Medio año ha pasado desde que empecé estas Crónicas desde El Cabo y en ese periodo de tiempo mucho ha cambiado el mundo, aunque las cosas en La Casita permanecen prácticamente iguales, para mi pesar. Lo que más me duele es no haber cambiado aún el tejado, que hace aguas por todas partes, sobre todo después de un invierno pródigo en borrascas que han terminado de pudrir las ya carcomidas vigas.
A veces me quedo mirando esta pequeña casa que no llega a los 20 metros cuadrados, pero que gracias al altillo construido por el carpintero local es un derroche de ingenio, orden y diseño. En cualquier gran ciudad la llamarían, sin rubor alguno, «minipiso» o incluso «tiny house», que en inglés todo suena más bonito, y la alquilarían por un pastizal. Ni siquiera hace falta que sea una gran ciudad: encontrar una habitación por menos de 300 euros empieza a ser misión imposible incluso en Lavadejos del Cencerro, siempre que Lavadejos quede a menos de media hora de la urbe más cercana.
Como les decía, llevo cuatro años reuniendo el dinero para cambiar el tejado y, ya de paso, elevar un poco —dentro de lo permitido por la ley— la altura de la vivienda principal. Con lo que no contaba cuando me embarqué en esta aventura era, primero, con la guerra de Ucrania y, segundo, con el conflicto de Oriente Medio. Debido a lo primero los precios subieron tanto que casi se duplicaron, o más bien sin el casi. Pero pasó el tiempo y ahora que por fin me había decidido a empezar las obras, Trump asoma el hocico poniéndolo todo patas arriba. Nada me pilla de nuevas así que asumo que toca de nuevo recalcular cuánto costará todo el despropósito que estamos viviendo. No miento cuando digo que más de una vez he pensado en tirar la toalla: poner el cartel de “En venta” y que otro se haga cargo de la tarea. Normalmente se me pasa cuando llevo un rato sentada bajo el roble escuchando a los pájaros, o trajinando en la huerta.
No todo el problema radica en la demencial escalada de precios; otro gran impedimento es la escasez de mano de obra cualificada. Hoy en día, quien tiene un albañil competente —o un carpintero, o un fontanero— tiene un tesoro. Ya no importa cuánto tengas que pagar, lo peor es que sus listas de espera son tan largas que cualquier obra se eterniza. Para poder construir el altillo (del cual quedé sumamente satisfecha, también debo reconocerlo), hube de esperar nada menos que seis meses. A veces cuando consigo que después de mucho lamentarme vengan a hacer algún trabajo, me entran ganas de secuestrar al obrero en cuestión.
Cualquier día saldré en la TeleGaita, en el informativo del mediodía, por haber retenido contra su voluntad a algún albañil para que me termine un muro. No se preocupen: prometo tratarle a cuerpo de rey mientras va haciendo la obra. Es triste tener que secuestrar, pero más triste es que al secuestrado no le entren ganas de quedarse cuando acabe el trabajo. Yo aspiro a que mis rehenes sufran un síndrome de Estocolmo tan fuerte que no quieran marcharse.
Lo que más rabia me da es asomarme a Instagram: ver a esforzados influencers que, en un abrir y cerrar de ojos, renuevan una casa de campo de trescientos años con un poco de yeso, paja y un pegote de barro. Todos son como MacGyver; todos saben hacerlo todo, aunque hasta anteayer —como la que esto escribe— vivían pegados a un portátil y lo más cerca que habían estado de una vaca era en el dibujo de un cartón de leche. Pero oye, ahora te reforman una vivienda en quince días como si fueran maestros albañiles y canteros a la vez.
Imagino que el resultado será parecido al de las reformas de los programas de decoración americanos: reformas exprés con azulejos metro que se descascarillan fácil, suelos vinílicos que se despegan a los tres meses y muebles baratos que en cuanto les das un poco de uso amenazan con descuajeringarse. Pero eso sí… ¡cómo lucen en pantalla!
Instagram, TikTok, las redes en general, son un hermoso escaparate de mentiras. Tengo la sensación de que la vida real se ha contaminado tanto de esta visión sesgada que cada vez más personas ya no quieren vivir sin filtros. Que prefieren el atrezzo a la realidad desnuda. Por eso es tan necesaria la inmediatez, el pasar de un momento a otro sin parase a analizar, no cuestionarse ni cuál es el valor de las cosas. En un tiempo en el que todos buscan ser protagonistas, es paradójico que todos acabemos siendo simples figurantes.
Por eso cuando me asomo a la puerta del establo reconvertido y miro hacia La Casita, medio derruida pero todavía en pie, recuerdo por qué sigo aquí. Porque, a diferencia de las redes, este lugar no pretende engañar a nadie. La madera cruje, las vigas se quejan y el tejado amenaza con desplomarse, sí, pero todo es real. Más de 150 años después de haber sido construida sigue en pie. Y cuando yo ya no esté, aquí seguirá. Quizá por eso, pese a los precios, las guerras y la falta de albañiles, sigo empeñada en devolverle la vida. Tener algo auténtico —aunque esté lleno de goteras— es un lujo que no pienso abandonar.


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