar por primera vez de los robots.

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Paco
Paco
5 horas hace

Lectura ineludible, sin duda. Y si la acompañamos con La guerra de las salamandras, del mismo autor, tendremos un completo catálogo de lo que entonces ya eran miedos y advertencias, y hoy terrible angustia y certidumbre