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Selección del II Concurso juvenil de historias #VeinteTreinta

Selección del II Concurso juvenil de historias #VeinteTreinta

Cerca de 500 relatos han participado en esta segunda edición del concurso juvenil de historias #VeinteTreinta, dotado con 3.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Este certamen literario, en el que podían presentarse jóvenes autores nacidos entre 2004 y 2008, era de temática ambientada en 2030, comenzó el 14 de octubre y terminó el 30 de noviembre del 2021.

El autor de la mejor historia ganará un premio de 1.000 euros en productos culturales, deportivos o digitales de su elección. Los autores de las cinco historias finalistas restantes recibirán un premio de 400 euros en productos culturales, deportivos o digitales de su elección. Además, tanto el ganador como los cinco finalistas recibirán un ejemplar del libro 2030, cuya versión digital puede descargarse gratuitamente dese el 20 de octubre. 2030 incluye relatos de Alberto Olmos, Ana Iris Simón, Andrés Trapiello, Antonio Lucas, Cristina Rivera Garza, Espido Freire, Eva García Sáenz de Urturi, José Ángel Mañas, Karina Sainz Borgo, Luisgé Martín, Luz Gabás, Manuel Jabois, María José Solano, Pedro Mairal, Rubén Amón y Soledad Puértolas. Está editado y prologado por Leandro Pérez, coordinado por Miguel Munárriz y la ilustración de la portada es de Fernando Vicente.

El jurado está formado por los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

A continuación reproducimos la selección de las 30 historias que optan a los premios. El martes 14 de diciembre de 2021 se difundirán los nombres del ganador del primer premio y de los cinco ganadores del segundo premio.

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1

Título: Hoy no debe ser un día triste para vosotros

Autor: Marcos González Fajardo

Centro docente: Salesianos San Miguel Arcángel

“Hoy no debe ser un día triste para vosotros.

Porque un día fuisteis alumnos, al siguiente fuisteis mis aprendices, al siguiente os convertisteis en mis compañeros, y ayer fuisteis mis compañeros, hoy os puedo llamar hermanos. Hermanos porque somos hijos de hijos y seremos padres de padres. Porque sois amigos, porque compartimos madre como guía. Así quiero que os sentéis a leer esta carta, como Platón se sentó en la cama de Sócrates en su último discurso. La misma acusación, haceros pensar, conllevará en tres horas el mismo castigo.

En cambio, ahora nos dejan pasear por el pasillo en los tiempos libres. Dependiendo del turno y de cuántas ejecuciones se hayan resuelto esa mañana, puede que encuentre en este paseo el lugar más pulcro, cuidado y luminoso que jamás hubiese visto, revestido de un blanco nuclear que casi ciega la vista. En cambio, otras mañanas consiguen recordarme el lugar en el que estoy. Los verdugos se diferencian fácilmente del resto de guardias, se ven cruzar por delante de las puertas siguiendo recorridos sinuosos para hacer notar sobre todas ellas tanto sus llaves como sus fusiles. En estos días, el paseo está marcado por los rastros de sangre y restos de las vísceras de aquellos que nos sirven de premonición.

Mi compañero parece que siempre está borracho, pero se despierta a la misma hora, se duerme a la misma hora, parece un reloj inglés. Tiene tics en la mano y siempre los zapatos del revés, pero he sobrevivido gracias a sus “Te quiero un fleje, chacho”.

Las últimas jornadas me han servido para reflexionar tanto sobre mi futuro como el vuestro. Ya no sé si la muerte es la obra o el artista, el orfebre o la pepita. La piel convierte en mármol. El calor solo es momentáneo. Los labios vuelve en amatistas. Deseo fervientemente el abrazo de Caronte antes de montar en su barca, la plegaria en el monte antes de flirtear con la Parca; verla esperando, seductora, guapa; charlar un rato, que huela mi laca; que note mis ansias y quiera saciarlas; pero sobre todo que sus ojos verdes se claven en mis sienes como lanzas de Esparta. Lo que me enamora de ella es cómo nos iguala, hace libres a presos, a inocentes enjaula, da igual la madre española o la que llega descalza, el joven en Porsche o el que llega en lancha.

Ayer, por duro que fuese, habrá sido un día más fácil que hoy. Cada día que viváis será duro, y el siguiente todavía más. El hoy pone a prueba a lo material, el mañana pone a prueba a las personas. El mañana será el peor día de vuestras vidas, pero tenéis la certeza de que después de él, encontraréis el éxito. La pena es solo una: la gran mayoría de las personas mueren mañana por la noche.

Aunque mi cabeza huya de mi cuerpo como gamo del lobo, renegaré de mi muerte como nunca lo hice. Tengo la certeza de que hoy no moriré. No viviré entre lombrices, sino que en idea me convertiré. No me lloréis, soñadme. Hacedme aparecer en vuestros sueños charlando sobre filosofía en un banco con los para siempre recordados fundadores, llorando en su tumba y después andando de vuelta al Centro. Paseando por las calles que antes eran de la gente y que antes vivían, disfrutando de cómo el sol poniente alcanza cada rincón y lo baña de oro. Disfrutando del amarillo que todo lo alcanza y llena. Imaginando sierpes en las esquinas con sombras, colgadas de los balcones y gritando al viento. Disfrutando de la fusión de las copas de los árboles con los edificios, y del pan de oro en que convertían las muertas el asfalto. Ese poder unificador de la muerte reflejado en los troncos y las ruedas, en las fuentes y parcelas, en leones y gacelas, todo cubierto de sol, pero esta vez no hay muerte, no hay vida, no hay suerte, no hay salida. Soñad cómo Libertad me arropa con su manto, cómo me protege de la noche, y conmigo, a todos vosotros. Y con vosotros, a todos aquellos que la admiran.

Vivid entonces. Vivid como si tuvieseis la certeza de que no pudieseis fracasar, y nunca os deis por satisfechos. Igual que un cocodrilo es mortal, al saciarse se relaja y se vuelve vulnerable. No os saciéis. Que vuestra alma sea inquieta y esté deseosa de conseguir que las ideas puedan volar libremente.

Con mi condena, os tacharán de extintos.

Seréis la luna verde que se desploma y que deja invertebrado cualquier intento de resistencia, pero entonces deberéis alzaros como el cisne que surge de las aguas azules del lago y cubre con sus alas a sus crías. Pues no hagáis la guerra, no seáis violentos. Nuestra guerra no es material, es una guerra de ideas. Puede que se os tache de vendehúmos, que las ideas no son útiles. Entonces, estad orgullosos de lo que habéis logrado, porque la utilidad es el valor de lo que en sí mismo carece de uno.

Por último, espero que el olor salino y las arrugas de las marcas acuosas no os impidan leer mi alma. Pues hoy brindaremos todos, unos con vino y champán, otros igual pero para olvidar. Y yo, que brindo ahora con la tinta que se convierte en cicuta a cada carácter escrito, pero que gozo al empapar mis labios besando cada milímetro de esta carta.”

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2

Título: Si no hubiera mañana

Autor: Eva Herranz López

Centro docente: IES Alfonso Moreno

Desperté notando cómo el frío aire me recorría la piel. Como todas las mañanas me hice un café y encendí el televisor: nada interesante.

Salí a la terraza para despejarme, cuando me fijé en que no había nadie por las calles. Me resultó muy extraño. Percibí un cierto nerviosismo en el ambiente y ahí fue cuando me di cuenta de que al cielo le recorría una gran grieta violeta. Me quedé unos segundos observándola embelesado: eso no era normal.

A mi espalda escuché:

“Hoy día 15 de noviembre de 2030, sobre las dos de la mañana, se ha podido observar cómo una grieta recorre el cielo. Los científicos están investigando este fenómeno y piden a la población que se quede en sus casas hasta nuevo aviso”

Me quedé mirando fijamente la pantalla. ¿De verdad me obligan a quedarme en casa? ¡Pudiera ser que el mundo se parta en dos pedazos y yo aquí sentado en el sofá! Tengo 25 años y una gran cantidad de cosas que me quedan por hacer… y que voy a empezar ya.

Recordé algo y corrí a buscar mi antiguo diario en el que fui escribiendo una extensa lista que iba aumentando con el paso de los años. Muchos de los deseos ya estaban conseguidos así que me tocaba sumar los actuales. Entre ellos se encontraba poder compartir baño con mi animal preferido: el delfín. Así que saqué del cajón mi bañador y me dirigí al Zoológico.

Andando por la carretera solitaria, sin coches, sin ruidos, pensé: el mundo solo para mí. Pero esta sensación desapareció rápido al contemplar como venía un Ferrari F40 a toda velocidad. Me quedé paralizado contemplando su color rojo brillante, todo un clásico. Al verlo el poderlo conducir se convirtió instantáneamente en otro de los deseos que debía de cumplir.

Se abrieron las puertas y salió una chica que no llegaba a los dieciocho años. Ella me miró con picardía y dijo: “tenía que aprovechar ahora que no había gente”. Acto seguido corrió calle abajo gritando “tu no me has visto”. Y allí se quedó mi sueño con las llaves puestas y el motor encendido. No tardé ni dos segundos en poner la primera marcha y conducir destino a mi primer deseo, que ahora sería segundo.

¡Estoy conduciendo un Ferrari! Y, como dijo su fundador, “La gente sueña con tener un coche tan especial, y con la excepción de unos pocos afortunados, para muchos seguirá siendo un sueño”.

¡Yo soy uno de esos afortunados, Enzo Ferrari!

Aparqué mi súper coche con cuidado de no hacerle ningún arañazo, me guardé las llaves en el bolsillo y ya solo faltaba pensar cómo entrar.

Investigué por los alrededores y descubrí un pequeño hueco en la vieja verja que rodeaba el recinto. Me colé y, procurando pasar desapercibido, me puse la capucha y simulé ser un empleado que alimenta a los animales.

Cuando llegué al acuario y me acerque al borde vino hacia mí el delfín más grande del grupo y me salpico con su aleta mojándome los pantalones. Le miré y esa enorme sonrisa en su cara me invitaba a saltar a la piscina y jugar con él. Me quite la ropa, me puse el bañador que llevaba y me tire cerca de “Risas”. Es el nombre que me vino a la cabeza y me pareció muy adecuado para mi nuevo amigo.

Me agarré como pude y me remolcó hacía el centro de la piscina. Luego nos sumergimos, nos abrazamos… hasta que escuché a lo lejos: ¿quién se encuentra con los delfines en el agua? Fue entonces cuando le miré y entendió que se acabó el juego, así que no me persiguió en mi carrera hacia las escaleras.
En bañador y con la ropa en la mano salí corriendo, abrí el coche y en un minuto me encontraba en la carretera destino a no sé dónde.

Ya más relajado encendí el equipo musical del coche y escuché un solo de guitarra eléctrica de “Los monóculos” y pensé que sentirá mi grupo preferido en los conciertos en directo. Yo creo que es hora de probarlo vámonos al Shoutting (que así se llamaba el sitio de conciertos a las afueras de la ciudad). Allí me convertiré en toda una estrella.

Cuando llegué al Shoutting y una vez encima del escenario, ordené en voz alta a mi brazalete Emof multifunción, que empezara la música. Este asistente virtual es una maravilla, le puedes pedir casi de todo y él solito se conecta con los objetos inteligentes que te rodean.

Me puse a cantar imaginando a la gente, sus gritos, los olores, las carcajadas y sus bailes. Hacia el quinto tema me encontraba agotado, pero feliz y lleno de vida, con la cabeza empapada por el sudor. Deseaba seguir cantando, pero ya era hora de terminar y despedirme de mi público, aunque insistiese en que tocara otra y otra más.

Ya en mi casa me di una ducha y se me ocurrió poner en práctica una idea que en muchas ocasiones se me había pasado por la cabeza: el permanecer jugando frente a la pantalla, durante 24 horas, al juego de moda “Bimodal Extreme”. Me rodeé de comida de todos los colores, formas y texturas además de bebida para no deshidratarme. Conseguí batir mi gran récord.

Ya solo faltaba cumplir una última cosa y quizás la más valiosa. Voy a hablar con la persona más importante para mí en estos momentos. Es la persona con la que me comunico sin palabras, con la que disfruto y comparto las actividades más locas y las más serias.

Así que activé de nuevo mi brazalete Emof y le di instrucciones para realizar una comunicación holográfica con Lía. Hablamos de la gran grieta del cielo y cómo los científicos la explicaban. No nos creímos nada, seguro que era una nueva revelación del planeta al que tanto habíamos maltratado.

La comunicación holográfica se cortó ya que las baterías de mi brazalete Emof no aguantaron más.

Tal vez mañana…

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3

Título: Ciro

Autor: Mauro Puentes Méndez

Centro docente: IES Francisco Ayala

Ciro levantó sus ojos de la olla que fregaba y miró por la ventana. ¿Se atrevería hoy? Hacía buena tarde, el cielo estaba de un color verde menta brillante, y de vez en cuando rápidas y silenciosas naves rasgaban el aire en segundos, dejando estelas azuladas a su paso. Debajo, en las viejas carreteras que habían explotado en hierba y florecillas, abandonadas desde la invención del aeromóvil, pastaban centenares de atolondradas vacas que mugían compungidas de aburrimiento, mientras defecaban alegremente sobre las antiguas aceras o en los pasos de cebras.

Ciro terminó de fregar, se enjuagó las manos, ya callosas por la edad, se subió a un taburete y sacó su copa favorita del armario. Se sirvió tres dedos de vino tinto, ni uno más, y observó con interés los haces de rojo que brillaban a través de la luz. Saboreó su bebida y abrió la ventana. A lo lejos, centenares de rascacielos se alzaban como dedos descarnados, arañando el horizonte, entre alfombrillas de pasto. El sol nuclear se ponía a lo lejos y haces mostaza y platino sombreaban la cocina que parecía estar en una explosión de luces.

Ciro encendió la televisión de plasma. En todo el mundo se celebraban las vísperas de año nuevo, de una nueva década. El 2030, borrón y cuenta nueva. Una voz metálica resumía brevemente la situación mundial. Por supuesto que algunos habían mejorado mucho con la invención del aeromóvil, ¡quién lo iba a decir hace diez años!, dice pizpireta una presentadora. Repasan la historia de nuevo. Un nuevo mineral descubierto en algún lugar del Congo, y después minas y minas que perforan toda África Occidental. Los aeromóviles salieron y muy pronto se hicieron asequibles para todo el mercado. ¿Y tú, aún no te has comprado uno? Te decían por la calle. No, todavía no, respondía malhumorado Ciro. No le apetecía nada comprarse un cacharro de esos. Hasta que cerraron las carreteras. Y no le quedó más remedio que ir a pie a todas partes.

No todos habían estado de acuerdo con las minas. Los poderosos magnates del aeromóvil promovieron feroces guerras civiles, que debilitaron tanto a los estados que muchos de ellos se arruinaron, y no tuvieron más remedio que aceptar la explotación de sus minas. Centenares de muertos, familias sumidas en la pobreza, niños que no pudieron estudiar… Otro aeromóvil pasó muy cerca de su ventana.

Ciro apagó la pantalla. Se bebió otro vaso. Se levantó del sofá e hizo lo que debía haber hecho hacía muchos años. Sacó un archivador. Lo hojeó por última vez. Las únicas notas. Su letra apretada e inteligible le parecía de siglos atrás. Cuando aún no se conocía aquel mineral. Cuando él era solo un ingenuo geólogo que viajaba por el Congo. Sin pensarlo se acercó a la ventana. Cuando él, descubrió aquella piedrita bajo tierra y la envió a los laboratorios.

Notó una ráfaga de aire helarle los huesos. Cuando Ciro regaló el corazón de África al mundo sin quererlo. Y entonces, lo hizo. Saltó.

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4

Título: Al mal tiempo, buena cara

Autor: María de la Torre Regidor

Centro docente: Colegio Los Tilos

Era una soleada mañana de enero del año 2030 y en la sede de la Organización de las Naciones Unidas estaban de celebración.

-¡Brindemos por haber logrado el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio!- exclamó uno de los allí reunidos.

-¿Pero no se ha alcanzado la mayor tasa de pobreza jamás vista?- preguntó otro.

-Sí, ¿y qué?

-¿Y no hay más hambre que nunca?

-¡Pues claro que sí!

-¿No habían dicho que el planeta estaba al borde del colapso?

-¡Ya lo sabemos!

-¿Entonces qué estamos celebrando?

-Que pese a todo no se nos ha acabado el optimismo, así que no seas cenizo y déjanos disfrutar.

-Juro que cada vez entiendo menos este mundo… – masculló el desconcertado asistente.

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5

Título: El Espectador

Autor: Lucas Fernández López

Eliseo era un anciano de 80 años. No contaba con una melena que le ondeara con el viento, pero sí de dientes que se movían con la brisa, de los que estaba muy orgulloso.

—¡Ni siquiera los jovenzuelos de 60 años tienen todos los dientes! —aseguraba.

La verdad es que esos dientes estaban en situación precaria. El dentista le había recomendado que se pusiera implantes, dientes postizos… Cualquier cosa.

—¡Qué esos dientes no durarán Eliseo!

—Seguro que durarán más que yo —respondía siempre, antes de soltar una carcajada.

Al dentista no le parecía gracioso. Esos dientes tambaleantes le angustiaban. Lo que se podía hacer con la tecnología actual… Y ese hombre se quedaba con esas cosas maltrechas…
Eliseo tenía un coche viejo, uno de esos fósiles que se fabricaban en 2017. Era tan viejo, de hecho, que no podía ir por la autopista. Su velocidad máxima, de 150 kilómetros por hora, era mucho menor que la mínima necesaria de 460.

—Papá, papá —rogaba su hijo—. Cómprate un coche nuevo, por favor. Que ese no tiene seguridad. Algún día de estos te vas a matar. Mira, mira, el Oclus R800 está en oferta y tiene amortiguadores de alto rendimiento y un motor autocorrectivo con térmica inversa. Además… ¡Así podrás ir por la autopista como nosotros!

—Hijo, no quiero ir en una autopista como vosotros —dijo Eliseo

—Pero…

—¡Qué no uso el coche nunca hijo! Nunca viajo. ¡Solo salgo de casa para pasear!

—Pues viaja papá, viaja. Ve el mundo un poco —respondió su hijo.

—No quiero ver tu mundo. Quiero ver el mío. Y ya no existe.

Lo único que le quedaba de su mundo era una urna, llena de cenizas, posada sobre una mesa de madera de nogal, en el centro de la sala de su hogar. Una foto, mostrando a una mujer de unos 70 años, sonriente, descansaba a su lado.

El sonido del bolígrafo, rasgando el papel, era lo único que rompía el silencio sepulcral de aquella casa. Eliseo terminó de escribir la carta y, tras una pausa, la firmó. La última firma escrita a mano del planeta. Sonrió y se guardó el papel en el bolsillo. Un vehículo volador pasó zumbando delante de la ventana. Eliseo la abrió y se asomó para observar la calle. Su calle.

Su calle, un oasis rodeado por una muralla de edificios, que protegían el parque que había en el centro. Los pájaros, los mejores compositores, cantaban y sus trinos se mezclaban con las risas de los niños, que jugaban en los columpios. Un enorme árbol, como centinela, vigilaba todo a sus pies y con sus frondosas ramas protegía a los niños del sol, tal y como habían protegido a Eliseo cuando él mismo era un niño. Bancos, ligeramente destartalados, con la pintura descolorida por el sol, ofrecían descanso a quién lo deseara, como hacían cuando él y María se sentaban a mirar a su hijo jugar en los columpios y en los toboganes. Su calle, el único lugar verdaderamente suyo, donde él había crecido, donde vio a su hijo crecer. Donde era feliz. Esa era su calle. Su mundo.

Pero no era la calle que estaba frente a sus ojos.

Un suelo blanco, perfectamente liso, se extendía hasta el horizonte. Donde antes estaba el árbol de su niñez, ahora había un inmenso tubo gris, de función desconocida. Donde antes había pájaros, ahora había drones. Donde antes había niños jugando en los columpios, ahora había criaturas absorbidas en sus pantallas. Los bancos ahora eran bloques de hormigón, perfectamente cuadrados, grises e inertes, muy parecidos a los otros bloques, mucho más grandes, también grises e inertes, que se divisaban en el horizonte.

Eliseo cerró la ventana y apartó la vista. En algún momento, había dejado de pertenecer al mundo. En algún momento, se había convertido en un espectador, un espectador de una calle que no era la suya.

Dejó su carta al lado de la urna, y acarició la foto de María.

—Por fin volveré a verte.

Abrió la puerta y la miró una última vez, antes de salir. El papel, al lado de la urna, empezaba a desdoblarse, y mostraba una palabra. La última palabra de Eliseo:

—Adiós.

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6

Título: 2030, y soy una inmadura

Autor: María García-Donas Crespo

Centro docente: Colegio Sagrada Familia

Me siento junto a mi padre en el sofá del salón. Está dormido. Otra vez. Otra vez en ERTE por la maldita pandemia. Otra vez sin nada que hacer.

Solo la tele encendida ilumina la habitación. “¡Pon las noticias!” le grito al cacharro (me refiero a la tele, claro).
Se despierta, y juntos vemos el Telediario: “…se suma a la lista de especies extinguidas el lobo ibérico…”, “Además, hoy se ha aprobado en el Congreso un nuevo impuesto que afectará a los ciudadanos que reciclen menos del 90% de su basura”, “se alcanza nuevo récord de contagios de COVID”.

-“¡Pili, vente que están poniendo las noticias!”- dice mi padre.

Mi madre entra y se sienta en el reposabrazos a mi derecha.

El Telediario sigue: “Ayer fueron desalojados, por la Policía Nacional, más de veinte jóvenes que participaban en una función clandestina de teatro en la calle Ronda de Valencia…”

-“¡A ver si maduran!”- refunfuña mi padre.

-“Hombre…después de diecisiete confinamientos…¡normal, que se reúnan!”-le respondo.

-“¿Diecisiete?, ¡por mi, como si son “cincuentoseis”!….¿o es que en el teatro el COVID no se transmite?, ¿Eh?”-me reprocha.

-“Querrás decir cincuentaiseis”-le corrijo-“Además…habría que haber visto a tu generación si hubiese pasado toda su juventud de confinamiento en confinamiento.”

-“Anda…¡madura tú también!”- me dice mi madre, mientras se ajusta la bata con una mano y me señala con la otra enfadada.

Veinticuatro años para veinticinco, soy mayor de edad, tengo un trabajo y estoy ahorrando para un coche. Y me siguen diciendo que soy una inmadura, como si los adultos que veo y conozco, lo fuesen.

¿Son acaso maduros los conductores (no precisamente jóvenes) que con cualquier atasco pitan y se indignan como niños pequeños teniendo una pataleta?

¿Son acaso maduros los ancianos que se quejan de cualquier cosa como si después de tantos años de vida no hubiesen entendido que no lleva a nada?

¿O lo son los adultos que critican a los jóvenes ruidosos?… ¡Como si ellos nunca lo hubieran sido!
El Telediario sigue: “Ahora, la previsión del tiempo: mañana tendremos una temperatura similar a la de hoy en la mayor parte de la península…”

-“¡No, si días calurosos no faltan!”-Le grita enfadado mi padre a la televisión.

-“¡Apágate!”-le dice mi madre al cacharro, exasperada, mientras sale de la habitación, dejándonos a oscuras.

Mi padre, sin nada que hacer, se queda dormido. Otra vez.

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7

Título: El destino de la humanidad

Autor: Natalia López González

Centro docente: Colegio San Mateo

Estaba ahí, escondida en la oscuridad preguntándome si saldría con vida, si volvería a ver la luz del sol, si volvería a ver el mundo, o lo poco que quedaba de él, pero antes de que sepan que me sucedió, déjenme contarles lo que pasó con el mundo, o para ser específica, cómo empezó su destrucción.

En 2020 se esparció por todo el mundo un virus fatal, el covid-19, causaba problemas respiratorios, fiebre, perdida del olfato y del gusto, cansancio y muchas más cosas que la gran parte de la humanidad no supo soportar. Se suponía que la pandemia duraría dos semanas, o al menos eso fue lo que nos dijeron a mi y a mis compañeros de clase cuando se cerró la escuela por motivos de bioseguridad, pero pasaron casi dos años hasta que pudimos volver a salir. La normalidad que tenían nuestras vidas tiempo atrás la habíamos abandonado, no podíamos salir sin tapabocas, teníamos que alejarnos de casi todo el mundo, pero a pesar de eso, supimos sobrevivir, nos adaptamos, sin embargo, no estábamos preparados para lo que vino después.

Después de un tiempo, alrededor del mundo se desarrolló una variedad de vacunas que lograron su cometido, al final no había rastro de eso que tanto nos había atormentado y los que sobrevivimos pudimos empezar a tener una vida normal, o a intentar volver a la que ya teníamos, pero luego sin previo aviso comenzó una nueva serie de eventos desafortunados. En 2025 una increíble cantidad de terremotos, tsunamis, tornados, huracanes, y todo tipo de desastre natural que pudiera acabar con nuestra especie aparecieron con una inusual frecuencia, gran parte de los animales mas feroces se adentraban en los pueblos y acababan con cualquiera que estuviera en su camino, muchos creían que era la manera de la naturaleza de vengarse de los humanos, vengarse por como tratábamos el planeta en el que vivíamos, por como en tanto tiempo lo arruinamos todo. Ciudades enteras quedaban deshabitadas, tsunamis destruían toda la vida que había alrededor y no había nada que pudiéramos hacer para evitarlo.

Mi familia y yo sobrevivimos solo porque no vivíamos en una zona tan comprometedora, no teníamos océanos cerca y parecía como si los terremotos solo nos esquivaran, vivíamos con miedo, ansiosos, preocupados todo el tiempo ¿Cuándo llegaría el momento en el que el desastre vendría por nosotros? ¿Seguiríamos vivos a la mañana siguiente?

Pasamos casi 5 años en esa situación. Muchas personas se mudaban constantemente, huyendo de lo que sería su fin, desesperados, asustados y haciendo todo lo posible para poder vivir al menos un día más. A medida que pasaba el tiempo, no solo se vino en nuestra contra el planeta, sino que, llevados por la necesidad de supervivencia, grupos se formaron para acabar con los pocos que quedábamos, según creían, si la humanidad se disminuía la cantidad necesaria, los que quedaran serían dignos de vivir, serian salvados. Hombres, mujeres, niños, todos eran alcanzados en algún momento y el gobierno no se mostraba capaz de evitarlo.
Fue en junio de 2030 cuando anunciaron que habían construido bases lo suficientemente fuertes para soportar los impactos de nuestro entorno, del lugar que desde hacía muchos años habíamos llamado hogar. Personas de todo el mundo se organizaron, alistaron lo que consideraban necesario y, con las direcciones que fueron dadas, se encaminaron a su nuevo lugar de estadía.

Con mis padres alistamos lo poco que nos quedaba, ya no existía tanta comida, no teníamos los privilegios que antes daba por sentado, pero si había alguna oportunidad de salvarnos la íbamos a tomar. La base más cercana quedaba a 5 horas de camino y mirando por la ventana, viendo como los árboles alrededor se perdían de vista, recordé mi antigua vida, mis amigas, a las cuales no había visto desde lo que se sentía como un siglo, el tiempo que pasé en la escuela, quejándome sin saber que en el futuro lo extrañaría y lo tanto que deseaba que todo aquello fuera solo una pesadilla, quería volver a salir sin preocupaciones, a pasear por un parque, a reír, pero no importaba cuanto me empeñara en encontrar lo bueno en el presente, solo podía pensar en lo que me faltaba, en las falsas ilusiones que me atormentaban.

Después de varias horas cuando la leve luz de los faroles alrededor iluminaba el camino, presencie algo que no había visto hace mucho tiempo, varios carros estaban alrededor, casi no recordaba la última vez que había estado tan cerca de demás personas, estábamos en un trancón y eso, por raro que parezca, me pareció reconfortante, pero la poca alegría que se había asomado se esfumó tan rápido como apareció. Ahora no solo la fauna y flora nos habían dado la espalda, la tecnología también nos falló en ese momento. Todo quedó a oscuras de repente, todos los faroles se apagaron y el auto dejo de funcionar, no sabía que estaba pasando, pero sospechaba que nada bueno podía venir de ello.

Se escucharon gritos de repente, pasos a una velocidad increíble y cuando menos lo esperé, sonaron los primeros disparos. Todos escapaban como podían, los grupos armados habían aprovechado esa oportunidad para acabarnos a todos y parecía que lo estaban logrando. Obedeciendo a mis padres me metí como pude en el hueco que había entre la silla de al frente y la que hace unos instantes estaba ocupando. Los disparos se oían cada vez más fuerte, cada vez más cerca y sentía una angustia sofocante, no podía ver a mis padres y sentía que el corazón se me salía del pecho, si salía era probable que me mataran apenas me vieran, no alcanzaría a correr y no dejaría atrás a mi familia, la única opción que tenía era quedarme donde estaba, esperar a que mi destino se decidiera porque no había nada más que pudiera hacer. Así que aquí fue donde nos quedamos ¿sobreviviría? ¿me encontrarían? Eso tendrán que descubrirlo ustedes, si es que sobreviven a lo que les espera en el futuro.

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8

Título: La marea del olvido

Autor: Pablo Hidalgo Ruano

Centro docente: Salesianos Paseo Extremadura

Los primeros rayos del día contemplaban estupefactos aquel reguero de sangre tan fino como constante. No estaban acostumbrados a que nada perturbara aquella inmensa alfombra de espigas doradas que era la campiña segoviana. Al lado del cuerpo, el arma culpable intentaba que no le delatase el fino hilo de humo que emanaba. Tendido sobre su pesar, yacía Porfirio Díaz Vinuesa, el último nativo de aquellas tierras castellanas ya inhabitables. No se habría perdonado nunca haberse suicidado, pero las condiciones de aquel lugar infernal no le dejaron otra opción. Tened en cuenta que la temperatura promedio era de 60 grados. Debía ser en torno a la década de 2030, no me acuerdo bien de la fecha. En esas condiciones, claro está, se extinguió todo tipo de vida en la península. ¿O no?

A kilómetros del lugar, resistían las ascuas de la vieja España, ya carcomida, bajo la cúpula de cristal en la que se encontraban los descendientes de Madrid. Aquella tierra española que viera el nacer de un nuevo mundo era madre que no podía ya amamantar a sus hijos, que trataban, pobres, de guardar los restos de la corte y villa. Ese grupo de resilientes estaba dirigido por “El Gran Líder». Sólo él mantenía sus esperanzas. Nada podía compararse a su virtud. Durante el gran apagón salvó con su arenga de la Plaza Cascorro el destino del vulgo eternamente agradecido, y evitó la anarquía que acabó, entre otras, con la ciudad condal. No ha habido ni habrá en este país un dirigente tan respetado y tan honrado.

Ya se acercaba el gran día. Los súbditos se postraban ante la grandeza del magnánimo periódicamente para mostrarle respeto. En los solemnes actos del día del Bienamado, su ilustrísima presencia recorría en el trono las calles de la urbe. Siempre inflaba el pecho y tensaba la mandíbula al ver a los caballos salpicar con sus pezuñas la sangre de aquellas cien mujeres vírgenes que regaba el Paseo de la Castellana. Aquella ofrenda le iluminaba los ojos de orgullo como se ilumina una madre cuando recibe en el pecho a su bebé.

Sin embargo, aquel día ocurrió un extraño suceso. En el momento culmen, cuando le acunaban las notas del himno nacional y las masas loaban su inmensidad, su excelentísima señoría registró un extraño movimiento en la bandera que dominaba la Plaza de Colón. Un fuerte respingo le sacó de aquella ensoñación confusa cuando descubrió aquella gran bandera de Colón en la enseña rojigualda del chaleco de un policía. Aquel agente le sacaba de esas cuatro paredes blancas para llevarle al juzgado de lo penal número tres de Valladolid. Allí fue declarado culpable por el caso Martina Fende, quien cerró la lista de asesinadas por la violencia de género. El pobre pataleaba y gritaba, incomprendido, mientras dos guardias opresores intentaban violentamente contener su valía con lo que por aquel entonces llamaban “camisa de fuerza”.

Afortunadamente, el liberador de nuestra enhiesta nación consiguió zafarse de aquel sistema vil y traer a esta tierra el proyecto que le dictaron las voces en aquel presidio injusto. Así se fundó nuestra patria.

-Pero eso, queridos niños, lo veremos en la siguiente clase. Hasta entonces no olvidéis que lo más importante es seguir aprendiendo, dijo, como de costumbre, antes de cruzar el dintel.

-Bendita sea la historia de la construcción de nuestra patria- dijimos todos, levantados, con la mano en el corazón-Tener que decir eso me escocía en las entrañas.

Cuando le conté a mis padres cómo se contaba la historia asumimos la responsabilidad que nos exigía el tiempo. En consecuencia, tomamos la difícil decisión que fue un punto de inflexión. Esa misma tarde, toda mi familia se reunió en torno a su tumba. Allí, en privado, dimos rienda suelta a todo el dolor que teníamos que reprimir. Mi primo mayor, Gonzalo, se acercó al sepulcro para limpiar el polvo que, al igual que sobre su historia, había caído sobre la lápida de mi abuela. Entre lágrimas y suspiros, grabamos sobre aquel trozo de granito frío el nombre de Martina Fende. En ese momento encontró el descanso eterno que tanto tiempo estuvo buscando. Ahora ya estábamos tranquilos; ahora sabíamos que la desafiante marea del olvido ya no podía erosionar su historia. Y cuando mi padre se agachó a poner las flores, el calor de una ventisca que sonó a himno nos susurró “No me olvidéis”.

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9

Título: Crisantemos

Autor: Markel Caballero Bermúdez

Centro docente: IES Ocho de Marzo

El sonido de unas botas militares interrumpe el silencio de la sala. Un hombre alto de tez morena se sienta frente al recluso y se presenta como Alexander Nikas. Luce una sonrisa de oreja a oreja, con sus dientes perfectos. Está calmado, como Damián, al otro lado de la mesa, con unas esposas ancladas a esta.

-Buenísimos días. ¿Cómo va todo?

-Perfectamente. – La expresión de Nikas se ensombrece, sin dejar desvanecer su alegría, todavía risueño. – Le preguntaría lo mismo, pero no hace falta ser muy listo para saber que ha visto días mejores.

-Y tanto que los he vis…

-Vayamos al grano. – Interrumpe el militar. – Cuando anoche entramos en su casa no había nada, ni armas, ni planos, ni pruebas. Nada. Es como si nadie nunca hubiese estado ahí, lo que no es de mucha ayuda. Dígame, ¿dónde está todo?

-No sé de qué hablas – Contesta el joven con un tono monótono-.

Nikas se pone totalmente serio, ni un atisbo del hombre risueño de hace unos minutos.

-Si yo fuese usted, ni lo intentaría. Tras el asalto al campamento de Estelaris, tenga por seguro que ni su fe le salvará de la condena. Pero si colabora podría salvarse de la perpetua.

– ¿Perdone? – Ahora es Damián, uno de los mayores exponentes de los insurgentes, quien se muestra serio, quizás ofendido. – No voy a cooperar con sabandijas como ustedes. No pienso traicionar a los míos. Ejecúteme si quiere.

Ambos participan en el incómodo silencio que se produce, manteniendo la cabeza alta y la mirada fija.

– Hemos terminado. Tenga un buen día.

Nikas se dirige a la puerta. Justo antes Damián le para.

– Recuerde que se puede unir siempre que lo desee. Nos ayudaría mucho. Seguro que sabe cómo encontrarme.

Cuando sale de la sala de interrogatorios se topa con un cartel. Bajo la imagen del emperador se lee un lema: <<El fuego se apaga con fuego>>. Es la vigésima tercera vez que ve el cartel desde que lo pusieron, la sexta vez que se siente incómodo ante él. A veces piensa si realmente está bien lo que hace, pero el fin justifica los medios. Mañana le dan dos semanas libres.

Tras colgar el abrigo en la puerta de su piso, se sirve un vaso de vodka. A través del ventanal se contempla la metrópolis de Palatinia. Tras el edificio de servidores del fondo se acaba la ciudad y comienza el desierto. La única vegetación que queda está cautiva en laboratorios. El departamento es grande para el hacinamiento acostumbrado desde que empezó la Nueva Revolución Industrial en 2023. En la mesilla de la cama hay una foto envejecida de una mujer. La habitación de al lado está intacta desde que Olivia abandonó a su padre hace un año. Nikas abre la puerta de la chica, se fija en sus libros de filosofía. Desde que Grecia ganó la carrera tecnológica por las renovables y se convirtió en Imperio con la llegada de Claus Makris al poder, se censuraron gran cantidad de fuentes de información, pero había límites con los que Alexander no estaba de acuerdo, ni lo está. ¿Hasta qué punto el bienestar prevalece sobre la libertad?

Agarra su abrigo, cruza la puerta y la cierra con llave. A pesar de nunca habérselo dicho al Imperio, sabe perfectamente cómo encontrar a su hija. Han pasado tres horas desde que salió de casa, pero ya se encuentra frente al edificio. Abre la puerta, saluda al portero. A su derecha hay una puerta naranja. Antes de cruzarla el portero pulsa un botón aparentemente inútil. Termina de bajar las escaleras y abre la puerta para encontrarse rodeado de gatillos. Una vieja desdentada reclama que se identifique.

-Alexander Nikas, padre de Olivia Nikas.

Del muro de personas surge Damián.

-¡Bien, bien!¡Lo sabía!

Nikas lo mira sorprendido. Es imposible escapar del Imperio, algo no cuadra, algo le hace desconfiar.

Al terminar la comida a la que Damián le invita, se empieza a sentir mal. Va al baño, se mete dos dedos en la garganta y empieza a vomitar. Una pastilla choca con el agua. Un escalofrío le recorre la espalda hasta la cabeza. Un pensamiento le invade: <<Olivia>>. Abre la puerta y mira a todos lados. Un sudor frío le recorre la cara. Damián interrumpe:

-¿Buscas algo?

-¡Qué has hecho, degenerado!

-Te he traído a la realidad. Estoy harto de aguantar tus fantasías policiacas. Te necesito aquí si quieres participar en esto. Acepta que Olivia está muerta.

-No. Mentira. ¡Eso es mentira!¡Mentiroso!

-¡La mataste tú, Alexander!

Como cuando cae la noche, el silencio se introduce en la discusión y sus miradas no se separan. Un arroyo desemboca en la barbilla de Alexander. La mano le tiembla. La frontera entre la realidad y la fantasía se ha disipado por completo. Sin su familia, la vida ya no tiene sentido. Agarra la pistola y corre, y corre y corre y corre y corre hasta tropezarse con la arena del desierto. Si el destino así lo quiere, su viaje termina aquí. Arrodillado, frente al sol que besa la cordillera, un pétalo verde recorre el panorama. Al levantarse, observa la belleza del campo infinito de crisantemos con el que en algún momento se ha topado. Detrás se escucha su nombre.

-¡Alexander, cariño! – llama la mujer mientras se acerca-¿Qué estás haciendo aquí? Oli y yo te estábamos esperando para cenar.

-Ahora voy. Tan solo quería ver la puesta de sol.

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10

Título: Ojalá hubiera

Autor: Alejandra Lahoz Navarro

Centro docente: Salesianos San Miguel Arcángel

A duras penas consigo subir las escaleras del ático, arrastrando mi pesada mochila. Estoy exhausta. Me siento en el suelo y alargo el brazo a una de las cajas que hay arriba. Limpio el polvo y leo “2010”. Son fotos de mi madre de joven. Parece feliz. En una está en la playa, rodeada de gente; y en la siguiente en un parque, posando sonriente delante de una fuente de inmensas dimensiones. Pero estas no me interesan. La tenue luz que entra por la ventana me permite vislumbrar una caja un poco más al fondo. “2020”. Bingo. Lo que estaba buscando. Alargo el brazo, pero la caja se encuentra muy al fondo. No soy capaz de alcanzarla. Alargo un poco más el brazo y me estiro todo lo que puedo, ya casi la rozo. Hago un último esfuerzo y consigo agarrar … Me ahogo. No puedo respirar. Por más que inspiro, mis pulmones no reciben aire. Me estoy ahogando. ¿Qué hago? Giro la cabeza y lo veo, tal como pensaba: el cable que debía permanecer unido a mi mochila se había desenchufado al haberme estirado para coger la caja. A gatas, retrocedo hasta alcanzar la mochila y a duras penas, el cable. Me empiezo a marear por la falta de oxígeno. Se me agota el tiempo. Me duele el pecho. Me sigo ahogando. Y por fin lo consigo enchufar. Una sensación de alivio me recorre el cuerpo al tiempo que el aire penetra mis pulmones de nuevo. Ha estado cerca. Siempre me han advertido que tenga cuidado con la mochila. Que no la pierda de vista. No obstante, nunca he sentido que las palabras de los adultos sean tan verdaderas. Me coloco bien la máscara de aire que se me ha descolocado con el imprevisto y agarro la mochila con la bombona dentro. ¿Por qué tienen que pesar tanto? Ya podrían invertir en un material más ligero. Al fin y al cabo, es un bien básico. Decido no molestarme, ni que las inversiones de las grandes empresas tuvieran algún fin que beneficie de verdad a la población. Finalmente, agarro la tan deseada caja y bajo las escaleras con ella en una mano y mi mochila en la otra. Bajo a la cocina y ahí está mi madre, esperándome.

¿Por qué has tardado tanto?, me pregunta. Si supiera que he estado a punto de morir… Ignoro la pregunta y me siento a su lado, tendiéndole la caja. La abre y saca unas curiosas fotos. ¿Por qué eran tan especiales? Para la gente que vivió antes del 2020, ese año fue un completo descontrol. Es el año conocido como “época de la pandemia” Según mi madre hoy en día, en el año 2030, se vive bastante peor. Me fijo en las fotos que mi madre va pasando. Las historias que cuentan son ciertas: todos tienen un trozo de tela en la cara. Que curioso. ¿Cómo podían respirar con eso puesto? Si apenas se puede respirar hoy en día sin ayuda de bombonas de oxígeno. Todos necesitamos una. Mi madre me explica que la situación mundial ya estaba bastante mal con el tema del calentamiento global, pero todavía no era lo suficientemente grave como para que nadie se lo tomase realmente en serio.

Ojalá se pudiera volver al pasado, aunque siendo realistas, nadie actuaría diferente. Terminamos de ver las fotos y subo a mi habitación. Es peculiar cuanto menos, se sabía que la humanidad sufriría las consecuencias de sus actos, pero nadie quiso prestar atención hasta que ya fue demasiado tarde. Y ya no hay nada que hacer. Vivimos dependientes de una bombona de oxígeno que debemos cambiar cada 72 horas si no queremos quedarnos sin aire. Me tumbo en la cama y me quedo ligeramente dormida, cuando de repente, abro los ojos y una sensación abrumadora me envuelve. Una sensación que había sentido momentos antes. Si; me estaba ahogando. Otra vez. Entre intentos en vano por inspirar algo de aire me agacho para comprobar que el cable estaba correctamente enchufado a la bombona. Me arden los pulmones. Pero para mi horrible sorpresa, sí estaba enchufado. Se me forma un nudo en la garganta y el tiempo se detiene por segundos mientras la cruda realidad me azotaba como una ráfaga gélida. Se me había acabado el oxígeno. No podía respirar y aparentemente no iba a poder volver a hacerlo. En mis últimos segundos solo me pude reprender a mí misma por no haberme nunca tomado en serio las advertencias de los adultos sobre la importancia de la bombona de oxígeno y tener siempre recambios a mano. No me quedan fuerzas para llorar. Ni aire. Me asfixio y cada vez me arde más el pecho. Quizá solo me queda esperar. Aunque el dolor es insoportable. Tiene gracia. Mis últimos pensamientos se dirigen a algo que me decía mi madre. Siempre me ha contado como hace unos años era muy popular el consumo de tabaco. Se matan lentamente a sí mismos, me repetía constantemente. Creo que intentaba darme una especie de lección. Nunca aprendí nada con ello. Pero, ¿Por qué la gente que no fumaba se atrevía a considerarse superior por ello? Se creían más listos, como si los fumadores estuvieran ciegos. Realmente todos estamos ciegos ante los problemas reales. Todos nos hemos matado lentamente a nosotros mismos. Y lo sabíamos, sin embargo, no intentamos evitarlo con suficiente ímpetu. Que así nos ha pasado. Realmente nos lo merecemos. Si hubiéramos actuado antes a lo mejor podríamos haber evitado toda esta situación. Me queman los pulmones. Ya es demasiado tarde para la humanidad, no duraremos diez años más; pero más tarde es para mí que… Mi boca se abre con la esperanza de poder recibir un último atisbo de aire, pero ya era imposible. Ojalá hubiera…

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11

Título: Viaje sin billete de vuelta

Autor: Dariana del Carmen Ventura Santana

Centro docente: I.E.S Jinámar

Y ahí está ella, en el borde, con una botella de vodka en la mano, ya terminada, quiere hacer ese viaje sin billete de vuelta. Tiene un vestido precioso que le llega por encima de las rodillas, de su color favorito, el verde. Muy curioso, es el color de la esperanza. Ella tiene esperanza de que todo estará bien donde quiera que vaya, que toda la ansiedad, esa depresión, esa agresividad será pasajero en esa vida… que todo terminará.

¿Y la familia y sus amigos? Son sus motivos por los que quiere tomar esa decisión. Las comparaciones, el no aceptar como es ella, le jode por dentro.

Ella con ganas de terminar con su sufrimiento, queriendo que todo pare ya, termina saltando, soltando la carta que tenía en la mano, dejándola en ese borde para que la recojan los policías… Se lo entregan a los familiares… Ellos destrozados la leen…

De nada servía esas lágrimas que echaban en ese momento, no había marcha atrás, a ella nunca la intentaron comprender… Tuvo que sangrar al folio para que la entendieran. Y eso no tiene perdón.

Y fue esa tarde del 30 de marzo de 2033, justo el día de su cumpleaños, donde ella voló hacia su destino.

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12

Título: Marcos

Autor: Carlos Luna Torres

Centro docente: Colegio Nacional Eloy Alfaro

Apoyas la espalda contra la pared sin enlucir de tu cuartito. Arrancado de tus sabanas mugrosas, sientes fría la noche. Los gatos se pelean sobre el techo de chapa. Observas masculinamente mi silueta y el filo del cuchillo que abrillanta la luna y sabes, Marcos. Tu miocardio acelera, tus canillas flacas se agitan contra tu voluntad, quieres devolver el plátano tieso de la merienda. Bastaría con un susurro para que papi te auxilie, y pareciera que un dedo alcanza para detenerme, pero aceptas. Esperas que la letalidad te alivie de los pecados que te afligen.
En este instante, en que la muerte dista de una puñalada y que no podrás rememorar, ya no eres un recuerdo propio y vives.

La vida ha sido una espera y ahora solo queda recordar como cualquiera en su agonía. Recuerdas.

La miras a la cobardía de 10 pasos del embaldosado curtido de la porquería de la masa estudiantil. Tu mirada le cruza todo el cuerpo: el calzón que negó el cura, el pecho en plenitud adolescente, el cabello enrojecido artificialmente y los muslos blancos que heredó de los españoles. Pero es más que el desenfreno lascivo de los mancebos, eres insolente, ansías.

El mar sube un poco.

El segundo tiro te incorpora de un susto, cuando llega el quinto lo entiendes, para el séptimo ya no te importa que se haya ido otro y te vuelves a arropar.

Ahora lúcido, es penoso verte, Marcos, perseveras en ese cobarde negacionismo a la realidad y escapas a tus fantasías obscenas. En la escena onírica, gozas del edén que se supone la clase media para los pobres, aún apilas hileras de tu poesía corriente con la que ella se deleita como nadie nunca hizo, trabajas de sol a sol mientras ella cría a tus bastardos porque papá decía que el hombre rompe el espinazo y la mujer cría, y engríes una perra tal como Doña Inés porque ¿Por qué no?

El mar sube un poco

Un padrenuestro y un avemaría, mecánicos, vacíos, rezados nada más por rezar y no se diga que no se hizo, antesala del sacrilegio.

Te arrodillas, cruzas las manos, luces pequeño, insignificante, suplicas por un milagro que te arranque de esa realidad impía y te escupa en tus delirios, pero Dios no contesta, de nuevo, por última vez. Por el mutismo entiendes que la voz de Dios siempre fue la propia.

El mar sube un poco

Años o días en vano, desquiciando sin sentido, persistiendo en nombre de lo que llamas amor, hasta que miras porque tenías que mirar. Las dos tallas sobrantes y las manchas de moho están ausentes del uniforme del tipo con el que sonríe, su mandíbula no tuerce violentamente como la tuya, su parloteo recibe atención religiosa, distando cruelmente del tartamudeo que ocasionalmente puedes soltar, y sabes.

Han sido 2030 años desde que Cristo inició esta era, y aún la vida es no cambia. Si alguna vez alguna aristócrata se fijó en un labriego mal vestido, rebosante de fealdades, cobarde y retraído, no fue sino lástima.
Entonces, te ves (sin errar) con los ojos con los que te miro yo. Te cubres la boca para no emitir ruidos, una sola lágrima se deshace al deslizarse en tu cara, despojado de tu iluso optimismo tienes pinta cadavérica. Tus muecas oscilan la rabia y la melancolía. Tu vida se alienta en esas neuras, y ahora has perdido la esperanza en la que perseverabas, así que te decides a cometer el pecado que hoy nos reúne.

El mar sube solo un poco más.

Tus piernas colapsan del miedo y tu torso se desliza lentamente por las asperezas de la pared hasta asentarte sobre el suelo, tu camisa se enrolla por la fricción y deja al descubierto tu vientre seco, me miras dulcemente, sientes como la punta fría se sienta sobre tu pecho, mi cuchillo se desliza por tu tórax, tus costillas flacas permiten que encuentre rápidamente el punto, inhalas el aire frío y, como para desvelar un misterio, tímidamente nombras a tu homicida.

– Marcos.

La hoja del cuchillo penetra fríamente mi cuero pálido, antes de que duela, alcanzo el corazón. En un instante (que por relatividad no fue instantáneo), brotaron la sangre y el dolor. Papá despierta por su instinto agreste y grita mi nombre. Grita de nuevo, desesperado. Agoto la última fuerza que me queda sacando el cuchillo a medias de mi pecho, derramando las últimas gotas de mi sangre anémica. Papá se acerca con su voz y sus pasos pesados, pero lo siento cada vez más lejano. Caigo hacia el costado derecho. Cierro los ojos. Mis mejillas sienten la calidez del charco de sangre que ahora nivela al mar y luego… luego nada.

Las aguas del Pacífico se han tomado con quietud los guetos, detuvieron al alcalde por malversar el fondo de emergencias, mataron a tres fulanos, y hasta allí las noticias. Luego, ella arrastra una sola yema por la pantalla, el algoritmo, errático o certero, le presenta una publicación de un malaventurado difunto que le suena de algún lado pero pronto se distrae y olvida.

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13

Título: Dos

Autor: Inés López Cortijo

Centro docente: Salesianos San Miguel Arcángel

Conseguí contar diez rayas blancas paralelas que ocupaban toda la pizarra verde y habían pasado 10 años desde que el reloj se paró. Éramos nueve personas en la habitación y solo una no vestía de luto, no porque no hubiera perdido a nadie, si no porque ya se había perdido a sí misma.

Ellos nos advirtieron antes de cambiarnos el nombre por números que si nos oponíamos al cambio no podríamos salir del silencioso y abrumador destino que nos tocaría vivir. Solo espero que no sea el mismo que ha pasado por ellos.

A pesar de que las ventanas estaban abiertas se acumulaba el calor en la habitación, todos intentábamos abanicarnos con las manos cuando Ellos entraron en la sala.

– ¡Dos! Salga afuera ¡Ya! -exigió Uno mientras Siete y Nueve me agarraron con fuerza.

Solo ví las parpadeantes luces de colores dado que a fin de cuentas solo era una persona en un zoológico de humanos.

Todos los días desde hace 30 se llevan a uno de nosotros para realizar limpieza, solo hay comida para unos pocos y todos los estómagos de los ocho restantes desde hoy no cesaban sus ruidos.

De entre todos puedo sentirme afortunado, me quedé con la piel en los dedos cuando el resto ya no tenía manos y permanecí con un par de ojos intactos siendo de los pocos privilegiados. Sin embargo, no pude retener el aire en los pulmones mientras el agua inundaba todo el espacio posible en ellos.

No me dió tiempo a reaccionar en voz alta, Ellos ahogaron el grito que desgarraba mi garganta.

– No me creo que siendo 2031 aún exista gente que se oponga al cambio- oí decir a uno de Ellos.

– Es una pena, número dos era un buen sujeto para las pruebas- comentó una mujer a lo lejos.

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14

Título: Las mariposas me lo dijeron

Autor: Lorena García Martínez

Centro docente: Colegio Cafam

Las mariposas se posaron en mi puerta
¿Sus alas me relatarían una respuesta?
Las mariposas suplicaron por medio de revoloteos
Las mariposas me comenzaron a contar sobre sus paseos

Las mariposas me lo advirtieron
Las mariposas me advirtieron como no debía de creer en nada
Las mariposas me advirtieron como se esfumo mi esperanza
Las mariposas me advirtieron como te amaba
Y como de mí él te alejaba
Y como mi visión se nublaba

Les mariposas me lo dijeron
Las mariposas me dijeron que en los días buenos
Apartamos nuestra mirada de los que tienen menos
Ya que al verlos nos entristecemos
Aunque no somos conscientes de que lo hacemos

Las mariposas me dijeron como conducía por tu cuadra
Las mariposas me dijeron que mi visión cambiaba
Ya que cuando a los infortunados pasaba
En sus plegarias pensaba

Aunque desde hace años las personas lo ocultaban
¿porqué de esto los medios no hablaban?

Tal vez la idea de cumplir metas es mejor que las historias siniestras

Las mentiras conformaban nuestra habla
Y su revoloteo nuestro miedo
Agitadas por las manchas que pintan nuestro futuro
¿pero por qué alguien se sintió en apuro
de manifestarse con mariposas desde el futuro?

Esta vez las mariposas me lo ocultaron
Las mariposas me ocultaron como convertimos la vida en una miseria
Y como con esta acabamos, aunque admitirlo nadie quisiera
Las mariposas me ocultaron como nos manipularon en bien de sus sueños
Y como evacuaron de esto nuestros dueños
Ya que, como ellos, las mariposas me ocultaron
Como los adinerados finalmente nos domaron
Y nos ocultaron la población que lentamente quemaron
Y del conocimiento de todos borraron

Aunque las mariposas no me lo dijeron
las mariposas eran una carta
que la cambiante de mi destino con penurias canta
ya que las mariposas no me lo dijeron
Las mariposas no me dijeron como en la paranoia me sumieron

cuando conté lo que las mariposas me dijeron
las personas no me creyeron
ya que a el desastroso futuro le tienen miedo
aunque obligarte a tener una respuesta no puedo

a ti ¿las mariposas que te dijeron?

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15

Título: El último por dar el paso

Autor: Adrián Arenas García

Era una mañana silenciosa en un mundo envuelto en el grueso manto del oscuro silencio. Los pocos bloques de hielo que quedaban se derretían ante unas llamas grandes y fuertes, pues los rayos de Sol atravesaban el silencio pero éste era demasiado espeso y el calor no era capaz de salir.

La Tierra, como un campo de trigo maduro, había sido segada con la guadaña de la muerte y esperaba con ansias ser replantada con nuevas formas de vida. Pero eso no iba a suceder. Nunca más.

Aunque no estaba totalmente deshabitada, aún no. Pues había una vida, un sola alma que estaba observando su reflejo a través de un humo espeso y negro. Tenía la mayor parte del cuerpo de carne y hueso, pero poseía algunas piezas de metal que sustituían antiguos brazos, riñones y pulmones. Delante del espejo, suspiraba sin creerse lo que estaba a punto de hacer.

«No tienes otra opción —se decía—. Hace mucho que has estado aguantando».

Se puso su chaqueta de plumas, unos pantalones cómodos y cogió su máscara de gas. No tuvo la necesidad de girar ninguna llave, la puerta ya estaba abierta. Mientras caminaba por la calle, dirigiéndose a donde tenía que haber ido hacía mucho tiempo, tuvo tiempo de pensar y de preguntarse cómo la historia había acabado así. ¿Cómo podía ser que no hubiera más esperanza de quedarse? En el planeta Tierra, en el que los humanos siempre habían tenido recursos… ¿Cómo era posible?

A través de la máscara de gas, veía las incontables bolsas de basura desperdigadas por el suelo, cuerpos que en su momento fueron personas y un humo más espeso que la niebla y más oscuro que el carbón.

Empezó a notar cómo le picaba la punta de la nariz; los filtros de la máscara empezaban a fallar. Esa contaminación que había en el aire no mataba, pero causaba una tos insoportable y un picor que ennegrecía todo el trayecto desde los dientes hasta los pulmones.

Llegó a su destino. Un antiguo edificio negro que en su día fue un hospital blanco se erguía ante él de forma imponente. Era el único sitio donde había podido poner el aparato que iba a usar. Caminó a través de un largo pasillo de racholas con colores apagados. Habitaciones a lado y lado esperaban impacientes tener visita. Otras, envidiaban a las primeras por tener paz, pues éstas llevaban años guardando en su interior a las mismas personas, si es que se les podía llamar así. Dejaron de ser personas en el momento en que se pusieron el Casco. Aunque claro, no tenían otra opción. Nadie la tenía. No era por la electricidad, que era infinita desde hacía años, ni por el dinero, que ya no tenía utilidad alguna; era la comida lo que escaseaba y no había nada que pudiera fabricar materia orgánica.

Cuando el chico hubo llegado a la habitación correspondiente, la 203, encendió la pantalla del ordenador, abrió el metaverso y dejó que se cargara. Se acostó en la silla y cogió el Casco con las dos manos.
«Es la única manera, y lo sabes» se dijo para sí. Un intento de autoconvicción fallido como los proyectos anticontaminación de diez años atrás.

Sabía de sobras que no podría volver de nuevo a este mundo, pero ¿para qué iba a volver? En el mundo físico ya no había nada, ni para él ni para nadie.

Se puso el Casco en la cabeza. Sus ojos vieron unos destellos blancos como nunca antes habían visto, seguidos de colores de todo tipo y empezó a sentir unos ligeros mareos, se tumbó en la silla, preparado para un largo sueño y…

Ya está. Todo lo que era real se desvaneció y lo que en un principio era virtual se convirtió en real. El chico pronto se reuniría con su familia, sus amigos y el resto de los humanos que habitaban también en el mundo virtual.

Ésta es la historia del último humano que abandonó el planeta Tierra para ir al mundo inmortal e ilimitado; la historia del último en dar el paso.

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16

Título: Mar sin sal

Autor: Carla González Rivas

Centro docente: Tecnológico de Monterrey

Mi barquito de papel flotaba en el agua mientras la presumida y temida tempestad se acercaba, todo el pueblo estaba siendo evacuado, ante tanto caos yo solo podía contemplar mi barquito, su fragilidad, como el viento se lo llevaba mientras todo a mi alrededor parecía ajeno a la realidad, producto de la nueva década y sus falsas esperanzas.

Esta modernidad en decadencia sólo beneficia a los más afortunados y nos deja a los demás en dónde pertenecemos, en un mar sin sal a la deriva, esperando algún día llegar a tierra firme. Al poco tiempo escuché mi nombre, mi familia y yo probablemente perderíamos nuestra casa, todo el puerto perecería conforme la tormenta sucediera así que una temporada en el pueblo vecino nos esperaba.

Después de todo, el mundo se sentía desierto, la lluvia arrasó con todo, los charcos contenían sueños que fueron diluidos sin piedad, el rastro de migajas desapareció, nuestros hogares estaban perdidos en algún lugar entre la desesperación y desilusión, nuestras mentes estaban dispersas en el humo de la terrible flama natural.

Con el brote de la primera flor volvimos a sentir, los jardines empezaron a renacer, el anhelo por empezar de cero surgió y la mariposa de avidez por fin logró salir de su capullo para volar más alto que nunca.

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17

Título: Esperanza o miedo

Autor: Sheila Gómez García

Centro docente: Marqués de Lozoya

Tic tac tic tac tic tac…

Segundo tras segundo, hora tras hora, día tras día, año tras año. Aquí estoy, en el año 2030. Me imaginaba que los coches volarían; que el viaje más común sería a la Luna; que no existiría la contaminación, ni la enfermedad; que tendríamos un mundo mecanizado por completo. Miedo, sentía miedo al imaginarme una sociedad cambiada por completo; al imaginar que lo que más amaba en el mundo, que eran los abrazos y besos de la gente que me rodeaba, desaparecieran por culpa de una pandemia; que la gente cambiara dispositivos electrónicos por personas; que se produzcan guerras aunque de armas no se traten. Miedo a lo desconocido, miedo a si saldrá la cara buena o por el contrario, la cruz, porque esto es como mirar a una moneda, es la misma pero tiene dos caras. Todos miramos a un mismo futuro con dos finales distintos.

Como decía, aquí estoy en 2030. En verdad no quiero haceros un spoiler de cómo acabará vuestra vida. Lo único que puedo hacer es desearos suerte a todos.

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18

Título: Este dulce vivir

Autor: Amaia Sánchez Álvarez

Centro docente: Colegio Highlands El Encinar

Siempre he admirado la lluvia, quizás hasta la he llegado a envidiar; proyecta como diminutas lupas nuestra realidad. Observar a través del rocío primaveral aquel lugar que llamamos hogar se convirtió en mi rutina una vez la sociedad comenzó a evolucionar. Pues en esta sociedad dinámica, en la que reina el devenir, el crecer de rosas me recuerda que somos esclavos del cambio. Un cambio que nos hizo florecer.

Sorprendentemente, aquella semilla que plantaron los griegos hace miles de años llamada justicia, ha encontrado su razón de ser, pues la paz no es abstracta, sino una verdad que nos abraza con cariño, obligando a que el concepto de enemigos se volviese obsoleto. Patrias de todo el mundo forjaron lazos blancos que besan aquella agenda del 2030. Y si pienso en aquellos tiempos caóticos que definen nuestra historia solo puedo entristecerme; pensábamos que no sentiríamos el calor del mundo hasta que lo viésemos arder, pero nos quemamos por el camino. Nuestras cicatrices nos recuerdan el pasado porque aquel que no quiere recordarlo está condenado a repetirlo, por ello, ahora la educación camina junto a niños de todo el mundo y planta trabajos para adultos. Las risas son el motor de la razón social, el tono de llamada de todo dispositivo.

Los altos edificios protegen y satisfacen el comercio que tan inestable estuvo. Congelan las traidoras ambiciones que osaron cegarnos y posicionarnos en contra de nosotros mismos para dar lugar a modernas infraestructuras que afianzan la industria, así como la producción y el consumo responsable. El sol por su parte viste una maravillosa sonrisa, haciendo que brille más que nunca. Al fin se lleva bien con la lluvia y se enorgullece de nuestro ser, las energías del hogar imitan su esplendor y mueven artefactos que depuran cualquier contaminación. Así estamos aprendiendo a coexistir, compartiendo valores en banquetes que integran innumerables poblaciones. Aquí, donde la enfermedad ha perdido su sitio.

Los peces se han dejado de ahogar, patinan sobre aguas limpias y claras que abastecen a grandes ciudades y riegan jugos de todos los sabores; hemos podido saborear la fruta prohibida, o más bien, la escondida. Pues la armonía siempre ha parecido inalcanzable para los grandes filósofos; nuestra realidad había sido ensombrecida por el pesimismo, provocando que el bien fuese el regalo más dulce, el jugo más deseado. Por otro lado, estas frutas han hecho germinar las mayores cuestiones literarias, el amor y la muerte. ¿Qué pasa cuando se juntan? ¿Muere el amor o ama la muerte? Cuando veo a los hombres enamorarse de su existir y bailar juntos bajo las estrellas como si fueran uno, sé que la muerte ha aprendido amar y su instrumento de gozo son los humanos.

Y, ¿no es irónico? Por tantos años nos extrañó el bien y en tan pocos se restauró. Esa es la cuestión, en cuanto fuimos conscientes del daño que nos provocábamos y de la dirección en la que estábamos cayendo, fuimos capaces de cumplir con aquellas esperanzas que por tantos milenios nos condenaron. Aquellas ansias que tantas sequías causaron… Con el corazón en la mano, y mis hojas en flor, mientras el arrebol me permita vivir, y mis raíces aguanten mi existir, rogaré que prendas fuego a estas memorias de un árbol anciano, mi amor, mi querido humano. Pues sólo así perduraré, pues solo así volarán mis hojas por siempre, aún en cenizas, por este dulce vivir que tanto añoré.

Fdo: un árbol milenario.

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Título: El Aldeano

Autor: Ignacio García Pereña

Centro docente: Colegio Highlands School El Encinar

Está sentado sobre una roca lisa, mirando al sol ponerse en el horizonte. No debe de tener más de 14 años, y aun así tiene la complexión de un hombre adulto. Es un niño, de tez morena y ojos castaños. Pero, por muy inocente que parezca, carga a sus hombros una responsabilidad enorme. Su madre falleció en el parto de su hermana pequeña, y ya hace varios años que su padre murió en una reyerta con unos traficantes de una aldea cercana.

Desde entonces está a cargo de su familia, trabajando de sol a sol en su propio huerto.

Levanta la vista. Está esperando, no olvida a aquellos extraños que se presentaron en su aldea hace un tiempo. Le prometieron muchas cosas. Dijeron que le darían una educación a sus hermanos, que nunca volverían a pasar hambre, que todo mejoraría. Pero, primero los días y luego las semanas, pasaron y esa gente seguía sin aparecer. Por lo que tenía entendido, los gobiernos de distintos países habían acordado ayudar a los menos favorecidos, proveyéndoles con suministros e instalaciones, pero en su aldea casi nada había cambiado. Los plásticos siguen ocupando los ríos y cada día hace más calor. Aun así, él supone y espera que en otros lugares las cosas estén cambiando a mejor, a fin de cuentas, Níger es un país muy grande, tal vez sea solo cuestión de tiempo que se reencuentren con ellos. Eso es lo que lo mantiene con fuerzas, lo que le hace asistir todos los días a esa misma roca, a esperar a aquellos hombres en el lugar donde lo despidieron.

El sol ya se ha escondido, y sabe que en breve deberá regresar a casa a atender a sus hermanos. Sin embargo, él sigue esperando un rato más, el brillo de la esperanza no se ha apagado aún de sus ojos.

Al día siguiente se levanta de su lecho al alba. Está recién amaneciendo a las seis de la mañana en Agadez. Sortea las pocas pertenecías que tiene por su casita con cuidado, no quiere despertar a sus hermanos. Coge su azada y comienza con sus tareas diarias. Tras una jornada agotadora se dirige al centro de la aldea para obtener agua de la fuente que instalaron aquellos extraños cuando vinieron. Es uno de los bienes más preciados que poseen los habitantes locales. Mientras llena su vasija oye un grito lejano acompañado de un correteo propio de un niño. Su hermanito pequeño se acerca a gran velocidad agitando los brazos, con una gran sonrisa iluminando su cara. ¡Han vuelto! ¡Los hombres de blanco están aquí! – viene exclamando. Una serie de murmullos se elevan por los caminos y casas cercanas. La gente está nerviosa. El joven de la fuente levanta la mirada al tiempo que un convoy de tractores y más transportes aparecen por el horizonte, justo por el lugar donde siempre fijaba la mirada al atardecer. Habían cumplido su promesa.

Una gota de agua cayó a los pies del joven, pero esta era salada.

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20

Título: El día del rescate

Autor: Carla Marina Santos Ballesteros

Centro docente: GSD Las Rozas

Hacía calor. La putrefacta choza que era su casa era un verdadero horno. Rodeando a ésta, había un matojo de altas plantas que escondían el sol. Vegetación que, pese a dar sombra pareciera que aumentase la temperatura del paraje, pues como sucio manto ambicioso, recolectaba todo el calor que emanaba de los muertos seres que allí habitaban y no permitía su salida. El conjunto formaba una deprimente y tenebrosa jaula llena de esperanza.

Él, un niño poco agraciado, fino como un palo y analfabeto, era uno de los tantos habitantes de esa utopía inversa. Sabía poco, era casi tan escaso como él su conocimiento, pero sabía con certeza cortante que su alma anhelaba la salida se su cuerpo de esa miseria que con gran presteza devoraba cada una de sus cualidades. Aunque, no sabía si se trataba de anhelo o de un instinto incontrolable de preservación de su propio ser. Sin embargo, poco hacía al respecto. Siempre tumbado o escondido. Siempre pasivo por las veces que no lo fue.

Oía pasos. Se acercaban. Uno detrás de otro, ambos pies marchaban. Lo que en un principio parecía ser un caminante solitario pronto se transformaría en dos y tres y así el número aumentaba hasta que el niño no tuvo dedos para seguir contando. Como un pequeño ejército, los pasos se fueron acercando. Pudo diferenciar como de la mano de los pasos iban palabras. No había ninguna hilera de palabras, así como lo había con los pasos. Iban sueltas. Flotando pesadamente.

Se abrió la roñosa puerta de la choza. Acompañado de una onda de calor agobiante invadieron el espacio tres horripilantes hombres mal vestidos. Entraron en formación, dos adoptaron como pilares de mármol frío y desalmado el papel de custodiar el agujero que previamente como billete de entrada había servido. Mientras que el hombre más demacrado se plantó en medio de ambos cual cabecilla.

Miró alrededor. Con esos agujeros adornados por cicatrices contempló la sala. Ambos ojos bien abiertos, tanto así que hasta el párvulo más de él alejado podría contar con sus manitas las venas rojas que como malas hierbas se abrían paso en sus ojos. Como ríos de sangre. Lentamente ambos orbes recorrieron la parva sala disparmente. Uno siempre iba inquietamente detrás del otro. Como si recolectase todo lo que el primero se dejaba. El matorral de niños como un todo se contrajo. Como un banco de peces amenazado por un gran depredador.

El tenebroso hombre dejó que sus pies marchasen por el lugar. Ñam, Ñam. Ese sonido hacía su boca que lujuriosamente mascaba alguna hierba. El sonido retumbó por aquella prisión, golpeando y mareando a todo el que pilló delante. El basto hombre repentinamente paró y en contraste con la rápida acción comenzó lentamente a erigir un brazo. Una vez éste estuvo lo más alzado que pudo estar, el hombre pareció acordarse de tener cinco dedos atados a la mano y juntamente de una macabra sonrisa comenzó a mostrar el dedo anular, corazón y meñique. Como piedra pesaba el silencio. Todos los presentes tornaron sus cabezas al niño. El mismo fino y feo niño que carecía de esos tres mismos dedos. Como un cautivo este se separó de la maroma de gente y del falaz sentimiento de seguridad. Moviendo pesadamente sus descalzos pies caminó rumbo al sucio hombre.

Se acercó lo más lejos posible a la basta figura. Este lo observó atentamente, como expectante de que se acercara más. En vano estuvo esperando. El niño no se movió. Comenzó, despacio, a bajar el brazo. Una vez la extremidad estuvo a la altura de su cintura como serpientes amaestradas, movió los dedos hacia el machete que llevaba ahorcado en la cadera. Lo recolectó, se lo entregó y se marchó.

Había empezado otra jornada de trabajo. Como soldado primero en la escala, el niño salió cual lazarillo del grupo que atrás de sí estaba. La desorganizada formación pronto se dividió en varios grupitos. Cada vez había menos trabajo, menos espacio para cultivar las plantas de cacao. Y como extrañamente se había vuelto habitual, muchos de los churumbeles solo miraban como los desafortunados que habían conseguido algún espacio trabajaban. Varias manitas limpiaban, recolectaban y triaban.

El niño flemático se sumergió en la plantación como si tuviera miedo a ahogarse. Buscó un palo con el que ayudarse a derribar las plantas que se encontraban fuera del alcance de su baja estatura. Así pasaron horas y horas atrapado, como fruto entre el tóxico suelo y el matojo de plantas. Rezumaba de él sudor. Decidió esconderse en un lugarcito recóndito de la pequeña plantación con el afán de no ser encontrado mientras descansaba.

Dio una gran bocanada de aire. Una tras otra el famélico niño devoraba el viento. Está alterado por el miedo a ser descubierto por alguno de los dóciles cuidadores y por ello perder otro dedito. Inhala y exhala. Justamente antes de morder de nuevo la brisa, escucha una tras otra una hilera de pasos que marchan hacia su dirección cual ejército. Se sintió morir y así dejó hacerse. Pero como si tan baja vida apelase que vivía porque no vivía, se salvó. Acunándolo en un pecho extraño estaban unas manos. Como recolectándolo.

Rápido, muy rápido el campamento lo purificaron personas con cabezas azules. Gentil y cuidadosamente recolectaban a los niños como semillas de cacao. No se enfrentan con gran número de cuidadores, más bien solo los observan con repugna adentrarse en la maraña verde con gran velocidad. Como abrigándose en esta. También hay en el mirar de los cabezas azules una certeza: en un futuro, ya casi pasado, esos hombres que huyen serán recolectados. Pero eso ahora no es prioridad.

Uno tras otro los churumbeles son puestos en camiones blancos que tienen como rumbo un mejor vivir. El delgado niño ahora abrazado por sus semejantes siente su pecho arder. Siente su anhelo transmutar a realidad y también entiende que ese objetivo ahora es pequeño. Abre los ojos y enfila la selva que se convierte en una mancha negra.

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Título: Duérmete, niño

Autor: Maria Díaz Franquet

Centro docente: Col.legi Cultural Badalona

Duérmete, mi niño. Descansa, mi querubín. En tu cunita de cedro pulida, bajo esas sábanas blancas, que te acarician la piel y te arropan con su tacto. Y sueña que un ángel blanco te lleva hasta el firmamento y le pide a la lunita que te meza en dulce arrullo y a las doradas estrellas que te conforten, mientras desde su regazo, contemplas el mundo entero. Un pedacito de tierra al que llamamos hogar, rodeado de turquesas y del azul del mar.

¿Pondrías tu piececito en el suelo? ¡Si no sabes caminar! Quizá una cestita de mimbre te podría cobijar y navegarías por un río, contemplando todo el lugar. Asomas tu cabecita por el borde del capazo, con una media sonrisa dibujada en tu carita. Pero… ¿y los pececitos? No ves ningún remolino de peces, chapoteando, traviesos. Te acercas y sacas tu manecita, en busca de la frescura del caudal y tu imagen se refleja sobre una profunda oscuridad. ¿Dónde está ese cristal de agua? ¿Dónde ha quedado la prístina cuna que albergaba el cauce de ese emponzoñado arroyo? ¡No extiendas la mano, niño! ¡Contén la respiración! Un raudal de podredumbre extiende sus tentáculos desde la marea de peces muertos que se esparcen por ambas orillas. Te asustas y quieres salir. Pero ¿cómo hacerlo? Eres tan pequeño…

De algún modo, la cesta queda embarrancada en una de las orillas del río y te deposita en tierra. Alguien te cantó alguna vez sobre los verdes pastos y las inmensas y fértiles llanuras. Sí. Estás seguro. ¿Encontrarás alguna flor? Te gustan los girasoles y las espigas de trigo. Son amarillos, como tu color preferido. Sí… ¡No extiendas la mano, niño! ¡Contén la respiración! Una bola de calor engulle con gula toda vida vegetal y las plantas se marchitan, se carbonizan, cambiando los ocres por grises, dejando un manto de cenizas calcinadas a su paso. Te frotas los ojos. Quieres correr. Pero ¡eres tan pequeño! ¡Si ni siquiera sabes caminar!…

De tu boca sale algo parecido a un balbuceo. ¿Qué querrás decir? «Ma-má». Tu mamá te quiere y te está esperando, seguro, en ese frondoso bosque que se divisa a lo lejos. Recuerdas aquel gran abeto adornado con luces de colores que se ve desde tu cunita… ¡Qué bonito! Quieres sentir el tacto de sus hojas en tus deditos. Pero… ¡No extiendas la mano! ¡Contén la respiración y sal de ahí! Los árboles se están desplomando, como fichas de dominó. Uno tras otro. Hacen mucho ruido. Parece que están llorando, con ese quejido lastimero que hacen al desplomarse. Con cada caída, se aceleran los latidos de tu corazón.

Miras al cielo y te encuentras flotando encima de las nubes. Te agarras a ellas, como si de tu almohada se tratara y las empujas hacia tus ojos, en un intento subconsciente por borrar esas imágenes de tu mente. Pero no funciona… Vientos furiosos empiezan a zarandearte. Se avecina tormenta y vas cada vez más deprisa, en esos nubarrones espesos, rabiosos, como la furia que azota la tierra, varios metros más abajo… Punzantes relámpagos salen escupidos como flechas, mientras el trueno estalla con el eco de mil bombas. Cierras los ojos, pero puedes verlo todo ahí abajo. Hambre, guerra, muerte, sequía, inundaciones, matanzas…

Y llueve. Y lloras.

Vuelves a abrir los ojos. Huele a hogar, a girasoles y a trigo recién horneado. Alguien cercano y conocido te estrecha contra su pecho y te canta una linda nana: «Duérmete, mi niño. Descansa, mi querubín. En tu cunita de cedro pulida, bajo esas sábanas blancas, que te acarician la piel y te arropan con su tacto».

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Título: Prueba número 1001

Autor: Natalia Loizaga García

Centro docente: Colegio Sagrado Corazón de Jesús

Ya se habían montado en varias atracciones aquel día. Sus padres, cansados, intentaron calmar su euforia ofreciéndole sentarse y tomar algodón dulce, aprovechando ellos el momento para descansar. Mientras lo hacían, desde el sitio en el que estaba, vislumbró otra atracción, más entretenida si cabía que las anteriores. Olvidando el algodón dulce que sostenía entre sus manos, salió corriendo en dirección a ella. Vio como sus padres se miraban entre ellos a lo lejos. Con prisa por montarse cuanto antes, les llamó desde la fila agitando el brazo.

Se encontraban ya los tres sentados en el vagón que les iba a transportar por un pasaje lleno de aventuras ambientadas en piratas y sirenas, sus favoritos. Sonreía y se sentía plenamente feliz cuando la atracción dio comienzo. Figuras de piratas armados con espadas y sirenas dotadas de belleza como las de las películas, que le llamaban desde los laterales, fueron apareciendo durante los primeros minutos. Súbitamente, la oscuridad invadió el lugar, y lo que hacía unos instantes era un conjunto de risas y exclamaciones se transformó en un silencio total.

-Mamá-Susurró inquieto.

Sus manos buscaron las de su madre, nada. Su padre tampoco estaba allí. Una serie de imágenes se proyectaron ante él: ciudades enteras inundadas debido a los deshielos provocados por el cambio climático, miles de especies animales extinguidas, sequías e incendios… Trataban de mostrarle como estaba el mundo en aquel momento, claramente algo de lo que él, durante su todavía corta vida, no había sido partícipe. Gritó tan fuerte como sus pulmones le dejaron hasta que las imágenes desaparecieron y unas blancas luces se encendieron de golpe, descubriéndole su soledad en aquello que ya no era una atracción.

Caminó hacia lo que parecía la salida, aturdido, con lágrimas resbalándole por las mejillas. Empujó la única puerta que había, y a su alrededor ya no se encontraba ningún parque de atracciones, tan solo una solitaria e infinita explanada llena de residuos y sin ninguna presencia humana en ella, exactamente igual a como aparecía en las imágenes. Una voz robótica, que no sabía de donde provenía con claridad, sentenció:

-Prueba número 1001, da por comenzado el experimento.

Quiso volver sobre sus pasos, pero tras él ya no había nada.

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23

Título: Hora de Huir

Autor: Laura Navarro Rodriguez-Valdés

Centro docente: IES LA Minilla

Ahora creer , lo que se supone que es considerar algo como verdadero o pensar que existe sin al menos tener conocimiento de haberme visto , ha cambiado completamente , ahora creer es tener el miedo de vivir la experiencia para corroborar un hecho vivido , ahora creer es la tesitura en la que te ponen tras estar más de seis meses bajo tierra creyendo que algo cambiará.

Una expansión de un virus desconocido para los científicos ha llegado hasta un pequeño pueblo en el que lo más novedosos que podría pasar es ver como una oveja juega con tu perro , al ser desconocido intentamos conseguir lo justo y necesario para sobrevivir en un búnker en el que poco a poco vas observando como tu adolescencia pasa por delante de tus ojos y tú no puedes ir tras ella ya que el final estará en los próximos dos centímetros.

El pensar que podría estar chateando con mi pareja en lugar de pensar como salir de aquí sin intoxicarme es una especie de fantasía en la que me tengo que agarrar como si fuera lo último que haga en esta vida , al fin y al cabo solo tengo mi imaginación , pero hay que explotarla.

Un día cualquiera tan irrelevante como los demás , no lo sería en unos segundos , la radio comenzó a sonar fuerte e incluso con ganas de romperse así misma , una alerta del estado empezó a hablar , “Hemos descubierto que virus está amenazando nuestro país , todavía no se nos he posible comunicarles de que se trata , pero les aseguramos una cura rápida e indolora , mantengan la calma y no salgan , es una advertencia , manténgase cerca de la radio para comunicarles más noticias.” Y tal como vino , se fue.

Al ser una adolescente con ganas de vivir en vez de estar encerrada , esa advertencia fue una especie de grito para que rompa por una vez en mi vida todas las reglas y salga al exterior. Sería una misión fácil , a la hora de huir me quedé completamente sola , mis padres desaparecieron y nunca supe nada de ellos.

Era hora de encontrarles.

La poca información que he obtenido es que a dos manzanas hay otro bunker , supuestamente lleno de sustento e incluso más grande que en el que encontré yo , en este caso mi salida sería por primera vez , de vida o muerte.

Aquí hablando Alex , estoy grabando este mensaje con una especie de grabadora antigua que conseguí arreglar en mi estancia bajo tierra , estoy saliendo al exterior con guantes , ropa de repuesto y dos mascarillas , todavía nadie nos ha informado que virus nos está atacando y me daría miedo saber que es peor que la pandemia que ya tuvimos que vivir años atrás.

En 2030 podemos pensar que ya todo es mejor , que íbamos a evolucionar como especie y a ver coches sobre el cielo pensando en cómo es posible que estén ahí ,o viendo como nos invaden los robots mientras que nosotros simplemente asentimos y dejamos que la tecnología fluya , en cambio , nos encontramos con un año lleno de llantos y desesperación , ya no solo por estar encerrados , si no por estarlo bajo la tierra que antes pisabamos.

De momento no observo nada extraño , la naturaleza sigue su curso e incluso tras dejar la polución está mejor , los árboles están llenos de hojas y el césped en su máximo esplendor , las calles son vacías y silenciosas , todo parece ser sacado de una películas de terror.

Corte.
He llegado a la primera manzana , aquí al parecer la cobertura comienza a fallar ya que escuché un gran pitido proveniente de mi grabadora.

Corte.

Estoy dirigiéndome a una gasolinera para conseguir agua y comida por si tengo que sobrevivir a la noche , de momento y a simple vista se ven coches en estado de oxidación y motos siguiendo sus pasos , todo es tan extraño.

Corte.

Estoy entrando , veo a dos personas realizando la misma tarea que yo , de momento no parece una especie de invasión zombie con la que siempre tenía miedo de vivir , me estoy acercando a ellos.

-Perdona.- Corte.- Oh dios , ¿Necesitas ayuda?- Corte.- No se preocupe , van a encontrar una cura.- Corte.- Me tengo que ir.

-Tu serás la siguiente.-Corte.- Te dije que no te acercarás a mí, hija.

Sus lágrimas brotaban sin cesar , apenas podía respirar , nunca llegué a imaginar un escenario como este en donde mi creatividad no era capaz de llegar , no me esperaba un virus , al menos no este.

-Mamá , ¿Qué hago?

-Huye.

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Título: Adiós al planeta

Autor: Eduardo Ara Aguarón

Centro docente: IEs Ramón y Cajal Huesca

Mientras entro a la nave de evacuación miro con nostalgia el planeta que vamos a dejar. Pensamos que los recursos serían eternos así que no tuvimos reparo alguno en malgastarlos, agotándose cada vez más rápidamente. Para cuando nos dimos cuenta de las consecuencias que eso iba a tener aún estábamos a tiempo de pararlo, pero no quisimos hacerlo, pues esa destrucción se había convertido en una droga para nosotros, una droga que nos hizo olvidar moralidad y sensatez. Así como otras sustancias producen alucinaciones está droga nos hizo creer que teníamos el derecho de destruir un planeta que en contra de lo que creíamos no era nuestro. Ahora hemos de pagar por nuestra estupidez, dejando atrás todos esos recuerdos que nos han acompañado aquí. Me duele tanto como cuando dejamos la tierra en el 2025, hace cinco años. Si no me he acostumbrado a la cuarta dudo que lo haga nunca.

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25

Título: Año nuevo, vida nueva

Autor: Belén García-Lorenzanas Elías

Centro docente: IES Margarita Salas (Majadahonda)

Tres, dos, uno…¡Feliz año nuevo! – dijo Nía.

¡Feliz año 2030! – le contesté con incluso más entusiasmo y le di uno de esos besos que no se olvidan para celebrar la ocasión especial. Este era el año. A partir de ahora el mundo iba a ser un lugar mejor.
Casi me atraganto con una uva. – dijo ella entre carcajadas mientras cogía el matasuegras de encima de la mesa.

Siempre hacia eso, siempre me soplaba con esa cosa en la oreja, todas las nocheviejas. Sabía que lo odiaba, pero siempre le hacía reír la cara que ponía con ese ruido tan estridente.

Recogimos los boles llenos de pepitas de uva, las servilletas usadas y el plato con los restos de turrón e hicimos hueco para las copas. Yo abrí el champan con ese característico pop y Nía puso la música que no pararía de sonar en toda la noche.

La luz del sol que se colaba por la rendija entre la persiana y el borde inferior de la ventana fue la culpable de que me despertara. No tenía resaca porque era de los que dejaban la copa de champan a medias y no bebía más en toda la noche, a lo que di gracias porque sino ahora tendría un dolor de cabeza insoportable. Miré el despertador. Eran las dos menos diez. Me habría sentido culpable por lo tarde que era y por no haber aprovechado la mañana de no ser por el día que era hoy, año nuevo. Me hice una taza de
chocolate caliente y dejé otra en la encimera de la cocina para Nía. Me senté en el sofá frente a la televisión dispuesto a encenderla, pero nunca llegue a extender la mano para coger el mando, en vez de eso me quede ensimismado pensando.

Pensando en que, salvo por las horas, hoy era una mañana cualquiera y no debería serlo. Nos habían prometido, corrijo, nos habíamos prometido que el año 2030 marcaría la diferencia, sería un antes y un después en la historia, pero el cambio debió haber empezado en ese mismo instante. Aquel día me contaron, en aquella aula, lo que eran los objetivos para el desarrollo sostenible y la agenda 2030 debí empezar a hacer algo por el mundo y no esperar a que otros lo hicieran. Solo tenía once años, pero hasta los más pequeños pueden hacer grandes cosas. Ojalá en ese momento me hubieran dicho que el cambio empezaba en mí.

Hace ya unos quince años (yo aun tenía once años) que se dijo que se acabaría la pobreza, que todos usaríamos fuentes de energía renovables, que habría igualdad y muchas otras cosas. Y yo me pregunto ¿Apuntamos, quizás, demasiado alto o no supimos cómo conseguir esas metas?

Nía se despertó poco después, cogió su chocolate caliente unas galletas de la despensa y se acurruco conmigo. Le conté mis dudas e inquietudes, y tras reflexionar un instante me dijo algo que nunca olvidare: “ Es posible que no hayamos conseguido cumplir lo que prometimos, pero eso no significa que porque se haya acabado el plazo abandonemos nuestros objetivos. Hay que seguir intentándolo porque la perseverancia es clave para lograr un fin.”

Es tan inteligente… y por eso la quiero. Por eso por un millón de otras razones. No sabría vivir sin ella y espero que para que cuando cumplamos esos objetivos ella se haya casado conmigo. Me levanté del sofá, fui a la habitación, saqué una pequeña cajita del cajón de mi mesilla, fui a donde estaba ella, me arrodillé y se lo pedí.

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26

Título: Cosas que nunca cambian

Autor: Clara Díaz Sánchez

Centro docente: IES La Contraviesa Albuñol Granada

Aquella fría mañana de noviembre, mientras el profesor se esforzaba en poner en marcha a los adormilados alumnos, yo permanecía absorta —como siempre a primera hora— observando desde la ventana pegada a mi pupitre el ruidoso enjambre de los estorninos entre las ramas del árbol, preparándose para empezar un nuevo día. De pronto, como una gran nube negra, salieron todos disparados hacia el cielo al unísono con un estruendo ensordecedor, perdiéndose zigzagueando por el horizonte.

Justo en ese momento, una mano sobre mi hombro me sobresaltó y me devolvió a la clase:

—¡Treinta minutos! Mínimo una cara y buena letra. Las faltas de ortografía detraen 0,25 que ya estáis en bachillerato —dijo a la vez que depositaba el folio sobre la mesa.

Al leer el enunciado sobre la redacción no pude evitar soltar un «joder» entre dientes, y giré la cabeza en busca del profesor. Para mi tranquilidad ya se encontraba bastante lejos para poder oírme y soltarme otra vez la charla sobre las odiosas «interjecciones impropias» y mi vocabulario, así que volví a centrarme en el folio.

¿Qué «coño» se supone que tengo yo que poner aquí ahora? Mordisqueé el bic ya de por sí bastante hecho polvo, y me di unos golpecitos con él en la cabeza, siguiendo mi ritual establecido desde primaria para empezar a funcionar. Pero aquella mañana no funcionó…

«IMAGINA EL MUNDO DENTRO DE NUEVE AÑOS» expresaba el encabezado seguido de un enorme e interminable espacio en blanco que se supone que yo debía rellenar, no obstante por más que lo pensaba mis ideas permanecían más vacías que ese papel.

¿Futuro? Lo único que se me venía a la cabeza con esa palabra eran androides, cataclismos, taxis voladores y pistolas láser que te desintegraban en un santiamén. Vamos, cualquier distopía imaginable… nunca he sido muy optimista, soy de las que ven la botella rota, ni medio llena ni medio vacía, directamente rota. Por más que lo intentaba no podía imaginarme el futuro, para mí el futuro era como aquel «Caminito del Rey» que recorría el desfiladero que anduve de pequeña con mis padres, y que cuando miraba hacia abajo me dejaba paralizada sin poder respirar. Algo a lo que es mejor no asomarse.

Entonces me vino a la mente aquella película del siglo XX que nos pusieron en clase de filosofía, «Blade Runner», en la que se imaginaban el futuro del siglo XXI lleno de naves voladoras y «replicantes», robots que no se diferenciaban de los humanos… Y pasó que cuando llegó ese futuro, que ahora es mi pasado, ni había «replicantes» ni naves voladoras ni nada por el estilo. El futuro siguió siendo igual de aburrido que su pasado… solo que con una música más extraña y muchos teléfonos móviles.

Eché un vistazo a mi smartwatch y comprobé que me quedaban escasos diez minutos, así que con trazo firme y decidido empecé a escribir:

Querido Maestro, dentro de nueve años, en el 2039, todo será como es ahora, en este año 2030 en el que nos encontramos:

El iPhone irá por el modelo «iPhone 40» y seguirá costando una fortuna, operación triunfo irá por su nonagésima edición, Gran hermano incluirá «edredonings» como hasta ahora y nos seguiremos escandalizando, pero sin parar de mirar… como hasta ahora. Eso sí, la música será más extraña, seguro, y los maestros seguirán preguntando por nuestro futuro, sin explicarnos demasiado bien nuestro pasado.

¿Por qué pienso eso? Pues porque mi madre dice que en 2021 también ella pensaba que ahora, nueve años después, estaríamos mucho más «cambiados», y seguimos igual de idiotas todos —eso dice—. En conclusión, maestro… Me parece que en 2039 todo será una «mierda», como lo es ahora en 2030, y como lo era en 2021; pero con otra música.

Me sobraron siete minutos. Así que con esas pocas líneas entregué la redacción al profesor, el cual tuvo tiempo de sobra para leerla detenidamente.

Al terminar su lectura, levantó la mirada y me dijo:

—Lo primero; soy profesor, no maestro, ya lo deberías saber. Lo segundo, tienes un cero. Y lo tercero, baja ahora mismo a Jefatura de estudios. Sabes por qué, ¿verdad?

—Si, profe, lo imagino —le contesté con la duda de si era por poner la palabra «mierda» en el texto, por llamarle maestro repetidamente en vez de profesor o por la breve extensión de la redacción.

«Hay cosas que no cambian nunca, ni cambiarán», pensé; pero no lo dije. No estaba el horno para bollos…

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27

Título: ODS 3; un comienzo

Autor: Rebeca Sánchez Gainza

Centro docente: Colegio San Cayetano

Ashanti se dió cuenta de que quería ser piloto.

El avión de papel volaba alto, y ella corría por el césped para atraparlo. Su madre la observaba jugar. Por algún extraño motivo, lágrimas caían por sus mejillas. Ashanti no podía hacer nada más que intentar coger el avión. Dejaba a su madre cada vez más atrás, mientras se aproximaba hacia un barranco. Su madre le gritaba. “Quédate conmigo Ashanti”. Pero Ashanti no podía parar. Sólo cuando estuvo a diez metros de distancia del acantilado se permitió darse la vuelta. “Te quiero mamá” gritó Ashanti. El avión de papel subía cada vez más alto, y Ashanti quería atraparlo. Así que comenzó a correr, y una vez terminó la tierra, surcó el aire. El viento era su transporte, el sol, su amigo; y el avión, su destino. Su madre no era más que un puntito en el mundo, y el mundo un puntito en el universo. Ashanti recuperó el avión, y una vez lo hizo, se quedó allí suspendida, en medio de nada. El sol y el viento habían desaparecido, así como toda luz. Solo estaban Ashanti y su avión. A Ashanti se le comenzaron a cerrar los párpados. Una canción de cuna resonó en la mente de la niña. Ashanti se durmió en un profundo sueño, pero con el avión reconfortándola, todo le pareció más fácil.

“Causa de la muerte: malaria” le dijo la enfermera al doctor. Johari, la madre de Ashanti, no pudo hacer más que mirar mientras la vida de su hija se desvanecía. Aún no hay cura para la malaria. Como madre y como científica, la encontraría. Para honrar a la hija que, con todo su corazón, la había querido. Así que aferró una mano de su hija y en la otra depositó un avión de papel. “Sigue al avión, Ashanti” susurró en el oído de su hija. Al parecer, Ashanti la escuchó. Comenzó a cantarle la canción de cuna que siempre le había cantado.

20 de agosto de 2029. Intento número 1 de cura para la malaria. Escribir esa frase en su ordenador dos meses más tarde fue un nuevo comienzo para Johari. Tenía un motivo por el que luchar. No había podido salvar a su hija, pero lograría salvar a otros niños como ella. Así que se puso a trabajar.

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28

Título: El manzano ponzoñoso

Autor: Hrisa Emilova Petrova

Centro docente: IES Francisco Salinas

Ese era el gran día. Tras años de investigaciones y esfuerzos, habíamos logrado nuestro objetivo. Determinadas plantas habían sido genéticamente mejoradas para conseguir cosas tales como evitar enfermedades, sobrevivir más tiempo sin agua, adaptarse a las condiciones climatológicas más adversas o reproducirse con una mayor facilidad.

Eso formaba parte de una iniciativa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, dentro de la cláusula de medio ambiente. Tras el punto álgido en la trayectoria de la contaminación, se empezó a valorar seriamente la idea de frenarla, ya no como una meta, sino como una obligación.

Y ahí era donde entraba mi investigación y la de mis compañeros, destinada a frenar la deforestación, y ese día, en la EXPO 2025, los resultados serían mostrados a un público ansioso por saber cómo íbamos a hacer del nuestro un mundo mejor.

Sin duda, fue todo un éxito.

El problema llegó después.

Concretamente, cinco años después.

El 21 de septiembre de 2030, ya como jefa de un departamento de investigación, me dirigí a la sala en la que analizábamos los resultados de los experimentos. Habíamos hecho diversos experimentos para intentar que liberaran unas toxinas para que las plagas de insectos no atacaran. Esto iba sobre todo destinado a los cultivos, hubo una plaga de langostas horrible que dejó a toda Osaka con una cantidad mínima trigo y centeno, y aunque gracias a que los gobiernos habían establecido rutas comerciales con gran éxito teníamos la obligación de poner también de nuestra parte.

A las 9:30 estaba entrando. A las 9:41 ya había saludado a todo el mundo y ya tenía un café en la mano. A las 9:46 las plantas empezaron a liberar toxinas. A las 9:47 tratamos de escapar. A las 9: 48 recordamos que la sala se abría y cerraba con un mecanismo desde la sala de vigilancia por si acaso se abría por accidente y liberaba cualquier cosa peligrosa. A las 9:55 algunos empezaron a mostrar síntomas. A las 10:00 ya había algunos muertos.
Y, a todo esto, ¿por qué el vigilante no había abierto las puertas si ya llevábamos casi un cuarto de hora agonizando? Nos lo explicaron después, diciéndonos a los pocos supervivientes que fue porque el mecanismo estaba siendo revisado. Como cada dos semanas. La principal diferencia era que, mientras que normalmente suspendían las investigaciones ese día, como el trabajo era urgente y normalmente no pasaba nada, al director general se había olvidado, entre comillas, decir nada.

Sin embargo, en ese momento nosotros no sabíamos nada, y tan sólo queríamos salir de la sala. No invitaban a concentrarse ni los cadáveres, ni los compañeros sangrando por la nariz, ni la planta soltando muchas mas toxinas de las que se suponía que debía soltar.

Tratamos de tapar la planta con todo lo que encontrásemos, romperla no serviría de nada, puesto que todas las sustancias ponzoñosas que soltaba el manzano con el que habíamos probado el experimento serían liberadas de golpe.

No había conductos de ventilación, la puerta estaba sellada y los ventanucos, demasiado altos, también parecían demasiado pequeños.

Todos se preguntaban qué hacer, todos me preguntaban qué hacer. En un primer momento me pregunté por qué había aceptado el puesto de jefa de departamento, luego me dejé de estupideces y empecé a pensar a toda velocidad, sospesando las diferentes opciones ante nosotros. Puerta, ventanucos, puerta, ventanucos… Ah, claro soy tonta, cómo no se me había ocurrido antes. El código de emergencia.

– ¡Disculpad! – nadie me hacía caso. – ¿Hay alguien del departamento técnico, por favor? ¡EH! ¡QUE OS ESTOY HABLANDO! ¡SILENCIO! ¡AHORA MISMO!

Repentinamente, no se oía una mosca. Todos estaban en silencio, mirándome. Me sentía como una profesora de infantil. Me ruboricé de forma violenta.

– Perdón. ¿No hay nadie del departamento técnico, por casualidad?

Todos negaron con la cabeza. Fantástico. Mi gozo en un pozo. Cada vez costaba más respirar, la cabeza se me estaba nublando, y a juzgar por las expresiones de los demás, podía apostar que a ellos también les pasaba.

– Yo tengo un título en mecánica.

Lo miré. Aparentaba unos cincuenta años. Era imposible que supiese algo de esa puerta tan sofisticada, pero por otro lado, tampoco teníamos muchas mas opciones. Me pasé una mano por la cabeza, sintiéndola pesada. Aquellas toxinas mataban rápidamente humanos, no podía imaginarme lo que haría con los insectos. Casi me daban pena, y eso que los odiaba.

– Bien. Esa puerta… Se abre desde la sala de vigilantes, pero por algún motivo sigue cerrada. Se puede abrir desde dentro, tocando una palanca del mecanismo tras esa placa de metal… Sí, esa placa. No sé que palanca es, pero bueno, debemos darnos prisa. Nos quedarán como unos cinco minutos de vida. Si alguien sabe algo acerca esto, que hable. Venga, todos a pensar, menos tú, tú sácanos de aquí. El código para quitar la placa es 5657. Si, muy bien, avisa si encuentras algo.

Los segundos se sucedían lentamente, al son del insistente “tic tac” del gris reloj de pared, el ruido sordo de los cuerpos que morían con el pasar los minutos impactando contra el suelo y algunos sollozos. Las únicas voces que se oían eran las del hombre del título en mecánica y los pocos que lo ayudaban, junto a unas maldiciones aleatorias soltadas entre dientes. Oh, por el amor de Dios, éramos biólogos, no mecánicos. Tan sólo el encargado de tratar de salvarnos la vida parecía tener una mínima idea de lo que estaba haciendo. La mayoría observábamos, hipnotizados por el rápido movimiento de sus dedos, apartando cables y circuitos para buscar la dichosa palanca.

Un chasquido.

Gritos de alegría.

La puerta se abrió ante nuestras estupefactas caras de sorpresa. Había personas fuera, una de ellas inclinada sobre el panel de control de la puerta.

Salimos del hospital después de unos meses, cuando nos libramos finalmente del veneno. Para cuando nos dieron el alta, el manzano había sido destruido.

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29

Título: Mariposas de gas

Autor: Samuel Díaz Castañeda

Centro docente: IES Bahía Marbella

Habían soñado con aquellas campanas de la tercera década. Era enero y él seguía sudando y pasando frío en un pasadizo cercano a un edificio con olor a orín y vino de cartón. Ella rezaba cada día para que pudiera seguir mendigando agua de la gotera del “vecino”. Tenía que tener todo, que no era casi nada, en bolsas por si la Nacional irrumpía. Tras vaciar el barreño iba desnuda, al cuartillo de la planta baja donde de día había calefactores y de noche dos colchones ocupados por dos cuerpos macilentos con restos de arena, de la mano de una niña de diez años con los labios secos que al igual que ella valía menos de treinta euros los días malos. Los muy malos eran indescriptibles.

Al gobierno le preocupaba más esconder la flota de plástico y mierda que llegaba a las orillas, que las incesantes manifestaciones de colores remendadas a porras y gas en el centro y en las afueras; donde paseaban las dos dirigiendo como los extintos pastorcillos las miradas a su paso; ropas agujereadas y cortas que dejaban ver grandes pedazos de carne barata.

Cerca del lugar a donde iban se encontraba una antigua juguetería artesana con carricoches en miniatura, muñequitos y pájaros de madera, dónde la niña detuvo el paso.

– Mamá, mamá, quiero una mariposa de madera, por favor- la madre la miró entre lágrimas acercándose al final del callejón donde tenían que entrar.

– Luego de jugar pon cara bonita y pídeselo a ellos.

A la hora salió la madre con la niña en brazos. Pasaron por el escaparate y la niña no dijo nada, solo se remendaba las bragas. Su madre se detuvo y se sentaron en el suelo. Pasaron horas y la madre seguía con la niña en el regazo cuando empezó a nevar. Los tiernos ojos de princesa se abrían y una leve y durmiente sonrisa alegraba a la madre.

Mamá, mamá, mira, nieva, la primera nevada del año, ¡la primera!

A lo lejos se escuchaba un cristal romperse y una alarma empezó a sonar mientras retumbaba el polvorín de nieve.

– Vámonos, van a venir los Hombres de Metal.

– Hombres de Metal malos. Dame la mano, mamá.

A mitad de camino empezó a llover con un flameante disco solar que aparecía como de puntillas y hacía de las calles regatos bifurcados. El arcoíris se exhibía semidesnudo en el cielo y a lo lejos se sentían gritos y sirenas. La mujer agarró de la espalda a la niña y huyó de las sombras hasta llegar al pasadizo cercano al edificio.

-Mujer ven. No salga, no salga, ha venido la Nacional y los de Metal- susurraba un anciano mellado, costroso y alcohólico.

Ella se quedó mirándolo, parecía tan inofensivo. Pero era negro. Le echó desprecio y cubrió con la camiseta su rostro y el de su hija hasta la nariz.

-Déjame pasar, rata de laboratorio. Vienes de ahí seguro, no me contagies.

-No, yo llevo desde hace siete años viviendo en la calle, no he vivido en mi país. Yo vine sin nada y sigo sin nada.

-Voy a llamarlos y te van a llevar negro- su hija empezaba a apretarle el brazo y a temblar.

-No me faltes el respeto. Igualdad. Todos somos hijos de algún Dios.

La mujer dio dos pasos hacia atrás, apoyó a la hija en el suelo mientras aumentaba la lluvia sin percatarse de la presencia de Satanás.

-Igualdad ¿cómo puedes decir eso aun viviendo así y siendo…?

El hombre se levantó y en un segundo se puso a la altura del cuello de la mujer. Inhaló. Le asestó un cuchillazo solemne en el costado, agarró a la rígida niña tapándole la boca y huyó del lugar dejando atrás una acuarela de sangre. El diablo reía.

Era julio, sonaba el calor en la ciudad. La pequeña se encontraba en una casa de acogida. Hacía poco que la encontraron tirada en la calle repleta de sangre. Su nueva familia le proporcionaba “de todo”: dinero, agua, la más alta tecnología inmersiva, televisión en su habitación con una cama matrimonial solo para ella, las prendas más vistosas y la matriculación en la escuela primaria cuando diera comienzo el curso. Todo aquello le aterraba, sentía no pertenecer a ese mundo. Un mundo tan utópico y onírico, demasiado lejos de la vida con su madre siendo parte de algo más grande que ella. Siendo feliz.

Agarró el pomo de la puerta y salió corriendo descalza de la casa. El centro de la ciudad y un sol nevado le cegaron los primeros segundos. Empezó a volar. Corría sin parar, con los pies entumecidos y el estómago empezando a regurgitar, pensaba en su madre y en sus abrazos y todo lo que habían sufrido las dos juntas. El amor la hacía no detenerse. Girando a la derecha, recto, izquierda, izquierda…Parecía un vinilo inmenso, era una gran plaza con cientos de personas yendo y viniendo, parándose a ver las pantallas gigantes en todos lados dando la noticia de última hora: “NUEVO PLAN DE LA ONU TRAS EL ÉXITO DE LOS ODS”. La niña veía a todas esas personas que decía su madre que eran ajenas a ellas, con mentiras y libertades. Recordándola imaginó su analfabeta mirada, su sonrisa mellada que no era de revista, pero para ella era la más bonita del mundo, y pensaba también que le compraba una mariposita de madera, muchas mariposas de madera y que las guardaba en carricoches pintados de morado, verde y rojo y la llenaba a besos con su padre al lado haciéndole pedorretas en la barriga.

Se rompió en un llanto efusivo, de rodillas, epitafio de su niñez. Alrededor suya se formó un triángulo de seres viendo a través de teléfonos o de gafas inteligentes, grabando en sus objetivos o a través de escáneres. Cien cámaras rodeaban a los ojos que habían vivido en la realidad repleta de gas que era para unos pocos el 2030.

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30

Título: El reloj

Autor: Alejandra Gárgoles Cosías

María, una niña de doce años y de cabellos negros, soñaba con cómo sería la vida dentro de mil años. Ella vivía en el año 2030 y aunque mucha gente esperaba que para aquel entonces muchas cosas hubieran mejorado y la tecnología hubiera avanzado mucho, las diferencias entre su tiempo y el de una década antes eran muy escasas.
Para la niña, que se pasaba la mitad del día fantaseando, lo único verdaderamente interesante era su reloj de pulsera. Aunque este pareciese normal, María se lo imaginaba como si fuera una máquina del tiempo.

Constantemente adelantaba sus manecillas pensando que cada vez que lo hacía, los años avanzaban rápidamente y ella se transportaba al futuro. Tras hacer esto, decoraba su cuarto como si estuviese viajando a otro planeta; las cortinas y las ventanas de su dormitorio pasaban a ser los cristales de su nave espacial, su cama se convertía en la cabina del piloto y sus vecinos, Doña Milagros y Don Francisco eran los extraterrestres. Para la muchacha, esto último no era difícil de imaginar, ya que encontraba a sus vecinos muy extraños y divertidos. Según ella, los rizos del cabello de Doña Milagros eran en verdad criaturas fantásticas que la mujer empleaba a modo de cámaras para espiar a los demás. Por el contrario, todo en la apariencia de Don Francisco era corriente; pero para María la perfección con la que el hombre vestía y actuaba no podía ser propia de ningún otro ser que no fuera un robot.
Por supuesto, todas estas cosas la niña las mantenía en secreto como si se tratase de su mayor tesoro. Era su propio universo, en el que todo transcurría a su gusto y no estaba dispuesta a permitir que la aburrida visión de los adultos lo alterase. La única persona que conocía parte de este curioso mundo, por escasas ocasiones en las que la muchacha le había contado algo, era la madre de María. La mujer opinaba que eran cosas de niños y se limitaba a sonreír mientras su hija le narraba sus historias. A pesar de esto, la niña estaba convencida de que todo lo que ella imaginaba era cierto y que en un futuro todo el mundo la felicitaría por haber sido la primera persona en descubrirlo.

Una noche, mientras la joven dormía, un brusco terremoto sacudió el edificio causando un gran estrépito y despertando a todo el mundo. Cuando María abrió los ojos descubrió que su preciado reloj, que anteriormente había estado colocado sobre su mesilla de noche, se encontraba ahora roto en el suelo. Rápidamente se agachó para recogerlo, pero cuando se lo acercó más al rostro para ver el estado en el que se encontraba, descubrió que en su interior había grabada una inscripción que decía lo siguiente: “¡Solo para emergencias! 5-6-3-9-4”. Al leer esto en voz alta, la chica sintió un profundo deseo de dormirse y cayó rendida al sueño como si tratara de una máquina que se había quedado sin batería. Esto hizo que no pudiera leer las últimas palabras de la inscripción que decían: “¡Importante! No leer en voz alta”.

Al despertarse, María no sabía dónde se encontraba ni si lo que recordaba había sucedido realmente la noche anterior. Yacía tumbada sobre una cama que no era la suya, en una habitación que en nada se asemejaba a las de su casa y todo estaba lleno de cables y de pantallas; además apenas entraba luz por las ventanas.
De pronto, escuchó un ruido procedente de fuera de la habitación; sigilosamente se acercó a la puerta, la abrió y alcanzó a ver dos siluetas que conversaban nerviosas. Tras unos segundos, una de las figuras se giró hacia donde se encontraba María habiéndose percatado de su presencia. Unos instantes después ambas siluetas se dirigieron hacia la muchacha, quien se había escondido bajo las sábanas por el miedo que estos seres le provocaban. Cuando el silencio reinó de nuevo en la habitación, decidió salir de su escondite pensando que volvía a estar sola; sin embargo, se encontró frente a frente con los rostros de Doña Milagros y Don Francisco, o por lo menos con los de unas extrañas criaturas que se les parecían. Una de ellas estaba formada por una estructura metálica con pequeñas pantallas y la otra tenía un gran número de pequeñas criaturas con grandes ojos en donde se suponía que debía encontrarse su cabello. En el momento en el que María pensaba que se iban a dirigir a ella, ese sentimiento de sueño la volvió a invadir y no pudo ver nada más. Al levantarse horas más tarde, volvía a estar tumbada sobre una cama, esta vez, la de su dormitorio. Desconocía la hora que era, cuanto tiempo había transcurrido desde el terremoto y cualquier otro dato que la permitiera averiguar que había ocurrido. Después de arreglarse, salió de su cuarto y buscó a su madre para preguntarle acerca de lo ocurrido, pero esta se tomó las preguntas de la niña como si fueran una broma y le dijo que todo habría sido uno de sus sueños.
María no volvió a saber nada acerca de esa sorprendente noche y tampoco volvió a ver a sus vecinos del mismo modo; ¿la habrían hecho algo aquella noche?, ¿la habrían convertido en un robot como ellos?, ¿por qué al leer la frase de su reloj se había dormido? Todas estas preguntas se mantuvieron en su cabeza durante mucho tiempo, y al no poder responderlas, optó por usar su imaginación que siempre sería su tesoro más valioso y la fuente de su creatividad.

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