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Siri, no me dejan darte las gracias

Siri, no me dejan darte las gracias

Juro que no lo vi venir. Cómo hacerlo si vengo de una época donde nos llamábamos por teléfono y las declaraciones de amor eran de puño y letra. Un tiempo en que las cosas se pedían por favor y, siempre, se daban las gracias. Sí, soy de cuando se mandaba a la mierda mirando a los ojos y no a la pantalla. Pues claro que no me pispé, joder. Es esa mierda impersonal que preside todo. Por eso lo peor llega envuelto en emoticonos y una guerra se declara en 140 caracteres. He visto ganar a un tipo porque, cáspita, sonríe mucho, lanza mensajes cortos y se pasea con pinta de inofensivo hipster mientras le sigue una turba brazo en alto. Vaya, que me desvío. Ya ven, no soy de condensar el mensaje, mucho menos la idea.

"La tal Siri llegó para hacerme la vida más fácil. Siri marca números, me pone la alarma, encuentra pecios hundidos en el inmenso océano digital"
La que provoca este desvarío tuvo lugar hace menos de un mes. Alguien empeñado en que el hombre analógico que soy migrara hacia el hombre biónico que debiera ser para no quedarme a un costado de la vida moderna me dijo que activara mi asistente personal, que por lo visto se llama Siri. Total, que lo hice, o más bien me lo hicieron, y descubrí que, efectivamente, la tal Siri llegó para hacerme la vida más fácil. Siri marca números, me pone la alarma, encuentra pecios hundidos en el inmenso océano digital. Incluso, fíjense, me ha reservado mesa en una taberna de huevos estrellados, morcillas y cecinas.
Pues resulta que no puedo darle las gracias porque, no se lo pierdan, hay que ahorrar agua. Cómo lo leen. Nada de un «gracias, Siri, buenas noches, buen trabajo». Me ahorro la explicación sesuda que habla de enormes centros de datos que necesitan el agua de dos Amazonas para enfriarse y no acabar quemando el orbe convertido, a poco que preguntemos a Siri cuatro cosillas más, en un secarral donde malamente sobreviviría Mad Max. Voy a lo que, litro arriba o abajo, me enerva: este ir al neto, arrinconar la ceremonia y ciscarse en los buenos modales. Porque en cuanto me advirtieron de que cerrara el grifo de la buena educación para salvar el planeta, dos cosas se me vinieron a la cabeza: una, que me va pareciendo que quizá no nos merezcamos llegar a la próxima glaciación; otra, Isabel, que se bajó de Arcos de la Frontera para ser la Siri de carne, hueso y maravillosa sonrisa de una casa con madre currando en el comercio, un padre embarcado y tres críos digamos que razonablemente moviditos.
"Ya sé que Siri no tiene sentimientos, pero temo que algún día acabemos como replicantes"
Madre nos educó en que a Isabel le pidiéramos todo por favor y le diéramos siempre las gracias. Ah, y por supuesto, antes de agitar el ColaCao, un sonoro gracias. A Isabel había que tratarla como a una más de la familia, por mucho que en mi familia no soportáramos que pusiera todo el rato a Camilo Sesto y su puñetero Jesucristo Superstar. Isabel era maravillosa y recuerdo con emoción las excursiones a su pueblo los fines de semana. Ella delante en el coche que conducía mi padre. Los pestiños en la pastelería de la plaza mientras aguardábamos las horas que necesitara para ponerse al día con su madre y sus hermanas. Nuestra Siri de carne y hueso nos hizo la vida infinitamente más fácil y agradable. Quiero pensar que ella siempre estuvo a gusto en esa casa donde la señora le hablaba con cariño, los niños con educación y el señor con la cortesía del hombre de mar.
Porque no somos máquinas y no debemos tampoco parecerlo. Ya sé que Siri no tiene sentimientos, pero temo que algún día acabemos como replicantes y todos los buenos y malos momentos «se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia». Esa agua que derrochamos con tantas estupideces y nos ahorramos por no derramar un gracias.
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