Veo las fotos del funeral noruego (o de cualquier otro) y no puedo apartar la mirada. Es arte conceptual.
Es fascinante. En un funeral real conviven dos códigos distintos. El consorte representa el duelo, y el rey que reina representa además la institución. De ahí que el atuendo de Letizia tienda a la sustracción: negro absoluto, líneas cerradas, cero ornamentación, joyas discretas, Bernarda Alba, Mariana Pineda… Ninguna muestra que compita con la solemnidad del acto. La ropa debe desaparecer para dejar sólo una figura doliente. Es el duelo civil y humano, el de la carne mortal que siente la pérdida.
El que reina, al contrario, y especialmente en una ceremonia dinástica o de Estado, es una superficie simbólica, patrimonio nacional y museal. Sobre él, o ella (recordemos Isabel II) aparecen insignias, placas, bandas, órdenes y atributos que dicen: jefe del Estado, vínculo con las Fuerzas Armadas, pertenencia a muchísimas órdenes, continuidad de la Corona, de lo bien establecido, tranquilidad… Lo que a nuestros ojos contemporáneos parece emperejilamiento (porque lo es) pretende en realidad una especie de currículum constitucional bordado sobre el cuerpo.
¿Para qué sirve un rey que va vestido de poder pero no puede ejercerlo?
Quizá precisamente para eso. La monarquía parlamentaria es una cosa rarísima, si uno analiza desde el sentido común (por ejemplo de un niño): la representación física de una autoridad que hemos decidido que no mande. Un hombre cubierto de soberanía cuya principal obligación consiste en no comportarse como un soberano.
Representar al Estado, recibir embajadores, sancionar leyes, presidir ceremonias, dar continuidad institucional, deportes marinos, idiomas muy bien pronunciados. Hay algo primitivo funcionando debajo de sus quehaceres preciosistas: necesitamos que algunas abstracciones tengan ojos, pestañas, cejas, la patria, el Estado, la continuidad, la Historia…Ponemos a un señor guapo, le cruzamos una banda roja y le colgamos ocho estrellas.
El rey es probablemente el único hombre de España al que vestimos como si pudiera hacerlo todo para recordarle que no puede hacer nada. Hemos pasado siglos quitándole poder hasta conseguir una paradoja maximalista, barroca: un monarca constitucional es la representación del poder después de haberle retirado el poder. Eso es, nos hace gracia un rey que no manda. Pero mucho más gracioso (o mucho menos) sería lo contrario: que una persona pudiera gobernar heredando el gobierno de su padre.
Y funciona, ¿funciona? De pequeños nos molaban unos tipos que venían de Oriente cargados de regalos. Necesitábamos coronas, camellos y una estrella, reposar sobre la magia. De mayores necesitamos palacios, himnos, toisones, atrezo y uniformes para que algo tan abstracto como «el Estado» tenga piernas, empeines, uñas de los pies, zapatos bien brillantes y pueda asistir a un funeral. Hemos hecho una cosa divertida y loca: vaciar al rey como una calabaza de Halloween y conservar intacta la escenografía del cascarón.
Quizá la monarquía no sea un residuo de sociedades antiguas, sino un lujo de sociedades muy modernas: de chicos dejamos leche y galletas para convencernos de que los reyes existían, de mayores les pagamos la lista de la compra para convencernos de que lo que existe es todo lo demás: la patria, la estabilidad y la ficción maravillosa de que alguien tiene el control


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