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Selección de relatos del primer Concurso juvenil de historias

Selección de relatos del primer Concurso juvenil de historias

Casi 700 relatos han participado en la primera edición del concurso juvenil de historias #historiasdejóvenes, dotado con 3.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Este certamen literario, en el que podían presentarse jóvenes autores nacidos entre 2003 y 2007, era de temática libre, comenzó el 1 de diciembre y terminó el 31 de diciembre del 2020.

El jurado está formado por los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

A continuación reproducimos la selección de las 30 historias que optan a los premios. El martes 12 de enero de 2021 se difundirán los nombres del ganador del primer premio y de los cinco ganadores del segundo premio.

1

Título: 03:52

Autor: Martina Villate Martínez

Centro docente: Kirikiño Ikastola. Bilbao

Despierto sudorosa y agarro el teléfono. Todavía es de noche y sé que él estará dormido. 

Conteniendo la respiración, espero hasta que contesta al móvil.

—¿Sí? —suena adormilado. Mi llamada lo ha despertado.

—¿Estás bien? —mis palabras se escuchan quebradizas, inseguras.

—Sí. ¿Lo estás tú? ¿Por qué llamas a estas horas?

Si lo explico en voz alta, sonará estúpido. Pero le he despertado y merece saber.

—He tenido una pesadilla.

—¿Una pesadilla…?

—Sí… he soñado que desaparecías.

El silencio se extiende al otro lado de la línea.

—Lo siento. No quería despertarte, pero parecía tan real… Alguien te llevaba y nadie volvía a saber más de ti. Yo te buscaba… —continúo.

—Un segundo —me corta—. Me parece haber oído algo. Ahora vuelvo.

Los pelos de la nuca se me erizan y, de repente, mi corazón empieza a latir tan rápido que parece que se me va a salir del pecho.

—¡Espera! ¡No te vayas!

Grito su nombre hasta quedarme sin voz, pero no obtengo respuesta. El móvil se me cae de la mano y empiezo a llorar.

—Así es como empezaba mi pesadilla…

2

Título: El monstruo de papel

Autor: Sara Moro Méndez

Centro docente: Colegio Inmaculada de Gijón

Su mirada se cruzó con el monstruo de papel. Dudando, agarró su bolígrafo y miró desafiante al folio en blanco. Un mundo de posibilidades se abría ante él. Miró por la ventana y pensó que podía escribir sobre el cielo, tan inmenso que la vida se siente insignificante en comparación. Le relaja pensar que cuando él muera sus errores serán olvidados como las estrellas cuando su luz se desvanece. Pero aquello era tan deprimente. Debería escribir sobre algo más alegre, tal vez una historia de amor. Quizá el amor era su musa, quizás el arte se ha convertido en persona y algún día llegará y calmará sus males. Pero ¿quién era ella? Tal vez podría encontrarla en la cafetería de al lado mañana, o tal vez los presente un amigo en común en unos años. ¿Y si ya la ha conocido? La posibilidad de que ella haya pasado por su vida y él no se haya dado cuenta le aterra. No quiere pensar en eso. Frustrado, tira el bolígrafo al suelo. De nuevo mira con furia al papel. Podía escribir sobre la ira que le aplasta el pecho y le hace morderse el labio hasta sangrar cada vez que ve ese maldito folio en blanco, sobre el tiempo y cómo se le escapaba entre los dedos cada día que pasaba sin ninguna palabra escrita. Sobre cómo arruga la piel como él arruga sus intentos de obra maestra que al fin y al cabo son solo tachones. Podía escribir sobre tantas cosas, su cerebro era un huracán de pensamientos, avivado por el deseo de crear algo desesperadamente. Pero las ideas se iban tan rápido como hojas en el viento y no le daba tiempo a alcanzarlas .Su mente está como ese papel, en blanco. Teme descubrir que su vida es como esa hoja, vacía. ¿Y si escribe sobre los sentimientos que lleva en lo más profundo de su alma y descubre que solo son palabras huecas? El bolígrafo no se puede borrar y solo le queda una hoja. Respira hondo y se arma de valor, recoge su bolígrafo del suelo y escribe: «Su mirada se cruzó con el monstruo de papel».

3

Título: Mil años

Autor: Alejandro Gómez 

Centro docente: Colegio Internacional Torrequebrada

Un niño. Tan solo era un niño. Pelo pajizo, ojos verdes y una piel tan blanca como la leche. Pero también era un nazi. Puede que pequeño, pero en su uniforme estaba bordada la insignia infame de las Volkssturm.

Sobre Gregori había llovido, había nevado y había vuelto a salir el sol, un sol pálido, gris, lánguido. No habría sabido decir cuánto tiempo había estado allí tendido, oculto como una sombra entre escarcha sucia y escombros calcinados. Los cazadores debían tener paciencia, saber perseverar. Si no, se convertían en presas. Y en aquella vida inmisericorde que les había tocado vivir, jamás se podía ser presa.

Así pues, Gregori, cazador de hombres desde hacía demasiado tiempo, había abatido ya a cinco alemanes aquella jornada fría. El último tan solo era un niño. Se había posado en su mirilla opaca, justo en el centro. El joven inocente lo miró justo antes de desplomarse entre sangre y barro, como si supiera que era presa. ¿Cómo había sido tal cosa posible, si el cazador estaba lejos y oculto? Gregori lo desconocía. Quizás fuera Dios, quien había hecho pasar miedo al pequeño nazi por un instante efímero.

Pero Gregori no temía a Dios, ni a sus desafíos crueles ni bromas macabras. Los dedos acariciaron el gatillo metálico y húmedo, y el cazador cumplió con su deber.

Estaba contemplando cómo las cenizas arropaban los tejados caídos y las calles martirizadas, cuando Weigel le comentó a Hans que Iván había cazado a Penz, el huérfano del panadero. Lo dijo sin melancolía alguna, solo palabras vacías, tan muertas como el joven caído. También le contó que Müller se había quedado sin cena al apostar que Iván no tumbaría a Penz. Imbécil. Apostar que Iván fallaría un tiro era ridículo; los siberianos podían acertar a un Reichsmark a trescientos pasos.

Hans no acudió a la misa que se celebró por la tarde. Si hubiera acudido a la misa de cada muerto o de cada niño sacrificado en vano, se habría hecho cura. No. Era mejor descansar. Iván llegaría pronto.

Dos días más tarde, el Hauptmann Meyer ordenó que dispusieran los antitanques en la plaza antigua del pueblo. Las casas y los bares, los hoteles y los comercios, estaban todos destruidos, inundados de cenizas negras y escarcha blanca. Era más aterrador que el apocalipsis, una ciudad transformaba en cadáver, un botín para Iván, carroñero y salvaje como siempre.

Sobre varias casas había colgados trapos blancos, banderas de rendición. Quienquiera que lo hubiera hecho poseía un coraje que sobrepasaba la locura, pues aquello significa, en lugares que se hunden inexorablemente en el colapso, traición.

Kertz avisó a Hans sobre la llegada de un SS. Vestía su uniforme pulcro, elegante, implacable. Lucía la distintiva calavera de plata, y de su cuello colgaba una Cruz de Hierro. Mandó que sacaran a rastras a todo aquel que fuera sospechoso de alta traición. Junto a su guardia de fanáticos, el oficial SS, que respondía al nombre de Sturmbannführer Werner, dispuso a una fila de traidores delatados por otros vecinos que, ante la amenaza del comportamiento sádico de los SS, acusaron a otros para morir. El Sturmbannführer congregó a civiles, militares y niños milicianos para recitar sus esperanzas vanas y sus delirios de sangre.

—El Führer ha declarado esta ciudad un bastión que se debe defender a muerte. El pueblo alemán debe cumplir con su deber. Los traidores a la patria merecen la muerte por su ánimo derrotista y su falta de fe en el Reich de los Mil Años.

Tras eso, ordenó ahorcar a los traidores al pueblo ario y volvieron a desplegar las esvásticas, rojas como la sangre. Los demás civiles se encerraron en sus casas y esperaron al infierno que se iba a desencadenar en sus calles. Algunos rezaron a Dios por sus almas. Ojalá desde el cielo se escucharan nuestras súplicas. La mayoría, no obstante, se suicidaron en sus salones.

Mientras, los soldados y milicianos se prepararon para el asalto de los tanques rusos. Hans, junto a Weigel, Müller y Kertz, recordó. Recordó el último beso a su madre, el último abrazo con su novia, la última vez que estuvo en su hogar.

Pero poco tardó en volver a verse con el arma en el regazo, en vislumbrar las calles inertes sobre las que desfilaban, imperturbables, las bestias mecánicas que tenían por llamar T-34. Era Iván. Los rusos fueron bienvenidos a las lóbregas calles con los traidores ahorcados, que se mecían a la melodía del viento húmedo. Hans se levantó con el lanzagranadas, y cuando apretó el gatillo y el tanque estalló en fuego y metralla dio comienzo la sinfonía de disparos, la carnicería sin piedad. Cuando apretó el gatillo, todo pareció insignificante.

Cuando la tempestad de sangre y acero concluyó, Hans se irguió y avanzó hasta la plaza. El cielo estaba rojo y rugía. Los restos de la ciudad eran devorados impasiblemente por las llamas hambrientas, y los cadáveres de niños y viejos dibujaban una escena desoladora, apocalíptica. Todos muertos. Todos mártires de una utopía sangrienta salida de la mente desquiciada de un tirano oculto en su búnker. Algunos habían sido bestias, otros ángeles, pero, al final, no importaba. Al final, las llamas rojas y las cenizas negras se habían apoderado de todo.

De entre la bruma negra salió Kertz, llorando y escupiendo sangre. Un agujero de bala en el pecho lo hacía desangrarse agónicamente. Hans salió a su encuentro, y lo tuvo en el regazo en sus últimos momentos. Kertz, horrorizado, le pronunció a su camarada palabras que nunca olvidaría.

—Hans… Todos están muertos. Todos. Cuatro disparos mataron a Weigel. Müller fue mordido por los monstruos de acero, y a Meyer lo reventó una granada. Y los niños… Todos aplastados por los tanques. ¿Dónde está Dios, Hans? ¿Dónde están las promesas olvidadas de Hitler? Yo creí en eso, creí en la inmortalidad del imperio. En el Reich de los Mil Años. Mil Años. Las cosas que hemos hecho por ese imperio de mentiras… Que Dios nos perdone.

4

Título: Trageometría

Autor: Nicolás Aguirre Becerril

Centro docente: Colegio Amor de Dios, Madrid

Año 507 A.C.

INTERIOR DE UNA CASA EN ATENAS / OCASO / LLUEVE

(Nikolaos en escena).

Nikolaos: ¡Eureka! ¡Después de tantos años de duro trabajo finalmente he logrado mi objetivo!

Voy a esconder estos apuntes para que nadie los encuentre y poder presentar mi gran hallazgo en el ágora.

 

MAÑANA SIGUIENTE / MISMO LUGAR

(Habitación completamente desordenada).

Nikolaos (angustiado): ¡Han entrado a robar! Espero que no hayan encontrado mis archivos.

(Va al escondite donde dejó los apuntes y ve que siguen intactos. Suspira aliviado. Abandona su casa y, desde la puerta ve a un hombre que viene a su encuentro).

Nikolaos: ¡Amigo mío! ¿Cómo estás?

Amigo: Muy bien. (Con tono de preocupación) ¿Y tú? Decían en el ágora que te habían robado. ¿Es cierto?

Nikolaos: Sí, pero no se han llevado nada. No obstante, creo que sé qué buscaban y por qué no se han llevado nada.

Amigo: ¿Has descubierto algo?

Nikolaos: Sí, pero no puedo contártelo aquí, hasta las paredes escuchan cuando quieren.

Amigo: Vayamos a mi casa.

 

CASA DEL AMIGO / MEDIODÍA

(Aparecen Nikolaos y su amigo en el escenario).

Amigo: Aquí estamos seguros. Dijiste que tenías algo muy importante que contarme. ¿Qué era?

Nikolaos (abre la puerta, mira hacia ambos lados y la vuelve a cerrar): ¿Recuerdas cuando de pequeños jugábamos con los triángulos que dibujaba tu padre?

Amigo (con una mueca extraña): Sí, cómo olvidarlo.

Nikolaos: He hecho un hallazgo matemático que cambiará el mundo tal y como lo conocemos. Mira este diagrama.

(Enseña un papiro lleno de líneas rectas y curvas pintadas con tinta negra).

Amigo: ¡Es asombroso, es una genialidad!

Nikolaos (con cara de preocupación): Creo que es lo que buscaron anoche al entrar en mi casa, y tengo miedo de que me lo roben. Sé que puedo confiar en ti. Nos conocemos desde hace 50 años, desde que éramos unos niños.

Amigo: Y quieres que te guarde ese papiro.

Nikolaos: No, no voy a confiarte el único ejemplar. No me voy a arriesgar a que te lo roben y mi gran obra se pierda para siempre. Voy a hacer ahora mismo una copia para que la guardes a buen recaudo, y yo esconderé la otra.

Amigo: A veces eres un tío listo, jajaja.

Nikolaos (molesto): Tan chistoso como siempre.

(Saca un papiro y una pluma de oca).

Nikolaos: ¿Tienes tinta?

Amigo: ¿De qué color la quieres? Tengo azul, negro y rojo.

Nikolaos: El rojo es para la comedia.

Amigo: Tinta negra, pues.

(El hombre le da a Nikolaos el bote de tinta que se encuentra más a la derecha de los tres. Nikolaos realiza una reproducción exacta del original y se lo entrega a su amigo).

Nikolaos: Mañana voy a presentarlo en el ágora. Si surge cualquier problema vendré a visitarte para que me entregues tu copia.

Amigo: Entendido. Pero mejor quedemos en el ágora directamente. Llevaré el papiro conmigo.

Nikolaos: Me parece mejor idea. Allí nos veremos. A mediodía donde jugábamos de pequeños, delante de la fuente de Zeus Eleuterios.

(Nikolaos se acerca a la puerta y la abre. Antes de cruzarla se gira).

Nikolaos: Esconde bien el papiro, confío en ti.

Amigo: No te preocupes, conozco el lugar perfecto donde nadie podrá encontrarlo.

Nikolaos: Perfecto, hasta mañana.

Amigo: Hasta mañana.

(Sale por la puerta y desaparece del escenario. El hombre se agacha y esconde el papiro dentro de un ánfora decorada con escenas de los doce trabajos de Heracles).

 

DÍA SIGUIENTE / CASA DE NIKOLAOS / 10 DE LA MAÑANA

(Nikolaos aparece en escena durmiendo. Se despierta y desayuna en silencio).

Nikolaos: Hoy es mi gran día, voy a presentarle a la sociedad mi gran descubrimiento. ¡Me van a adorar!

(Se acerca al escondite del papiro y lo extrae).

Nikolaos: Aquí estás, amigo mío, ¡me vas a hacer famoso! Hora de irse. Enseñémosle al mundo nuestro descubrimiento.

(Sale por la puerta muy feliz).

 

MEDIODÍA / ÁGORA / DÍA SOLEADO

(Llega Nikolaos al ágora por la Vía Panatenaica y pasa junto a los templos de Ares y de Hefesto. Se dirige a la estatua de Zeus Eleuterios. Se detiene a medio camino y se gira hacia la palestra, donde se encarama aquel que desea dirigirse al resto del pueblo ateniense. Está su amigo).

Nikolaos (gritando): ¡¿Qué haces ahí?!

Amigo: Ciudadanos de Atenas, vengo a presentarles mi último descubrimiento. Un hallazgo que será recordado por los siglos de los siglos. Yo, Pitágoras de Samos, he descubierto eso que tantos grandes matemáticos han buscado durante años, la relación entre los lados de un triángulo rectángulo. (La gente murmulla. Nikolaos pone cara de estupefacción). Sí, como lo oyen, y tengo un documento que demuestra mi teoría.

(Saca el papiro que le dio Nikolaos el día anterior y lo enseña al resto de los presentes).

Ciudadano anónimo: ¿Cuál es la relación exactamente?

Pitágoras (con cara de triunfo): La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa.

(Algunos presentes empiezan a hacer cuentas, se dan cuenta de que está en lo cierto y estallan en vítores hacia Pitágoras).

Nikolaos (gritando, pero su voz queda eclipsada por el ruido de la muchedumbre): ¡Ladrón, ese es mi descubrimiento! ¡Confié en ti y me traicionaste!

(Nikolaos se acerca a la estatua de Zeus y cae al suelo maldiciendo a los dioses por invitarle a confiar en la persona que él creía su amigo).

 

ESCENARIO VACÍO

Voz en off: Esta es la razón por la que todo el mundo conoce a Pitágoras de Samos y nadie conoce a Nikolaos Printezis, el más grande matemático que haya pisado la Tierra.

¿Cuántos otros hombres y mujeres, anónimos y geniales, siguen esperando que alguien cuente su historia?

5

Título: Nos damos miedo

Autor: Paula Cristina Fallas Corrales

Centro docente: Liceo María Auxiliadora de San José, Costa Rica.

A Claudine se le desmoronaba la realidad en esa noche, y se le escurría entre las manos.

Primero fue el olor de la maldita habitación, le agobiaba el fuerte aroma a jazmines. Deseaba huir, pero era complicado salir de las redes mentales que te atrapan y te mantienen esclavo. Se estremecía con el tapiz que se despegaba de la pared; le daba una sensación parecida a la claustrofobia, como si fueran ramas de árboles que la quisieran atrapar.

Y el vacío… eso era la muerte. Una desesperante amplitud, dispuesta a las garras de la imaginación y la adicción al delirio. Solo observaba muebles estáticos, y su oído solo captaba el pitido producto de la ansiedad.

Todos los recuerdos de ese día se mezclaban vaporosamente en su cabeza, como una olla repleta de sopa hirviendo. Recordaba a las personas que había conocido; parecían sacados de un circo, pero lo que más le aterraba era la familiaridad con la que los percibía, como si hubiera visto sus rostros en otro lugar, quizá en sus sueños. Le daban la misma sensación de cuando observaba su cara en el espejo: le daban miedo, pero ella también se asustaba a sí misma.

Le dijeron que jamás podría regresar, tampoco volvería a ver a su padre, y para tranquilizarla le dijeron que era parte de ellos. En plena madrugada, la llevaron en un carruaje que se conducía solo, con un grupo de niños de tez pálida y los ojos saltones, guiados por un señor de apariencia hindú que llevaba puesto un sombrero encima de otro, e iba vestido con ropajes que no combinaban. Consideraba que él era la combinación de todos los niños, e incluso de ella misma. Le daba miedo la rareza de las sensaciones y los acontecimientos… también la paliza que le daría su padre al salir de este probable episodio psicótico. Comenzaba a intuir sus amenazas acerca de mandarla al loquero.

No sabía que era lo más real que había experimentado en su vida.

¿Y qué más da que suceda en su cabeza? ¿Y quién dice que si surge del veneno de la mente no es real?

6

Título: La promesa

Autor: Candela Victoria Moyano López 

Centro docente: Colegios Ramon y Cajal, Madrid.

Mamá se quedó confusa tras la promesa que había hecho. No es que no pudiera cumplirla —mantener su palabra en este caso parecía fácil—, pero se preguntaba qué le pasaría por la cabeza a su hija para preocuparse por esas cosas. Siguió pensándolo el resto de la tarde y parte de la noche, pues el de madre es trabajo a tiempo completo.

Igual estaba dándole demasiada importancia a simples divagaciones infantiles… La mente de un niño es un lugar mágico y extraño: ven la realidad sin los prejuicios de los adultos. Allí se entremezclan los conceptos, sus pensamientos fluyen en un mundo de lógica paralelo y, como diminutos dioses, se encuentran al margen del paso del tiempo, viviendo en un momento infinito.

Además, dicen que los niños nunca mienten, y es posible que esa mente de niña de seis años de su Lunita hubiera descubierto algo crucial e insólito. Quizá con aquella promesa quería que comprendiera algo demasiado importante para decirlo en voz alta. Un secreto…

Aquella tarde, Luna, chiquita pero patilarga, con la cabeza llena de rizadísimos caracolillos negros y la piel suave de cuando se sigue siendo bebé, abandonó su habitación del piso de arriba. Se sentía mayor: ya podía bajar las escaleras sola.

¡No infravaloréis el logro de nuestra pequeña heroína! Bajar las escaleras tenía su aquel, porque el espacio entre escalones estaba vacío. Un paso en falso, y Luna y su confianza se precipitarían al salón, con una caída muy mala para una criatura tan pequeña. Pero Luna era una niña con un propósito, y eso la animó para aventurarse a las temibles escaleras solita.

En el penúltimo escalón, se hizo un lío con sus patucas y casi tropieza. Finalmente, con una sonrisa triunfante, de un salto aterrizó en el primer piso.

Cuando Luna entró en la cocina un olor dulce y reconfortante flotaba en el aire. La chiquilla olvidó su misión por un momento para mirar con deleite lo que había en el horno.

Mamá la encontró agachadita, absorta en los bizcochos y disfrutando del olor. Qué pequeña se veía. Le había hecho bizcochos en moldes de oso. Sabía que a Luna le encantaban.

Le gustaba la comida con “formitas”: los macarrones de Princesas Disney, la pizza-cabeza de Mickey Mouse, incluso los hielos del agua le hacían más ilusión cuando tenían forma de estrella. Mamá se lo consentía porque le parecía tierno: significaba que Lunita todavía era su bebé.

Mamá miraba a Luna y Luna a los bizcochos.

Mamá salió del ensimismamiento y, como ocurre en el mundo de los adultos, se dio cuenta de que tenía mucho que hacer. Entonces la niña reclamó su atención, como si la invitara a su universo de tiempo inmenso y lento.

—¿Has bajado sola las escaleras?

Luna pensó un momento si debía contestar.

—Ajá. Solita.

—Bueno, pero ten cuidado ¿vale?

Se quedaron en silencio, relajadas, al saberse en compañía de la otra.

Luna cogió la mano de Mamá, eligió el pulgar y se llevó la uña a los labios, frotándola contra el labio inferior mientras cerraba los ojos. Mamá sonrió. De bebé solía hacerle eso y se le había quedado la costumbre. Le calmaba.

Mamá…

De pronto, Luna estaba seria, con la boquita arrugada y los ojos entornados. Su expresión, tan grave, resultaba cómica en ella.

—Necesito que me hagas una promesa.

Mamá se arrodilló para quedar a su altura, sorprendida por el repentino cambio de actitud.

—Claro, dime.

—Es importante

—De acuerdo. ¿Qué es?

—Prométeme que siempre, siempre, siempre tendremos queso rallado.

Luna seguía formal, no parecía bromear. A Mamá la promesa le pareció absurda y graciosísima, en contraste con la expresión de Luna. Decidió seguirle la corriente:

—Sí, por supuesto. Te lo prometo —dijo, dándole un beso en la frente.

Luna, aliviada, le ofreció una sonrisa desdentada, soltó su mano y salió despreocupadamente de la cocina. Sabía que mamá cumpliría su palabra, sabía que mañana para desayunar habría bizcochos con forma de oso, que aquella noche verían una peli que le encantaría, porque papá y mamá se molestaban en buscar películas para su Luna. Nada como la seguridad de que tu única preocupación sea que todo siga como está. Que siempre haya queso rallado.

Mamá le dio muchas vueltas a aquella charla en la cocina, pero nunca llegó a ninguna conclusión. Eso sí, cumplió su promesa. Nunca faltó queso rallado en la nevera: ni ese año, ni los venideros.

Por poco sentido que le encontrara, le había dado su palabra a Lunita.

Luna tuvo su queso cuando Mamá le hizo una olla gigantesca de espaguetis al acabar sus pruebas en el hospital, después de una semana de semi ayuno. Tenía nueve años entonces. También cuando estaba estresada en semana de exámenes finales o el día de su décimo sexto cumpleaños: no faltó el queso rallado ni en la pasta ni en las berenjenas al horno.

Si veían que quedaba poco, daban la voz de alarma y el queso rallado encabezaba la lista de la compra ¡en mayúsculas y entre exclamaciones! Y, como medida preventiva, a falta de un sobre había dos.

Sin embargo, aún teniendo siempre queso a mano, el mundo de Luna no volvió a ser como antes. Su comida dejó de tener “formitas”. Bajar las escaleras ya no era una aventura. La lógica y los prejuicios se mudaron a su mente, perdió su condición de dios pequeñín.

El tiempo pasa rápido desde entonces.

Las cosas ya no son tan fáciles como tener o no queso rallado en el frigorífico, pero Luna fantasea con aquellos tiempos. Cierra los ojos, se lleva la uña del pulgar a los labios y, al frotarla contra ellos, le parece que un olor dulce flota a su alrededor, protegiéndola. Ahora, cuando tiene una mala racha en la universidad, discute con alguien o se agobia por la ligereza con la que se mueven las agujas del reloj, vuelve a casa sabiendo que allí le espera Mamá, con un enorme plato de pasta bien cubierto de queso rallado. Y es feliz.

7

Título: Noche cerrada

Autor: Pablo Cebollada Burillo

Centro docente: Colegio Romareda Agustinos Recoletos, Zaragoza.

La cinta adhesiva coronaba con su quinta vuelta el punto de encuentro entre la pata y la plataforma. El invento no parecía del todo estable, pero aguantaría su peso. Al menos eso esperaba.

Dejó la pseudotumbona en una esquina mientras se planteaba qué ropa ponerse. No podía ser cualquier cosa, este era un día especial. Sin embargo, tras una esmerada búsqueda, llegó a la conclusión de que el repertorio de prendas que guardaba era más bien reducido. El mayor cambió ocurría entre el blanco y el gris claro de dos trajes separados por su número de usos. Decidió optar por el blanco. Se rió al pensar que la opción más limpia daría una mejor impresión.

¿Cuándo había sido la última vez que había llevado esmoquin? Le costó recordar, pero una vez que localizó la huidiza memoria, se dio cuenta de que no había sido hace tanto. Tres meses, para ser exactos. Aquel fue un día alegre. La gente cantaba y bailaba al son de marchas coloridas y bajo la atenta mirada de cambiantes focos despampanantes. Todo el mundo estaba muy orgulloso de él. Familia, amigos… todos felicitándole.

Se puso el traje de forma costosa y se aseguró de que todas sus partes estaban bien colocadas. Ya solo le faltaba fastidiar los detalles. Buscó la hamaca en la esquina donde la había dejado, solo para descubrir que no estaba. A falta de un buen anclaje, la condenada se había dado a la fuga. Por suerte, no tenía capacidad para llegar muy lejos, y enseguida la encontró. Una vez se aseguró de que todo estaba en orden, abrió la puerta para salir al exterior.

Los pasos se hacían pesados. Bajar las escaleras era casi una tarea ardua. Aún no se había acostumbrado al entorno. Logró alcanzar el polvoroso suelo con unos niveles de fatiga que le hacían avergonzarse. Lentamente, caminó por el páramo helado, dando pasos de gigante para cruzar la rocosa explanada. Siguió caminando hasta que encontró una zona más lisa y cómoda. Una vez allí, se detuvo, por primera vez aquel día, para admirar el cielo.

Le costó más de la cuenta. Tenía miedo de mirar hacia el lado equivocado y ver lo que no quería ver. Pero no fue así. Las estrellas brillaban potentes en la cúpula que cubría su cabeza. Casi podía cogerlas de un salto. ¿No sería magnífico? Saltar hasta entrar en el cálido abrazo de los astros. Volar por la clara oscuridad que le rodeaba hasta encontrar un nuevo Sol. Tal vez, si cogía suficiente impulso…

Colocó la tumbona con más esfuerzo del que solía requerir. No paraba de moverse de un lado a otro con el más mínimo roce. Si no la vigilaba, el toque de sus botas podía elevarla hasta desaparecer en la nada. Como todo había hecho.

Optó por reducir el tiempo de espera y tumbarse en la plataforma metálica que una vez fue una mesa. En vez de confiar en que su peso vencería la fuerza del impulso al dejarse caer, decidió sentarse y cuidadosamente estirar las piernas en la plancha. Ambas manos contra la nuca, contra el casco más bien, relajó los músculos del cuello y terminó por tumbarse. La cinta adhesiva mantenía unidas dos plataformas, una donde estirar su tronco inferior y piernas, y otra donde colocar el tronco superior de forma que pudiera admirar las vistas. Admirar…

Trozos de roca gigantes se alejaban lentamente frente a sus ojos. Nubes de polvo rodeaban estos nuevos asteroides, formando una esfera decentemente hecha. Distinguía con cierta dificultad la presencia de hielo en aquel escenario. Hacía unas horas era agua, pero eso no importaba. Acercándose al centro del círculo se encontraban unos cuerpos de menor tamaño. Seguían, con un ritmo penoso, la trayectoria que llevaban antes del impacto.

La imagen llegaba dos veces a los ojos del astronauta, por culpa del reflejo que se formaba en su casco. Humedecidas sus mejillas, cerró lentamente los ojos. Ya no había nada. Solo en la infinitud de la existencia, solo encerrado en su claustrofóbico traje. Respiró hondamente, atrapando cada molécula de oxígeno que se acercaba a él. La bomba era vieja y estaba lejos de su capacidad total. Pronto dormiría. Era todo lo que quería. Soñar con su encantadora mujer, sus revoltosos hijos, sus alocados amigos y su imponente pero sincero jefe. Soñar con lo que fue y no será, con lo que es y lo que podría haber sido. Soñar con que no estaba solo. No quería estar solo. Soñar con que volvía con ellos.

8

Título: Cris y Nico

Autor: Alicia Diéguez Galaz

Centro docente: IES Juan de la Cierva, Madrid.

El viento formaba una espiral en la punta de mi nariz y se colaba gélido por detrás de las orejas. Los edificios de pisos y pisos se habían deformado para volverse exactamente iguales entre ellos, y cada manzana que dejaba atrás se volvía borrosa. Los toldos de los locales se vestían de un blanco sucio y desigual por culpa de una nieve que no cuajaba en un diciembre sin suficiente frío ni bastante calor.

Y yo andaba, con las manos en los bolsillos de mi anorak y la mochila en los hombros. Cada paso era un poco de terreno ganado a mi madre.

«Mi madre». La palabra se deshacía cuando la susurraba para la bufanda, intentando expulsarla de mi mente, aunque sólo conseguía que retumbara en mi cabeza una y otra vez.

Llegué a la plaza con el zumbido presente. Estaba abarrotada, llena de familias con uvas enlatadas en la mano. Un cartel de luces apagadas que decía “Feliz 2008” cubría parte del ayuntamiento.

—Disculpe, ¿qué hora es? — pregunté a una mujer mayor. Tiritaba, sin parar de sonreír.

—Cuarenta minutos para el año nuevo.

Asentí a modo de agradecimiento y me aparté un poco del gentío. Solo sabía que me escapaba, pero ni siquiera sabía a dónde. Si esto fuese una película, me llamaría Thelma o Louise, tendría un coche heredado, sucio, destartalado y las cosas claras. Cerré los ojos con fuerza, clavándome las uñas en la palma de las manos.

«Piensa, Cris, piensa».

Tres toquecitos en el brazo me despertaron de mi ensimismamiento.

—H-hola, ¿has visto a m-mis padres?

Al principio no sabía de dónde venía la voz, aguda y entrecortada por el hipo. Un niño pequeño y regordete me devolvía una mirada llorosa. Su gran cabezota estaba cubierta de mechones desordenados, coronados por un halo de plástico. Colgadas de los hombros, llevaba unas alas de plumas blancas.

Pestañeé.

—No, lo siento.

Rompió a llorar, todavía más fuerte que antes.

—Tranquilo, tranquilo —me arrodillé para ponerme a su altura—. ¿Cómo te llamas?

—Nico.

—Vale, Nico, tus padres no pueden estar muy lejos. Nos quedamos aquí y los esperamos.

Me levanté y me sacudí el pantalón. Le ofrecí la mano a Nico y, después de un instante dubitativo, él me tendió la suya.

—¿Y tú? —me preguntó de improviso—. ¿Cómo te llamas?

—Cristina. Cris.

Pareció satisfecho con mi respuesta, porque no añadió nada más. Repasé mentalmente los temas de los que podía hablar, tratando de dominar mi repentina necesidad por llenar el silencio. No se me ocurrió nada mejor, así que pregunté:

—¿Cuántos años tienes?

—Diez.

—Qué… mayor.

—No tanto. ¿Y tú?

—Dieciséis.

Abrió mucho los ojos para mirarme bien.

—Eres tan alta como mi padre.

—Gracias, supongo —sonreí—. Y, ¿tus padres…? ¿Qué llevaban puesto cuando te perdiste?

—No me acuerdo.

—Genial —murmuré.

En realidad era agradable estar con Nico. Era casi como si hiciese menos frío en su compañía. Distraído, hacía nubes de vaho con el aliento. Pareció acordarse de algo de pronto.

—¿Y tus padres? No me digas que tú también te has perdido.

Negué con la cabeza.

—No, no del todo.

—¿Entonces?

—Bueno, digamos que son ellos los que me han perdido a mí.

—Eso no tiene mucho sentido.

Solté una carcajada amarga.

—Soy adoptada —por primera vez, la palabra salió de mi boca a trompicones, sabiendo que era más grande de lo que yo nunca sería—. Me lo han dicho mis padres. Esta tarde —me encogí de hombros, con un movimiento violento, como queriendo quitármelo de encima—.

«Llevo dieciséis años atrapada en una cajita con forma de mentira piadosa. No, claro que no tiene sentido».

Hubo un silencio, espeso como la niebla.

—Mamá dice que una familia es una familia.

—¿Eh?

Nico tomó aire.

—El otro día me enteré de que Papá Noel no existe. Así que les pregunté a mis padres si la Navidad se había acabado para siempre. Y mi madre me dijo eso, que una familia es una familia.

Nos miramos y me sonrió. Dirigí la mirada al suelo y me concentré en las figuras que formaban los baldosines de la acera mientras repetía:

—Una familia es una familia.

Las incógnitas que aún tenía se arremolinaban a mi alrededor. Sentí un ardor en la nariz y miré hacia arriba para evitar las ganas de llorar. Las estrellas me devolvían el reflejo desdibujado de una Cris pequeñísima.

Cerré los ojos suavemente y sonreí. Una lágrima se extendía dudosa por mi rostro.

«Mi madre».

Nico me tiró de la mano.

—Cris, ¡mis padres!

Una pareja recorría desesperada la plaza mientras gritaban el nombre de Nico. Él era alto y aferraba la mano de su mujer. Ella, siguiéndole, llevaba el pelo recogido en una coleta y tenía los ojos encendidos.

—¡Aquí! —grité.

Se giraron hacia mí. Ella hundió la cara entre las manos y él corrió a coger a Nico entre los brazos.

—Dios mío, menos mal —dijo la madre al tiempo que alcanzaba a su marido y se colocaba a mi lado—. Gracias…

—Cris —contestó Nico por mí. Saludé con la mano.

Se acercó a su hijo y le dio lo que parecieron cientos de besos. Nico se limpió la mejilla con la manga y puso una mueca. Nos reímos.

—Cris está sola. Quizás… —empezó Nico.

—Oh, claro. Es Nochevieja —el padre de Nico miró a su mujer y después a mí—. ¿Te gustaría tomar las uvas con nosotros?

Dudé. Miré a los tres a los ojos, acabando por el pequeñajo.

Negué con la cabeza.

—No, de verdad, está bien.

—¿Seguro?

Asentí.

—Bueno, deberíamos irnos, ya no queda nada. Mil gracias.

Nico soltó a su padre y se acercó para abrazarme.

—Sí, gracias —susurró.

—No es nada —le devolví el abrazo.

Me dieron la espalda para adentrarse en el bullicio. Antes de perderse ante mis ojos, corrí hacia la madre de Nico.

—Disculpe —jadeé. Se giró para mirarme y me sonrió—. ¿Tiene teléfono? Necesito llamar a casa.

9

Título: A la deriva

Autor: Maialen Rivas Gómez

Centro docente: Instituto Mendebaldea, Vitoria.

Floto en mi barca sobre el mar en calma. Navego sin prisa mientras el movimiento sereno del agua me lleva hacia el horizonte. El sonido del remo que rompe la ola me relaja. Mi cabello ondea con la brisa y me siento libre. Sin embargo, la paz no dura mucho y el cielo pierde el azul del océano.

El sol que antes me acompañaba se esconde tras unas nubes grises. Miro la atmósfera tempestuosa, que amenaza con descargar su tormenta. Una gota aterriza en mi rostro como una lágrima furtiva. La gota solitaria se multiplica y pronto me encuentro bajo la lluvia. La brisa se convierte en viento y el viento en vendaval. Me alarmo y doy la vuelta. Sin embargo, es demasiado tarde para huir. Mis remos combaten con la fuerte marea, pero no tardan en rendirse y se dejan llevar. Utilizo mis manos para intentar avanzar, aunque es en vano, pues una persona no puede ganarle a una tempestad. A lo lejos atisbo una gigantesca ola que se aproxima hacia mí. Agito mis brazos más rápido, con la esperanza de escapar. De pronto, noto mis pies húmedos y al bajar la vista me doy cuenta de que la barca se está inundando. Junto mis palmas y saco el agua torpemente. Aun así ya me llega hasta los tobillos. Entonces asumo que me voy a hundir. Me quedo unos segundos quieta mientras contemplo el diluvio en el que estoy sumida. Por un momento me olvido de la ola embravecida que me persigue. Me azota por la espalda sin esperarlo y con su poder me atrapa entre remolinos de sal.

El mar me traga y dejan de escucharse los truenos que aceleraban mi corazón. Pero ahora que solo me acompaña el silencio de la profundidad, siento todavía más miedo. Oigo mis gritos internos mientras me ahogo. Sacudo mis extremidades para ascender hasta la superficie. No avanzo, cada vez me hundo más y mi cuerpo está cansado de tanto luchar. Retengo el poco aire que me queda, pero mis pulmones duelen y queman. Me imagino ya descendiendo inerte hasta el fondo del mar. Saco fuerzas para empujarme una vez más y consigo respirar. Abro la boca e inhalo el aire como si nunca lo hubiese hecho. Nado para mantenerme a flote, pero anhelo un salvavidas. Por un instante me cuestiono por qué no me dejé llevar por la corriente. Intento pedir ayuda, pero aunque mi voz quiere gritar solo consigue emitir un susurro. De todas formas, por mucho que exclame, a nadie le llegaran mis súplicas de auxilio. A punto de asumir mi derrota, una tabla de la que era antes mi barca me sirve de apoyo. Me agarro a ese trozo de madera como último recurso. Es lo único a lo que me puedo aferrar.

Cuando mi resistencia se empieza a acabar, observo una luz a lo lejos. Es un pequeño destello en la oscuridad, una chispa de ilusión para mi final. Los kilómetros se vuelven metros y el resplandor brilla con más intensidad. Enseguida distingo un barco entre la bruma. Se para a mi lado y el marinero me lanza un flotador. Lo atrapo y él tira de mí hasta sacarme del mar. Le agradezco haberme rescatado de lo que parecía un destino atroz. Una sensación de alivio se apodera de mí cuando toco la cubierta. Entonces ya no lloro de impotencia, sino de felicidad. Surcamos las olas rumbo a la orilla. Las nubes se despejan y el sol vuelve a calentar mi alma. Después de tanto sufrimiento, piso la arena sana y salva. He logrado hacer frente a la depresión que se había transformado en un océano alborotado. Ya nunca seré una náufraga de esta tormenta de tristeza, ahora soy una superviviente.

10

Título: Buen final

Autor: Marta Alcántara Castellano

Centro docente: IES Pérez Galdós, Las Palmas de Gran Canaria.

—Enhorabuena a todos, ha sido un buen ensayo. Los violines han estado coordinados, a las trompetas les falta un poco de fuerza en la parte central y la percusión transmite mucha energía. Estamos todos preparados para el concierto de mañana —dijo la batuta.

Y los instrumentos se guardaron para descansar.

11

Título: La tormenta

Autor: Fernando Alarcón López

Centro docente: IES Lorenzo Hervás y Panduro, Cuenca. 

Las olas saltaban los costados de la embarcación como caballos encabritados de espuma blanca. Acunada por la danza de agua y sal del océano, la barca se agitaba bajo un cielo plomizo de nubes de tormenta.

La embarcación se tambaleó, encorvándose lentamente sobre el agua, pero en el último instante recuperó el equilibrio. Parecía un extraño pájaro muerto sobre el mar, que arrastraba un extraño plumaje de redes vacías. Dentro de la chalupa tan sólo un anciano, encorvado sobre un trozo de tela de su camisa en el que garabateaba unas cuantas palabras con metódica lentitud.

Si aquella mañana en el pueblo alguien hubiese sugerido que Manolo Zarco, el abuelo, saldría al mar con su vieja barca, habría sido tomado por un loco. Todos sabían que hacía diez años que había dejado el mar. Diez años tendido en su lecho, mirando soñador el retorno de los pesqueros al atardecer. Diez años su barca varada, sus sueños rotos sobre la orilla.

Ahora las olas golpeaban sus costados y una leve llovizna empezó a caer a su alrededor con un leve rumor que era tan sólo el preludio de la auténtica tormenta. Su cuerpo nudoso como un bastón, su rostro arrugado, su pelo cano, tan sólo el fantasma del hombre que otrora fue. Sin embargo, parecía que una llama de vida hubiese prendido en su interior, entre las tinieblas de sus ojos ardía un fuego prometeico y sus labios dibujaban una sonrisa entre las arrugas. Volvía a su hogar, a la casa que dejase tiempo atrás. Y la mar lo recibía como a un hijo pródigo, como a un Ulises de cabello cano. Eran para él las olas los brazos de su amante y la lluvia las lágrimas del cielo bajo el que había vivido.

Terminó de escribir su carta, ya ilegible por la lluvia, que había emborronado la tinta oscura. Sin reparar en esto, metió la tela en la botella y la selló con un corcho. A continuación, la arrojó al mar sin reparos, sabiendo que flotaría hasta la orilla cuando llegase la calma. Le dedicó, mientras se perdía en el horizonte, sus últimos deseos, que sus hijos al leerla no llorasen su marcha, sino que se alegrasen por su liberación. Finalmente, la botella desapareció y con ella se marcharon sus últimas preocupaciones.

Agarró los remos y se introdujo en el corazón del mar, mientras el agua saltaba a su alrededor, empapando sus viejas ropas. No descansó hasta que perdió de vista los últimos pedazos de tierra, hasta que sintió el aliento cálido del mar besar sus labios marchitos.

Ahora podría descansar. Ulises había encontrado al fin su hogar. Y el mar lo arrastró y lo meció en una última danza, en un último adiós.

12

Título: Caer

Autor: Emma Pérez Cases

Centro docente: IES Fernando III, sección Jalance.

Corre a paso apresurado, no sabe dónde ir. Sus pasos retumban en la nada. Corre y corre sin ver el final. Sabe que está cerca, el monstruo está muy cerca. Siente su aliento en la nuca, no quiere mirar atrás porque sabe que si lo hace las garras de esa temible criatura le atraparán y será su final. Corre hasta derramar su última gota de sudor, su último aliento. Ya no puede más, siente cómo se alza del suelo, la bestia le ha alcanzado, abre sus fauces dejándole ver una eterna oscuridad en su interior, el ambiente se inunda con un profundo hedor a muerto y descomposición. Cae…

Se despierta extrañamente feliz. Respira. Mediodía. La casa, habitualmente bulliciosa, se encuentra en pena, como si hubiera perdido el alma. Sale del cuarto y se dirige hacia el salón; necesita comprobar que siguen allí. Piensa que sí. En las ocho horas que han pasado es imposible que nadie les haya echado en falta, ¿no? Además es domingo, día festivo, no salen de casa los domingos. Como suponía, sus padres siguen en el sofá, justo como los dejó anoche, uno junto al otro, silenciosos, con la mirada vacía, inertes, sin vida. Sus copas, apenas sin probar, reposan sobre la mesa. Esas copas… Las coge y rápidamente desecha el líquido de su interior al inodoro y las lava agresivamente, destruyendo a cada enjabonada cualquier rastro de veneno, cualquier prueba que le pueda delatar.

Vuelve al salón. Se siente reconfortado: acabar con aquellas dos vidas que tanto le habían atormentado durante diecisiete años ha sido como dejarse caer al vacío infinito. Ahora debe marcharse. Fingirá un accidente, quemará la casa y saldrá de allí. Dejará atrás toda una vida de desgracia y desdicha y empezará una nueva vida feliz. Hasta que la bestia vuelva a resurgir.

13

Título: Se buscan soñadores, ¿te atreves?

Autor: Lucía Valderrama Fernández

Centro docente: Colegio CEU San Pablo, Valencia.

Leo: «Se buscan soñadores, ¿te atreves?». No lo entiendo a la primera. Leo otra vez, empiezo a intuir. Vuelvo a leer, me pregunto entonces ¿qué es un soñador? Me respondo a mí misma: alguien que sueña, ¿no? Pero, ¿qué son los sueños? Qué pregunta más paradójica: sencilla, pero capciosa. Sueños, eso que nos anima a seguir viviendo. Sueños, eso que nos invita a pensar. Sueños, eso que vemos de noche mientras dormimos pero que una vez despiertos se convierten en algo efímero. Se esfuman. Como si nada hubiese ocurrido. No. Algo más tiene que ser. Me dirijo a mi madre, ella siempre tiene una solución. Le pregunto: ¿Qué es un sueño? Me responde: ¿Cuáles son tus planes del futuro? Pienso, tan solo soy una estudiante de bachiller. Me gustaría estudiar derecho, contesto. Se ríe. ¿Por qué se ríe? Niega. ¿Por qué niega? ¿Qué niega? «Los sueños son las razones por las que las personas consiguen cosas buenas», empieza. «Un sueño justifica la ilusión por la que nos levantamos cada mañana, aun siendo complicado, o precisamente por ello. Soñar no es responder preguntas, sino formularlas bien y vivir en ellas», explica. Creo que empiezo a entender. Sonrío. Quiero ser soñadora. Quiero soñar que yo soy yo. Leo: «Se buscan soñadores, ¿te atreves?». Ahora ya lo entiendo. ¿Me atrevo?

14

Título: Silencio

Autor: Carla Acevedo Couceiro

Centro docente: IES San Fernando, Alcobendas.

Es necesario tan solo un momento, un desliz, una chispa… para que todo arda. Y ahora soy consciente de ello.

Mucha gente dice que hay momentos únicos, que no se repetirán. Otra gran mayoría cree que hay segundas oportunidades. Yo no he opinado sobre este tema, al menos hasta ahora. Pero si tengo que hacerlo, no apoyaría ninguna de esas teorías.

Los instantes tal vez no puedan repetirse, pero hay muchos parecidos; y las segundas oportunidades no aparecen de la nada; de hecho, dudo que existan muchas.

Y, aunque seguramente este acontecimiento no se repita, aunque seguramente sea un momento único, no he ido. No sé cuál es la razón, pero no quería ir. Por eso le he pedido a un amigo que lleve a mis hijos al funeral, donde se deben de encontrar ahora.

Miro la casa, tan vacía, tan silenciosa.

Supongo que estoy enfadada con él por empeñarse en ir de vacaciones a ese estúpido lago, por subirse a esa estúpida barca, por sumergirse en busca del estúpido pendiente que se me había caído; enfadada con el mundo por hacer que le arrastre una fuerte corriente de agua; enfadada conmigo.

Sé que no estará bien visto que no aparezca para despedirme oficialmente de él, pero llevo bastantes bocetos de un discurso que no quiero dar, que no voy a dar. No quiero afrontar que se ha ido de verdad.

La espera de esa noticia duró un mes, aproximadamente. Un mes lleno de falsas esperanzas, de incertidumbres, de lágrimas reprimidas… hasta que encontraron su cuerpo. Después de eso, todo se quedó hueco.

Voy directa a mi cuarto y cojo el único pendiente que me queda del par que me dio él en mi cumpleaños. Cierro el puño alrededor del regalo con fuerza, esperando que al abrirlo no quede nada; pero sigue ahí, rodeado de las marcas que han dejado mis uñas.

Quiero que desaparezca, que no quede nada ni de él ni de quien me lo regaló; así que lo tiro contra el suelo con toda la fuerza que me queda.

Noto cómo las lágrimas se deslizan por mis mejillas; noto toda la tristeza que he intentado ignorar; pero eso tan solo hace que me lleve las manos a mi anillo, dispuesta a tirarlo lejos. Lejos de mí, lejos de mi vida.

Pero no soy capaz.

Me apoyo en la pared mientras me deslizo hacia el suelo; y grito todo lo que puedo, para que lo que me queda dentro salga y no vuelva.

Cuando me quedo sin voz comprendo que no es suficiente; nunca será suficiente.

Comienzo a pensar qué pasará dentro de muchos años. ¿Y si necesito ver una foto para recordar el color de sus ojos? ¿Y si olvido su sonrisa, su guiño de ojos, su forma de hablar, de moverse…?

¿Y si le olvido?

Pero, ¿no era eso lo que pretendía?

No quiero recordarle, pero tampoco puedo olvidarle. No puedo permitírmelo.

Sé cuáles son las recomendaciones que me darán todos: he visto las películas de donde las sacan. Que siga adelante, que pase página.

Supongo que eso es lo que más me molesta: la vida no se detiene. Es como si me obligase a avanzar cuando lo único que pido es detenerme, solo un segundo, solo para mirar atrás.

Y me conozco lo suficiente como para saber que una vez que lo observe, no querré mover la vista hacia cualquier otro lado.

15

Título: La fábrica de corazones

Autor: Alba Aitong Serrano García

Centro docente: IES Luis García Berlanga, Coslada.

Las infinitas hileras idénticas viajan repletas de corazones vacíos. Pinzas metálicas moldean, pulen, envasan y precintan los pequeños bultos que algún desconocido perdido entre la multitud adquirirá en algún momento.

«Un corazón a tu medida» es la frase que, repetida hasta la saciedad, ha logrado convencer a los pequeños humanos de tratarse del único remedio contra el sufrimiento. Grabada a fuego e instalada en sus huesos, mentes y… sí, corazones.

No es difícil abandonarse a uno de ellos, tan perfecto, reluciente y nuevo. Sin fisuras, ni zonas oscuras, inundadas o cubiertas de polvo. Se escurre dentro del pecho con facilidad, sin dolor y con la garantía de una mente libre de remordimientos. Borrón y cuenta nueva, promete. ¿Una ruptura traumática? ¿Alguien te hirió? ¿Te has cosido tantas veces que ya es imposible saber dónde acaba el hilo y dónde empieza la piel? No temas, un corazón nuevo es la solución.

Hay tantos como personas dispuestas a llevarlos. Si lo deseas, puedes crear el tuyo. Y si no, existen modelos predeterminados listos para usar. ¿Ejemplos? Olvidadizo, de fácil arreglo, desechable, reutilizable… Las variedades son dispares.

Es sencillo hacerse con uno. Más sencillo aún, encontrarte un día, tarde, noche cualquiera, sentada en el suelo frío de tu habitación con la caja abierta al lado. El corazón envuelto en plástico en una mano y el manual de instrucciones en la otra, si es que puede denominarse como tal, dado que no es sino un trozo de papel ocupado por un breve párrafo escrito con prisa:

Modo de empleo: introducir el producto una vez extirpado el original.

Precauciones: no apto en caso de padecer emociones.

No compatible con sentimientos. Evitar contacto con el corazón natural. Peligro. Puede provocar efectos secundarios irreversibles.

En caso de contacto: retirar ambos de inmediato y llamar al teléfono de atención al cliente.

Conservar en un lugar fresco y húmedo.

Mantener fuera del alcance de niños y adolescentes.

Ah, se me olvidaba mencionar lo de las pastillas para controlar y erradicar las emociones, pero esa ya es otra historia. Importa más tener a tu disposición un corazón en blanco sin necesidad de derramar sangre, lágrimas o espinas.

Es tan fácil como lanzar el papelito y sus letras muy lejos y sacarse el corazón de un tirón. Un último vistazo a ese músculo palpitante y moribundo inventado por el diablo, aún con restos de piel, antes de dirigir la mirada al otro. Pareciera estar susurrando «úsame, úsame a mí. Úsame, que yo no te doleré». Puede que solo sean imaginaciones tuyas, pero se convierten en palabras que escuchas y obedeces. Lo encajas entre las costillas. Mucho mejor.

Ya es tuyo. Lo abrazas. Respiras aliviada. Lo disfrutas. Sientes cómo absorbe lo malo, cómo desaparece sin dejar rastro. Vacía. Te estás quedando vacía. Lo exploras, lo ríes, lo pruebas e, ilusa de ti, asientes satisfecha. Has acertado. Eres feliz. Has tomado la decisión correcta por una vez. Ya no estás rota. ¿Que alguien te hizo llorar cien mares para después verte naufragar en ellos? No, eso no pasó. No, esa no eras tú.

El tiempo te acaricia con suavidad. Ha dejado de apuñalarte; ahora hace cosquillas.

Y entonces mueres. Ni un corazón artificial podrá salvarte. Ni de la muerte, ni de lo que está por venir.

Todo lo que no has sentido en una vida regresa. Un tsunami devastador, un huracán que no entiende de fronteras y varios terremotos dibujan grietas creyéndose artistas. Un volcán en erupción vomita lava en tu boca: arde la garganta, se congelan los segundos, se parten las risas.

Copos de nieve flotan sobre las llamas encendidas que, furiosas, los muerden. Las lágrimas heladas no ceden. ¿Quién dijo que el fuego derretía el hielo? ¿Quién fue? Que ose repetirlo.

Escupe tus últimas palabras, pequeña soñadora.

Llora tus últimas gotas de agua salada, pronuncia tus últimas mentiras, que la sangre corre y tú vas perdiendo.

Me atreveré a darte un consejo, de fantasma a ser vivo: no lo hagas. Por mucho que duela, aunque veas el universo despedazándose sobre tu cabeza. No importa si se asemeja al filo de un cuchillo bailando un vals por tu espalda, no importa si son un millón de astillas las que se deslizan por tu rostro o cien manos las que hunden sus uñas en tu cuerpo.

Promete que no lo harás. Júralo.

Porque es preferible que te persiga un recuerdo a ir toda la vida tras un fantasma. Mejor sentir un vacío que estarlo. Las personas te marcarán, trazarán siluetas sobre ti, como si fueras un lienzo. Eso demostrará que estuviste viva. Y, ¿sabes qué? Que por mucho que intentes olvidar, hay instantes que permanecerán inalterables. Te lo demostraré. Dime si no es verdad que mientras me lees alguien se está colando entre las líneas negras, tus ojos y yo. Dime que es mentira y quizá me equivoque al afirmar que arrancarse el corazón es sinónimo de pintar un amanecer sin color, cantar sin voz y escribir sin letras.

¿Sabes? Ni quien una vez te importó se marchará del todo, ni mil corazones de plástico pueden reemplazar uno de verdad.

16

Título: Virtudes de la bombilla

Autor: Daniel Felipe Bríñez Cagua

Centro docente: Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, Bogotá.

Aprovecho este espacio que me ha concedido, señor panelista, para confesar que la bombilla me parece el mejor invento del siglo. Sé bien que muchos de ustedes difieren de esta opinión mía, que prefieren al fonógrafo o al vitascopio, pero yo elijo a la bombilla. Es sin duda un artefacto de singular belleza, cuyo diseño es más humano incluso que el de los hombres; no la protege otra cosa que un frágil manto de vidrio, pero tampoco necesita más para cumplir su propósito.

Siempre cuido de mi bombilla, y ella escolta mi soledad nocturna, aun cuando estoy fuera y la encuentro esparcida en las aceras. No se relega a la burla, incluso al encontrarnos tambaleando entorpecidos entre la penumbra, palpando las paredes y los marcos con la angustia prensada en los labios, y nos ayuda. Está siempre dispuesta. Mas hay aún quienes dudan de la obediencia de la bombilla, pero no es cuestión alguna de rebeldía, porque ella sirve fielmente hasta el final de sus días, sin apartarse un instante de su labor disyuntiva.

Pero comprendo acertadamente que estas virtudes no serán suficientes para ustedes, ni que mis palabras cambiarán su elección previa, ni que elegirán a la bombilla como triunfante en este panel. Conservo, sin embargo, la certeza del futuro, que es, irónicamente, al que más le temen.

Llegará otro artefacto, sea pronto o tardío, que tome el lugar de su predecesor y lo deje obsoleto. Pero nunca a la bombilla. Ella misma tiene consciencia de su atemporal eternidad, y taciturna e incólume aguarda su victoria. Sabe bien que en más siglos aún será indispensable, pues no habrá nunca quien la prive de su imprescindible propósito. Así pues, les digo, que ningún otro invento cumplirá alguna vez la función de la bombilla: ahorrarnos la tediosa búsqueda de dónde dejamos nuestra sombra.

1899

17

Título: 4 +1 ≠ 5

Autor: Carmen Soria García

Centro docente: Colegio Sagrada Familia, calle Jorge Juan, Madrid.

Érase una vez un lugar muy lejano, donde solamente vivían dos personas. Actuaban, vestían, eran y hablaban totalmente igual, excepto que había una cosa que les diferenciaba, era el resultado de esta simple suma 4+1. Uno de ellos decía:

—4 +1 = 5, pues si tengo 4 galletas y cojo otra más tendré 5 galletas.

Sin embargo, el otro pensaba totalmente lo contrario, y respondía:

—4 +1 ≠ 5, ya que mis 5 dedos de una mano no son iguales a los 4 dedos de mi mano más el quinto dedo, que es el pulgar, pues me falta medio.

Un día iban andando por la calle, cuando uno empezó a decir, señalando las nubes:

—Esas cuatro nubes más esa no son iguales a aquellas cinco.

—Estas 4 baldosas del suelo más aquella no son iguales a estas cinco —contestó el otro.

Según iban andando por la calle se fueron dando cuenta de que no había 5 cosas iguales, pues las baldosas una tenía una mancha que el resto no tenía, y por esto no había ninguna igual. Las nubes, unas con forma de ovejas, peces y animales de todo tipo, y cada una con su forma única.

Cuando terminaron el paseo, uno de ellos dijo:

—Tienes razón.

Cada palabra dolía como 100 disparos, la primera y la última vez que pronunciaría esas dos palabras, pues no le tenía que dar la razón a nadie, pensaban lo mismo.

—Las nubes, no hay 5 iguales; ahí están las 4 ovejas más el pez, que no son iguales a esas 5 del fondo —argumentó, señalando el cielo—. Por no hablar de las hojas, plantas, flores…

Con el tiempo se fueron dando cuenta de que no había dos cosas iguales, y ellos tampoco eran iguales, uno alto, el otro bajo, uno rubio, el otro moreno…

Desde ese día, empezaron a vestirse diferente, a pensar completamente lo contrario.

—Esto es más divertido —pensaban ambos.

18

Título: Vidas de papel

Autor: Darian de Vroom

Centro docente: IES Ichasagua, Arona.

Mi mejor amigo, Ramón, estaba hecho de papel. Nos conocimos cuando teníamos siete años. Vivía en una caja de cartón y su cama era de papel higiénico.

Era muy difícil ir con él por la calle. Si había mucho viento salía volando y tenía que ir corriendo detrás, y cuando llovía tenía que llevarlo a casa rápidamente para que no se deshiciera.

Era muy curioso, y por eso siempre estaba en peligro. Quería saber cómo se sentía el fuego y acercaba las manos a la chimenea hasta quemárselas. Tuvimos que pegarle dedos nuevos muchas veces.

Al ser tan delicado, era muy difícil abrazarlo o chocarle la mano. Algunas veces las personas no sabían que era muy frágil y lo aplastaban, y yo tenía que plancharlo. Era una tarea bastante complicada, porque si la plancha se calentaba mucho Ramón empezaba a arder.

Pasaron los años y mi compañero estaba en las últimas: amarillo y deteriorado. Daba pena. Lo llevé al médico para hacerle un chequeo. Nos dijo que estaba en muy mal estado de salud y que la única solución era hacerle un plastificado: un proceso sencillo y sin dolor. Así podría salir a la calle en días de lluvia, ducharse sin ningún problema y no se espachurraría con tanta facilidad.

Ramón dijo que su sueño era vivir eternamente, pero no quería plastificarse, porque el plástico contaminaba el medioambiente. Dijo también que quería ser inmortal, pero seguir siendo de papel. Le prometí que lo ayudaría.

Cuando llegó su hora, nos despedimos y lo puse en el contenedor para reciclar. No sé qué pasó exactamente a partir de ese momento, pero sí sé que no se ha ido, solo ha cambiado de forma. Por eso, ahora, cuando recibo una carta, leo un libro o compro un cuaderno, me pregunto si dentro está mi amigo Ramón.

19

Título: Fortuna

Autor: Irene Molina Escabias

Centro docente: IES Sierra Sur, Valdepeñas de Jaén. 

Quizás toda mi suerte se debe a esa mano arrugada que un día me dijo que no sabía por qué, pero era diferente. A otra mano que día tras día se asomaba a la puerta y me deseaba buen día, haciendo así que mis desdichas pesaran menos. A la que me acariciaba el pelo mientras dormía. A un grupo formado por dos manos que me impulsaban al abismo y cuando estaba a punto de caer sus brazos me abrazaban, porque si caíamos era juntos. Tres manos unidas que juntas me alzaban al cielo para que lo rozara si ese era mi deseo. Su mano, la que menos sostuve pero más me enseñó. Y muchas manos amigas que me hacían vivir el presente sin miedo al futuro. Sabía que al menos en mis recuerdos aparecerían acariciando mi alma con sus manos.

20

Título: Gajo a gajo

Autor: María Medrano Pinillos

Centro docente: IES Castilla, Soria.

Ya recogerían la mesa mañana. Esa noche había sido muy agitada. La naranja se había menguado hasta convertirse en mandarina por los insultos de la pera que había aparecido en el frutero de repente, alborotando la cena, convirtiendo el silencio en gritos, hasta que pudieron echarla a patadas de la mesa.

Pero unos minutos habían bastado para que a la naranja se le cayeran unos gajos y para que su autoestima quedara por los suelos. Solo con unos minutos, imagina así toda una vida…

21

Título: Pequeña historia del 2 de mayo

Autor: Pablo Climent Suárez

Centro docente: Colegio Nuestra Señora del Carmen, Gandía.

En aquellas tierras vastas de mi amada Castilla yacía el cuerpo sin vida del más valeroso hombre que el viejo continente jamás había visto desde la creación del mundo de los hombres. Yo, amante de una vida de desgracias, un viejo curtido en mil batallas, escuché el grito que precedía a su muerte en la oscura noche de mayo de 1808. Ese no era el sino de don Gonzalo, ese no. Murió observando el feo y cobarde rostro del invasor, de aquellos que creían suyas nuestras casas, nuestras calles, nuestras vidas. Era hora de reaccionar, y reaccionamos. Las acciones del francés al ocupar lo inocupable sólo sirvieron para alentar al pueblo; éramos españoles y esto era España, nos pertenecía. Sabíamos cuáles serían las represalias por nuestros actos, pero era nuestro turno y yo no pensaba quedarme quieto mientras el capitán Daoiz daba su vida por la de todos los madrileños, daba su vida a cambio de la mía, daba su vida para salvar la de los compatriotas que rodeaban mi tronco, mi cabeza y mis extremidades, y a los que nunca me digné a preguntar sus nombres. Únicamente un par de cuchillas resguardaban mi pecho del ataque de los gabachos. Qué podía hacer yo, un hombre con ansias de libertad al que ya le habían arrebatado todo cuanto tenía. Quién sabe cuántos disparos de fusil consiguieron quitarme la vida antes de caer rendido al suelo. Solo sé que nuestra guerra había comenzado.

Si aquel manjar para los cuervos cuyo corazón no latía y sin cerebro que pensara se extinguió para siempre, os preguntaréis qué mano ha escrito esta historia. Pues lo cierto es que mano, ninguna. Mi nombre es Hernando de Velasco, soldado de la infantería española fiel al legítimo rey de las desgastadas Españas, su majestad Fernando VII, y hoy 17 de abril de 1814, acabada ya la guerra, escribo desde el lugar donde las personas van tras morir, un lugar que solo los muertos conocen. Cada uno tendrá su idea de a qué me estoy refiriendo.

22

Título: Amarís

Autor: Irene Candau Parrado 

Centro docente: Cía María – La Enseñanza, Valladolid. 

Para cada héroe siempre habrá un villano, todo lo bueno tiene un opuesto malvado.

La heroína, admirada por muchos, temida por otros. La vida perfecta gloria, fama, poder.

Cuando eres una heroína, en un gran palacio y con tantas expectativas puestas en ti, todos esperan siempre una cosa. Un villano, uno que sirva de competencia justa ante tal poder. Esta era la raíz del miedo de muchos, para tal heroína debían esperar a alguien igual de grandioso, salvo que para el mal.

Estoy fuera, en el balcón del palacio, mirando a la luna intentando disfrutar lo máximo que pueda de estas horas de tranquilidad, en las que puedo relajarme, puedo llorar, puedo gritar y puedo cantar si quisiera, pues bajo la protección de la luna no tengo que seguir siendo fuerte, no tengo que preocuparme de que alguien me mire a los ojos y descubra todo lo que estoy pensando, no necesito seguir mostrando una sonrisa falsa. Por un momento puedo ser yo, y por breve que sea lo que la luna brille en el cielo siempre tengo el consuelo de que volverá noche tras noche. Esta noche solo la miro, tumbada. No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero por primera vez en todo el día dejo que lágrimas caigan de mis ojos y resbalen por mi rostro hasta notar el sabor salado de estas en mis labios.

Amaris, una hija de la luna, la promesa de los dioses, eso significaba su nombre. Según se dice, una hija de la luna siempre sería el orgullo o la desgracia del reino. No había habido ninguna en más de 500 años, y cuando ella nació se decidió rápidamente que era lo que esperaban, siendo educada y controlada desde pequeña para que se ciñera a su camino, o al menos al que a ellos les beneficiaba. Pero seguían esperando la última parte de su plan bien calculado, una amenaza contra ella, una persona a la que pudiera derrotar para que todo terminara y no tuvieran que seguir preocupándose de si acababa siendo malvada. Hasta que eso pase, el plan de los reyes ha sido acogerla en el palacio, aunque más bien parece un secuestro. Su único deber es asistir a las clases que ellos le proporcionan y sonreír a los súbditos, mostrarse amable y educada. Su deber es ser la chica ideal que ellos la han preparado para ser.

Muchos pensarían que se encontraba preocupada o incluso emocionada por cumplir su gran destino, pero la triste realidad de la situación es que ella sabía que no iba a ocurrir. Hace ya tiempo que conoce la verdad, pero sólo la luna se digna a escucharla, a escuchar sus gritos y sollozos. Sí, es el héroe que tanto esperan, pero el villano al que debe vencer está dentro de ella. No será la gran guerra que ellos esperan, es una mucho más pequeña y complicada de ganar.

Todo héroe necesita a su villano, el mundo ve en ella a su heroína, lo que no ven es la batalla que lidia en su interior con el mayor de los villanos, una lucha que la acabará consumiendo. Pero no se preocupen, ustedes no verán nada, no tendrán que preocuparse por ella, al fin y al cabo éste era su destino.

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Título: El árbol del Somme

Autor: Ángel Martínez Fernández 

Centro docente: Colegio Padres Somascos. A Guarda, Pontevedra.

El olor a ceniza, mezclado con el plomo y el hedor de los cientos de cadáveres desparramados por la tierra de nadie, inundaba el aire haciéndolo irrespirable, y la tierra, aquella verde y fértil, pasto de vacas y rebaños desde lo más antiguo de los tiempos, se había convertido en un gran arenal volcánico sacado de las mismísimas entrañas del infierno.

Poco o nada quedaba del paraje donde crecí y eché raíces, siguiendo el ciclo de vida de generaciones y generaciones. Tan solo el cielo y el manto de estrellas, viejas conocidas, calmaban mi soledad.

Perdonadme la mala educación de no haberme presentado aún, tremenda sea mi torpeza, pero si les soy sincero, no creo que sea relevante para entender lo que sucede ante mis ojos, pues no tengo ni nombre ni apellidos, y tampoco sé a ciencia cierta cuántos años llevo plantado en este mundo al que los humanos le llaman Tierra. Solo soy un espectador de un circo del que daré cuenta a la eternidad.

Antes les aseguro que no era ni por el asomo parecido. Plantado estaba en medio de mis hermanos, conformando un gran bosque junto a una pequeña granja donde habitaba una familia a la que todo el mundo le habíamos cogido cariño.

La hija, adolescente quizás, de cabello ondulado y azabache, piel sonrosada y ojos azules, reía y correteaba feliz entre nosotros cuando terminaba el trabajo encomendado. A aquella chica le tenía un afecto especial. A veces, cuando aún le quedaba algo de tiempo antes de que la llamasen para acostarse, se sentaba en mi regazo y al amparo de mis ramas comenzaba a contarme historias sobre una tal París y el sueño de formar una familia en aquel lugar.

Me recordaba demasiado a su madre, y ella a su abuela. Ambas hacían lo mismo, ambas con aquel sueño por cumplir y, a medida que el juez Tiempo avanzaba, se veían condenadas a quedarse en la cárcel que suponía la granja.

Las primeras noticias de la guerra no nos llegaron hasta hace casi dos años, cuando el padre, un hombre bueno y amable, de patillas largas, bigote cepillado y fuerte como un toro, llegó una mañana del pueblo más cercano con un periódico en la mano y el preludio de un conflicto inminente.

Al principio no nos asustamos. Pensábamos que aquí no llegaría, que sería como la de hace cuarenta años, una guerra rápida que se decantaría en poco tiempo para un bando o para otro. ¡Qué equivocados estábamos!

Noche tras noche, en el horizonte, el resplandor de los fogonazos y el rugir de las explosiones se hacían sentir a kilómetros de distancia, y ella, pobrecita mía, se refugiaba en el lugar donde más segura se sentía para contarme de nuevo sus imaginaciones.

Semanas antes del desastre, y con la granja en la ruina, vendieron los cerdos y vacas a buen precio en el mercado, hicieron un hatillo y andando que se fueron. Me partió el alma ver las lágrimas de la niña correr por sus mejillas. No quería dejarnos, quería permanecer donde había estado siempre. Suerte que te fuiste.

Los vimos desde la lejanía. No eran muchos, marchando al paso de un solo hombre con su uniforme gris, gorra y pertrechos a hombro y espalda. Eran jóvenes, ¡con una vida entera por disfrutar!

Todos rubios y de ojos azules, hablaban aquella lengua que ya habíamos escuchado antes. Debían ser los nietos de los hombres que vinieron hace décadas por los mismos caminos para cumplir la misma misión.

Se detuvieron a la altura de la granja, donde cavaron largos surcos al resguardo de nuestras ramas. Luego nos serraron a algunos: viejos y jóvenes hermanos se convirtieron en troncos que soportarían sus viviendas y crearían sus fortificaciones para defenderse de sabe Dios qué ejército.

Durante los días siguientes el ambiente era calmado, los chiquillos jugaban a las cartas sobre las cajas de munición o sobre los propios tocones, fumaban o mataban el tiempo contemplando la belleza de la naturaleza en su estado más puro. Poco duraría.

Una madrugada, con el sol desperezándose y la mayoría dormidos a pierna suelta, el silbido de algo cruzando el cielo recabó toda mi atención, hasta descubrir de manera desagradable de qué se trataba. El objeto impactó sobre el tejado de la granja, acabando en una explosión. A aquella le siguió otra, y otra más. Tan solo acababa de empezar.

El bosque fue objetivo del más duro de los terremotos. El cuerpo de alguno de mis familiares fue partido a la mitad por la fuerza de aquellas explosiones, y a poco estuve de sufrir la misma suerte.

Con el lugar devastado, un nuevo silencio, roto por los llantos de los soldados, inundó el ambiente. Los que quedaron vivos y podían sostener algo entre sus manos se recostaron sobre la tierra calcinada, a la espera del segundo plato.

No tardó en llegar, y desde detrás de los restos de la granja pude llegar a oír una música y consignas que no logré entender. Eran hombres altos y esbeltos, vestidos con falda, boina azul y chaqueta marrón. Venían junto a un gran óvalo metálico, pintado de verde, rojo y blanco.

Mientras procesaba tanta información los jóvenes dispararon sus armas contra los que tenían enfrente, a lo que estos respondieron con la misma moneda. El óvalo disparó uno de sus dos tubos laterales, alcanzando a unos chicos a mi derecha, desintegrándolos.

Cerré los ojos, no lo soportaba… ¡Tanto sufrimiento! Por primera vez quise ser humano, tener manos para taparme los oídos y enterrarme bajo tres metros de tierra. Cuando cesaron los disparos volví a abrirlos.

Los de la falda gritaban y se abrazaban entorno al metálico objeto, felices de su triunfo, mientras que los grises habían desaparecido. Me heló la sangre. Los cuerpos se amontonaban por todo el campo y la sangre se mezclaba con la lluvia que empezaba a caer.

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Título: Ya no estoy

Autor: Nai Martinez Armijo

Centro docente: Colegio Santa Mónica, Palma de Mallorca.

Al final,

tarde o temprano,

todo se desvanece.

Todo.

La carne, la piedra.

Hasta las estrellas lo hacen.

El tiempo arrasa con cada cosa

que encuentra a su paso.

Los recuerdos, el pasado

y el espíritu,

también desaparecen.

Todo cede ante el tiempo,

incluso el alma.

 

Al principio,

fue complicado para ellos.

Seguir.

Sabiendo que ya no estaba ahí,

pues el tiempo

también había arrasado conmigo.

Nunca conseguimos el privilegio

de un último abrazo,

una última caricia,

ni de un último adiós.

 

Aunque luego,

pasó el tiempo.

Y con el tiempo llegó el olvido.

Mi olvido.

Y con el olvido,

un mal y un dolor monstruosos.

Como la carne,

como la piedra,

como las estrellas,

yo también me desvanecí.

 

Y entonces lo entendí.

Morir no es que tu corazón deje de latir,

que tus pulmones dejen de respirar,

ni que por tus venas ya no corra más sangre.

Morir significa aceptar

tu propio olvido.

Morir significa que abandonen

tu recuerdo

y sigan con sus vidas.

25

Título: Calma después de la tormenta

Autor: Inés Manrique López 

Centro docente: IES San Fernando, Madrid

Hay una palabra especialmente bella en la lengua castellana. «Efímero». Las letras están perfectamente colocadas para ser pronunciadas con elegancia e inteligencia. Pero su significado es, en este idioma, como en todos los demás, muy cierto. Tanto, que a mí me asusta la verdad que esconde.

Se podría decir que mi vida se describe en esta palabra. Efímeras son las personas, como lo son las emociones y los lugares. Al cabo de los años encontré algo a lo que no es aplicable este adjetivo. Las palabras. Eso me marcó de por vida, ya que algo que utilizamos en la vida cotidiana son esos conjuntos de letras que nos dan la oportunidad de comunicarnos y expresarnos. Y las palabras pueden ser certeras, dar en lo más profundo de una persona, y tú eliges atacar el corazón, o darle vida.

Dar con las palabras exactas no fue lo que me persigue todavía. El momento en el que estuve atrapado, entre mi propia espada y la pared que construí con mis manos, me desconectó de lo que pronunciaba y escupía.

Llegué a una situación en la que yo mismo sabía que lo que estaba haciendo no era lo correcto. Mi lengua se debatía contra mi cabeza, o quizá mi corazón peleaba contra mi cerebro. Lo único que sabía con exactitud era que iba a hacer daño, a sacar los trapos sucios y secretos, a herir, como una persona que te quiere te hiere. A traición. La ira y el miedo corrían por mis venas hirviendo. Desaparecieron los valores que aprendí, me convertí en aquello que odiaba. Y lo que me echo en cara, cada vez que lo pienso, es que esa furia era efímera. Desapareció. Pero lo que dije sigue flotando en mi conciencia, en el aire que respiro, como un leve y desagradable perfume que llevo puesto cuando salgo a la calle o me veo reflejado.

Hoy me vuelvo a encontrar con esa persona, a la que dañé enormemente. Me mira con ojos tristes, está más pequeña de lo que recordaba, más apagada y frágil, como si tocarla la rompiera en pedazos. Lleva puesta una falsa sonrisa acompañada de dolor y angustia.

Ahora que la calma después de la tormenta nos ha permitido abrir los ojos de nuevo, avanzar después de pensar en lo ocurrido durante la sacudida tempestad. Podemos pedir disculpas y perdonar. Dispuesto a hacerlo, suspiro profundamente y la miro directamente a esos ojos que tanto echaba de menos.

—Lo siento mucho —pronuncio lentamente.

—Te perdono —susurró mi reflejo.

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Título: Pensar

Autor: Inés Manrique López 

Centro docente: IES San Fernando, Madrid

Pensar, curiosa manera de alimentar y destrozar la mente. Pensar en el pasado te desgarra los recuerdos de esa persona y te los echa por delante para que te atropelles en un intento de hacerte caer de nuevo, de frenarte. Pensar en el presente no duele tanto. Pensar en el futuro, ese futuro donde no existe ese ser vivo que alimentó tu sonrisa, tu vida y que nunca más volverá, que el resto de tus días serán igual, desdichados y miserables.

Pensar en tu corazón, que late más despacio y tu respiración se vuelve irregular, que tus ojos seguirán cristalizados al pensar en esa persona. Pensar en tener que seguir adelante, que no te dejes llevar por el pensamiento, y de pronto ver su cara sonreír, y vuelves a empezar.

Pensar las noches, hasta la madrugada sin poder dormir. Cerrar los ojos y pensar, abrirlos y recordar, entonces ¿cómo parar? Pensar que es estúpido, esa costumbre de seguir pensando, echarte la culpa y caer al pasado, dejándote arrastrar por él, sumergirte en un mar donde solo puedes entrar tú, donde nadie puede rescatarte de ahogarte.

Pensar demasiado te rompe el alma en pedazos demasiado complicados para volver a arreglar, te asfixia, te quema las venas a fuego lento, oprime tu pecho hasta que te acuerdas de que necesitas respirar.

En fin, pensar.

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Título: Remembranzas en el capitolio

Autor: Juan Esteban Guayabo Contreras

Centro docente: Colegio Instituto Técnico Internacional, Bogotá DC.

Las noches ya no son para dormir, nos han dejado. Mis pies se ponen sus trajes funerarios y salen a deambular a través de la gelidez bogotana, rumbo al costado sur de la Plaza de Bolívar, arrastrando unos harapos viejos, horadados por el tenue plenilunio por entre las sobras de la tormenta que abatió el ánima de la capital. «¡Oh, cuánto gozo y dolor me atizas, amada tierra de venas abiertas!», reza este fiambre ilusorio frente al vestigio neoclásico donde otrora la desventura tomó fuerza para acribillar al Mártir del Capitolio, desgranando todo ánimo de redención, avezando a las generaciones a ese ánimo de vida hostil y sanguinario.

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Título: La mirada de Dalí

Autor: Raquel Cerezo Carrión

Centro docente: CEU San Pablo, Murcia.

Al ritmo del que mueve las agujas del tiempo, por instantes se vislumbran cúmulos de fotones en forma de destellos, fusión con el azabache negro de lo profundo, de lo oscuro, de lo eterno. Parpadeo. ¿Sientes el tic tac del reloj? Parpadeo. No lo pierdas. Parpadeo. Da dos giros en la cama, inconsciente, luces apagadas, los portales rayados de las ventanas descansan sobre el alféizar, diría que lo acarician, mas lo aprisionan, dejan al interno entre las rejas de la oscuridad. Silencio sepulcral. Otro giro en la cama, se remueven las sábanas, pero mira, mira bien, fíjate más. ¿Las ves de verdad? Mira más de cerca, todo se remueve, el suelo palidece y gira en espiral, la madera de roble envejecida torna en bruma blanquecina, caída de estrellas al cubículo con la cama en una de sus caras, mismo augurio que en las historias que Lorca contaba. Parpadeo. Ríos por su sien, desembocando gota a gota en su piel. Es esa gota que lo colma, la última que recorre la puntiaguda de su cara, acelera, como un tremendo meteorito impactando en el valle de su boca. Susto. Se despierta. Ahora dame la mano, con fuerza, no la sueltes, o caerás, es una bola de cristal, parece rígida y pequeña por igual, pero recuerda, no hay nada más surrealista que la propia realidad. Agárrate fuerte, que vamos a entrar, ya sabes lo que dicen, la verdad en la mirada está. No, no, no me pidas permiso, que vamos dentro, a un camino profundo y violento, al principio tenso, pero luego, luego tornará hermoso y misterioso. Es ahí, esa delgada línea, tan fina como el bigote de Dalí, donde se descubre la esencia del que miras, del que desnudas con tus ojos color avellana, una intensidad con la que a veces se te saltan las lágrimas. Te advierto sin disimulo, luego no me mires incrédulo, te voy a enseñar los recónditos y hermosos, pero rocosos caminos del… ¡Agárrate fuerte! ¡No me sueltes!

Breve pausa. Es el silencio chirriante de la caída impactante. Oscuridad descomunal, se han cerrado los párpados, pero tú, tú despierta, querido amigo, estamos dentro… ¿Sabes lo que miras? No, porque no aprecias, te limitan tus creencias, ese subconsciente tuyo que te frena, te atormenta, te chilla al oído en silencio y te deja solo en el vacío. Te agarra bruscamente de la mano, y te susurra todos y cada uno de tus miedos, el camino dorado lo torna negro, se apaga Oz, y te deja solo…Suéltalo te digo, ese monstruo interno, y empieza a ver de verdad conmigo.

Sí, veo que me escuchas, mira ahí arriba, un rayo de luz rompe lo negro, refleja en el espejo y rebota en tus cadenas. Míralas, mira eso que te agarra y no te suelta, prisionero de tus miedos, no te dejan ver lo verde de tu suelo, el claro de tu cielo, el volar de tus pensamientos. Sí, toca el suelo, siente la tierra, hay vida en tu aparente paisaje infernal. La brecha se agranda, más y más, veo que me escuchas, te curas… ¿Te amas amigo? Sí, hablo contigo, ¿te amas en verdad? Sí, sí, veo cómo asientes, pero gírate, ¿qué es eso de ahí detrás? Demonios rojizos con largas barbas, inseguridad quizás…¿Te conoces en verdad? Qué pregunta, ¿eh?, difícil de contestar, dura de asimilar. Te noto perplejo, la introspección y sus complejos, pero tranquilo, que veo progreso. ¿Te quieres o deberías acompañar a Narciso al río? Mira cómo se acerca esa bandada de dudas, llueven preguntas sin contestar, cuánta brecha, cuánto daño, me pondré las gafas para verte con claridad.

Maravilla, sí, maravilla, fíjate que creo que no te miras en verdad. Deja que te mire mejor el alma, y tranquilo, que la tormenta pasa, calma, respira, sigue respirando, te estás curando. Silencio. Silencio. Oigo algo, un bombeo de fondo. ¿Me entiendes? El suelo se ilumina, se empieza a ver el boceto de tu cuadro surrealista, tu imaginación, tu vida. Se extiende por las montañas, abarca la pradera, es el amor que se adentra en tus entrañas. ¿Cuál será? ¿De dónde vendrá? Buenas preguntas, amigo, pero la respuesta está entre tú y el espejo. Todo eso que veías donde no te encontrabas, ya te veo, te observo y me fascina esa intensidad tuya a lo Tarantino pintada a brochazos incoherentes de belleza por el mismísimo Dalí. A veces no me entiendo, me dices, pero ahí está la magia, en dejar que la luz entre y disipe la pesadilla, y tú y solo tú es quien puede prenderla.

¿Lo escuchas? Es el tic tac. Parpadeo. Se abre el portal, parpadeo, nos vamos ya. Parpadeo. ¡No me sueltes o caerás! Parpadeo, parpadeo, parpadeo… Tic, tac…

Y es que, amigo, en ese paisaje que me has enseñado, es donde hay que trabajar. Escucha al que bombea, calla al que planea, intuición se llama la mezcla, mezcla de acuarelas, porque no olvides que eres tú quien pinta el paisaje que en tu vida observas.

29

Título: Morir o seguir viviendo 

Autor: Daniela Cossi Poveda 

Centro docente: IES San Fernando, Madrid.

Y así, tras una larga y oscura noche, desperté con un único pensamiento en mi mente: sangre.

Avancé por las calles tratando de hallar algún cuerpo caliente, mientras mi sed crecía y crecía. Tenía jaqueca, me dolía la boca, en concreto las encías, y la mínima pizca de luz me deslumbraba. Cuando ya había perdido la esperanza de sobrevivir a aquella noche, y me había tendido en la fría carretera de la ruta 94, dos ojos luminosos y amarillentos surgieron de repente. A medida que se acercaban, pude comprobar que no eran ojos, sino las luces de una camioneta. No me molesté en moverme, y por esa razón el vehículo frenó a varios metros de mí y una mujer se bajó de este. Se acercó lentamente a mí, vacilando, y cuando estuvo a un metro me preguntó:

—¿Está usted bien? ¿Necesita ayuda? —pude advertir un ligero temblor en su voz.

Susurré de manera que la joven tuvo que acercarse más para entender mis palabras y justo después de que se arrodillase y se aproximara mis dientes perforaron dos círculos perfectos en su vena carótida, y pude sentir su sangre abandonando su cuerpo y visitando el mío. Después de aquel banquete, tiré su cuerpo en el bosque y me apropié de su furgoneta.

Cuando el sol se alzó, yo ya no era yo. Las rosas seguían rojas y el cielo azul, pero mi corazón había dejado de palpitar. Ya no veía las cosas de la misma manera. Ahora las personas eran simples sacos de sangre, y los cálidos rayos del sol mi perdición. Las necesidades básicas, como comer o dormir, ahora resultaban insignificantes. Los valores como la empatía, solidaridad, incluso el egoísmo, todo lo que sabía de ellos se hundió junto a mi vulnerabilidad física. A mis amigos y familiares les abandoné por completo y emprendí un viaje a cualquier otro destino, lejos de mi pasado humano. Aunque mis sentimientos… estos se encontraban magnificados. Cuando sentía furia, era capaz de desgarrar más de veinte cuellos; cuando sentía amor tenía unas ganas inmensas de rozar sus labios con los míos, y cuando sentía tristeza tan sólo encontraba más y más formas de llegar a ese sueño de muerte: el país del que ningún viajero vuelve, ninguno, salvo yo.

30

Título: Delirios del ayer 

Autor: Ignacio Doménech Martínez 

Centro docente

Tal vez la nada no sea blanca ni negra, sino azul y yo esté ahora fundiéndome en ella, sin saberlo, sin temerlo. Puede incluso que haya llegado el momento que tanto ansiaba. Paco, el Destrellatat, me dijo cuando yo aún era un mocoso: «El abuelito está en el cielo, coronando el azul, y tú un día estarás junto a él». Él había leído muchos libros en su juventud, y cual don Quijote había ido perdiendo la cabeza. “Sabut, però destrellatat”. Mi madre me decía, cuando quería que me fuera a la universidad a sacarme Derecho, que los listos que no estudiaban acababan siendo unos descabellados. Como Paco, añadía, ¿te acuerdas de Paco?

Yo no temo la muerte, ni la envidio, aunque convencido estoy de que es el mayor ente de justicia del mundo. La Parca vendrá, tarde o pronto, hasta mi cama —puede que ya esté aquí, junto a mí, riéndose de mi destino— y me llevará con ella, como el niño, cogidito de la mano de mamá, avanza entre las gentes en la feria.

Tantos años postrado… Tumbado en este lecho… Cuando suba podré ver a Paco, el Destrellatat, y seguro que a mi Vicenteta y a mis padres, personas de bien.

A quien seguro no veré es a mi Rita. «Una señora de los pies a la cabeza, de las que ya no quedan», me dijo mi padre, el Tío Marcial. Pues menos mal. Va a ser mejor que ya no queden, pues no se vio mujer más cotilla y más avara en toda Valencia. Nula sensibilidad tenía.

Ahí en los infiernos estará también la cotorra de Catalina. Pobre su hermana, toda la vida aguantando, primero al marido y luego a la otra. «¿Quieres unas especialidades?», le decía al pasar por la pastelería. “Sí que em faria goig”, le contestaba ella, con la boca pequeña. «Pues muy mal, ya sabes que tú de eso ni probarlo». Ay, Carmencita, “no veus que tu estàs molt grossa?”, le decía mientras seguían andando con la cabeza gacha.

Pero ninguna como la Rita. Esta esposa mía sustituirá al mismo Diablo, pues se pasó la vida haciéndole fiesta en el chaflán. Igual le daba que se muriera Manolo que el Tío Quino, su «bien merecido, por…» —y los puntos suspensivos podían ser cualquier cosa— no faltaba.

Incluso cuando lo de mi Vicenteta… “pobra xiqueta meua…”. El día en que dio a luz me dijo: «Ale, ya la he parido», y no se paró a ver lo bonita que era la niña y lo adorable que era su rostro. Y siempre la trataba con desdén, con la misma indiferencia que mostraba ante todo. Y yo le cantaba por las noches las nanas de mi tierra, “les canços de bressol”. “Ella es l’ama del corral i del carrer…”. Y besaba su frente…

Cuando a los cuatro años y medio murió… murió mi Vicenteta… yo aún temía que la Rita dijera eso de «bien merecido»… Pues ella era así. Pero se calló. Y sólo unos días después añadió: «Si Dios así lo ha querido…». Y tampoco la muerte de su hija le afectó.

Es curioso que nunca la desgracia del prójimo consiguió ablandarla y, en cambio, a la muerte de la Tina —la perrita que adoptamos al poco de morir Vicenteta— sufrió tal episodio de hipersensibilidad que aún hoy, nueve años después de su muerte, la oigo llorar y contar los pasos. Uno, dos, tres… La enterramos a siete pasos del nogal. Cuatro, cinco… Y la Rita iba allí a dejar alguna amapola y una ramita de olivo los sábados al alba. Seis, siete…

Ahora que voy a morir y que la soledad lleva siendo compañera de mi vida un buen trecho del camino, cuando observo desde mi ventana el mar de almendros y olivos, recuerdo a mi padre. A él nada le asombraba, todo lo había visto ya antes, mucho antes. Se apenaba por cosas, sí, pero no le sorprendían. Y yo, a mis años, me voy convirtiendo en él y sólo consigue impresionarme la ligereza de la vida, el poco peso que tienen ahora algunas cosas que creí vitales cuando las viví y el enorme poso que dejaron en mí algunas miradas, algunos segundos.

De pequeño iba con mi padre a cazar tordos, y me asombraba el “parany” y todo el tinglado de la liga y los pájaros. La caza con liga era un método injusto, pues no distinguía entre aves. Por ello, tal vez, se asemejaba tanto a la muerte. «Tienes que ser precavido al posar tus piernecillas, hijo, que como tenga liga el palito te vas para abajo».

Yo no echo de menos la caza, pero sí jugar con él a la escampilla, sentarse a ver los petirrojos, los jilgueros y los abejarucos, y buscar al “Home dels Nassos” por Nochevieja. Yo no lo pude hacer con mi hija. No me dio tiempo…

¿Dónde estarás, hija? El padre pronto irá a verte… Y jugaremos juntos… Y te enseñaré a cantar. “Ja ve Cento de ca la novia…”. Y te reirás cuando me ponga la boina del revés y te haga “carasses”… ¿Eh?, ¿verdad que reirás?

Ya se va quemando la flor del almendro y siento su mano. Ella me acaricia el rostro mientras me duermo. Ya se va difuminando el azul. Ella me arrastra y yo me dejo llevar. Vicenteta… Ya va contigo el pare. Todo es ya liviano. Los olivos bailan al son del viento de un lado a otro. Izquierda… Derecha… Izquierda… Y los cipreses alargan su sombra mientras los animales enmudecen y calla la tierra… Vicenteta… Sólo las cigarras cantan y sienten el peso del azul. “Pare”… Ya va Rafel contigo, ya va el hijo del Tío Marcial con la Parca…

Y se funde la tierra amarga con el cielo y entonan dulces cantos los niños del pueblo y se cubre el suelo de un manto de florecillas blancas.

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