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Segundones, de José María Merino

Catorce relevantes escritores se han unido en Las luces de la memoria. Relatos de España en la historia de Europa, libro gratuito de Zenda patrocinado por Iberdrola. En «Segundones», José María Merino rescata los Decreta, el testimonio más antiguo del sistema parlamentario europeo.

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Para la asociación Amigos de los Decreta

Había pasado media mañana desde que dejamos el burgo cuando apareció la partida almohade. Eran cinco, tantos como nosotros, pero iban todos a caballo, y demasiado bien armados como para ofrecerles resistencia.

El que los conducía, embozado —lo que a mí me extrañó—, habló con Pedro apartado de todos. Luego, Pedro me hizo una señal para que me acercase.

—Vienen a raptar al obispo —me dijo—. Se lo van a llevar, con su auxiliar y el siervo —añadió—, y yo creo que no debemos intentar impedirlo, porque no saldríamos con vida.

 

Era un tiempo en el que aquellos secuestros no eran raros, y suponían por lo general un copioso beneficio para los malhechores.

En este caso, de todos nosotros —el obispo, su auxiliar, el criado de ambos, Pedro y yo— el único que iba armado, como guarda del grupo, era Pedro, pero los cinco almohades llevaban demasiados pertrechos dañinos como para enfrentarnos a ellos, de modo que no tuvimos más remedio que aceptar lo que sucedió. Y se llevaron al obispo, al auxiliar episcopal y al criado, con sus dos caballos y las tres mulas.

Antes de irse con ellos, el obispo quiso hablar conmigo y me dio los escritos que llevaba su auxiliar en la bolsa. —Entrega todo esto de mi parte a nuestro reverendísimo arzobispo, pues aunque ya lo conoce, es lo que yo le iba a mostrar a Su Santidad —me dijo—. Y que Dios Nuestro Señor nos ayude a todos —añadió, bendiciéndonos.

Había pasado alrededor de una semana desde que salimos de León, y no tuve duda de que aquellos almohades estaban bien informados de nuestro viaje.

"Ni Pedro ni yo nos conocíamos, porque él provenía de la montaña de Riaño y yo de El Bierzo, pero ambos somos segundones de familias destacadas"

El destino era Roma, donde el obispo iba a encontrarse con el papa Urbano, para informarle de algo que nuestras potestades eclesiásticas consideraban, al parecer, muy importante.

Para acompañar al obispo durante el viaje, nos habían escogido a mí y a Pedro, ambos segundones de buenas familias, a mí por mi buen conocimiento de la lengua latina —mi dominio del latín hacía que fuese la segunda vez que viajaba a Roma acompañando a una autoridad de la Iglesia— y a Pedro por su oficio de buen guerrero, acreditado en varios encuentros bélicos contra los portugueses y los castellanos.

Ni Pedro ni yo nos conocíamos, porque él provenía de la montaña de Riaño y yo de El Bierzo, pero ambos somos segundones de familias destacadas. Yo me había inclinado por la vida monacal, como benedictino, siguiendo mi gusto por la soledad y la lectura, pero entonces, aunque rondaba los treinta, era todavía novicio. Pedro había optado por la vida de las armas y ya estaba muy bien entrenado, como he dicho.

 

Durante el viaje, cada uno de los viajeros a lomos de su respectiva montura, se estableció cierta natural comunicación: delante, a caballo, íbamos Pedro y yo; nos seguían el obispo y su auxiliar, también a caballo, y cerraba el grupo Nico, el criado, montado en una mula y conduciendo otras dos cargadas con la ropa y el material para los almuerzos.

Recorríamos cada día, sobre todo al trote, entre cinco y seis leguas, almorzábamos lo que el criado del obispo nos preparaba en un sitio adecuado, y cenábamos y dormíamos en algún convento, monasterio o residencia eclesiástica que el obispo tenía previsto en numerosos puntos del recorrido —su auxiliar me mostró el meticuloso mapa—, que hasta Logroño se ajustaría al Camino de Santiago y luego seguiría la orilla del río Ebro para llegar a Zaragoza, y desde allí dirigirnos a Barcelona, el principal puerto de la Corona de Aragón, para embarcar en la nave que debería conducirnos a Roma.

Hasta Barcelona, el viaje duraría algo más de un mes, y luego, navegando, yo había tardado dos semanas en llegar a Roma, la otra vez que fui. Muy mareado, por cierto…

 

A veces el trote se sustituía por el paso y, como en otros momentos del descanso nocturno, Pedro y yo charlábamos, lo que fue estableciendo entre nosotros una amistosa relación que fortalecía nuestra concordancia en muchos aspectos.

Como él tenía muy buenos contactos en la Corte, me reveló cosas que no me podía imaginar. Por ejemplo, que ese viaje nuestro debía de estar conectado con alguna operación por parte de la Iglesia, manipulada también por los portugueses y los castellanos, contra Fernando, el rey de León.

Aquello fue el inicio de nuestra intimidad. Me lo quedé mirando con toda la extrañeza imaginable.

—Pero ¿qué me dices? ¿Cómo es posible eso?

"Le pregunté entonces si creía que estábamos enredados en alguna conjura contra nuestro reino"

—¿Por qué te crees que el Papa anuló el matrimonio entre nuestro buen rey Fernando y doña Urraca, diez años después de consumado, aduciendo extremada relación de parentesco, y cuando ya está claro quién debería ser el natural sucesor y nuevo rey, don Alfonso, el hijo de don Fernando y doña Urraca, que ya tiene quince años? ¡Esa anulación matrimonial puede servir precisamente para buscar un sucesor distinto, que le caiga bien al papado, a los portugueses, a los castellanos, y hasta a los ingleses, que algo tienen que ver en el asunto!

Le pregunté entonces si creía que estábamos enredados en alguna conjura contra nuestro reino, y su mirada y su respuesta no ofrecieron duda ninguna:

—¡Naturalmente! ¡Las guerras con Castilla y Portugal no han sido casuales! ¡Y en esto de ir a ver al Papa seguro que se esconde alguna artimaña!

 

La tercera noche —como era primavera, el tiempo estaba suave, y todavía no habíamos tenido ninguna lluvia, contra lo que afirmaban las cabañuelas— salimos a dar un paseo Pedro y yo antes de acostarnos.

Estábamos en un monasterio de Lacóbriga —la hispana «ciudad de los condes»—, y Pedro se mostraba muy interesado en hablarme. A lo largo del día había ido conversando con el obispo auxiliar —yo lo hice con don Romualdo, el obispo, pero solo tratamos de asuntos piadosos— y Pedro se enteró de que, al parecer, el rey Fernando estaba preparando, con mucho secreto y con su gente más cercana —incluido su jovencísimo hijo Alfonso— una legislación en la que se daría capacidad para tomar las decisiones de poder importantes, junto al rey, no solo a la Iglesia y a los nobles, sino también al pueblo llano.

Pedro me dijo, bastante molesto:

—El obispo auxiliar me lo contaba con aire crítico, disgustado, como si la entrada del pueblo llano en la curia fuese algo reprobable. Yo argumenté que, en León, ya la tradición de los concejos da capacidad para participar en la toma de decisiones a todos los vecinos… Me miró con sorpresa, como si yo fuese un bicho raro, y añadí que no tiene que parecer absurdo que esa costumbre de la comunidad, ese uso ancestral, pase a formar parte de las leyes más importantes de nuestro reino. ¿Cómo lo ves tú?

—Creo que tienes toda la razón —repuse—. Es como las facenderas, los trabajos en que todos los vecinos colaboran, porque en definitiva el resultado afecta al pueblo entero…

Pedro continuaba mirándome con la misma actitud enojada.

—Eso mismo le dije yo ¿y sabes qué me contestó ese nefasto obispo auxiliar?

Me lo quedé mirando muy interesado.

"Fue el cuarto día, en un monasterio perdido en medio del camino, cuando nos encontramos con una persona que, al parecer, tenía muy buena relación con Pedro"

—¡Que dejar intervenir a la plebe en decisiones como declarar la guerra o acordar la paz es darle una capacidad desproporcionada, irreverente, sacrílega! ¡Sacrílega, dijo, nada menos!

Quedó luego en silencio, mirándome con fijeza antes de continuar hablando:

—Al parecer, el obispo y él opinan lo mismo, y van a Roma para informar de esos proyectos de normas y otros que no conozco, que el rey Fernando prepara con su hijo… e impedir que se cumplan. Ya lo verás.

—¿Y qué podemos hacer para que no lo logren?

—Habrá que pensarlo. Pero no podemos consentir que, del mismo modo que anularon el matrimonio de don Fernando y doña Urraca, intenten eliminar los proyectos propicios para nuestra comunidad, y acaso quitarle a su hijo Alfonso el derecho a la sucesión de la corona…

 

Fue el cuarto día, en un monasterio perdido en medio del camino, cuando nos encontramos con una persona que, al parecer, tenía muy buena relación con Pedro. Presentaba todo el aspecto físico de ser moro, y lo era, según me contó Pedro, mas había renegado de su fe y no solo se había hecho cristiano, sino que participaba con las tropas leonesas en los combates contra castellanos, portugueses y hasta moros… Porque entonces, como ahora, del mismo modo que algún cristiano se hacía moro —los muladíes, los elches…— también había moros que se acristianaban…

—Es uno de nuestros guerreros, un almohade convertido a nuestra fe. Se llama Yussuf, José… Voy a charlar con él un rato…

No sabía si decirlo, pero lo diré. Cuando vi al almohade embozado que dirigía la partida que secuestró al obispo, yo había pensado en el tal Yussuf, pero no le dije nada a Pedro ni siquiera cuando pasó el tiempo, tal y como se fueron desarrollando las cosas.

 

Lo primero que hicimos fue regresar a León e informar del secuestro al arzobispado y a la corona. Al parecer, durante los días de nuestra vuelta ya había habido noticias del asunto, y se estaba comenzando a negociar el pago que los almohades demandaban por la devolución del obispo, del auxiliar y del criado.

—Irá para largo, pero si hay pago los devolverán sanos y salvos. Y el viaje a Roma del obispo se habrá malogrado…

Había en la actitud de Pedro una evidente satisfacción, y entonces comprendí perfectamente lo que había tras el secuestro llevado a cabo por la partida de almohades, aunque sin duda el encuentro con Yussuf había sido pura casualidad, pues al parecer estaba trabajando para unos condes palentinos…

 

Debo decir que, antes de entregar al arzobispo los documentos que el obispo me había dado para él, me los leí cuidadosamente, descubriendo que el rey don Fernando y la reina doña Urraca —hija del rey Alfonso de Portugal y de su esposa Mafalda de Saboya— eran ambos bisnietos del rey de Navarra Sancho Garcés, o sea, primos segundos, y eso había sido el pretexto para la tardía anulación papal de su matrimonio, pero encontrando muchas noticias más, que confirmaban las confidencias del obispo auxiliar a Pedro, como las segundas nupcias del rey don Fernando con doña Teresa Fernández de Traba primero, y con doña Urraca López de Haro después, y numerosas alusiones a los enfrentamientos leoneses con portugueses y castellanos –citando al pormenor la toma de Coyanza por los castellanos, por ejemplo—…

"No habían transcurrido ni seis meses cuando se pagó el precio por la entrega del obispo raptado, que ya no planteó ningún nuevo viaje a Roma"

Sin embargo, lo que me sorprendió especialmente fue un largo manuscrito en el que, al parecer, se reproducían documentos que el rey estaba preparando, con su jovencísimo sucesor y asesores muy cercanos, para su conversión en ley, y en los que, entre otras cosas, se prohibía a quien poseyese bienes por los que pagaba tributo al rey, que los entregase a algún establecimiento eclesiástico, o se organizaba meticulosamente la actuación de las autoridades judiciales, o se ordenaba que nadie, ni siquiera la autoridad real, pudiese entrar por la fuerza en casa de alguien o hiciese daño en ella o en sus bienes, so pena de fuerte castigo económico…

Pero lo que más me impresionó de todo el manuscrito fue la idea de que, entre los que tomasen las decisiones importantes con el rey, se incluyesen, con los nobles y los eclesiásticos, los representantes del pueblo llano.

El caso es que, a partir de entonces, las cosas fueron desarrollándose de una manera muy peculiar. No habían transcurrido ni seis meses cuando se pagó el precio por la entrega del obispo raptado, que ya no planteó ningún nuevo viaje a Roma.

Pero a principios del año siguiente, 1188, con cincuenta y un años y sin que nadie diese explicaciones de tan temprana muerte, el rey Fernando falleció en Benavente y le sucedió su hijo Alfonso, que solamente tenía dieciséis años, aunque animada por los portugueses y los castellanos, su madrastra Urraca López de Haro, tercera esposa del rey Fernando, quería que su hijo Sancho fuera el verdadero heredero…

Menos mal que los leoneses no apoyaron la propuesta, y que el nuevo y jovencísimo rey organizó muy pronto en León, en el mismo año y poco después de la muerte de su padre, una Curia Regia, que se celebró en la basílica de San Isidoro, en la que estuvieron presentes representantes de la nobleza, del clero y de las clases populares procedentes de Asturias, Extremadura y León —tanto la capital como Zamora y Salamanca— y en la que se aprobaron los llamados Decreta, en los que se incluyen muchas de las ideas que estaban en los documentos que el obispo quería mostrar al Papa, y que son el mayor orgullo de mi condición de leonés.

 

Han ido pasando los años y he visto cómo los papas Celestino III e Inocencio III han excomulgado al rey Alfonso, contra el que ambos han mostrado especial animadversión, una por un matrimonio que duró tres años y que los eclesiásticos tildaron de incestuoso, y otra por un pacto de paz con los almohades, que con los castellanos y los portugueses quieren quedarse también con León.

Todavía tengo muy vivo en mi recuerdo lo que hablamos Pedro y yo cuando nos llegaron las maledicencias castellanas y portuguesas por la negativa de nuestro rey a enviar su ejército a la batalla de Las Navas de Tolosa.

"¿Cómo puede haber tanto cinismo, tanta infamia? Tenemos más de una docena de fortalezas amenazadas por tropas castellanas"

—Cobarde, traidor, lo llaman —decía Pedro—. ¿Cómo puede haber tanto cinismo, tanta infamia? Tenemos más de una docena de fortalezas amenazadas por tropas castellanas ¿e íbamos a enviar al ejército de la Corona tantas leguas lejos, y facilitar que nuestros malditos vecinos nos conquistasen?

Yo también lo tenía claro:

—De haber estado ausentes los ejércitos leoneses para participar en esa batalla de las Navas, el rey castellano se hubiera quedado con nuestra tierra…

—Además, no es cierto que nosotros no estuviésemos presentes. Con autorización del rey, todos los señores leoneses que conozco han enviado tropas con buenos guerreros, y muchos han ido también ellos mismos —añadió Pedro.

 

Y debo explicar por qué, pasados los años, vivo lejos del convento en que residía entonces. Con el tiempo, el hermano mayor de mi amigo Pedro falleció de repente sin dejar viuda ni hijos, Pedro ocupó naturalmente el mayorazgo, y como el hermoso castillo que le pertenece tiene una capilla, me propuso a mí ocuparme de ella, a lo que accedieron mis superiores, porque así ayudaría también en las actividades de esta parroquia, como vengo haciendo.

"Nuestro gran rey Alfonso, al que llaman noveno cuando tendría que ser octavo creó con los Decreta una legislación que no existe en ningún otro lugar del mundo"

Desde entonces, la cercanía de Pedro me hizo vivir con natural inmediatez todos los sucesos de nuestro reino: desde la invasión de León por el rey Sancho de Portugal, a las conquistas a los moros de Cáceres, de Mérida, de Badajoz… por nuestro rey Alfonso, y las negociaciones con aragoneses y navarros para establecer una liga que protegiese a León de las insidias castellanas, hasta los fueros concedidos a numerosas ciudades y las continuas repoblaciones de territorios que ese gran rey ha favorecido, o su creación del Estudio General de Salamanca y de la catedral de Santiago.

Ya tengo demasiados años y he visto muchas cosas, pues mi conocimiento de la lengua latina motivó que haya colaborado con otros latinistas para traducir antiguos documentos en varios monasterios benedictinos franceses, italianos, germanos… pero hay algo que no he encontrado en ninguno de esos países: leyes similares a esos Decreta de los que he hablado, que el rey Alfonso implantó.

 

Nuestro gran rey Alfonso, al que llaman noveno cuando tendría que ser octavo —pero así han titulado a su primo Alfonso, que en realidad es el primero de Castilla— creó con los Decreta una legislación que no existe en ningún otro lugar del mundo.

Achacoso e incapaz de tantas cosas, paso mucho tiempo en la cama, esperando el final, pero me conozco los Decreta de memoria, como tantas oraciones, proverbios y textos sagrados y clásicos y, antes de dormir, me gusta terminar mis rezos recitando en voz alta el cuarto de ellos, jugando a que soy el rey Alfonso:

Prometí asimismo que no haré guerra, ni paz, ni pacto, a no ser con la opinión de los obispos, nobles y hombres buenos del pueblo, por cuyo consejo debo regirme.

No puedo imaginar qué será de León, y si al final Castilla se apoderará de nosotros. Seguro que nos debilitará lo más posible, e intentará borrarnos de la Historia…

¿Pasaremos a segundones? Y si fuese así ¿sería suficientemente conocido el caso? Porque tampoco puedo olvidar aquello que dijo Marco Tulio Cicerón:

Veritas vel mendacio corrumpitur, vel silentio
La verdad se corrompe tanto con la mentira
como con el silencio

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Autor: VV.AA. TítuloLas luces de la memoria. Relatos de España en la historia de EuropaEditorial: Zenda. Disponible enKobo y Fnac

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