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Sed de expresión (Esta noche a las once en el Manuela)

Sed de expresión (Esta noche a las once en el Manuela)

Ilustración de Alexandra Pociello.

La literatura es ante todo sed de expresión, repetía con frecuencia Carmen Martín Gaite. Algo que tienes ahí y quieres y sientes la necesidad de compartir con los demás, que a la vez suelen tener también una gran sed y necesidad de expresión. Callamos demasiado…

Y hablando, querida Carmiña, de otro tipo de sed, la verdad es que desconozco si el Café Manuela estará abierto estos días, esta noche sin ir más lejos. Verás, te soy sincero, no es que haya abandonado ya las buenas costumbres, es que aún no me he acercado en las últimas semanas a Malasaña. Vivimos una época muy difícil de explicar, no entenderías nada. Digamos que ha ocurrido un cataclismo en la ciudad que tanto amaste y nos enseñaste a amar en los años 80, o a finales de los setenta, qué más da; confundo ya los idus y venidas, las idas y los vinos de aquellas fechas que hoy entreveo en la distancia como una sola, fundacional, inolvidable noche de duración infinita.

"Y a los mandos sin mando alguno de tanto bendito desvarío, no daba crédito, el inenarrable Chicho Sánchez Ferlosio, del que tanto había oído hablar, y la famosa y mítica narradora Carmen Martín Gaite, a la que creía habitante del Olimpo literario"

Y en mitad de la niebla torpe de la memoria, el azar me ha citado de nuevo contigo al recordarme alguien que fue hace veinte años cuando nos dejaste; precisamente uno de estos días de canícula en los que ahora nos empujan las crónicas hacia una Nueva Normalidad, dicen, que consiste, entre otras cosas —ya te había advertido que no ibas a entender nada—, en comprobar si tal o cual lugar de encuentro ha reabierto, o sigue cerrado a cal y espanto tras el paso de la pandemia. Me acercaré el próximo día 23 a comprobarlo.

Porque fue ese día de julio cuando arrojaste al fin la toalla y dejaste mudo el local donde muchos años antes, y sin saber muy bien dónde entraba, me dispuse a abrevar en absenta mi penúltimo descarrío y caí rendido de pronto ante una actuación, recital, concierto o desconcierto despojado de toda aureola, libertario y cabal a la vez, desobediente, indomable, absolutamente insospechado. Dos hermanos de tinta unidos en el bendito ejercicio de subvertir las reglas y ponerle mala letra a lo que, por entonces, recién comenzada aún la democracia, empezó a llamarse expectativas no cumplidas, desencanto. Y a los mandos sin mando alguno de tanto bendito desvarío, no daba crédito, el inenarrable Chicho Sánchez Ferlosio, del que tanto había oído hablar, y la famosa y mítica narradora Carmen Martín Gaite, a la que creía habitante del Olimpo literario, inaccesible, por tanto. Gafas y boina, boina y gafas para sumar un dueto icónico de auténticos titanes alzados para mi asombro juvenil en atril incendiario, alumbrando la madrugada en una especie de disparatada zarabanda incansable; la quilla de un barco ebrio remando al alimón, salpicando, azuzando mandobles y revueltas a diestro y siniestro, sin dejar títere con cabeza, mientras con cada nueva estrofa echaban madera y más madera a la caldera del ambiente en la antigua carpintería de barrio sobre la que emergió un buen día, convertido en bar de copas, el café Manuela.

"Comunicación con el otro, oídos para el otro, reflexión junto al otro; gentes de paso por el local, o contertulios habituales, que venía a ser lo mismo, porque cada noche allí empezaba la vida de nuevo"

Música de jazz, veladores de mármol, percheros de cerezo por donde ascendían bocanadas de humo como serpientes enroscadas, y espejos para ensanchar, poner en solfa y aguar finalmente en cubitos de hielo, blancos como la cal, las ideas más agudas, osadas, quijotescas, ácratas, brillantes; las más visionarias también, como aquel fascinante manifiesto de la Comuna antinacionalista zamorana llegado de París años atrás, vía Agustín García Calvo, y que aún corría de mesa en mesa en edición ciclostil. Años en los que todo era posible, como escuchar discutir después del recital, en tertulia acalorada, a aquella mujer de verbo fácil, frente sufrida y risa sana, reconocida ya a esas alturas como una de las autoras más leídas y celebradas del país, y encaramada sin embargo unos segundos antes a un micrófono sin atril, sin caché, sin luminaria alguna, a cara descubierta, porque le daba la gana, porque tenía sed de expresión, porque le apetecía proclamar a los cuatro vientos lo que ella, como buena castellana nacida a las orillas del Tormes, llamaba todavía y a esas alturas de vida las verdades del barquero.

Y sus verdades eran la mayoría de las veces mayéutica en estado puro, auténticos vasos comunicantes. Comunicación con el otro, oídos para el otro, reflexión junto al otro; gentes de paso por el local, o contertulios habituales, que venía a ser lo mismo, porque cada noche allí empezaba la vida de nuevo, todo era nuevo, como si no hubiera habido jamás un antes. El estupor o la lección aprendida para siempre, por ejemplo, al escucharla una noche decirle a su adversario tras una acalorada discusión… “Oye, ¿pues sabes lo que te digo?, que tienes razón”. Y eso yo sólo se lo he escuchado en directo a ella, y a otro de los grandes, Luis Eduardo Aute. Gestos raros. Seres raros. Chica rara…

Que eso precisamente le habían llamado siempre a Carmen Marín Gaite, y ya desde muy joven, como llamaban en este país a mediados del siglo pasado a las jóvenes que estudiaban carrera universitaria, a las mujeres que leían, a las mujeres que escribían, a las mujeres que escribebían, a las mujeres que alzaban la voz o intentaban al menos simplemente tenerla; a las mujeres, en definitiva, como ella, que al recibir, embebida de felicidad y con apenas treinta años, el premio Nadal en 1957 por la novela Entre visillos, tuvo de nuevo sed de expresión ante la pacata y alicorta sociedad y autoridades de la época, y, tras pronunciar las convencionales palabras de agradecimiento, se dejó de más monsergas y ceremonias al uso, y espetó su desbordante alegría con un vibrante “y ahora me voy a emborrachar…”. Y esas cosas no se decían entonces sin caer en sospecha: Chica mala…

Pues eso, Carmen, Carmiña, Carmen Martín Gaite, esta noche en el Manuela, esté o no esté abierto, a eso de las once, o cuando te venga en gana. Tú misma. Ya te he dicho lo extrañas que están por aquí las cosas. Quizás por eso ahora más que nunca me gustaría verte, me gustaría escucharte. Me gustaría olvidarme un poco de todo esto.

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El 23 de julio de 2000 fallecía la escritora salmantina Carmen Martín Gaite, una de las figuras más importantes de las letras españolas del siglo XX. Premio Nadal, Nacional de Literatura (1978 y 1994), Anagrama de Ensayo, recibió, entre muchos más, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1988.

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