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Siempre se trató de escribir mal

Siempre se trató de escribir mal

Delia Rodríguez publicó un artículo muy interesante en El País titulado Escribir mal a propósito que, a mi juicio, no estaba lo suficientemente mal escrito. Siempre se puede escribir peor. Sin embargo, tanto El País como El Confidencial como El Mundo (como Zenda) publican a menudo artículos no particularmente mal escritos. Esto tiene como consecuencia que todos parezcan producidos por la misma persona. Escribir bien no es fácil, pero sí accesible. En literatura, contrariamente a lo que se piensa, siempre se trató de escribir mal.

Escribe mal Camilo José Cela en muchos tramos de La colmena. Por ejemplo, en el comienzo: “Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia leñe y nos ha merengao. Para doña Rosa, el mundo es su café, y alrededor de su café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa…”

Si en octavo de EGB, en una redacción, un niño hubiera escrito: “La primavera ha llegado a Segovia. La primavera es bonita. Por culpa de la primavera, tengo que escribir redacciones sobre la primavera…”, la profesora le hubiera suspendido. Esto se debe a que ya en EGB nos enseñaban rigurosamente las maravillas de los pronombres, que servían para no repetir palabras. No se escribe: “María salió a pasear. María llevaba sombrilla”, sino: “María salió a pasear. Llevaba sombrilla”.

"Delia Rodríguez comenta que escribir mal se está volviendo un certificado de humanidad, porque la IA escribe tan bien que ahora cualquier cosa bien escrita nos resulta sospechosa"

Cuando nos topamos con prosa literaria, notamos enseguida una escritura idiotizada. Hombres adultos escriben como niños que escribieran para suspender. Los adjetivos no tienen ningún sentido, las frases se alargan angustiosamente, a veces no se ponen ni puntos ni comas. Javier Marías, al corregir una de sus primeras obras, quitó muchas comas. Él mismo admitía en el prólogo que las comas eran correctas, pero que ahora le molestaban. Molestaban lo mal que, después de muchos años, había conseguido escribir.

Delia Rodríguez comenta que escribir mal se está volviendo un certificado de humanidad, porque la IA escribe tan bien que ahora cualquier cosa bien escrita nos resulta sospechosa. No lo has escrito tú, como prueba que no contenga errores ni prejuicios. Entonces, para demostrar que sí lo has escrito tú, hay otra IA complementaria que introduce pequeñas catástrofes en el texto, y así el profesor no te suspende. Los tramposos hacen trampas con la IA y hemos llegado al punto en el que incluso piden a la IA que sea tan tramposa como ellos. Necesitan que la Inteligencia Artificial no parezca Inteligencia Artificial.

Todo surge de un concurso de cuentos donde el texto premiado no parecía escrito por nadie. Esto sólo indica que la revista Granta, al convocar su premio, esperaba premiar redacciones sobre la primavera. A escribir redacciones sobre la primavera no puedes ganar a una IA.

"La tecnología que hoy permite a cualquiera escribir mails y relatos premiados y hasta artículos de prensa absolutamente perfectos desde el punto de vista sintáctico"

Una redacción sobre la primavera siempre es escribir bien, dominio preciso de las Inteligencias Artificiales. La propuesta escolar parece apolítica, pero en realidad supone todo tipo de servidumbres. Como es obvio, el alumnito (como el concursante de Granta) no puede despotricar de la primavera, no puede odiar la primavera, no puede elogiar el invierno y siempre tiene que celebrar la primavera y cantar y contar los colores de las flores. No puede empezar su redacción así: “Cuando llega la primavera, papá bebe más”.

La tecnología que hoy permite a cualquiera escribir mails y relatos premiados y hasta artículos de prensa absolutamente perfectos desde el punto de vista sintáctico y también desde el punto de vista moral sólo nos avisa de que, antes de su llegada, ya había una cantidad descomunal de textos insustanciales. La IA replica la falta de sustancia, poniendo frente al espejo a todos los que pensaban que escribir bien era escribir igual que otro.

Escribir mal, sin embargo, desde los presupuestos clásicos del canon literario, consiste precisamente en tener voz propia. Durante décadas, alcanzar un estilo singular fue la obsesión de los escritores, y se hablaba de “calidad de página” y de reconocer una autoría sólo con leer un par de párrafos.

"Así las cosas, la IA ha dado la razón a los escritores de estilo frente a los escritores de tema, porque a los únicos a los que puede copiar sin ser notada es a los segundos"

Frente a estos malos escritores inmortales, se alzaba un ejército de odiadores sin voz propia que hablaba de “prosa sonajero”, “cursilerías”, “texto burgués” o “barroquismo”. Para ellos, escribir tenía como objeto transmitir ideas o historias o informaciones, y no hacía falta complicarse tanto con la sintaxis o la elección de adjetivos o la experimentación.

Así las cosas, la IA ha dado la razón a los escritores de estilo frente a los escritores de tema, porque a los únicos a los que puede copiar sin ser notada es a los segundos. Puede, en efecto, imitar a los primeros, pero no sin que resulte obvio y caricaturesco. Lo que no puede hacer una IA es crear un estilo nunca antes visto, una prosa única, una prosodia inaudita o un discurso provocador que alguien quiera prohibir.

Esta tecnología nos iguala por abajo y llega justo a la mediana de la creatividad, a partir de la cual todo permanece en su sitio. Hay genios, genias, márgenes, enloquecimientos. En Yo, robot (2004, Alex Proyas), Will Smith le pregunta al robot rebelado si puede componer una sinfonía. Y el robot contesta: “¿Puedes tú?”.

La IA ha venido a las artes para confirmar un darwinismo inamovible: de nada vale ser mediocre.

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