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Sobre María Zambrano, de Antonio Colinas

Sobre María Zambrano, de Antonio Colinas

Este libro alude a aspectos nuevos de su vida y obra, especialmente a aquellos que revelan la inflexión de su pensamiento a partir de los años de la guerra y de su exilio, en el que ocupa un lugar muy especial la presencia de lo sagrado, de una sincera espiritualidad heterodoxa y de un sentido de la trascendencia revelado por medio de lecturas, pero sobre todo gracias a una voz interior que sintió ya en su adolescencia y en la que tanto influyó la poesía y la amistad con los poetas. Testimonios, los de este ensayo de Antonio Colinas, puestos de relieve a partir de declaraciones de la propia Zambrano, especialmente de su epistolario, de algunas entrevistas y de los diálogos con el autor. 

Zenda ofrece las primeras páginas de Sobre María Zambrano, de Antonio Colinas (Siruela).

 

El viaje hacia dentro

En Ginebra, a orillas del lago Léman, muy cerca de la casa en donde habitaba María Zambrano en la avenida Sécheron, hay un pequeño parque. En una de sus plazoletas podemos ver un busto de Miguel de Cervantes que el Ayuntamiento de Madrid regaló hace años a la ciudad suiza. En realidad se trataba de un intercambio: Ginebra había regalado, a su vez, a Madrid la figura de un escritor suizo no menos notable: J. J. Rousseau. El busto de un Cervantes joven, lleno de sueños —aquel que, por decirlo con las palabras de María Zambrano, «creó nuestro más claro mito, lo más cercano a la imagen sagrada»—, miraba en el parque hacia un edificio, el de la Fondation Europa Cultural.

Esta fundación, institución privada independiente, había creado, hacía ya años, un premio internacional del que debían ser candidatos grandes personalidades literarias y humanistas. María Zambrano, desde su habitual desposesión y con su hermana Araceli enferma, necesitaba la dotación de este y escribió un texto exclusivamente para presentarlo a dicho concurso. El jurado, en el que no faltaba algún hispanista, como el gran Marcel Bataillon, se mostró unánime en su decisión de premiar la obra de Zambrano, pero había un pequeño inconveniente formal: el jurado lo presidía un español, Salvador de Madariaga. Así que se creyó que había que guardar las apariencias, la objetividad, y el premio fue para un alemán y un polaco. María Zambrano recibió una mención especial y el apoyo de otro grande del jurado, Gabriel Marcel. Ella guardó la obra en el cajón de sus numerosos inéditos y olvidó el asunto, aunque todavía años después, en una carta al teólogo Alfons Roig, ella conservaría el recuerdo de esa actitud generosa de Marcel:

Padre: si Ud. quiere ir a saludar a Gabriel Marcel de mi parte, puede llamarle por teléfono a su casa y decirle que tiene una visita mía para él. Yo no le conozco personalmente, pero fue el juez de un jurado que discernió el Premio de Literatura Europea hace tres años en Ginebra. Dieron el premio a dos autores, alemán y polaco. Pero él se levantó para decir —lo que todos los periódicos reprodujeron— que mi libro era el merecedor, añadiendo cosas extraordinarias. A partir de entonces, tengo una cierta relación con él y mi hermana lo visitó, en mi nombre, cuando fue a París.

La anécdota en torno a este premio es significativa porque pone en evidencia la lucha por la vida de esta intelectual española que siempre dejó a salvo su dignidad personal y creadora. En realidad, ella siempre había sabido que escribía por razones más profundas y poderosas que las de prestar ayuda a un familiar o para salir hacia delante ella misma. Escribir para María Zambrano era «defender la soledad en la que se está», así como «descubrir el secreto y comunicarlo». Así que al crear aquel nuevo libro no había hecho otra cosa que salir de sí misma para comunicar lo secreto, aunque el mensaje de esa obra nueva corriera el riesgo de ser doblemente secreto si esta era mal difundida o, lo que era más grave, si se mantenía inédita.

¿De dónde nace en el creador auténtico esa necesidad de soledad de la que brota la necesidad de escribir, la palabra que es revelación, la palabra nueva? Probablemente nazca del padecimiento de los humanos, obligado o consciente, del malestar de los enfrentamientos sociales, de la experiencia histórica que en ella fue especialmente perturbadora. Padecimiento revelado sobre todo por su partida obligada hacia el exilio. Porque María Zambrano dejará España al finalizar la Guerra Civil para emprender un peregrinaje por varios países de América y de Europa. Partida, sin rencor en el fondo, también tras su retorno, porque «solo en la soledad se siente la verdad». Y esa verdad primera y última es por la que siempre ha apostado su creación, su pensamiento. Búsqueda, pues, de lo oculto, de cuanto está más allá de lo que los ojos ven, pero en la medida en que esa soledad nos entrega y refleja lo verdadero, la realidad que metamorfosea lo provisional, incluso las más duras heridas del existir.

Estamos, por tanto, ante dos tipos de viajes —el obligado y el consciente— hacia el centro de sí misma. Dos viajes desesperados, un doble viaje, el interior y el físico, este último en distintas etapas: Cuba, México, Puerto Rico, París, Roma, La Pièce (Jura), FerneyVoltaire, Ginebra. María Zambrano parece encontrarse concretamente en Roma con una soledad poblada y sonora, la que solo comunican las ciudades abiertas y con una rica tradición cultural universalizada, la de Europa; concepto este, como el de España, al que ella siempre fue fiel en vida y obra. Es obvio que, para el que sabe mirar hacia su interior y a la vez contemplar (templarse-con, decía fray Luis de León), también en una gran ciudad se puede encontrar una soledad fértil.

Y si las personas y amigos no ayudaran lo suficiente —que no fue su caso— para despertar esa soledad enriquecedora, siempre estaban para ella en Roma los animales. Los gatos, como más tarde en La Pièce los perros, van a ser intermediarios, parte de ese diálogo de Zambrano con la ciudad. Estos también le crearán problemas con el vecindario romano de los alrededores de la Piazza del Popolo, pero esta es otra historia, unida a otros desencuentros, sobre los que escribiremos más tarde.

Lo significativo de esta estancia italiana (1953-1964) es que no se consolidó la que podía haber sido una curiosa interrelación y permanencia literaria: la invitación de Elena Croce para que María y su hermana habitaran La Ginestra, la villa de las laderas del volcán Vesubio, entre Torre del Greco y Torre Annunziata, donde el poeta romántico Giacomo Leopardi fue acogido por un familiar de su amigo Antonio Ranieri; la casa donde pasó una parte de sus últimos días, sumido en la contemplación de las ruinas de Pompeya y de Herculano, que daría lugar a poemas centrales en su obra, como La ginestra o il fiore del deserto (La retama o la flor del desierto). El desierto: poderoso símbolo que no es sino el del cenizal volcánico en el que amarillea y crece esa planta, la vida. Al parecer, Araceli Zambrano había visitado hasta en tres ocasiones la casa, aunque se encontraba no poco abandonada, sin restaurar aún.

Hoy la villa de La Ginestra pertenece al Estado italiano y, tras su restauración, ya nada tiene que ver con el propietario que tuvo en tiempos de Leopardi, Ferdinando Ferrigni, cuñado de un amigo del poeta, Antonio Ranieri. Ferrigni parece que no se encontró muy satisfecho de haber dejado su casa a Leopardi, como nos recuerda Enrichetta Carafa en una semblanza que hizo del lugar: «Ferrigni no se sintió contento de ver en aquella casa a Leopardi, del cual conocía sus opiniones poco ortodoxas. Cuando el poeta fue obligado a abandonarla con la excusa que le pusieron de no sé qué festividad religiosa, Ferrigni mandó bendecir toda la casa». Leopardi se había refugiado en ella al estallar en Nápoles la epidemia del cólera, pero parece ser que pudo no haberse librado de esta. Aquí nos enfrentamos al que reconocemos como il giallo de la muerte, la tumba y los restos del poeta.

Esta preocupación de Leopardi se muestra muy clara en dos cartas que le escribe a su padre, el conde Monaldo, muy pocos días antes de morir: «Yo, gracias a Dios, me he librado del cólera, pero a qué precio […]. Si me libro del cólera, y en cuanto mi salud me lo permita, haré lo posible para volver a verle». A pesar de las incredibili agonie que pasó allí, in campagna, la estancia de Leopardi en ese lugar, su poesía, dio excelentes frutos, como los de sus dos grandes poemas La ginestra e Il tramonto de la luna. Quién sabe qué frutos habría dado la obra de María Zambrano de haber aceptado ella la invitación de Elena Croce para habitar aquella villa acompañada de cipreses, de las retamas amarillas, del cenizal, con la humareda del Vesubio al fondo.

Al parecer, todavía un tiempo después (1969), cuando las dos hermanas ya vivían en La Pièce, Elena Croce insistió en que regresaran a Italia para habitar la casa de las laderas del Vesubio, que al parecer no poseía todavía las condiciones de habitabilidad, según escribe la misma Zambrano: «… me ha sido ofrecida para que en ella viva con mi hermana la Villa delle Ginestre, en Torre del Greco, en la misma falda del Vesubio, donde el poeta Leopardi pasó los últimos tiempos de su tristísima vida, donde supo extraer de tanto dolor y abandono para escribir La Ginestra […]. No sé cuándo nos podremos ir a Italia, pues que las obras de reparación de la maravillosa morada que me han ofrecido no han empezado siquiera».

Siempre perdurará en Zambrano el recuerdo de este ofrecimiento, y también algo mucho más importante, su afecto hacia la persona y la obra de Giacomo Leopardi, que venía de muy atrás, de cuando el nombre del poeta romántico aparece, en los días de Segovia, entre las lecturas con las que Blas Zambrano inicia a sus hijas, y aún más vívidamente en días posteriores: «Mi hermana, durante su larga y dolorosa enfermedad en Roma, tenía a la cabecera I Canti, y yo de muy jovencita aprendí de memoria La Ginestra. Leopardi ha sido, pues, muy amado por nosotras y lo fue muchísimo por mi padre». Mantenía, por tanto, ya en su nuevo refugio montañoso y solitario su nostalgia hacia Italia, a lo que contribuía la angustia de sus primeros días: «Aquí es ya muy pero que muy dura nuestra vida. Resistiremos con ayuda y paciencia».

Ya vemos que en La Pièce todavía se mantenía en ellas la idea de regresar a Roma, pero a los alrededores de la gran ciudad. Hablan, por eso, a veces del «proyectado viaje a Roma para ver si, con la ayuda de la Providencia, encontramos una casa adecuada a nosotras fuera de la ciudad; quizá bastante lejos tenga que ser, pues que además están los animales que comparten la vida con nosotros». Sabe que Araceli «no puede ya habitar en una ciudad… Dios dirá». Pero el paso hacia la soledad y el retiro radical de un bosque ya estaba dado.

María Zambrano, para huir de las presiones de persecutores y maledicentes, pero sobre todo por una nueva necesidad de soledad y de búsqueda de la verdad en lo secreto, abandonó Roma. Historias como la de los gatos y el incidente del pequeño incendio-ofrenda provocado en la Via Appia debieron de suponer incidencias formales, pero seguramente tuvo que haber una animadversión más profunda por parte de las autoridades, seguramente de carácter político, debida a su condición de exiliadas y/o a la relación de Araceli con su compañero Manuel Muñoz Martínez, de la que tanta información tenía la policía francesa, recibida a su vez de la española. Por razones como estas, por ser consideradas personas «peligrosas», la policía italiana les abrió un «expediente de expulsión», si bien luego fue retirado, seguramente gracias a la mediación de personas como Elena Croce.

Así que abandonaron Roma y buscaron el apartamiento de un bosque en el macizo montañoso del Jura francés, en un lugar muy aislado y en una casita, La Pièce, con corredor y contraventanas rojas. A la casa que alquilaron se llegaba por una especie de túnel de árboles que entrelazaban sus copas. Allí ya no hubo problemas con los animales, a los que se habían unido los perros, pues estos no eran sino una prolongación natural del bosque, aunque tal como me dijera en una de nuestras conversaciones, ello fuera motivo de una preocupación más y, de nuevo, por motivos de subsistencia económica: «Hubo días en que me entraban ganas de cortarme un brazo para darle de comer a mis perros, pues para ellos nada tenía».

Pero lo cierto es que a su existencia doméstica y a sus paseos se unían sus perros y sus gatos. Y hablando de estos, en Roma incluso los de los vecinos. También la presencia de un gran número de pájaros. Por el túnel de verdor ella penetraba en la ladera y el bosque buscando un claro donde descansar rodeada por los animales. De ese claro nacería el que habría de ser uno de sus libros más creativos, por poemático, Claros del bosque (libro con «carácter poético-filosófico», diría ella).

Si había nieve en el monte, zorros e incluso algún lobo bajaban a comer de su mano, en una estampa franciscana. Y sabía mirarlos de frente e incluso acariciarlos. Entre ella y la lechuza nocturna, protegían de los cazadores a los animales más débiles. La lechuza con su canto los avisaba. Ella ahuyentaba a los cazadores señalándoles el camino contrario al que había seguido el jabalí. A esta sintonía con los animales se unía la comunicación con las plantas y las flores, especialmente con los «botones de oro» y las violetas.

Aquella soledad plena —solo interumpida por un viaje a Grecia, ya muerta su hermana Araceli (Ara), en compañía de su amigo Timothy Osborne y su esposa— fue rica para su creatividad literaria. En aquel retiro reúne los ensayos de España, sueño y verdad y fecha el prólogo de la nueva edición de Los intelectuales en el drama de España para la editorial Hispamerca. Según un epistolario que comentaremos más adelante, fue muy crítica hacia este libro que ella valoró, poco antes de regresar a España, como «librito sin ningún valor», fruto de los días de la tensión bélica. Y ve cómo va esbozándose otra de sus obras más poemáticas, La tumba de Antígona y sus Obras reunidas, a la vez que desarrolla uno de sus libros más puros, Claros del bosque.

Mide sus frases porque, como nos ha dicho, «el pensamiento, cuanto más puro, tiene su número, su medida, su música». Pero para ella aquel refugio estaba destinado a ser límite entre lo «civilizado» y lo virgen. Hasta que un día llegó a aquel apartado lugar del Jura una legión de técnicos para trabajar en la construcción del CERN, el anillo subterráneo y kilométrico, el «anillo atómico», se dijo, de la Organización Europea para la Investigación Nuclear. («El camino encantado, el camino increíble y naturalmente destruido, aquel camino de belleza que tenían que herirlo con sus camiones, unos camiones de no se sabe qué y, además, ¿para servir a quién? El caso es destruir»).

Se talaron encinares y hayedos, parte de los árboles del camino cerrado, huyeron los animales, llenaron de túneles subterráneos de hormigón el campo, y el paisaje quedó con ese aire algo triste y de abandono que tenía cuando yo lo visité llegando en el coche de Rafael Tomero Alarcón, el primo de María, y por sugerencia de ella. Aire de despoblación, ese aspecto que el campo algo mustio y alterado ofrecía, como cuando se retira la nieve y ha pasado la cellisca alpina congelando praderas y piedras.

Así que María Zambrano dejó su bosque. En el pequeño cementerio de Crozet, junto a la iglesia, quedaba el cuerpo de su hermana Araceli. Atrás permanecía el paisaje como una obsesión hollada, y el silencio de su hermana, sus desequilibrios psíquicos, los padecimientos físicos últimos; silencio eterno, desprovisto ya de los temores nocturnos a los que los persecutores de la Gestapo la sometieron en años de angustia y ocultación en Francia. Araceli, compañera de Manuel Muñoz Martínez, director general de Seguridad durante la Segunda República, fue buscada por ello más allá de la frontera. Esta circunstancia política —que por sus consecuencias directas o tangenciales no siempre se valora— marcaría profundamente la salud de su hermana y la situación de inestabilidad de toda la familia en aquellos días en París.

El nombre de Manuel Muñoz, compañero de Araceli en los años de la guerra, aparece en los estudios de Zambrano siempre de pasada o en leves notas a pie de página. Fernando Sígler ha escrito con claridad y detenimiento sobre esa relación y la estancia en Francia de ambos en su artículo «La II Guerra Mundial y Araceli Zambrano» (2015). Araceli se había casado antes de la guerra con el médico e intelectual Carlos Díez Fernández, muy cercano a los círculos literarios y republicanos y buen lector. Su hermana María lo hizo, ya en plena Guerra Civil, en septiembre de 1936, con el diplomático e historiador vasco Alfonso Rodríguez Aldave.

María y su esposo parten de inmediato para Chile, donde él se ocupará de la Secretaría de la Embajada de España en este país. La ruta placentera que siguen les sacará de la ebullición política y del estallido de la guerra: Cartagena-Gibraltar-Lisboa-las Azores (Madeira)-La Habana-Panamá-Ecuador-Perú-Chile. (En la escala que hicieron en La Habana, conocerán al que habrá de ser gran amigo suyo y de una sensibilidad espiritual afín, el escritor José Lezama Lima).

La llegada a Chile fue en Valparaíso, en el vapor Santa Rita, el 18 de noviembre de 1936. Pero la situación que habían dejado en España les impedía mantenerse alejados y, al año siguiente, regresaron. Alfonso se alistará voluntario en el Quinto Regimiento con el cargo de Comisario. Para ella, la idea del retorno era extremadamente firme. Así, cuando al partir de Chile, y ya de regreso en España, le preguntan por el porqué de su retorno, «si saben muy bien que su causa está perdida», ella responde: «Pues por esto, por eso mismo». Antes ya de la derrota y el exilio, María Zambrano parecía haber asumido su Destino: el de metamorfosear cualquier prueba y ser la que debía ser tanto por medio del compromiso social como de una progresiva metamorfosis espiritual.

Así que en Chile solamente vivirán seis meses, entre noviembre de 1936 y mayo de 1937, pero serán de una gran intensidad política y de dedicación plena al compromiso de la propagación de la lengua y la cultura españolas. Lo que Ana Burgård ha reconocido como «etapa de compromiso apasionado» se extenderá en realidad, como veremos, desde 1928 hasta estos meses pasados en Chile. Al tiempo, mostrará una gran solidaridad con los pueblos de la América Hispánica, que se manifestará sobre todo en una de las tres antologías que preparará y publicará. Una de ellas será la dedicada a los poetas chilenos Madre España (1937). En la misma editorial (Panorama) publicará otras dos antologías: Federico García Lorca. Antología (financiada por el matrimonio AldaveZambrano) y el Romancero de la guerra española, ambas de 1937. La primera va precedida de poemas de Alberti y de Antonio Machado y de un ensayo de Zambrano, y se cierra con la «Oda a Federico García Lorca» de Pablo Neruda. La segunda recoge, por medio de la forma del romance, poemas de veinticinco poetas, de Machado a Neruda.

Había estallado la Guerra Civil en España y fue frecuente este tema en las colaboraciones de María Zambrano con algunos periódicos chilenos, como Frente Popular u Onda Corta, pero también llegan a Chile ejemplares del periódico español El Mono Azul. Igualmente, mantiene una gran actividad como conferenciante y organizadora de conciertos y de otros actos culturales en pro de la causa republicana. Hay en esta actividad suya dos sentidos predominantes: uno es el de su afán solidario, y otro el de ese concepto matriarcal de España y de lo español respecto a los países de América, y en concreto de Chile. Pero el fruto literario más notorio de esta etapa será la publicación, siempre en la editorial Panorama, de su libro Los intelectuales en el drama de España (1937). De este libro (y en concreto de las muchas reservas que algunos de sus textos le suscitan a ella misma muchos años después, cuando Hispamerca desea reeditarlo en España) trataremos como he dicho, detenidamente, más adelante.

Tanto el matrimonio de María Zambrano como el de su hermana Araceli no tuvieron continuidad, acabaron en separación. Araceli había iniciado una segunda relación con Manuel Muñoz Martínez. María no acepta la separación, pero su marido solicita el divorcio en México, en 1957, tras sucesivos desencuentros, en buena medida propiciados, según ella, por los «negocios mexicanos» del marido. Para otros, por los reparos morales de ella al divorcio. Así se lo confirma en una carta de 1953 a Rosa Chacel. Más tarde, Chacel emitiría algunas opiniones contrarias a María Zambrano, y en concreto llega hasta a dudar de su bondad. Desconozco de dónde parte esta enemistad. Chacel también dijo entonces que María tenía «celos» de la belleza de su hermana Araceli, lo que me parece algo con muy poco fundamento, pues es la belleza una de las cualidades que María siempre admiró y alabó en su hermana en vida de ella, incluso en el mismo mismo momento de su muerte.

En un pasaje de otra carta que Zambrano le escribe al filósofo y teólogo Agustín Andreu (n.º 201), alude a esta mala fortuna de sus matrimonios. «Mujer sí lo fue, mas sin hombre adecuado», dice María refiriéndose a su hermana, pero sin revelarnos a qué «hombre» de los dos con los que convivió se refería; aunque en nota apie de página escribe Andreu: «Dijo y escribió María que “Araceli estuvo enamorada solo de su primer marido”». Y añade en dicha carta: «Nunca nos hemos arrastrado a los pies de un hombre […], lo dejamos sin saberlo quizá conscientemente para hacerlo a los pies del Único […]. Nunca hemos querido —Araceli y yo; nuestro secreto es que somos la misma— al hombre para nosotras, sino como mi Madre quiso a mi Padre: para Dios y para todos, para su logro y gloria, en universal».

Pero Zambrano, en los años en que viviría en La Pièce, había encontrado provisionalmente un espacio para su soledad y aislamiento, para la búsqueda de la verdad por medio de las palabras de nuevos libros con otros contenidos. Mas ya vimos que al fin tuvo que dejar la ladera y el bosque perturbado por el «progreso». Se detuvo un par de años para habitar, incómoda, un piso en el pueblo de Ferney-Voltaire y luego, en 1981, cruzó otra frontera más y llegó a Suiza, a Ginebra. Hubo mucho «dolor indecible» en dejar la montaña, en desarraigarse de ella, para habitar un apartamento en el que, dijo, «me siento prisionera».

Pero el viaje hacia la soledad no es, en el fondo, sino un viaje hacia uno mismo, hacía una interioridad muy profunda. La realidad, a medida que ese viaje avanza, se desdibuja o borra y, además, si fallan los ojos, si la vista se enturbia con los años, esa realidad circundante y engañosa de cada día también se difumina. Acaso sea por ello por lo que María Zambrano, sin dejar de hablar del cercano lago Léman y de su belleza, cada vez lo hiciera con menos entusiasmo: «El lago es muy hermoso, pero yo ya no salgo a verlo», me dijo durante aquella primera visita mía a su casa en Ginebra.

La soledad, la verdad hallada de la palabra de María Zambrano, ha dado frutos lentos pero seguros; obras irrepetibles, de iniciada, y por tanto resistentes al paso del tiempo. Desde aquella nueva huida a Ginebra hasta hoy, su obra se propaga y traduce con un interés creciente, con la justicia debida. Ahora ya poco importan las circunstancias que suelen rodear a la creación de una obra: sus primeros libros mal distribuidos o minoritarios, aquellos primeros libros suyos que ella jamás releerá y de los que no lograba encontrar no ya los originales de los textos, sino ni siquiera los ejemplares, las «montañas de papeles», los manuscritos adormecidos, esos que ella no acababa de ordenar y de publicar.

En el fondo, como un sueño, siempre se hallaba la obsesión del regreso a España, en la que se entrecruzaban la ansiedad con las reservas, las dudas y el temor con el deseo ardiente de ver de nuevo los campos de su tierra natal, pero también siempre con el miedo a las dificultades que le plantea de continuo la misma subsistencia. Esta última era la verdadera razón por la que la reconocían como «la última exiliada» y por la que ella no regresaba. Ahora lo que importaba era la huella de su trayectoria vital e intelectual, la autenticidad que asomaba en su comportamiento tras «apurar el conflicto trágico»; es decir, su generosidad y antidogmatismo, la abstracción cristalina de su pensamiento. Lo que verdaderamente importaba era ese viaje de dignidad intachable, el que en sus últimos años nunca cesó de ahondarse y simpre guiada por el impulso de su Destino

Cuando tenemos que resumir la esencia del mensaje de la obra de María Zambrano, recordamos, una vez más, esa sorprendente fusión entre pensamiento filosófico y pensamiento poético —que ella reconoció como razón poética—, entre filosofía y poesía. Su sensibilidad es sutilísima y muy precisa a la hora de tratar otros temas, pero, a la larga, el tema clave y osado para abordarlo es el de esa fusión de pensamientos y sentimientos, de cuanto el creador dice y de cuanto el creador deja entrever. Afán de ir siempre más allá con la palabra.

El hecho es sorprendente porque de esa obra es autora una mujer española; una mujer española, además, de nuestro tiempo. Y es sorprendente también porque filosofía y poesía han caminado, para los dogmáticos, separadas; es más, como María Zambrano ha señalado, la separación se produjo hace ya muchísimo tiempo y con rapidez vertiginosa. ¡Cuánto tiempo ha pasado en verdad desde el venerable poema de Parménides, desde las luminosas palabras de los presocráticos, que tendían a un conocimiento global, que hacían uso de la razón elevando el vuelo sobre un pensar seco para entrar en el terreno de la poesía! Heráclito fue de ello el gran ejemplo.

Sin embargo, el hallazgo de esta fértil fusión zambraniana se había alcanzado ya en otros momentos: en el pensamiento primitivo oriental, en Platón, en Plotino, en algunos pensadores italianos del Renacimiento y entre los místicos de todas las culturas —no lo olvidemos, pues todas las místicas han tenido sus grandes poetas—, así como, de manera muy intensa y especial, en el primer Romanticismo europeo.

Pero en los tiempos críticos, con el siglo XX en evolución acelerada, tras las sacudidas de dos guerras mundiales y la influencia de las ideologías totalitarias, el pensar ha estado condicionado en ocasiones por la política, y el diálogo filosofía-poesía no ha sido fácil; es más, una y otra han ahondado sus diferencias. Muchos de los filósofos del siglo XX colocaron la Razón en el centro de su vida, hasta desembocar en la desesperación angustiosa entre las dos grandes guerras; hubo una obsesión por las vanguardias y la escritura automática, se deseaba olvidar los contenidos y se perdió el sentido primero y universal que debe ser consustancial al fenómeno poético. Un poeta de la sensibilidad y de la hondura de Salvatore Quasimodo abrió con ironía su discurso tras la concesión del Premio Nobel de Literatura: «Los filósofos, enemigos naturales de los poetas…».

De esa coyuntura entre dos siglos proviene la sorpresa de encontrar una voz natural, equilibrada, órfica, en María Zambrano: la voz de una iniciada. Entre nosotros hay que pensar en místicos y en quietistas para hablar de una voz tan profunda, tan singular por inspirada. Unión de pensar y de sentir, de palabra y música, antes de la «unidad última», que según ella no puede ser otra que la que, al final, se preocupa y obsesiona «por la Divinidad».

Ella nos había situado en los límites del conocimiento, en ese punto del que el pensamiento socrático no quiso pasar: el de ignorar (u olvidar) los temas sagrados. María Zambrano sabe que elfin último de los seres humanos —lúcida y doloridamente conscientes de serlo— es rastrear la huella de «una forma perdida de existencia». Cree en una «resurrección» que libre al espíritu de su nostalgia y de su vacío. Y piensa también que si hay un hombre «devorado» por esa nostalgia y ansioso de esa existencia en libertad absoluta, de este tiempo presentido, es el poeta, que trabaja con un lenguaje tan condensado como exigente; o, como ella dice con lucidez, «el lenguaje propio de un periodo sagrado anterior a la Historia, a la verdadera prehistoria».

Espacio o tiempo reparador más allá de las fechas y de los nombres propios, y de las ideologías extremas, y de las guerras inciviles, y de la sangre; espacio en donde comienza —o acaso termina— el silencio, la «música callada». Y pensar que ideas como estas se hallan expresadas no en verso, sino en una prosa transparente y decantada al mismo tiempo. O, como ella diría, por medio de un pensamiento expresado «con su número, su medida, su música». La palabra de María Zambrano quiebra, pues, el dogmatismo de los géneros literarios —como lo quiebran los comentarios de Juan de la Cruz a su Cántico, Ibn Arabí o Moisés de León, el autor del Zohar, a los suyos— y se mantiene en unos límites de libertad extrema.

Una libertad que nos hace libres de verdad, no retóricamente, que nace de dentro afuera, y que nos torna libres no solo por la luz y el silencio y la música que hay en esa palabra de los osados pensamientos, no solo por su carga poética. La palabra de María Zambrano nos hace libres porque posee además el don de estar amansada por la razón. Es la palabra iniciática, que ella siguió durante la entrevista que los dos grabamos y que recojo al final de este libro, sin que dejara por ello de tener muy bien asentados sus pies en la tierra, sobre todo a la hora de tomar algunas decisiones con rigor; palabra de filósofo que nos conduce a la sabiduría, es decir, a la libertad, palabra que arde sin agotarse entre el alba y la noche del ser al que le ha tocado vivir el humanismo trascendente con todas las consecuencias.

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Autor: Antonio Colinas. Título: Sobre María Zambrano. Editorial: Siruela. Venta: Amazon

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