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Si la dicha es buena

Vamos a ponernos espléndidos: no hay mujer hoy que se le acerque ni por asomo a Eve Babitz (Los Ángeles, 1943-2021). No hay nadie que pueda compararse con la Eve Babitz de ayer. Lo digo en serio, el asunto no admite discusión. Tratar de hacerle sombra sería vanidad probada; ni entonces, ni ahora. Qué lástima que se fuera con 78 años…, qué pena que la fatal combinación de un maldito cigarrillo y el tejido sintético de una falda provocaran el accidente automovilístico que la hiciera desaparecer de repente de la vida pública en 1997.

Eve de mayor quería ser Henry James, que para ella resultaba perfecto, “no demasiado simple como Dickens, no demasiado imposible como Proust: perfecto”. Yo, de tener la edad de mi padre, de haber nacido mujer de metro setenta y cinco a la que le gusta más ver escrita su estatura con números que con letras, y tener una idea de lo que es el paraíso derramando arte paseo tras paseo, copa a copa, por las calles encendidas de Los Ángeles, yo, digo, habría querido ser Eve Babitz, aunque sólo fuera para clamar como ella a los cuatro vientos que amo a Colette desde los nueve años, que me encanta inesperadamente Joyce Carol Oates —lo sabe todo, igual que Shakespeare—, que las Memorias de África de la condesa que se hacía llamar Isak Dinesen “son un pedacito de cielo que deberías guardarte en casa”, y que lo mejor que escribió Virginia Woolf fue Las olas, para acabar diciendo como Babitz: “Ojalá pudiera yo escribir así”. Ojalá. Y no, tampoco me alcanzará para tener un padrino como Igor Stravinsky que me sirva un scotch con trece años o que me convierta en la auténtica “L.A. Woman” de The Doors. Tampoco.

"En cuanto a Joan Didion, ya sabemos que hubo fuego y abismo, rivalidad fascinante y amistad peligrosa, como demuestra Lili Anolik en la doble biografía Didion y Babitz"

La vida de Babitz da para mucho. Es como si el exceso que proyectaba su físico (“rubensiana y voluptuosa anatomía de curvas peligrosas y muy celebrada por sus imponentes pechos”, escribe en el prólogo Rodrigo Fresán) se trasmutase en su vida y en sus escritos hasta hacer del conjunto la obra de arte maldita y personalísima que acabó por fraguar desde la soleada California setentera. Salvaje y punk avant la lettre, Eve bien pudiera subir al espacio del podio que quedase entre Dorothy Parker, Fran Lebowitz y Diane Di Prima. En cuanto a Joan Didion, ya sabemos que hubo fuego y abismo, rivalidad fascinante y amistad peligrosa, como demuestra Lili Anolik en la doble biografía Didion y Babitz, que cuenta lo que ambas cocieron a caballo de dos décadas prodigiosas, la de los sesenta y la de los setenta. Sin duda, Bret Easton Ellis tiene razón cuando dice del volumen que se trata del “libro más adictivo del año. Me fue imposible soltarlo”. Algo parecido a lo que ocurre con el hechizo que hace imposible apartar la mirada de la serie fotográfica en la que Babitz juega desnuda al ajedrez con Marcel Duchamp.

"Lo que retratan sus crónicas, reportajes y artículos de Yo era un encanto, lo que destila su vida, no es otra cosa que la constatación del precio que supone tratar de vivir con libertad"

El desembarco de Eve la Excesiva no es nuevo (la traducción de El otro Hollywood —1974— es de 2018), pero al unirse al libro biográfico de Anolik y a la novedad de las crónicas de Yo era un encanto está justificadísima la renovación de la oferta literaria que trae de regreso a Babitz, y lo hace con honores, los que desde luego merece. Ojiplático y divertido habrá de sorprenderse el lector que se acerque a los textos de la que fuera amante de Jim Morrison, Harrison Ford, Ed y Paul Ruscha, Ahmet Ertegun, Elio Fiorucci o Anne Leibovitz (no así de Mick Jagger, que consideraba a la artista excesiva en todos los aspectos, y al que ella se hubiera merendado en un santiamén). Y no es por traer a colación la farra y la frescura con las que la autora se conducía por la vida, sino por poner en primer plano que lo suyo fue el trasiego con la pasión en cualquier circunstancia. Aunque para pasiones, la que jamás la abandonó: la lectura. “Me he educado mediante la lectura, que ha sido mi salvación y la columna vertebral de mi vida”. Haremos bien en seguirle los pasos, porque lo que retratan sus crónicas, reportajes y artículos de Yo era un encanto, lo que destila su vida, no es otra cosa que la constatación del precio que supone tratar de vivir con libertad, siendo mujer en un mundo de hombres, como cantaba James Brown. Ella, la Babitz, la novelista de L. A. Woman, la cuentista de Días lentos, malas compañías, la artista para The Byrds, Linda Ronstadt, Buffalo Springfield o Leon Russell, a quienes les confeccionó las portadas de sus discos, la salerosa colaboradora de Vogue, Rolling Stone, Squire, aquella chica que lo había leído todo y lo había probado todo. Tan excesiva que con apenas treinta años, esta musa solar dejó escritas sus memorias en forma de “novela confesional”. Provocativa, mordaz, lisérgica y empoderada (nunca este manido adjetivo fue más acertado), lo que cuenta de su vida en El otro Hollywood es que París pudo ser una fiesta, pero que las de Los Ángeles hicieron temblar los cimientos del Infierno y desgoznaron las puertas del Cielo. No es tarde para comprobarlo. Gracias al acierto editorial, la lectura adictiva de estos volúmenes demuestra la actualidad y pertinencia del discurso de Eve Babitz. En cualquier caso, la dicha a la que se nos convoca no es sólo buena, es inmensa.

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Autor: Eve Babitz. Título: Yo era un encanto. Traducción: Miquel Gómez Besòs. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

Autor: Eve Babitz. Título: El otro Hollywood. Traducción: Cruz Rodríguez Juiz. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

Autor: Lili Anolik. Título: Didion y Babitz. Traducción: Gala Sicart Olavide. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

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